Josema Yuste: un ejemplo de "cuñadismo" liberal
El pasado 28 de septiembre, el diario El Mundo publicó una entrevista al cómico y actor Josema Yuste, conocido, sobre todo, por ser uno de los componentes del dúo Martes y Trece. Más abajo adjunto la entrevista (el enlace es https://www.elmundo.es/papel/2026/09/28/6ab3c3d521efa0372d8b456e.html).
De la entrevista, me ha llamado poderosamente la atención su percepción de
cómo vivió la dictadura. Yuste nació en 1954, es decir, vivió su infancia, su
adolescencia y parte de su primera juventud durante el régimen franquista. Creo
que lo que dice ilustra bien un rasgo de eso que suele llamarse franquismo
sociológico, es decir, la normalización del régimen y el fomento del apoliticismo.
Considera que con "Franco, no notaba que viviera en una dictadura. Sabía
que era así, pero no lo notaba". Y más adelante añade: "Si no hacías
nada y no salías con una pancarta política, no te pasaba absolutamente
nada". Justamente en esto consiste un régimen dictatorial: se reprimen el
pluralismo y la libertad. La jaula solo se nota cuando se choca con los
barrotes. Por otro lado, no bastaba con no agitar una pancarta para librarse de
que a uno le “pasara algo”. Los ejemplos abundan, pero basta con pensar en lo
que podía suceder con las personas homosexuales o en el dato de que las mujeres
tenían menos derechos que los hombres.
Su referencia a la guerra civil no tiene desperdicio: "alguien la
tenía que perder y fue la izquierda". Es como si fuera un partido de
fútbol.
Y, como no podía ser menos, nuestro entrevistado se suma a la idea de que
el cine español es sectario. Yuste considera que no se le llama para hacer
películas por ser de derechas, con lo que da por supuesta su calidad como
actor. Y de paso afirma que los artistas de izquierdas que ha conocido
"viven de puta madre en casas acojonantes" lo que es de suponer que
les inhabilita para cualquier crítica referida a las desigualdades sociales. No
pongo en duda que él tan solo conozca a los que, como es también su caso, han
triunfado. No hace falta indagar mucho para saber que la mayor parte de los
actores y actrices malviven de su profesión. Justamente, esto es lo que le pasó
a él cuando cuenta que, de joven, él y sus amigos "no teníamos un puñetero
duro".
En la entrevista, Yuste se presenta como un excepcional baluarte contra
ETA: "Ningún actor ha dicho que eran unos asesinos despreciables. Sólo yo
y dos más". La aritmética parece poco precisa. Con respecto a Hamás, dice
que quienes hablan de genocidio no critican a este grupo terrorista.
En lo que se refiere a la situación en Ceuta, Yuste propone devolver a
"esa gente" a Marruecos. Dice que se puede "perfectamente" con
un estado de excepción o con un decreto ley. Con ello pasa por alto las
garantías amparadas por la legislación. En Ceuta ya tenemos un precedente de lo
que no se debe hacer. En mayo de 2021 entraron unas 15.000 personas, entre
ellas unos 1.200 menores. Entre el 13 y el 16 de agosto de ese año se devolvió
a Marruecos a 55 menores. El 11 de septiembre de 2025 la Sección Sexta de la
Audiencia Provincial de Cádiz, con sede en Ceuta, condenó por prevaricación a
la exdelegada del Gobierno, Salvadora Mateos, y a la exvicepresidenta del
Gobierno de Ceuta, Mabel Deu. La pena fue de nueve años de inhabilitación. La
sentencia dice que se actuó sin seguir el procedimiento legal ni valorar la
situación de cada menor. España está obligada a cumplir la Convención de
Ginebra, el Convenio Europeo de Derechos Humanos y la Convención sobre los
Derechos del Niño.
Nada tengo contra este humorista, pero sí contra este tipo de
"cuñadismo" que deteriora la democracia.
