viernes, 19 de junio de 2026

Crónica de un breve viaje a China

 Crónica de un breve viaje a China

A comienzos de junio pasé nueve días en China en el marco de una de las rutas culturales de la Comunidad de Madrid y que incluye las ciudades de Pekín, Xián y Shanghái. Nueve días, como es obvio, no dan para hacerse una imagen elaborada de la sociedad china. Lo que sigue son, más bien, impresiones de un observador ocasional.

Lo primero que me sorprendió es que las ciudades chinas se parecen bastante a las occidentales. Hay diferencias, claro. La más evidente tiene que ver con el urbanismo: las tres ciudades visitadas son megalópolis de al menos quince millones de habitantes, con la congestión circulatoria que eso conlleva. A ello se añade una ingente cantidad de bicicletas y motocicletas que circulan tanto por los carriles habilitados como por las aceras, incluidas aquellas repletas de peatones. Muchas de estas motos transportan paquetes de comida. Es como si los habitantes de estas ciudades hubieran hecho realidad el sueño de Joan Roig de eliminar la cocina doméstica. Poco antes del viaje había empezado a leer El repartidor de Pekín, de Hu Anyan, una novela en la que el protagonista relata sus peripecias como repartidor de paquetes, mayormente comida. Cuando lo leí me pareció difícil de creer la similitud con lo que ocurre en España con este tipo de trabajadores. Pues bien: Anyan no había exagerado lo más mínimo.

El paisaje urbano está dominado por grandes torres de unas cuarenta plantas donde vive la mayoría de la población. Las calles son excepcionalmente anchas y, además, arboladas. Desde el tren de alta velocidad —que, pese a su nombre, circula a una velocidad similar a la de nuestro AVE— de Pekín a Xián se aprecia cómo en la inmensa llanura brotan constantemente aglomeraciones de edificios de gran altura de ciudades que fácilmente superan los diez millones de habitantes.

En los parques llama la atención la cantidad de gente —especialmente jubilados— que, desde primera hora de la mañana, realizan colectivamente actividades deportivas o bailan. En uno de esos parques pude ver un grupo liderado por alguien dotado para el bel canto que entonaba canciones nacionalistas y, quizás por nuestra presencia (no sabían que veníamos del Madrid de Ayuso), también la Internacional.

Algo que resulta sorprendente para el visitante europeo es la ausencia de terrazas donde tomar algo (solo vi algo así en las escasas calles como configuran el barrio francés en Shanghái). Se compensa, sin embargo, con una abundancia extraordinaria de establecimientos de comida preparada en prácticamente cualquier calle. Hablado de restauración, conviene que señalar que nuestra idea de bebida fría no coindice con la suya. Por ejemplo, su cerveza fría es para nosotros casi caliente.

La vida cotidiana depende de forma intensa del teléfono móvil: con él se paga, se pide un taxi, se chatea. Tal es la dependencia del móvil que hay cargadores portátiles en todos los sitios (se cogen en un sitio y se devuelven en otro).

La mayoría de los turistas que vi tenían rasgos asiáticos. Los datos oficiales indican que proceden principalmente de Macao, Hong Kong, Corea del Sur y Japón. Sí pude constatar una notable presencia de españoles, quizás explicable en parte por la existencia de vuelos directos Madrid-Pekín. En ningún momento oí hablar francés, italiano o alemán.

Salvo excepciones, que nadie espere ser comprendido hablando inglés, ni siquiera en los hoteles, más allá de un intercambio básico en ese idioma. Por suerte, existe el traductor de Google y similares. Pese a esa barrera, la gente china resulta abierta y afable. Un miembro de mi grupo comparó esta visita con otra que había realizado hace años en la que constató que la población local rehuía el contacto con los extranjeros.

Los españoles tenemos una merecida fama de bulliciosos. Que nadie se alarme: los chinos nos ganan por goleada.

Una de las actividades, al parecer ineludibles en cualquier visita turística a China, es pasar por algún centro comercial de imitaciones de productos de lujo. En el caso de este viaje organizado se hizo por partida doble: en Pekín y en Shanghái.

Antes de terminar, algunas reflexiones sobre la dimensión política. La china es una sociedad de vigilancia intensiva —no sé si hasta los extremos del Gran Hermano de Orwell—, como prueba la omnipresencia de cámaras en el espacio público. Los turistas han de presentar el pasaporte en numerosas visitas. No quiero ni pensar lo que podría suponer la pérdida de este documento. En todo caso, la seguridad en las ciudades es notable: no hay peligro de que nadie te sustraiga nada. Sobre Tiananmen, el guía local apenas dijo alguna cosa, pese a que al día siguiente de nuestra visita se cumplía el aniversario de la matanza. La sanidad tiende a ser privada, y lo mismo empieza a ocurrir con la educación. A pesar de que China ha conseguido el formidable logro de generar una amplia clase media, la pobreza sigue siendo visible en las calles.

Para el turista ocasional resulta francamente difícil hacerse a la idea de que China sea un país comunista. El urbanismo responde claramente a un crecimiento planificado —comparable, quizás, al de la Europa occidental de posguerra—, pero lo que uno percibe en la calle es una sociedad consumista que no difiere demasiado de las occidentales.

No sé hasta qué punto Mao continúa siendo venerado. Seguramente, Tiananmen y los excesos de la revolución cultural están presentes en la memoria colectiva. No obstante, uno de los guías locales hizo referencia en varias ocasiones a que hay muchos chinos que proclaman orgullosos que la tierra que trabajan se la dio el Gran Timonel.

Vista la eficiencia del sistema político chino, cabe preguntarse si una dictadura que saca a millones de personas de la pobreza puede ser preferible a una democracia. Si a eso se añade que en China —salvo quizás en Shanghái— no parece existir el problema de la vivienda que padecemos en países como España. Si así fuera, se podría comprender, aunque solo sea parcialmente, la creciente desafección democrática de tantos ciudadanos europeos.

Por otro lado, y esto es algo que la propaganda oficial china se encarga de subrayar, la democracia del país líder de Occidente tiene por presidente a alguien manifiestamente incapaz de desempeñar el cargo. Desde China es fácil concluir que la democracia es más demagogia que otra cosa y que su régimen tecnocrático es mejor.

Seguramente me deje muchas cosas en el tintero, pero espero que estas notas apresuradas sirvan para aportar algún punto de vista útil sobre la China de hoy.

 

La carrera de Sociología: una elección por descarte

 La Sociología como “plan B”: una mirada crítica desde dentro de las aulas

¿Qué ocurre cuando cientos de estudiantes llegan a una carrera universitaria sin saber realmente qué estudian? Esa es la pregunta que me he hecho en un trabajo en el que me refiero a la socialización por descarte (aún en proceso de revisión por parte de una revista). Se trata de una investigación basada en veintiocho entrevistas a estudiantes y egresados recientes de Sociología en universidades españolas. Debo señalar que, pese a no ser mi intención, los compañeros (-as) a quienes me dirigí para que me buscaran candidatos (-as) a la entrevista eligieron a estudiantes comprometidos con la titulación.

El artículo parte de la constatación de que gran parte del alumnado no elige Sociología por vocación, sino “por descarte”. Es decir, porque no pudo acceder a otra carrera, porque apenas conocía la disciplina o porque el sistema educativo nunca le explicó realmente qué era la Sociología. A partir de ahí, se propone el concepto de la socialización por descarte.

Una carrera que casi nadie conoce antes de entrar

Es muy llamativo el enorme desconocimiento previo que tienen los y las estudiantes sobre la Sociología. Muchas de las personas entrevistadas afirman que nunca habían oído hablar de ella en el bachillerato. Algunos llegaron tras no alcanzar la nota de corte de Psicología, Derecho o Relaciones Internacionales. Otros simplemente buscaban una carrera “de ciencias sociales” sin demasiada información.

La Sociología aparece así como una titulación invisible en el imaginario juvenil español. Mientras un estudiante de Medicina sabe más o menos qué hace un médico, quien entra en Sociología suele desconocer tanto el contenido de la disciplina como sus posibles salidas profesionales.

Este punto resulta especialmente importante porque rompe con las teorías clásicas sobre la socialización profesional. En carreras muy definidas —como Derecho o Ingeniería— los estudiantes desarrollan una identidad profesional incluso antes de entrar en la universidad. En Sociología, en cambio, esa identidad no existe al comienzo. Si llega a construirse, lo hace más tarde y de forma contingente.

