miércoles, 16 de septiembre de 2015

Jornada escolar en la Secundaria

Jornada escolar en la adolescencia

         Recientemente, la revista científica Learning, Media and Technology, ha publicado un artículo en el que se explica, con datos procedentes de muy diversas investigaciones, la conveniencia de que las clases de  Secundaria (en nuestro caso tanto la ESO como el Bachillerato y los Ciclos Formativos) y de los primeros cursos universitarios –siempre y cuando estén copados por menores de veinte años- empiecen más tarde de lo que lo hacen ahora.

         Hasta hace poco tiempo, se pensaba que los adolescentes se acuestan tarde –y, en consecuencia, llegan adormilados a la escuela- porque quieren ver la televisión, jugar con el ordenador, chatear, etc. Sin embargo, ahora sabemos que, desde el mismo comienzo de la adolescencia, se produce un cambio biológico en los patrones de sueño que se intensifica hasta el final de este periodo. Tal modificación implica la necesidad de dormir nueve horas diarias y de acostarse y levantarse más tarde de lo que se hace durante la infancia o la madurez. Para un adolescente, levantarse a las siete de la mañana es el equivalente a hacerlo a las cuatro y media para una persona de cincuenta años. El desajuste entre los  horarios biológico y escolar perjudica la salud fisiológica, metabólica y psicológica de los jóvenes.

         En la adolescencia se produce un importante cambio en la llamada Wake Maintenance Zone (WMZ) –que se podría traducir como la zona o franja horaria en la que alguien se mantiene despierto-. En esta etapa de la vida, la fase en la que se puede empezar a dormir se retrasa, arrastrando a una hora tardía la WMZ. Tal zona es lo que explica que la especie humana no pueda elegir dormirse antes de cierta hora, ya que el cerebro promueve el estado de vigilia. Este es, en definitiva, el motivo por el que los adolescentes no se duermen a la hora que la convención social desea. En Kentucky varios centros de secundaria retrasaron la hora de  comienzo de la jornada escolar. Lo que ocurrió es que los estudiantes se acostaban a la misma hora que anteriormente, lo que parece indicar que los estímulos exteriores –como la televisión y demás- no parecen jugar un papel significativo.

         Uno de los estudios con mayor base empírica es el que se acometió en las high schools de Minneapolis entre 50000 alumnos. Aquí se desplazó la hora de entrada de las siete y cuarto a las nueve menos veinte. En las encuestas realizadas tras este cambio horario, los estudiantes declararon dormir una hora más que sus compañeros de distritos similares al suyo. Además señalaron que mejoraron su puntualidad, sus calificaciones, su conducta y su humor. El 92% de los padres y madres estuvieron de acuerdo con el cambio e indicaban que sus hijos e hijas resultaban más tratables y que la familia dedicaba más tiempo a la conversación.

         Algo similar se detectó en la Academia de Fuerza Aérea de los Estados Unidos. En este caso se comparó el rendimiento de los estudiantes del primer año –cuyas edades oscilaban entre los dieciocho y los diecinueve años- a lo largo de un periodo de tres cursos en los que la jornada en lugar de empezar a las siete, lo hacía a las ocho menos diez.  Los que empezaban más tarde obtenían mejores resultados.

         Fuera del ámbito académico, se ha observado que los conductores adolescentes (en Estados Unidos se pueden conducir coches desde los dieciséis años) se ven, con relación al resto de grupos de edad, desproporcionadamente implicados en accidentes durante las horas matinales.

         Estudios como los aquí resumidos, y que cada vez son más abundantes, son un reto para nuestra rígida organización horaria escolar. Esto es lo que se dice en este artículo (no se olvide que se habla del caso de los Estados Unidos, país en el que la gente parece invertir un tiempo considerable en desayunar y quizás en llegar a la escuela).

         Los datos de los estudios internacionales sobre el tiempo astronómico y sobre los cambios en los patrones de sueño muestran que (…) a los dieciséis años, la hora biológica de despertarse está alrededor de las ocho, de manera que la escuela debiera comenzar entre las diez y las diez y media. A los dieciocho esta hora serían las nueve y las clases deberían empezar entre las once y las once y media.[1]

En el caso de España, la cosa se complica un poco más si consideramos –tal y como insistentemente denuncia la Comisión para la Racionalización de los Horarios- que durante la mayor parte del curso escolar nuestra hora oficial está sesenta minutos por delante de la hora solar –que es por la que se rigen en el Reino Unido y en Portugal-. Cuando nuestro despertador nos saca de la cama a las ocho de la mañana, en términos solares son las siete. En nuestros centros de Secundaria las clases empiezan en torno a las ocho y media. En la Universidad depende de las titulaciones, pero no es extraño que haya clases que empiecen antes de las nueve.

         En el caso de la Secundaria Superior –pienso, sobre todo, en los centros de Bachillerato-, retrasar tan solo una hora el comienzo de las clases –es decir, empezar a las nueve y media, por ejemplo- plantearía un problema similar al terremoto del falseado debate sobre la jornada escolar continua en la Primaria. Empezar a las nueve y media –no digamos nada si fuese más tarde-, implicaría finalizar la jornada a eso de las tres y media (o cuatro y media en los días o casos en que la jornada se prolonga). Esto supondría plantearse la ya casi irresoluble cuestión de la comida del mediodía. Si el almuerzo pudiera resolverse en una hora –o algo menos, aunque esto en España sería difícil- los profesores de Bachillerato podrían alegar que no desean lo que buena parte de sus compañeros de Primaria ya han rechazado. En fin, mucho me temo que el bienestar del estudiantado quedaría, como suele ser habitual, en un modestísimo segundo plano.

En el caso de la Universidad, desconozco cómo se reaccionaría ante la tesitura de comenzar las clases a las diez y media o las once de la mañana.

Bourdieu solía decir que la Sociología, al poner en duda la ideología de la meritocracia, es una ciencia que molesta. Por lo que se ve, no es la única: la neurociencia se empeña en sacarnos de la molicie en la que tan fácilmente se cae en ciertas profesiones que garantizan el puesto laboral de por vida.




[1] Este es el texto literal: “Astronomical time data and changes in sleep patterns from international studies show at the age of 10 biological wake time is about 06:30, so synchronized school starting times would be 08:30-09:00. At the age of 16 biological wake time is about 08:00, and synchronized school start times 10:00– 10:30, and at 18 biological wake time is about 09:00, and synchronized education start times 11:00– 11:30”.

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