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Josema Yuste (Madrid, 1954) está hecho un
pincel. Su receta es gimnasio y golf por la mañana y trabajo por la tarde, pues
acaba de estrenar la cuarta temporada de su obra ‘Que Dios nos pille
confesados’ en el teatro Muñoz Seca de Madrid. Amable y tranquilo, los años no
han hecho más que acrecentar las diferencias (también las ideológicas) con el
torbellino que es Millán Salcedo, la otra mitad de la versión de Martes y
Trece que conquistó España en los 90 hasta que ya no pudieron más.
Lo de seguir trabajando, con el dinero que has ganado,
ya es vicio.
Sí, un poco.
Está bien definido así. Soy el primer sorprendido, pero tengo una ilusión muy
parecida a la que tenía cuando empecé hace 50 años aunque sin la necesidad de
tener que trabajar para comer, que da mucha paz. Podía haberme retirado
tranquilamente, pero sigo porque quiero y porque puedo. Todavía tengo la cabeza
en su sitio, tengo memoria y tengo la ilusión, que es la que mueve montañas.
Sin ella no vas a ningún lado en este oficio. Además, el médico me dijo:
"Si puedes, no dejes de trabajar nunca aunque sea un poquito porque tener
la cabeza en activo y el cuerpo en movimiento es calidad de vida y es
salud". Así que, mientras pueda, aquí seguiré.
¿Se hace raro seguir en activo cuando uno ya es una
leyenda por su trabajo anterior?
Para hacerlo
tienes que olvidar que fuiste esa persona y saberte reinventar. Empecé siendo
un actor de teatro desconocido, pasé a ser humorista famoso, volví a ser actor
en televisión y cine y regresé, al final, al teatro. En todos esos pasos, he
tenido la fortuna de que la gente siempre me ha comprado, me ha seguido y me ha
respetado, pero también he puesto de mi parte porque he respetado a mi
profesión, a mis compañeros y, sobre todo, al público. He sido muy honesto con
mi trabajo. Hago reír a través del humor que me gusta a mí, que coincide con
los gustos de un sector de gente importante. Trabajo el humor blanco, absurdo y
surrealista, que nunca pasa de moda.
El hecho es que sigues llenando el teatro.
Sí y eso no es
fácil. Esta carrera no es sencilla y no puedes despistarte, defraudar ni
perjudicarte a ti mismo y a tu salud. Somos un poco como atletas, no tenemos
que hacer mil flexiones, pero debes estar bien físicamente, con buen aspecto
exterior e interior a la hora de pisar un escenario o un plató. Eso de la vida
disipada del artista es un error.
¿Siempre has sido un tío así de formal?
Sí. Soy un tío
formal, pero no hago las cosas por lo que la gente piense de mí, las hago
porque me apetece y porque es lo que me gusta. No me vendo al por mayor ni al
por menor, yo soy yo y soy sincero conmigo mismo. Si no fumo, no bebo y no me
drogo, es porque no me apetece. Fumé unos años de joven y lo dejé porque era
una mierda, me sentaba fatal y estaba todo el día afónico. No me drogo porque
me parece el mayor error que puede cometer un ser humano. Y soy formal y hago
ejercicio porque me gusta. Si me gustara lo otro, lo haría.
¿Cómo se era formal siendo joven en ese Madrid y esa
España de los 80 que se abría a la libertad?
He sido joven
y me he divertido, obviamente, pero nunca he estado en la droga, en el desfase
ni en la noche hasta las 7 de la mañana todos los días. Los demás salían y yo
me iba tan tranquilo a casa. Me he fumado tres porros en mi vida y me he dado
cuenta de que es una gilipollez y me da taquicardia. Nunca más en mi vida.
¿Cómo valoras esos años de la Transición?
La llegada de
la democracia fue un momento de esplendor, de ilusión y de esperanza. He vivido
las dos Españas, tengo 72 años. Con Franco, no notaba que viviera en una
dictadura. Sabía que era así, pero no lo notaba. Mi padre era un hombre recto y
recibí una educación normal, de valores, honradez y honestidad. Lo que era mi
padre. Evidentemente, cuando llega la democracia, hay una liberación que me
gusta. Ganamos en muchísimas cosas, aunque hemos perdido en otras.