El problema se agrava por el diseño del primer curso. Según los testimonios recogidos, abundan asignaturas que no son de Sociología —Estadística, Economía, Historia o Ciencia Política— y escasean las materias propiamente sociológicas. El resultado es paradójico: muchos estudiantes abandonan la carrera antes de haber descubierto realmente qué es la Sociología.

Algunos relatos son demoledores. Hay estudiantes que recuerdan cómo ciertos profesores les dijeron desde el primer día que la carrera tenía pocas salidas o que estaban “perdiendo el tiempo”. En un contexto ya marcado por la incertidumbre, estos mensajes funcionan como mecanismos de expulsión simbólica.

El aula sociológica y la contradicción pedagógica

Otro de los grandes ejes del estudio es la crítica a las formas de enseñanza predominantes. Las personas entrevistadas describen una universidad profundamente marcada por la clase magistral tradicional: profesores que leen diapositivas, escasa participación y poca innovación pedagógica.

Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes. La Sociología se presenta como una disciplina crítica, emancipadora y orientada a cuestionar las jerarquías sociales. Sin embargo, en más ocasiones de las deseables se enseña mediante métodos profundamente verticales y autoritarios.

Los estudiantes perciben claramente esa incoherencia. Mientras en clase se habla de desigualdad, poder o participación democrática, el funcionamiento real del aula deja poco espacio para el diálogo o la construcción colectiva del conocimiento. Aquí recupero la idea de “educación bancaria” de Paulo Freire: un modelo donde el profesor deposita contenidos en los cerebros supuestamente vacíos de los y las estudiantes.

No obstante, en las entrevistas también se recogen experiencias muy positivas. Algunos docentes desarrollan dinámicas participativas, trabajo de campo, juegos de rol o metodologías prácticas que los estudiantes recuerdan con entusiasmo. Esas excepciones muestran que otra forma de enseñar Sociología es posible y, además, mucho más eficaz para generar implicación.

Mucha teoría, poca conexión con el mundo profesional

Una de las críticas más mencionadas por las personas entrevistadas tiene que ver con el exceso de teoría abstracta y la débil conexión con la práctica profesional. Muchos sienten que estudian constantemente a Marx, Weber o Durkheim, pero sin entender cómo aplicar esos conocimientos a problemas actuales o al mercado laboral.

El problema no es tanto estudiar teoría como hacerlo de manera repetitiva y descontextualizada. Algunos estudiantes afirman haber visto las mismas ideas una y otra vez en distintas asignaturas, sin coordinación entre profesores ni una progresión clara.

También aparecen críticas al sesgo ideológico de ciertos docentes. Algunos alumnos sienten que determinadas opiniones políticas son mal recibidas o directamente descalificadas en clase, lo que genera autocensura y limita el debate académico.

Las prácticas externas tampoco salen bien paradas. Según varios testimonios, muchas consisten en tareas burocráticas sin contenido sociológico real: rellenar formularios, hacer llamadas telefónicas o realizar trabajos administrativos. Algo parecido ocurre con el Trabajo de Fin de Grado, que a menudo se percibe más como un trámite que como una verdadera investigación formativa.

Todo ello alimenta la gran ansiedad del alumnado: la incertidumbre laboral. Muchos estudiantes valoran profundamente lo aprendido, pero no saben cómo traducirlo en una profesión concreta.

La paradoja de la Sociología

Y, sin embargo, aquí aparece la gran paradoja del estudio. A pesar de todas las críticas, la mayoría de las personas entrevistadas hace una valoración global positiva de la carrera. Esteo es así porque sienten que la Sociología les ha cambiado la manera de mirar el mundo. Hablan de pensamiento crítico, de capacidad para cuestionar discursos simplistas, de comprensión de las estructuras sociales y de una nueva sensibilidad hacia los problemas colectivos.

La famosa “mirada sociológica” no aparece como un eslogan vacío, sino como una experiencia transformadora. Muchos estudiantes reconocen que ahora les resulta imposible observar la realidad sin analizar desigualdades, relaciones de poder o contextos sociales.

Ahí reside precisamente el núcleo del concepto de socialización por descarte. Los estudiantes llegan sin vocación ni conocimiento previo, atraviesan una experiencia llena de contradicciones y dudas, pero algunos terminan desarrollando una identificación profunda con la disciplina.

El problema es que esa identificación intelectual no siempre viene acompañada de seguridad profesional. La frase que resume todo el trabajo podría ser esta: “He aprendido a ver el mundo de otra forma, pero no sé a qué me puedo dedicar”.

Un problema que va más allá de la Sociología

Aunque el estudio se centra en la Sociología, sus conclusiones tienen implicaciones más amplias. Muchas carreras universitarias viven hoy tensiones similares: estudiantes que llegan desorientados, docencia poco participativa, desconexión con el mercado laboral y dificultades para construir sentido en la experiencia universitaria.

En este trabajo planteo preguntas incómodas para la propia universidad española. ¿Hasta qué punto las instituciones están diseñadas para integrar realmente a los y las estudiantes? ¿Qué ocurre cuando el primer curso funciona más como un filtro de exclusión que como una bienvenida académica? ¿Por qué la innovación docente sigue teniendo tan poco reconocimiento frente a la investigación?

No propongo convertir la carrera de Sociología en una formación puramente utilitarista. Más bien sugiero algo distinto: hacer visible el valor práctico de las competencias que ya desarrolla la disciplina —análisis crítico, interpretación de datos, comprensión social compleja, comunicación— y ayudar a los estudiantes a traducirlas en un lenguaje reconocible fuera de la academia.

miércoles, 4 de marzo de 2026

El voto joven a la extrema derecha

 El voto joven a la extrema derecha

  El pasado 27 de febrero el diario Le Monde publicó un artículo titulado “Las injusticias del sistema escolar, una máquina de hacer votar por la extrema derecha” (https://www.lemonde.fr/idees/article/2026/02/27/les-injustices-du-systeme-scolaire-machine-a-faire-voter-pour-l-extreme-droite_6668467_3232.html ).

 Su autora, Sylvie Lecherbonnier, explica que las desigualdades sociales que el sistema escolar no consigue combatir se traducen en una fuerte tendencia a votar por la extrema derecha entre quienes fracasan en él. En Francia es muy clara la correlación entre el nivel educativo y el voto. Así, en el caso de las elecciones legislativas de 2024 (en las que la extrema derecha estuvo a punto de ganar), cerca de la mitad de los electores con un nivel educativo inferior al bachillerato votaron a la extrema derecha frente a un 22% de los graduados universitarios (bac +3). Lecherbonnier cita el libro L’Emprise scolaire de los sociólogos François Dubet y Marie Duru-Bellat en el que se habla de los vencedores del sistema escolar, los cuales “adquieren conciencia de su mérito, se sienten legítimos” y defienden “los valores liberales o los valores de izquierda”. Del otro lado, están los vencidos, que se consideran “ignorados y menospreciados”' y optan por “los partidos populistas que desconfían de las élites”.

 En España esta correlación entre nivel educativo y voto a la extrema derecha no es tan marcada. Sin embargo, lo que es muy preocupante es el hecho de que Vox es la primera opción política para los más jóvenes. No tengo aún suficientes datos aún para demostrarlo, pero parece claro que en los grupos de edad comprendidos entre los 18 y los 30 años el nivel educativo sí parece determinante.

 Si nos vamos al barómetro del CIS de enero de este año (3540), se detecta que, si consideramos los grupos de edad de los entrevistados de entre 18 y 24 años y de entre 25 a 35, Vox es claramente la opción preferida entre aquellos cuyo nivel educativo no va más allá de la ESO: un 27,6% de entre los primeros y un 26,1% entre los segundos lo votaría (aunque, respectivamente, el 27,6% y el 26,3% no sabe todavía por quien votar). Al hacer este doble cruce de edad y de nivel educativo con la intención de voto el número de casos es muy reducido: 60 para el primer grupo y 103 para el segundo.

 En el barómetro de diciembre (3536), el 39% de los 45 entrevistados con un nivel de la ESO votaría a Vox y otro 39% lo haría en blanco. Un 30% de los 112 entrevistados del otro grupo etario repartiría sus votos entre Vox y SALF.

