martes, 4 de octubre de 2016

¿Quién inventaría el currículo escolar?
Supongo que esta es una pregunta que se harán muchos padres –o, más bien, debiera decir madres- cada vez que se ven en la desagradable tesitura de convertirse en profesores auxiliares -o, muchas veces, titulares- de sus retoños que cursan algún nivel de enseñanza obligatoria. En tanto que padre, tengo la impresión de que, con cada curso que pasa, no se va más allá de repetir –ampliando levemente- los contenidos del año anterior. Mucha gente compartirá conmigo su hartazgo frente a entidades tales como el sintagma nominal o su desesperación ante la realización de innumerables y cansinos ejercicios de cálculo exponencial. 
Por otra parte, y esto me parece especialmente preocupante, buena parte de estos contenidos se pueden aprender en muy poco tiempo haciendo uso de vídeos colgados en la red. Sus ventajas son enormes: se puede repetir la explicación las veces que se desee –cosa poco aconsejable con un profesor presencial- sin que nadie juzgue al usuario, no hay pérdidas de tiempo (por ejemplo, para borrar la pizarra) y suelen ser –está claro que hay de todo- tremendamente didácticos (lo que es, ciertamente, el caso de la academia Kahn). Más de un profesor considerará que apoyar este tipo de aprendizaje podría suponer la desaparición de buena parte de los empleos docentes. Por fortuna, nada más lejos de la realidad. Experiencias como la clase invertida –en la que justamente el alumnado aprende primero en la red y, a continuación, lo hace en clase con la ayuda del profesor y de sus compañeros- convierten en imprescindible la labor del profesorado. Se trata, en definitiva, de aprovecharse de las enormes ventajas que pueden suministrar las nuevas tecnologías. No obstante, es fácilmente comprensible que esto suscite suspicacias en una institución tan arcaica como nuestra escuela actual.
Ponerse a ayudar a los hijos a hacer los deberes –o hacérselos directamente- es una invitación a retroceder en el tiempo. Me pregunto cómo es posible que se haga todavía el mismo tipo de problemas en Matemáticas que cuando yo era un escolar allá por los años setenta del siglo XX (bueno, nos hemos librado de los conjuntos vacíos y bagatelas de semejante tenor con las que Enrique San Francisco se permitía cierta chanza). Una vez más, tropiezo con problemas de trenes que se van a encontrar en un momento dado o con recipientes que se llenan de agua con varios grifos abiertos al tiempo que se vacían por un agujero. Se trata de problemas tan sumamente trillados que basta con escribir en Google “problemas sobre grifos” o las primeras palabras del enunciado del problema  para que aparezcan decenas –cuando no centenares- de páginas que permiten salir airoso de tales tareas. Creo que Internet pone claramente de manifiesto que la escuela que tenemos no está para que la gente busque soluciones novedosas o para que sea creativa, sino que sirve básicamente para aprender a resolver problemas cuya solución se conoce de antemano.
            En estas condiciones, me pregunto para qué enviar a nuestros hijos a la escuela. Quizás para que estén controlados en algún sitio o quizás para que convivan con otras personas (otra cosa es que aprendan a convivir). El del control social es un tema de análisis especialmente querido por la sociología francesa la cual, lamentablemente, ha quedado un tanto arrinconada por la pujanza del mundo anglosajón.

            Mucho se habla en estos días de derogar la LOMCE, de extraer del horario escolar la religión, de la desaparición de la filosofía y demás. A mí me parece que lo hay que derogar, y cuanto antes mejor, es esta escuela de saberes tan inútiles como arcaicos. Creo que deberíamos sentar en el banquillo a los creadores del currículum escolar –si es que alguien sabe quiénes son- y someterlos a un juicio sumarísimo.

2 comentarios:

  1. Muy de acuerdo con el absurdo del currículum. A mi juicio será difícil cambiarlo mientras no tengamos claro qué deben aprender nuestros jóvenes al final de cada etapa.
    No estoy tan de acuerdo cuando habla de los saberes arcaicos e inútiles. Creo que se refiere más al modo tan arcaico e inútil de aprenderlos. Son dos cosas diferentes. Uno se sorprende con los alumnos: por ejemplo el problema de Dios les interesa muchísimo. Me quedo pasmado cuando mis alumnos buscan en internet el argumento ontólogico (y mira si es arcaico...) y sus críticas y el silencio e interés con el que siguen las clases.

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  2. Hola Mikel.
    Muchas gracias por tu comentario. Totalmente de acuerdo en que hay temas permanentes o clásicos (lo mismo cabría decir de los presocráticos, por ejemplo) que deben estar en el currículo. Sin embargo, mi crítica se refiere a la existencia de contenidos arcaicos (una de cuyas acepciones es la de anticuado).

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