¿En cuáles?
Creo que la
libertad debe tener unos límites. Por supuesto, prefiero siempre una democracia
a una dictadura, sea de derechas o de izquierdas, que para mí son exactamente
lo mismo. Yo soy demócrata y mi padre lo era también, pero vivíamos bajo el
régimen de Franco y era lo que había. Si no hacías nada y no salías con una
pancarta política, no te pasaba absolutamente nada.
Hombre, la lista de represaliados es larguísima.
Sí, pero era
si te implicabas en esas cosas. Prefiero la democracia porque la libertad es
maravillosa, eso que quede claro, pero no puede ser que se convierta en
anarquía y últimamente lo parece a veces.
Me dijo Millán que considera que Martes y Trece sois
parte de la Movida.
Claro,
coincidíamos con Alaska y todo ese mundo en los sitios, lo que pasa es que los
humoristas éramos como una raza aparte. La música trae un tipo de público y de
vida más de madrugada, de alcohol y de ciertas drogas. Nosotros hacíamos
nuestra gala y para casa. Además, no estaba de moda el humor y éramos muy
pocos: Esteso, Pajares, nosotros y cinco más. No nos mezclábamos, al menos yo.
Millán más, a él ese ambiente sí le gustaba, pero a mí nada. Con los actores sí
había más trato porque coincidíamos en el famoso café Dorín, al lado del Teatro
de la Comedia.
Allí era dónde iban todos los actores jóvenes a ver
qué se cocía en el mundillo.
Sí. Nosotros
no teníamos un puñetero duro y un día fuimos cuatro o cinco amigos, nosotros,
José Luis Gil y alguno más, a tomar un café y hablar de proyectos y sueños.
Tras cuatro horas allí sentados con un café cortado y un vaso de agua a
compartir entre todos, el camarero ya vino a echarnos de la mesa. Nos
levantamos con una humillación acojonante y nos fuimos, pero al salir me quedé
mirando la puerta y pensé: "Algún día volveré y me tomaré el plato
combinado". Tenían un plato combinado acojonante con un filete de ternera
de puta madre, una tortilla francesa y unas croquetas de jamón. Era la hostia,
pero yo no podía pagarlo. A los pocos años volví, me lo comí y se lo conté al
camarero. Era otro camarero, pero me daba igual, para mí suponía haberlo
logrado.
En realidad, vuestro éxito fue rápido. Desde que os
juntasteis hasta que José María Íñigo os llevó a la tele, en 1978, pasaron un
par de años.
Fue
absolutamente inesperado. Un día, empezamos a escribir cuatro chorradas que no
sabíamos ni a quién ni cómo vender. Entonces dije: "Yo me encargo".
Me gusta siempre tomar un poco el liderazgo y, además, era el serio, me iban a
creer más que a Millán o a Fernando [Conde, tercer miembro de la formación
original]. Íbamos por los los bares donde había actuaciones, pero no nos hacían
ni puto caso. Sólo querían cantantes protesta, no cómicos. Así hasta que en el
Pub People, un sitio superbonito en la calle Guzmán el Bueno, nos hizo caso el
dueño. Le caímos en gracia y nos invitó a actuar 15 minutos el siguiente
sábado, justo después de un evento en el que daba un premio a Andrés Pajares.
La sala estaba abarrotada. Fuimos, actuamos y caímos en gracia. Se partían con
las trillizas, que las hicimos allí antes de salir en televisión.
¿Esa noche arrancó todo?