           Para quienes como mucho han completado la FP básica o la de grado medio la intención de voto no es tan favorable a la extrema derecha en el barómetro de enero. Sin embargo, el de diciembre de 2025 detecta que se dispara la intención de voto a la extrema derecha de este grupo. Así, Vox cosecharía casi el 40% de los votos para aquellos cuyas edades están los 18 y los 24 años. Uno de cada cuatro de entre 25 y 34 haría lo propio. En ambos grupos, una cuarta parte no votaría o no sabe todavía qué votar.

 La situación se invierte – en el barómetro de enero- entre quienes tienen educación superior (FP de grado superior o titulación universitaria). Obviamente, son pocos quienes en la franja más joven pueden tener un nivel de educación superior (que sería, por término medio, de 20 años para la FP y de 22 para los graduados). En el primer grupo estamos hablando de tan solo 60 casos. Aquí la izquierda obtendría en torno a un tercio de los votos. En el segundo grupo (con 206 casos) el voto a la izquierda casi alcanza a la mitad. Es llamativo el   sorpasso al PSOE de los partidos situados a su izquierda. 

 Obviamente, haría falta agregar varios barómetros para ver si se corroboran las tendencias aquí apuntadas.

             Parece plausible considerar que estamos ante un voto de protesta o, si se quiere, de enfado. ¿Qué puede pensar de la democracia un joven al que en su primer contacto continuado con una institución estatal como es la escuela se le dice que su manera de expresarse es inadecuada, que su familia es incompetente para educarle, que sus modales no son los correctos? Es decir, desde sus primeros compases en la escuela se le considera carne de cañón. Sabemos que hoy en día no contar con un nivel educativo posobligatorio sitúa a la gente en una muy mala posición en el mercado de trabajo. A este respecto, esto es lo que decía Andreas Schleicher -el coordinador de los informes PISA- en su libro titulado Primera clase:

 En febrero de 2008, tuve un intenso intercambio con los embajadores de la OTAN sobre el trabajo de la OCDE en materia de desigualdad en las competencias y la educación. Este tema se había incluido en el orden del día porque los embajadores estaban preocupados por los efectos a largo plazo que estas desigualdades podrían tener en la estabilidad geopolítica. Los responsables políticos se están dando cuenta de que las desigualdades en la educación constituyen un terreno fértil para el radicalismo (Schleicher, 2018, p. 145).

             Por otro lado, los postulados igualitaristas del feminismo le pueden parecer una estafa. Lo que él ve es que a las chicas les va mucho mejor que a los chicos en la escuela y, después, puede que igualmente mejor en el empleo. Sobre esta cuestión, se puede leer el interesantísimo reciente artículo de Luis Ordóñez sobre el desplome del feminismo  (https://www.lavozdeasturias.es/noticia/opinion/2026/03/02/desplome-feminismo-causas-dice/00031772470872203286767.htm)

             Si a esto añadimos que es muy probable que viva en un barrio donde los servicios públicos son insuficientes para atender a una población incrementada por la llegada de inmigrantes, tenemos más que preparado el caldo del cultivo para el florecimiento de la irracionalidad de la extrema derecha.

             En definitiva, o se acometen cambios radicales en la escolarización de las clases populares -además de otros que mejoren sustantivamente los recursos públicos en sus barrios- o estaremos condenados a que una parte sustancial de la juventud considere que la democracia no es el mejor de los regímenes posibles. Tanta reforma educativa no ha servido aún para acabar con un problema común a todos los países: la lotería del nacimiento condiciona desmesuradamente la trayectoria escolar. Es hora ya de ponerse a pensar en serio cómo revertir esta lamentable situación y de actuar en consecuencia. Si bien las competencias en materia de educación están transferidas a unas comunidades autónomas que mayoritariamente consideran que este es un problema de esfuerzo individual y no de clase social, desde el gobierno de la nación hay un cierto margen de maniobra.

lunes, 8 de septiembre de 2025

                        Mi trabajo como profesor universitario. Una reflexión personal.

             Creo que cuantos nos dedicamos a la docencia e investigación universitaria -especialmente si no trabajamos en un laboratorio- habremos sido interpelados sobre a qué nos dedicamos en los largos periodos en que no tenemos obligación de impartir clases. La docencia se concentra en dos cuatrimestres en los que se imparte clase en dos o tres días a la semana. ¿Significa esto que se disfrutaría de la llamada semana laboral caribeña o que se dispondría de cuatro meses de ocio?

             Antes de continuar, advierto al lector de que aquí escribo desde mi propia experiencia como profesor de Sociología en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM. Cada rama del conocimiento, e incluso cada facultad, puede contar con sus peculiaridades con respecto a cada uno de los aspectos aquí abordados.

             El trabajo de un profesor universitario está constituido por tres grandes apartados que constan en la dedicación laboral individual: docencia, investigación y gestión.

             A primera vista, la docencia parecería la actividad más fácilmente fiscalizable. Al fin y al cabo, no es complicado comprobar si se imparten, por ejemplo, ocho horas de clase a la semana (y un número exactamente igual de horas de tutoría hebdomadarias). En mi facultad esto se controla a partir de una declaración mensual que solo han de hacer quienes, por alguna razón debidamente justificada, no hubieran impartido alguna o algunas clases (sin embargo, apenas hay control -y quizás es imposible que lo haya- de las tutorías, las cuales podrían ser en línea: más cómodo para el estudiante). Hay que indicar cuándo se recuperarían las sesiones no impartidas. La supervisión de la actividad docente prácticamente acaba aquí. Quiero decir con esto que apenas hay evaluación de la docencia. Salvo que hubiese quejas continuas del alumnado -y, aun así, estas suelen caer en saco roto-, se considera que su calidad es, en diversos grados, aceptable. En las semanas previas al final del curso, el estudiantado tiene la posibilidad de evaluar a sus profesores a partir de un cuestionario en línea. El problema -y dada la experiencia de la escasa eficacia de sus quejas y de sus observaciones- es que pocos estudiantes participan de estas encuestas y cuando las rellenan no sabemos si quienes lo hacen son aquellos que quieren escarmentar al profesor por haber sido suspendidos, los que van a clase, los más aplicados… El resultado final es que, salvo alguna excepción puntual -y yo no conozco ninguna- todo el profesorado obtiene una retribución adicional por quinquenios de docencia.

             También forma parte de la actividad docente la dirección de tesis doctorales, de TFG y de TFM, dirección cuya calidad puede ser enormemente variada (todavía recuerdo ver en el despacho de un colega un ejemplar plastificado de la tesis de la que era director y cuya evaluación había presidido el día anterior). Esta labor se compensa con una reducción de las horas de docencia.

             La segunda actividad (la investigación) básicamente se materializa en la publicación de artículos en revistas indexadas o de libros en editoriales de prestigio. De hecho, para obtener un sexenio de investigación -elemento clave para la promoción y para incrementar el salario- es preciso contar con cinco publicaciones -en un periodo de seis años- cuya valoración conjunta supere los treinta puntos. Es muy difícil publicar nada que no tenga el sustento de un proyecto de investigación.

             La tercera labor, la de la gestión, es quizás la menos reconocida (sobre todo, intelectualmente). Ser decano de una facultad, vicedecano, rector, vicerrector, director o secretario de departamento… es una actividad cada vez más agotadora. Se trata de un trabajo compensado con un complemento económico y con una reducción de horas de docencia. En mi experiencia, tal retribución es más bien escasa, hasta el punto de que apenas incentiva su desempeño. No obstante, hay que tener en cuenta que la participación en la gestión es un mérito que se considera para promocionarse en la carrera universitaria (por ejemplo, para pasar de profesor titular a catedrático). Junto con las posiciones de administración anteriormente mencionadas, hay actividades de gestión de menor rango -en el sentido de que no suelen estar retribuidas monetariamente, pero que reducen levemente las horas de docencia- como puedan ser la de coordinador de un grado universitario o la presidencia de alguna comisión de un departamento -por ejemplo, la de reclamaciones o la del doctorado-.

         Hay profesores que, voluntariamente, deciden presentarse a las elecciones para ser miembro de la Junta de Facultad -labor que no tiene retribución alguna-.  Además, todo profesor tiene la obligación de asistir a las reuniones que periódicamente organiza -en línea o presencialmente- su departamento -en mi caso, un mínimo de una por mes-.