Sí. Entre el
público estaba Gloria Fuertes, que nos dijo después la actuación: "Me
habéis gustado. Tenéis alma, tenéis ángel y llegáis a la gente. No os separéis
nunca porque tres es el número mágico". Lo clavó [risas] porque a los seis
años se fue Fernando y siendo dos es como explotamos. Luego han pasado muchas
cosas y acabamos como acabamos, pero aún voy por El Corte Inglés y se me acerca
la gente a decirme nuestras expresiones de hace 40 años. Hostia, es bonito. Me
entra un cosquilleo de saber que hemos hecho algo que va a perdurar. Estar en
el lado positivo de la Historia de este país es muy bonito. Me emociona, lo
confieso.
¿No ha sido una sombra permanente para el resto de tu
carrera?
Triunfamos
jóvenes y eso nos ha dejado mucha vida después. Eso es un chollo, no nos
engañemos. Hemos tenido mucho tiempo para disfrutar de las recompensas de ese
éxito. Lo que pasa es que hay momentos en los que te hartas de que todo sea el
pasado. Cuando empecé a intentar reinventarme como actor, la gente sólo me veía
como el de Martes y Trece. Al principio me molestaba, pero esa rabia me duró
poco porque entendí que mi pasado es mi mejor tarjeta de visita. Se me pone al
teléfono todo el mundo, hasta grandes políticos.
¿Quiénes?
Desde la
presidenta de la Comunidad de Madrid hasta Alfonso Guerra y, por supuesto, en
mi profesión muchísimos directores y productores. Enseguida entendí que no
puedo estar en contra de Martes y Trece porque no puedo evitar la realidad: eso
es insuperable. Así que me hice amigo de mi pasado y voy con él encantado de la
vida. En buena parte, gracias a eso estoy hoy aquí contigo y ahora mismo estoy
enamoradísimo de Martes y Trece y agradecidísimo a mis compañeros, Millán y
Fernando, que me han dado todo eso.
Tu relación con Millán no ha sido precisamente fácil y
hay tantas versiones que es difícil saber la verdad.
Yo nunca jamás
he mentido.
¿Él sí?
No lo sé
[risas]. Ahí lo dejo. Yo nunca he mentido, eso te lo puedo asegurar.
¿Siempre fuisteis el rojo y el facha, con perdón, o
eso vino con los años?
Bueno, Millán
no sé lo que es, no lo sabe ni él. Es un ser libre, muy anárquico… En cuanto a
mí, facha nunca he sido aunque me lo llamen, pero siempre he sido un demócrata
de centro derecha. Siempre. Siempre. Mi padre lo era, me lo transmitió y yo lo
soy. Creo en la superación, el trabajo y el esfuerzo de la gente y creo en la
democracia mucho más que mucha gente de izquierdas. De hecho, también me
considero mucho más tolerante que mucha gente de izquierdas. Te puedo asegurar
que conozco a muchos que van de liberales y luego son más intolerantes que la
madre que los parió. Especialmente, en el cine. A mí no me llama ni Dios para
el cine.
¿Por ser de derechas?
No tengo la
más mínima duda, pero me importa una mierda porque me va muy bien. Eso sí, no
admito lecciones de tolerancia. Como productor, yo contrato a los actores por
su talento y jamás les pregunto a quién votan. En mi compañía, tengo comunistas
y tengo del PP, sólo me importa que trabajen bien, pero el cine español no
funciona así y lo digo con conocimiento de causa. Me da igual. He sido siempre
así y no voy a cambiar.
Existe la idea de que el artisteo del Madrid de
la Movida era todo de izquierdas, pero los años han descubierto que no, desde
Alaska a Nacho Cano.
Y muchos más
que no lo dicen porque no se atreven, te lo aseguro. Yo sé que hay gente muy
famosa que piensa como yo, que son de derecha liberal, y se callan porque es
mejor para su trabajo. No voy a decir los nombres porque respeto lo que cada
uno decida hacer, pero me da un poco de pena que no sean valientes. La gente de
izquierdas es mucho más valiente y atrevida que la de derechas en el mundo de
la cultura. Hay cierto complejo. La cultura en España es de izquierdas como
industria, pero te sorprendería saber la cantidad de artistas que son de
derechas o, al menos, no apoyan a este Gobierno. Son socialdemócratas que ven
la que están liando Sánchez y compañía, pero siguen callados.
¿Ni siquiera la época dorada del felipismo, flirteaste
con la izquierda?
No. Lo tengo
clarísimo: ni he votado al PSOE y a la izquierda ni les votaré nunca. No me han
demostrado merecerlo. Zapatero decía que ser socialista es tener poco y estar
dispuesto a dar mucho, una frase que sabiendo lo que ahora sabemos de él es
repugnante, una hipocresía acojonante. Los políticos y artistas de izquierdas
que he conocido viven de puta madre en casas acojonantes, con un nivel de vida
de la hostia y no se comunican con el pueblo. Están en una isla. No entiendo
esa doble vara de medir, esa hipocresía, esas críticas a Israel sin una sola
palabra negativa hacia Hamás… ¿Estamos locos? O cuando ETA mataba, ningún actor
ha dicho que eran unos asesinos despreciables. Sólo yo y dos más. ¿Qué coño les
pasa?
¿La polarización es algo nuevo o ya existía en los
idealizados 80 y 90?
Desde
principios de los 90, esa sensación de país feliz era un poco espuma, pero en
la Transición se demostró que las dos Españas podían remar juntas. La gente se
unió y entendió que había que dejar atrás el pasado para avanzar. Hubo una
guerra con barbaridades y muertos de los dos lados, alguien la tenía que perder
y fue la izquierda, lo que vino después fue difícil y para avanzar teníamos que
unirnos y continuar juntos como país para lograr la democracia. Es la única vez
que toda España ha trabajado junta y para eso hay que dialogar y ser un
demócrata de verdad, cuando eres un intolerante como tantos de izquierdas es
imposible.
La derecha no está libre de intolerantes.
Hombre, claro.
Cuando digo que soy demócrata liberal es porque estoy más cerca del centro que
de ningún extremo. No puedo con la derecha extrema ni con la extrema izquierda,
pero este Gobierno llama extrema derecha todo el rato a Vox y no llama extrema
izquierda ni a Sumar, ni a Bildu, ni a Podemos. Por favor, ¡qué hipocresía!
¿Qué te pone tan nervioso de Pedro Sánchez?
Me saca un
poco de mis casillas porque me parece un personaje siniestro, patético y
absolutamente enloquecido. Ahora veo a Sánchez como a Nerón viendo Roma arder y
gozando el momento. Ve que en Ceuta la gente lo está pasando como el culo, que
no pueden salir a la calle, que hay intentos de violación y asquerosidad en las
playas, pero no hace nada, parece que lo disfruta.
¿Qué harías tú?
Devolver a esa
gente a Marruecos. Se puede perfectamente instaurando el estado de excepción o
haciendo un decreto ley, que los hace todo el rato cuando le apetece. Hay
muchas fórmulas. No se da cuenta que siendo tan servil y complaciente con
Marruecos es mucho peor. Se ha demostrado, les regaló el Sahara y mira. Van a
seguir queriendo más. Es un mentiroso compulsivo y no puedo estar de acuerdo
con él prácticamente en nada. Si tuviera que decir algo bueno de Sánchez, no se
me ocurriría nada. De verdad, nada. Ha mentido como un bellaco y dice que
España va de maravilla, pero ha subido un 41% el precio de la compra desde la
pandemia. Hay cosas que él no puede controlar, está claro, pero otras sí y no
sabe. Gobierna, pero no manda.
¿Eran mejores los políticos de antes?
Sin duda. La
gente de UCD ejerciendo de bisagra, Carrillo y Fraga asumiendo que tenían que
llegar a acuerdos en el 78, incluso el PSOE de Felipe González pese a la
corrupción del final. Aquí corrupción ha habido en la derecha, la izquierda,
abajo y arriba y la va a seguir habiendo. Desde el concejal que se lleva 2.500
euros hasta el ministro que amaña obras, es inherente de la política española.