             Hasta aquí, una aproximación a lo que cabe considerar como las obligaciones fundamentales del profesorado. Pero ¿cuánto tiempo pueden consumir hasta el extremo de justificar una docencia de ocho horas semanales -o menos si se cuenta con reducción docente por sexenios- en dos cuatrimestres? Volvamos para ello a las tres actividades anteriormente señaladas: docencia, investigación y gestión.

             En lo que se refiere a la docencia, el tiempo que se precisa para preparar las clases y la evaluación del estudiantado varía en función de las horas que muy libérrimamente cada cual decida dedicar. Hay quien renueva su programa periódicamente y hay quien lleva con él varios lustros. En un mundo en el que el conocimiento científico crece exponencialmente no quedaría más remedio que optar por una renovación permanente de los contenidos curriculares. A la labor de organizar las clases hay que añadir la de la corrección de exámenes y de los trabajos de los estudiantes, sin olvidar las horas de tutorías.

             El tiempo que quepa dedicar a las publicaciones, y a la investigación que conduce a ellas, es muy variado. Normalmente es mucho y eso es lo que aconseja realizar publicaciones con otros compañeros. El problema que pueden plantear las publicaciones colectivas es que quizás un profesor con poder institucional podría sugerir la presencia de su firma en un artículo realizado por otros. Y, por supuesto, no queda más remedio que prestar atención a la proliferación de revistas predatorias, revistas que en realidad publican -sin prácticamente ningún control científico- a quien esté dispuesto a pagar por ver sus artículos en ella.

             Además, también se toman en consideración los libros publicados en editoriales de prestigio científico. Las editoriales suelen ser empresas privadas -aunque también hay editoriales públicas de las propias universidades y de algunos organismos estatales- que desean como mínimo no tener pérdidas con la publicación de los libros científicos, un tipo de literatura que no suele ser consumida masivamente. Es por ello, que -al menos esta es mi experiencia- las editoriales pregunten a los autores si cuentan con alguna financiación -normalmente derivada de un proyecto de investigación- que permita costear la edición de unos centenares de ejemplares en los que debe constar que han sido financiados con tal o cual proyecto.

             En este apartado de publicaciones e investigación cabe también incluir la participación -voluntaria, pero altamente aconsejable- en congresos científicos. Tal participación puede ir desde la presentación de una ponencia o la coordinación de un panel hasta la propia -y muy laboriosa- organización de los congresos. Hay quien participa en muchos -más de uno al año-. En mi caso, considero conveniente acudir al bienal de Sociología de la Educación -y ahora estoy en otro de enseñanza de la Sociología- y al igualmente bienal de la Federación Española de Sociología. Conocer cara a cara a tus colegas es fundamental. Debo decir que las ayudas que concede la universidad para estos congresos no cubren los gastos de inscripción, manutención, desplazamiento y alojamiento. Así que no queda otra que poner dinero de tu propio bolsillo -lo que para mi actual salario no es ningún problema-. Y para rematar este epígrafe sobre las publicaciones, las revistas necesitan de investigadores voluntarios para la evaluación por pares de las propuestas que se someten a su consideración. Es un trabajo que se hace gratis et amore, salvo que se trate de revistas como la Revista Española de Investigaciones Sociológicas.

             El tiempo destinado a la gestión suele ser considerable. En muchas ocasiones, es más bien un trabajo de dedicación completa que puede llevar a que se resientan tanto la actividad docente como la investigadora, las más propias de un profesor universitario (y las más valoradas en los procesos de promoción).

             Fuera de estas tres, hay otra labor de obligatorio complimiento a tomar en consideración. Se trata de las comisiones de evaluación de candidatos a profesor. En el caso de que la plaza sea del departamento al que pertenece el profesor en cuestión, se realiza un sorteo entre todos sus miembros para elegir al presidente y al secretario de la comisión. Si se trata de ser miembro de una comisión para una plaza de otra universidad, primero se solicita a la persona contactada su voluntad de participar en el proceso de evaluación. No sé si tal conformidad es obligatoria. Me pregunto qué pasaría en el caso de que no hubiera voluntarios externos para una plaza.

             A estos elementos cabe añadir otras labores como la de transferencia de conocimiento -de hecho, llegó a existir un sexenio de transferencia del que hasta ahora solo ha habido una convocatoria- a la sociedad como, por ejemplo, publicar en un periódico, impartir conferencias,… (actividades que no siempre están retribuidas).

             Y para no abrumar al lector con más actividades, hay algunas que son remuneradas y que podrían ser consideradas como horas extra. Me refiero a cosas como participar en las diferentes agencias de evaluación que existen en nuestro país, la redacción de informes para fundaciones de distinto tipo, etc. En todo caso, moralmente -y si es que queremos que el sistema funcione- no queda más remedio que asumir de buen grado la mayoría de estas tareas.

             Llegados aquí, y esperando no haber cansado al lector con tal variedad de actividades -y aún podría incluir algunas más-, entro a responder si está justificado que un profesor universitario de la pública -lo de la privada es otra historia que requeriría un nuevo escrito- imparta ocho horas de clase a la semana y destine el resto del tiempo de su dedicación laboral a los menesteres señalados.

             Pese a todo lo dicho, es posible dormirse en los laureles. Es decir, una vez obtenida una posición fija en la escala laboral, uno podría ganar su sueldo impartiendo sus clases con mayor o menor calidad, no publicar absolutamente nada y evitar participar en tareas de gestión. En mi experiencia esto ya no es nada habitual. Quien gana una posición de profesor fijo -sea como profesor con contrato laboral o como funcionario- lleva tras de sí una larga e intensa carrera como docente, como investigador y como gestor. Es decir, creo que quienes están entrando en los últimos años en estos puestos llegan ya con la inercia de continuar comprometidos con su trabajo como profesores.

             A mi modo de ver, el trabajo de un profesor -y recuérdese que hablo como un profesor del área de ciencias sociales- es más una forma de vida que un trabajo. Más allá de las horas de docencia, no sabría decir cuántas dedico al resto de actividades. Señalo, a continuación, algunas.

             En tanto que profesional de la Sociología -pero, también como ciudadano- considero mi deber leer la prensa diariamente. Hoy en día es asequible estar suscrito a varios periódicos -tanto españoles como extranjeros- y, de esta manera, tener una visión plural de lo que acontece en nuestra sociedad. Esta es una actividad que me lleva algo más de una hora diaria. Los periódicos se han convertido en una fuente de acceso a informes de tal manera que raro es el día en que no bajo algún pdf relacionado con mi trabajo. O, igualmente, puedo tropezar con alguna referencia a algún tema o alguna entrevista que me lleva a ampliar información, bien buscando bibliografía o viendo vídeos de conferencias o de entrevistas. Ya no hace falta desplazarse (pese a que sea aconsejable hacerlo) a, por ejemplo, la Fundación Juan March para poder escuchar una conferencia.

             Obviamente, no queda otra que leer constantemente sobre nuestra propia ciencia. Se trata de leer continuamente libros y artículos científicos, no solo de Sociología o de publicaciones del área de ciencias sociales de humanidades. La interdisciplinariedad lleva a adentrarse en disciplinas en las que uno es un completo lego. Digamos que la lectura -y aquí incluyo la literatura- es como gasolina para el motor del cerebro: sin ella este último se para.

             Escribir un artículo o un libro es algo similar a la creación artística. Del mismo modo que Paul McCartney soñó su canción más versionada, Yesterday, resulta inevitable que el cerebro te esté dando vueltas con respecto a lo que estás escribiendo. Con respecto al tiempo que puede llevar escribir un artículo, puedo poner el ejemplo de lo que estoy acabando estos días. Sin ningún tipo de financiación, me he embarcado en un paper acerca de la opinión que tienen los estudiantes de Sociología sobre el grado en Sociología. He entrevistado a treinta estudiantes de quince facultades de Sociología -dos en cada una de ellas-. Para llegar a ellos, primero he tenido que escribir a colegas de esas facultades para que me facilitaran direcciones de correo de estudiantes que voluntariamente se avinieran a ser entrevistados. Una vez localizados los estudiantes, he tenido que concertar una cita en línea con ellos. Las entrevistas -cuyo guion he realizado previamente- duraron entre una hora y hora y media cada una de ellas. Por fortuna, ahora su transcripción se puede hacer en línea gracias a la extensión Tactiq. A continuación, hay que leer y analizar las entrevistas. Y a partir de ahí se activa la “imaginación sociológica” de con todo ello crear un relato coherente en forma de artículo. A ello hay que añadir la lectura de la bibliografía pertinente, el marco teórico, la metodología… Tras varias lecturas y relecturas de lo que finalmente pueda ser un artículo, hay que enviarlo a una revista con evaluación “ciega” por pares. En el caso de que estos pares consideren el artículo publicable es casi seguro que hay que acometer algunas rectificaciones. Todo este trabajo puede caer en saco roto: nada garantiza que tu querido paper vaya a ser publicado. No tengo una idea clara de cuántas horas puede llevar esto, pero creo que como mínimo cuatrocientas, o sea, casi tres meses. A esto hay que añadir que antes de publicarlo he presentado un borrador de este artículo en un congreso de Sociología. Pero además de esto, puedo estar en un grupo de investigación que me requiere, aparte del trabajo de campo, dos reuniones mensuales con mis compañeros del grupo de investigación. No quiero ni hablar de lo que supone ser el investigador principal de un proyecto.