Es una pena, pero es así. El caso es que hoy en día entenderse es imposible con
esta izquierda extrema, que lo es porque Sánchez no es un socialdemócrata sino
un socialcomunista.
No sé si muchas personas de izquierdas estarán muy de
acuerdo en que sea siquiera socialista viendo sus políticas en cuestiones como
la vivienda, la verdad.
Bueno, es que
por encima de todo Sánchez es de Sánchez. Es un ególatra, un hedonista, un
personaje que vive en su mundo de paranoia y de enloquecimiento absoluto.
Siento decirlo de un presidente del Gobierno, pero es lo que pienso y lo que me
transmite.
¿Cómo llevaste los años de los especiales de
Nochevieja y la fama disparada?
Me levantaba
el día 1 de enero con la legaña, veía los saltos de esquí y el concierto de
Viena [risas]. Siempre he tenido los pies en la tierra y no me he dejado llevar
por el éxito.
¿Cómo funcionasteis tan bien dos tipos tan distintos
como Millán y tú? En realidad, hay muchos dúos cómicos repiten ese modelo del
serio y el anárquico, desde vosotros a Cruz y Raya pasando por Faemino y
Cansado.
Es bueno que
los dos no piensen igual y se complementen. Hay un caso muy curioso que es el
de Tip. Antes de Coll, formó Tip y Top Tip con Joaquín Portillo, que era un
locutor de radio que también tenía un gran sentido del humor, pero muy parecido
al de Tip y aquello no triunfó demasiado. Luego conoció a Col y aquello
estalló. Les pasaba un poco como a Millán y a mí, derecha e izquierda, serio e
imprevisible… Millán y yo no éramos distintos, éramos muuuuy distintos.
Opuestos. Y funcionó porque yo sujetaba a Millán en muchas locuras, porque a
veces se le iba la cabeza, y él me hacía ver que hay que ser un poco más
atrevido. Siempre funcionamos de una forma bastante democrática.
¿Discutíais mucho?
Todo el rato,
pero ninguno de los dos éramos ni somos rencorosos. A mí los cabreos no me
duran nada porque no me compensan. Discutíamos por los planteamientos de los
sketches y porque tenemos dos mentes totalmente dispares, pero al final siempre
llegábamos a un medio acuerdo.
¿Cómo os lleváis ahora?
De vez en
cuando intercambiamos algún mensaje y no hay ningún problema. Lo que pasa, y lo
siento porque sé que le molesta, es que creo que la amistad es otra cosa.
Amigos no hemos sido nunca. Hemos tenido una relación de pareja profesional y
hemos compartido hotel y comido juntos siempre, porque charlar y compartir es
importante, laboralmente, pero luego cada cual tenía su vida. Quedar para cenar
o ir al cine ha pasado muy rara vez, alguna al principio, porque somos muy
diferentes en todos los sentidos y es complicado que seamos amigos. No pasa
nada, yo le aprecio mucho igual.
Me dijo que le jode mucho que la gente que se le
acerca, para elogiarle, se mete contigo, que a ti sólo te insulta él.
No creo que le
pase tanto. Puede hacerte más gracia uno u otro, pero al 95% de la gente le
gustaba Martes y Trece. No es una competición de popularidad, nunca lo ha sido.
Con lo que no os ponéis de acuerdo es con quién
decidió romper en 1999. Millán sostiene que fue decisión suya y que tú no
estabas de acuerdo.
Empecé la
entrevista diciendo que yo no miento en general y tampoco respecto a eso. Digo
la verdad y, si no quiero decir algo, me callo, pero mentir me parece un error
que siempre acaba yendo en tu contra. Mira, nuestro final no fue cosa de un día
sino de un par de años. La presión empezaba a ser insoportable. Hacíamos un 51%
de audiencia en el especial de Nochevieja y al día siguiente ya estábamos
agobiados con qué hacer el año siguiente para tener un 52% y no un 50%. ¿Qué
nos queda por hacer? ¿A quién invitamos? Joder, era la hostia y eso nos llevó a
decidir que ya no podíamos más. Eso por un lado. Por otro, interiormente ya
estaba un poquito quemado y cansado de discutir con Millán. En esa época
discutíamos constantemente.