             Aún hay más. Llevo ya varios años impartiendo Sociología de la Educación a un grupo en inglés. Yo no pertenezco a una familia angloparlante, así que no me queda más remedio que hacer el esfuerzo de actualizar mi inglés permanentemente. Por fortuna, hay una reducción docente por impartir clases en la lengua de Shakespeare. Y, por si fuera poco, y dado que considero intelectualmente limitante la hegemonía del inglés, he obtenido un nivel C1 de francés con el que recientemente me he atrevido a impartir una conferencia en francés en la ciudad de Estrasburgo (no sé las horas que me llevó prepararla). Nadie me manda meterme en estos fregados, pero considero de gran utilidad el esfuerzo de aprender otro idioma. Por otro lado, en el grupo que imparto inglés siempre se matriculan estudiantes franceses.           

            Dicho todo esto, concluyo diciendo que mi empleo es una verdadera bendición, hasta el extremo de que en una sociedad como esta, en la que buena parte del trabajo es pura alienación, no sé si realmente lo que hago es un trabajo. En todo caso, que nadie piense que esto implica necesariamente estar atado permanentemente al mástil del trabajo. Una cosa que no he señalado -y que daría para otro escrito- es la importancia absolutamente fundamental de saber estructurar el uso del tiempo.

             Y, ahora así, con esto acabo. El incentivo para escribir esta reflexión -mucho más larga de lo que esperaba inicialmente- es que si voy por las mañanas a cortarme el pelo -cuando hay menos gente y se me atiende antes-, mi peluquero me pregunta si ya no tengo clases e indirectamente -entiendo yo- si ya estoy libre de obligaciones. Creo que sobrepasaría el tiempo del corte de pelo si tuviera que explicarle todo esto. Gracias, en todo caso, a mi peluquero por incitarme a reflexionar sobre lo que hago en tanto que profesor. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

Los misterios de las clases sociales

 A comienzos de julio de 2025 fui invitado a participar en el aula universitaria de la Semana Negra de Gijón. Es, como su nombre parcialmente indica, un conjunto de jornadas dedicadas a la novela negra.

 

Quiero, desde aquí, agradecer a Rubén Vega -profesor de la Universidad de Oviedo- su amable invitación. Con ello sumo una persona más a mis amigos de la entrañable ciudad de Gijón.

 

El texto que subo a este blog es una intensa reelaboración de mi presentación oral, la cual se puede ver en este vídeo.

https://youtu.be/y2XTfS3YLqw?si=AZYCjcrMwvDm6duI

 

En este otro vídeo, se puede ver la presentación que subí previamente a youtube.

https://www.youtube.com/watch?v=qkvmHvGTF84

 

Puede que las diez páginas de este texto sean una extensión excesiva para un blog. Téngase en cuenta que es un resumen actualizado del libro que sobre este mismo tema de las clases publiqué en 2022. Esta obra se puede descargar en

https://www.researchgate.net/publication/384727738_Desigualdades_de_clase_social_en_el_siglo_XXI

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Los misterios de las clases sociales

 

            Hablar de clases sociales, qué duda cabe, es entrar de lleno en un tema controvertido. De hecho, para algunos -y baste citar el conocido ejemplo de Margaret Thatcher-, es cosa de marxistas y de izquierdistas, pese a que el término clase se remonta a la antigua Roma o más recientemente a la época de la Ilustración -a la teoría económica de la fisiocracia-. Sin embargo, y con independencia de la ideología de cada cual, cuando en los barómetros del CIS se pregunta a la gente a qué clase social considera pertenecer, tan solo un porcentaje menor al 1% dice no creer en las clases sociales.

 

            La existencia de las clases lleva aparejada la lucha entre ellas. Algún millonario famoso, como Warren Buffet, dice claramente que existe la lucha de clases y que la va ganando su propia clase social. Esta lucha, que habría que desdramatizar, forma parte de la vida democrática. En cualquier sociedad hay que articular intereses contradictorios. Un ejemplo de lucha de clases podría ser la movilización por la subida del salario mínimo interprofesional o en favor de la reducción de la jornada laboral y los consiguientes distintos puntos de vista por parte de los agentes sociales, los sindicatos, las patronales, los partidos políticos, los medios de comunicación…

 

1.    ¿Qué son las clases sociales?

En una primera aproximación, la clase social guarda relación con el modo en que cada cual se gana la vida. Una persona puede hacer un trabajo en el que goza de amplia autonomía, mientras que otra se desenvuelve en un escenario laboral en el que ha de obedecer órdenes continuamente u otra se puede procurar el sustento siendo propietario de un negocio.

 

Cómo obtiene cada cual sus ingresos influye sobre las condiciones y opciones vitales. Por ejemplo, un arquitecto -o cualquier otro tipo de profesional de alto nivel- seguramente realice cierto tipo de consumos culturales, gozará de mejor salud que la mayor parte de sus conciudadanos, sus hijos tendrán más posibilidades de ser exitosos en el sistema educativo, es casi seguro que participará de la conversación pública, no se abstendrá en las elecciones, etc. Obviamente, esto también tiene que ver con la renta y la riqueza de la que se pueda disponer. Pero esto no es suficiente. Basta para ello pensar, como muestra, en el caso del burgués gentilhombre de Molière, ese personaje que quería imitar las pautas culturales de la nobleza, pero no lo consigue.

 

Las clases sociales no son entidades fijas. Las sociedades que se configuran a partir de la Revolución Francesa ya no están formadas por castas, es decir, por grupos sociales inamovibles como en la India o como ocurría con los tres estados (clero, nobleza y tercer estado) en el Antiguo Régimen. Esto quiere decir que la clase social es una posición adquirida, es decir, que uno puede cambiar de clase, pese a que lo más habitual es quedarse donde se ha nacido o experimentar un recorrido social -ascendente o descendente- muy corto.

 

Pero la de clase no es la única desigualdad social relevante. Junto a ellas existen desigualdades derivadas de las diferencias naturales, lo que -por recurrir a la jerga sociológica- podemos denominar posiciones adscritas. Se nace hombre o mujer, miembro de un grupo étnico, en un determinado país o se tiene determinada edad. Se trata de características que o bien no se pueden cambiar o muy difícilmente se pueden modificar. Es verdad que, aunque complicado, se puede cambiar de sexo (especialmente si hablamos del sexo registral). Es posible obtener una nueva nacionalidad, pero -dependiendo del país de origen- las dificultades para hacerlo pueden ser casi insuperables. Más complejo es cambiar de grupo étnico (Michael Jackson lo intentó, pero con poco éxito). Finalmente, en lo que se refiere a la edad, se pertenece a determinado grupo etario durante un periodo cada vez más difuso. Por ejemplo, la edad a la que se sigue siendo joven se va ampliando paulatinamente hasta superar los treinta años.

 

Lo que se quiere decir al hablar de rasgos adscritos es que -si se es mujer, si se pertenece a una minoría étnica marginada, si se es inmigrante o si se es joven- las posibilidades de ocupar las posiciones de privilegio de la estructura social se reducen considerablemente.

 

La población española parece sensible a estas desigualdades. En junio de 2025, el CIS publicó una encuesta sobre desigualdades sociales. En una escala de 1 al 10 en la que 1 significa que no existe desigualdad y 10 que esa desigualdad es máxima, el 33,1% -es decir, un tercio de los encuestados- concede un 10 a la desigualdad entre pobres y ricos, lo cual parece una obviedad, sobre todo si pensamos en la extravagante boda de Jeff Bezos en Venecia en junio de 2025. La nota media es 8. En el caso de las desigualdades entre hombres y mujeres la nota baja a 6,25. Es llamativo que un 8,2% de los entrevistados conceda un 1 a este tipo de desigualdad, es decir, considera que no existe desigualdad de género. Se percibe como algo más intensa la desigualdad entre jóvenes y adultos -6,61- y un poquito más alta -7-, entre inmigrantes y autóctonos.

 

Cabría pensar en más desigualdades adscritas, como las derivadas de la orientación sexual (aunque esta no es necesariamente visible), o la belleza física (lo que a veces se llama el capital erótico: la gente cuyo físico resulta atractivo, lo sea en función de su altura, su esbeltez, … lo suele tener más fácil para promocionarse).

 

            Volvamos a la cuestión de las clases sociales. Existen dos enfoques a la hora de analizarlas. Por un lado, tendríamos el enfoque gradacional[1] y, por otro, el enfoque relacional. El primero quiere decir que clasificamos a la gente en una clase social u otra en función del grado en el que tiene una determinada característica. Si preguntáramos a la gente, la mayor parte diría que se pertenece a una clase u otra en función del nivel de renta y de riqueza. De este modo, los que ganan -por poner unas franjas aleatorias- menos de 15.000€ al año serían la clase baja, los que ingresan entre 15.000€ y 20.000€ serían la clase media-baja, los que ganan entre 20.000€ y 25.000€ serían la clase media-media, y así sucesivamente. Otro criterio que se utiliza, o que se podría utilizar -aunque ya apenas se recurre a él- es el estatus. Aquí se pide a los entrevistados que digan qué puntuación -de 0 a 100, habitualmente- otorgarían al prestigio concedido a tal o cual ocupación. Cuando así se procede, se observa que, sistemáticamente, las ocupaciones de carácter intelectual gozan de mayor prestigio que las de carácter manual. El marco teórico del enfoque gradacional es la sociología estructural-funcionalista norteamericana de los años cincuenta del siglo XX. Es también, claro está, el enfoque habitual que se utiliza desde el ámbito de la economía.

 

El otro enfoque, el propio de la sociología, es el relacional. Viene a decir que, cuando se define a una clase social se está al mismo tiempo hablando del conjunto de relaciones que mantiene con respecto a otras clases sociales. De tal manera que, si hablamos de la clase obrera, estamos hablando de la relación que establece con la burguesía. La clase obrera es la clase que se ve forzada a vender su fuerza de trabajo si es que quiere subsistir. Los enfoques teóricos se basan en Karl Marx y en Max Weber. Sin duda. el analista más destacado en el ámbito de (neo) marxismo es el sociólogo estadounidense Erik Olin Wright. Entre los seguidores de Weber, destaca el sociólogo británico John Goldthorpe. Veamos muy sucintamente sus planteamientos.

 

El gran giro teórico en el estudio de la clase proviene de Karl Marx, quien estableció una concepción relacional de la estructura de clases. La clase no es una mera agregación de individuos con características similares, sino una posición en un sistema de relaciones sociales de producción. En el capitalismo, las dos grandes clases son la burguesía, propietaria de los medios de producción, y el proletariado, que no tiene más opción que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir.

 

Wright explica la configuración de las clases sociales a partir de tres líneas divisorias. Por un lado, tenemos la propiedad o no propiedad de los medios de producción. Los propietarios pueden ser de distinto tipo en función del número de empleados con que cuenten. Aquí tendríamos a los capitalistas, los pequeños empleadores y la pequeña burguesía. Los capitalistas emplean a bastantes trabajadores, no está claro a cuántos, pero podría situarse a partir de veinte empleados.  Los pequeños empleadores, como su propio nombre indica, emplean a poca gente. La diferencia cualitativa con respecto a los capitalistas es que un pequeño empleador trabaja también al pie del cañón con los demás trabajadores durante una buena parte de su jornada. Un ejemplo televisivo podría ser el de la famosa serie Cheers. El protagonista, Sam Malone, es propietario de un bar de Boston. En la serie se le ve habitualmente trabajando en la barra del bar como un camarero más, pero también se le puede ver en un despacho anejo desde el que gestionaría el negocio.  Y, finalmente, pertenecen a la pequeña burguesía aquellos propietarios que son ellos mismos la única fuerza de trabajo -quizás con la colaboración de algún familiar- de su empresa, de su negocio (por ejemplo, un taxista o una esteticien que no tiene empleadas). 

 

La siguiente línea divisoria es la del ejercicio de la autoridad, el control de los empleados. Hay asalariados que ejercen funciones de control de los trabajadores. Los hay que organizan el conjunto del proceso productivo en una fábrica, en una empresa (por ejemplo, un ingeniero del tipo del creador del taylorismo), o que ejercen una muy limitada autoridad (en la base serían los capataces).

 

Y, por otra parte, tenemos asalariados que gozan de un conocimiento experto, un conocimiento escaso y de difícil supervisión. Este sería el caso de un médico o de un programador informático.

 

Conviene no perder de vista que podría haber miembros de la población activa en los que confluyeran estas tres líneas divisorias o dos de ellas. Es decir, un capitalista puede ser alguien con un elevado nivel de conocimiento experto y puede ser el mismo quien ejerza funciones de autoridad directa sobre sus trabajadores. O un médico, puede ser al mismo tiempo jefe de servicio (sería un directivo experto).

 

La principal ventaja de este enfoque es su capacidad para captar las posiciones de clase contradictorias, es decir, situaciones en las que un individuo puede compartir intereses con diferentes clases en función de los ejes considerados.

 

Finalmente, quienes carecen de propiedad, autoridad o conocimiento esotérico constituirían la clase obrera. Este esquema de Wright es muy clarificador, pero no permite explicar las diferencias que podría haber dentro de esa clase obrera definida negativamente por carecer de estos tres elementos. De seguir el planteamiento de Wright, subsumiríamos en la clase obrera al conjunto de los trabajadores de oficina, los cuales han sido tradicionalmente considerados como la clase media -o si prefiere la nueva clase media para diferenciarla de la vieja clase media o pequeña burguesía- por antonomasia.

 

Max Weber propuso un enfoque con más variables que el de Marx. Para él, la posición de clase estaba ligada al acceso a bienes del mercado, pero también reconocía el papel del estatus (prestigio social) y del partido (poder político) como fuentes de desigualdad. Esta tradición inspiró a John Goldthorpe, quien desarrolló el famoso esquema EGP (Erikson-Goldthorpe-Portocarero), ampliamente utilizado en la sociología empírica europea. Para Goldthorpe, las clases derivan de la agrupación de las personas a partir de sus ocupaciones, las cuales son categorizadas en función, por un lado, de sus fuentes y niveles de renta, su grado de seguridad económica y las posibilidades de ascenso económico; y, por otro, por su localización en las jerarquías de control y autoridad en los lugares de trabajo. El resultado de la aplicación de estos criterios es este esquema de siete clases.

 

CLASE DE SERVICIO                                                   

I. Profesionales superiores; directivos de grandes empresas y grandes empleadores (más de 25 empleados).

II. Profesionales de nivel medio e inferior; técnicos superiores, directivos de pequeñas empresas (menos de 25 empleados); supervisores de empleados no manuales.

 

CLASES INTERMEDIAS

IIIa Empleados no manuales de rutina en la administración y el comercio.

IIIb Trabajadores de servicios personales y de seguridad.

IVa  Pequeños propietarios, artesanos, etc. con empleados (menos de 25).

IVb  Pequeños propietarios, artesanos, etc. sin empleados.

IVc  Agricultores, pescadores, etc.

V    Supervisores de trabajadores manuales, técnicos de nivel inferior, etc.

 

CLASE OBRERA

VI   Trabajadores manuales cualificados.

VIIa Trabajadores semicualificados y sin cualificar no agrarios.

VIIb Trabajadores agrarios.

 

Aquí, como se ve, sí aparece claramente diferenciada una clase media de trabajadores de cuello blanco junto a pequeños propietarios. Quizás, la principal aportación de Goldthorpe sea su definición de la clase de servicio -lo veremos enseguida-.

 

 La clasificación que hacía el CIS (hasta 2018) a partir de lo que denominaba el estatus socioeconómico coincide básicamente con la de Goldthorpe. Donde pone clase alta y media alta, se podría escribir clase de servicio. Y, por otro, lado Goldthorpe incluye a los grandes propietarios -que son personas que apenas aparecen en las encuestas- en la clase del servicio, mientras que el CIS los sitúa en las clases medias.