¿Por qué?
Porque él se
quería ir desde hace cinco años y yo le decía: "Joder, tío, aguanta, que
nos va de puta madre y son 20 galas y dos especiales al año. Tampoco es para
tanto. Aprovecha y ahorra, que es un dinero importante y, si nos van mal las
cosas luego, nos va a permitir estar en el paro y tener para vivir". Cada
dos por tres, él volvía a liarla con que no podía más y otra vez la misma
pelea. Entonces, me ha echado en cara siempre que yo le forcé a quedarse, pero
es injusto porque gracias a eso él ha podido vivir todos estos años después de
la separación en los que ha trabajado muchísimo menos que yo. Esa es la
realidad.
¿Quién lo dejó, entonces?
Yo. Josema
Yuste, que está aquí sentado. Un día dije: "Ya no puedo más y quiero que
nos separemos". Lo dejé yo, lo que sí es cierto es que, durante cinco
años, él quería irse y yo le retuve. Eso lo reconozco, pero, coño, lo hice con
argumentos y con buena fe. "Estás ganando más dinero que en tu vida, no
tenemos ni 50 años, espérate un poco, coño".
¿Has calculado cuánto dinero dejaste de ganar por
romper Martes y Trece?
Es
incalculable. Al año siguiente nos pusieron delante un cheque en blanco por
hacer el especial de Nochevieja del 2000, pero la decisión era irrevocable.
Cuando nos separamos, teníamos claro los dos que ya no había vuelta atrás.
¿No habéis tenido la tentación de explotar la
nostalgia, hacer una gira de reencuentro y forraros?
Nunca jamás.
Después de separarnos, hemos hecho una cosa benéfica y ya. No había forma de
reconstruir aquello y tampoco creo que ninguno de los dos quisiera, acabamos
muy quemados, pero mi balance de toda aquella aventura es positivo en un 99,9%.
El 0,1 restante son las discusiones con Millán. No me gusta discutir sin llegar
a puntos de acuerdo porque eso es intolerancia y al final cada vez nos pasaba
más. Hay que llegar a acuerdos, es lo que echamos de menos en los políticos
ahora, que todo lo quieren imponer por cojones. Nosotros fuimos las dos Españas
que dialogaban, ya podrían aprender, pero no tiene pinta.
¿Cómo valoras el revisionismo de algunos de vuestros
gags como el de "mi marido me pega"?
Es absurdo
mirar aquello con los ojos de hoy. Cada vez se juzga más y para el cómico o el
actor existe una autocensura por miedo a que te cancelen los populismos de
todas las ideologías. Eso es lo que me enerva. Soy de centro derecha liberal,
pero veo muy bien la socialdemocracia real, podría llegarla a votar si la
alternativa fuera una derecha de mierda o incompetente. Lo que pasa es que
ahora no hay un partido socialdemócrata, sólo populismos y extremismos. El
sanchismo, Vox, de Bildu ni hablemos… El chico de Esquerra, Rufián, no es el
peor, no tiene malas intenciones aunque yo no coincida ideológicamente con él.
El caso es que cuando hicimos ese gag no sabíamos de la violencia de género lo
que sabemos hoy, igual que nos pasó con las drogas. Éramos ignorantes en eso.
¿Te arrepientes de algo?
No, porque
vivía en ese momento, esa circunstancia y esa España. Hoy no escribiría ese
gag, pero no se puede comparar la España de hoy con la de hace 40 años. Es
injusto e hipócrita. Hay gente que dice que los 80 eran mejores y más libres,
pero yo creo que no hay época mejor ni peor. Me ha tocado vivir las dos Españas
y he aprendido que todo cabe desde el diálogo y la democracia.