 

 

Nº casos

           %Total

Clase alta/media-alta

629

21,1

Nuevas clases medias

694

23,3

Viejas clases medias

402

13,5

Obreros/as cualificados/as

830

27,9

Obreros/as no cualificados/as

365

12,3

No consta

54

1,8

(N)

2974

100

 

La composición de cada uno de estos grupos es la siguiente:

** Clase alta/media-alta: Profesionales y técnicos/as, directivos/as y cuadros medios

** Nuevas clases medias: Asalariados/as no manuales

** Viejas clases medias: Empresarios/as, autónomos/as y agricultores/as

** Obreros/as cualificados/as: Manuales cualificados/as, semicualificados/as, capataces/zas y artesanos/as

** Obreros/as no cualificados/as: Obreros/as de la industria y de los servicios, y jornaleros/as del campo.

 

2.    Descripción de las clases sociales.

            A continuación, veremos por separado estos grupos, los cuales serán cuatro ya que se considerará como una sola clase a los dos colectivos de obreros (cualificados y no cualificados).

 

2.1.       La clase de servicio

            El primer grupo, como se ha indicado, es grosso modo equiparable a la clase de servicio, término que induce a la confusión (la clase de servicio no es sinónimo del sector terciario de la economía). En realidad, clase de servicio es un término un tanto despectivo que fue utilizado por Karl Renner, un marxista austriaco de comienzos del siglo XX, para referirse a la clase que está al servicio de los capitalistas. Sucede que llega un momento en que los procesos productivos son tan sumamente complejos, que a los empleadores no les queda más remedio que delegar autoridad y conocimiento especializado, es decir, se establece una relación de confianza con determinado tipo de asalariados que ofrecen un conocimiento esotérico, experto, especializado y que se encargan de organizar el proceso productivo.

 

Se trata de una clase que disfruta de una seguridad relativa en el empleo, es decir, desempeña trabajos fijos en la misma empresa. No obstante, tal estabilidad es relativa. Basta con pensar en el despido masivo de controladores aéreos que protagonizó Ronald Reagan, acto del cual todavía se resiente el sistema aéreo estadounidense. Es una clase que goza de recompensas colaterales, especialmente de aspecto prospectivo: la posibilidad de avanzar en la empresa o la organización (también puede ser el Estado), disfrutar de un plan de pensiones,… No necesariamente estas recompensas son de carácter prospectivo. Pueden, por ejemplo, consistir en un seguro privado de sanidad o un coche de empresa.

 

Son empleados que cuentan con un cierto grado de autonomía, derivada precisamente de la relación de confianza que mantienen con el empleador. Esta autonomía es claramente más amplia en la medida en que el conocimiento de que dispone el empleado sea más especializado.

 

Y por contra, y pese a que existen situaciones intermedias, el resto de los asalariados lo que tiene no son unas relaciones de servicio, sino un contrato de trabajo. Se trata de personas que tienen que seguir las normas establecidas por quienes ocupan posiciones por encima de ellas. A modo de ejemplo, un conductor de autobús ha de llevar a los pasajeros de un punto a otro siguiendo un recorrido previamente establecido, pese a que pudiera conocer un recorrido más adecuado (o uno nuevo como el que se describe magníficamente en la aclamada película El 47).

 

2.2.       Nuevas y viejas clases medias

Las nuevas clases medias están constituidas por asalariados de cuello blanco, básicamente de oficina. Es el grupo por antonomasia de la clase media. Se le podría añadir parte de los asalariados de cuello rosa (vendedores). Se trata de una distinción que fue muy importante cuando buena parte de los asalariados eran trabajadores manuales en las fábricas, y los trabajadores de oficina estaban en un despacho dentro del mismo edificio de la fábrica. De nuevo, nos podemos remitir a otro ejemplo cinematográfico, en este caso El buen patrón. Pese a la sencillez de su delimitación, hay una cierta dificultad a la hora de considerar como parte de la nueva clase media a trabajadores no manuales como puedan ser quienes se desempeñan en un call center o en la recepción de una clínica.

 

El término clase media es extremadamente confuso. Ya se ha señalado que la mayor parte de la gente se considera clase media. De acuerdo con la OCDE, pertenecería a la clase media toda aquella persona cuya renta estuviera entre el 75% y el 200% de la mediana. Con este criterio, aproximadamente el 60% de la población española sería clase media.

 

Las viejas clases medias -a las que también se puede denominar pequeños propietarios o pequeña burguesía- constituyen el colectivo más fácil de identificar, hasta el extremo de que prácticamente cuentan con una definición oficial. Esto es lo que dice la página web de la Seguridad Social:

 

Se entiende por trabajador por cuenta propia o autónomo, aquel que realiza de forma habitual, personal y directa una actividad económica a título lucrativo, sin sujeción por ella a contrato de trabajo, y aunque utilice el servicio remunerado de otra persona, sea o no titular de empresa individual o familiar.

 

A pesar de la facilidad analítica que suministra esta definición, hay mucha variedad. Se trata de un grupo que incluye, por ejemplo, al muy afluente odontólogo propietario de su consulta en la cual podría trabajar él solo junto con un empleado como recepcionista o tener una clínica con multitud de personal. También incluye al pequeño propietario agrícola o al dueño de un bar. Y para incrementar la variedad tenemos también un grupo relativamente nuevo denominado TRADE. Este acrónimo quiere decir Trabajador Autónomo Económicamente Dependiente. Es una contradicción en los términos: se es, a la vez, autónomo y dependiente. Se trata de autónomos que facturan más del 75% a una sola empresa. El ejemplo más conocido es el de los riders. Claramente, al menos en este caso, se trata de falsos autónomos que realizan una actividad que debería ser considerada como una relación laboral. De hecho, tanto algunos gobiernos como algunos jueces están poniendo de manifiesto que es así.

 

2.3.       La clase obrera

            La clase obrera -o trabajadora- está constituida fundamental, pero no exclusivamente, por trabajadores de cuello azul como puedan ser obreros de fábricas, del naval, de la minería, de la construcción, del transporte… También incluye a empleados del sector de la hostelería -camareros, por ejemplo- y del comercio -desde reponedores a cajeras-. Con la masiva incorporación de la mujer de clase media y alta al empleo y el creciente envejecimiento de la población, los trabajos de cuidados -desempeñados por auxiliares de enfermería, empleadas del hogar, …- no paran de crecer.

 

Hemos dicho antes que la clase trabajadora se define por su carencia de propiedad, autoridad o conocimiento esotérico. La lucha histórica de la clase obrera ha consistido en ganar parcelas de poder en estos tres aspectos, especialmente el segundo que no es otro que la democratización de las relaciones de producción. Este es un aspecto clave que conecta la lucha de los trabajadores con la teoría de la alienación en Marx, la idea de que el trabajador es poco más que un apéndice de la máquina que ha de seguir fielmente las directrices de la empresa sin que su voz sea tenida en cuenta. En este sentido, el denominado acuerdo socialdemócrata, un acuerdo tácito desarrollado en Europa occidental -España fue una excepción- tras la Segunda Guerra Mundial, vino a establecer que la burguesía concedía a los trabajadores subidas salariales indexadas o por encima del IPC, pero a cambio no participaba en el control y gestión de las empresas. En este sentido, cabe considerar que nuestras sociedades democráticas actuales -las democracias liberales- son una curiosa combinación contradictoria de dictadura y de democracia. Por un lado, hay democracia en el sentido de que, en tanto que ciudadanos, tenemos una serie de derechos (de asociación, libertad de expresión…), elegimos a nuestros representantes en el parlamento, a los alcaldes, … pero cuando llegamos a las empresas esto se acaba. Si un empleado es crítico con respecto al funcionamiento de la empresa, pues simplemente puede ser o bien despedido o puede no ser promocionado. Incluso lo que hace fuera de la empresa también puede revertir. Ahora -julio de 2025- que estamos celebrando los veinte años del matrimonio igualitario, hay gente que decía que cuando contrajo matrimonio con alguien del mismo sexo lo tenía que ocultar a la empresa, porque si esta lo supiera simplemente le despediría o le haría la vida imposible. Hasta el momento, lo más lejos que se ha llegado en la democratización de las relaciones de producción es la cogestión, la cual o no existe o es muy limitada, salvo la posible excepción -igualmente escasa- de países como Suecia.

 

Con respecto a la propiedad, una solución democratizadora sería la promoción de las cooperativas de trabajadores, es decir, que estos sean los propietarios de los medios de producción. Se trata de algo que promueve -y parece que esto ha caído en el olvido- la Constitución Española que en su artículo 129.2 dice que “los poderes públicos promoverán eficazmente las diversas formas de participación en la empresa y fomentarán mediante una legislación adecuada, las sociedades cooperativas. También establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”. Ni que decir tiene que este fue un precepto introducido por los partidos de la izquierda.

 

Mucho menos se ha discutido sobre el conocimiento especializado de la clase obrera. Se da por supuesto que, mayoritariamente, solo disponen de un conocimiento de alto nivel quienes tienen un título universitario. Sin embargo, si nos retrotraemos a la historia del capitalismo, la organización taylorista de la producción no ha sido otra cosa que la extracción -incluso hurto- del conocimiento de la clase obrera en beneficio de la clase empresarial.

 

En definitiva, pese a que los países de tradición socialdemócrata son los más igualitarios y los más felices del mundo, son limitadamente democráticos. Sería muy importante que la ciudadanía fuera consciente de que la socialdemocracia no es lo mismo que socialismo democrático. Obviamente, este concepto es una contradicción en los términos, puesto que no puede haber socialismo sin democracia. Pero, dada la lamentable experiencia de los países del socialismo real, de horrorosas dictaduras aún vigentes como las de Cuba, Corea del Norte, China… o el lamentable experimento venezolano, no queda más remedio que recurrir a esta expresión.

 

3.    Algunos efectos de la pertenencia de clase.

            ¿Qué efectos sobre la salud, el nivel educativo y cultural, los estilos de vida y la participación política, tiene la pertenencia a una clase u otra?

 

3.1.       Efectos sobre la salud.

            Empecemos por la salud. Sabido es que la esperanza de vida de las gentes de clase trabajadora es menor que la del resto de las clases. La explicación -más allá de las diferencias que pudiera haber en el acceso al sistema sanitario público y/o privado- radica en las condiciones de trabajo. En una comparativa de ámbito europeo, se observa que la gente de clase trabajadora se desenvuelve en actividades que exigen -en mucha mayor medida que en el caso del resto de las clases sociales- estar más tiempo de pie, soportar ruidos, tragar polvo, la realización de movimientos repetitivos, el movimiento de objetos pesados… Donde más cerca están las clases trabajadoras del resto es en la ejecución de movimientos reiterativos que puedan dar lugar a molestias articulares -baste pensar en mover el ratón de un ordenador, por ejemplo-.

 

En lo concerniente a la esperanza de vida, resulta pertinente hacer referencia a la obra de Anne Case y Angus Deaton sobre las muertes por desesperación que afectan a un grupo demográfico específico constituido por varones de raza blanca en torno a los cincuenta años en los Estados Unidos. Esto no sucede ni con los latinos ni con los afroamericanos. Tal sobremortalidad se debe a los suicidios y al consumo de drogas, de alcohol. Lo que parece haber ocurrido es que buena parte de esta población, sin estudios, mayoritariamente de clase trabajadora manual, se ha quedado sin la referencia de una comunidad. Han desaparecido los trabajos que realizaban en la industria. Están en desempleo o pueden tener un trabajo precario, con lo cual no se generan los lazos con los compañeros de trabajo que permiten crear una comunidad de amigos. Para colmo, muchos de ellos no tienen una mujer con la que convivir, es decir no cuentan con el soporte del llamado mankeeping, de cómo las mujeres se hacen cargo del bienestar emocional de sus parejas. En muchas ocasiones, estos hombres abocados a la desesperación votan a Donald Trump, con lo cual no se ganan la simpatía de ciertos partidos o movimientos que crearían las condiciones que harían posible que desapareciera esta lacra. La película Los lunes al sol describe una escena de muerte por desesperación.

 

3.2.       Educación, cultura y estilos de vida.

En lo que se refiere a los niveles educativos, ya desde el primer informe PISA -allá por el año 2000- sabemos que en todos los países considerados les va peor en la escuela a los grupos de más bajo estatus socioeconómico. Este estatus se construye a partir del nivel de estudios y de la ocupación del padre y de la madre y de la posesión de ciertos elementos culturales, como una buena conexión a Internet, el número de libros en casa, el estar suscrito a algún periódico de información general, etc. Por poner solo algunos ejemplos, con la misma puntuación en PISA un alumno de 16 años de estatus socioeconómico bajo tiene -en el caso de España- 3,5 veces más posibilidades de repetir curso que uno de nivel alto. Esto por no hablar de la divisoria escuela pública-escuela privada o la creciente importancia de la llamada educación en la sombra (clases particulares, academias, estancias en el extranjero para aprender idiomas…). Todo esto pone en solfa el discurso sobre la meritocracia. Se podrían añadir otras actividades, como la asistencia al teatro, conciertos, museos, visitas culturales... Esto es un capital cultural que heredan los hijos y que explica, de un modo bastante importante, el éxito escolar diferencial.

 

El hecho de pertenecer a una clase social afecta al modo como hablamos, a como nos vestimos, a nuestra gestualidad, a con quienes nos relacionamos, etc. La gente tiene una asombrosa capacidad para intuir -a partir de aspectos que normalmente pasan desapercibidos- la clase social a la que pertenecen las personas con las que se relaciona. Es lo que Bourdieu llamaba el habitus, un conjunto de disposiciones, de maneras de comportarse que delatan de un modo inconsciente la pertenencia de clase. Al igual que sucede con la propia clase social, el habitus puede modificarse de acuerdo con la trayectoria social. El problema aquí reside en que determinados habitus son los que conducen a ocupar las posiciones más altas de la estructura social. De hecho, los gustos de los grupos dominantes se imponen de un modo coactivo para triunfar en la escuela o acceder a los empleos considerados más importantes. Baste con pensar en la arbitraria imposición de códigos de vestimenta para trabajar en la City londinense en la que el uso de unos zapatos de color marrón es anatema para la élite financiera. Pero la cosa va más allá. El hecho de pertenecer a la clase media, y muy especialmente a la clase alta, contribuye a la creación de un sentido de superioridad y un acendrado egoísmo incompatibles con la convivencia democrática. Los estudios realizados en el ámbito de la psicología social por Keltner con el famoso experimento del llamado monstruo de las galletas (en el que las personas de clase alta o con sensación de ser poderosas son las más propensas a comerse la última galleta de un plato compartido por un grupo) son buena prueba de ello.

 

3.3.       Comportamiento electoral

            En cuanto a la relación entre clase y voto, esta sigue existiendo si bien es cierto que cada vez es menor si la comparamos con la de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Aunque con los barómetros del CIS ya no se pueden construir las clases sociales, sí permiten ver qué grupos ocupacionales tienen mayor tendencia a votar a la derecha o a la izquierda. Se observa que el grupo de directores y gerentes y el de pequeños propietarios es más dado a votar a Vox y al PP. Lo contrario ocurre con los profesionales, científicos, intelectuales, técnicos profesionales de grado medio con las ocupaciones elementales. Lo más importante es la abstención, mucho mayor en las secciones censales donde la clase obrera es porcentualmente mayor. Conviene hacer la precisión de que tanto en los barómetros del CIS como en cualquier encuesta electoral la abstención declarada es mucho menor que la real, es como si algunos entrevistados sintieran cierta vergüenza a declararse abstencionista. 

 

Conclusiones.

            Como conclusión, y como decía un colega mío, las clases no existen, pero haberlas haylas. Esto podría explicar el título de este texto. Cierto es que la gente tiene cada vez menos conciencia de clase (lo que, en términos marxistas, se llamaría la clase para sí). Las condiciones materiales de la producción lo explican muy fácilmente. No es lo mismo trabajar en una mina -donde uno se ve con sus compañeros todos los días, comparte peligros, es necesaria la cooperación…- que hacerlo como un rider o como una camarera de piso en un hotel. Hoy en día, tenemos a una clase trabajadora mucho más dispersa y variada que antaño. Sin embargo, y retornando a Warren Buffett, hay ciertos grupos que sí parecen ser conscientes de sus intereses y de su conciencia de clase.

 



[1] Soy consciente de que esta palabra, de momento, no está recogida en el DRAE.