jueves, 1 de octubre de 2026

Josema Yuste (Martes y Trece): un posible ejemplo de "cuñadismo" liberal

Josema Yuste: un ejemplo de "cuñadismo" liberal

 El pasado 28 de septiembre, el diario El Mundo publicó una entrevista al cómico y actor Josema Yuste, conocido, sobre todo, por ser uno de los componentes del dúo Martes y Trece. Más abajo adjunto la entrevista (el enlace es https://www.elmundo.es/papel/2026/09/28/6ab3c3d521efa0372d8b456e.html).

De la entrevista, me ha llamado poderosamente la atención su percepción de cómo vivió la dictadura. Yuste nació en 1954, es decir, vivió su infancia, su adolescencia y parte de su primera juventud durante el régimen franquista. Creo que lo que dice ilustra bien un rasgo de eso que suele llamarse franquismo sociológico, es decir, la normalización del régimen y el fomento del apoliticismo. Considera que con "Franco, no notaba que viviera en una dictadura. Sabía que era así, pero no lo notaba". Y más adelante añade: "Si no hacías nada y no salías con una pancarta política, no te pasaba absolutamente nada". Justamente en esto consiste un régimen dictatorial: se reprimen el pluralismo y la libertad. La jaula solo se nota cuando se choca con los barrotes. Por otro lado, no bastaba con no agitar una pancarta para librarse de que a uno le “pasara algo”. Los ejemplos abundan, pero basta con pensar en lo que podía suceder con las personas homosexuales o en el dato de que las mujeres tenían menos derechos que los hombres.

Su referencia a la guerra civil no tiene desperdicio: "alguien la tenía que perder y fue la izquierda". Es como si fuera un partido de fútbol.

Y, como no podía ser menos, nuestro entrevistado se suma a la idea de que el cine español es sectario. Yuste considera que no se le llama para hacer películas por ser de derechas, con lo que da por supuesta su calidad como actor. Y de paso afirma que los artistas de izquierdas que ha conocido "viven de puta madre en casas acojonantes" lo que es de suponer que les inhabilita para cualquier crítica referida a las desigualdades sociales. No pongo en duda que él tan solo conozca a los que, como es también su caso, han triunfado. No hace falta indagar mucho para saber que la mayor parte de los actores y actrices malviven de su profesión. Justamente, esto es lo que le pasó a él cuando cuenta que, de joven, él y sus amigos "no teníamos un puñetero duro".

En la entrevista, Yuste se presenta como un excepcional baluarte contra ETA: "Ningún actor ha dicho que eran unos asesinos despreciables. Sólo yo y dos más". La aritmética parece poco precisa. Con respecto a Hamás, dice que quienes hablan de genocidio no critican a este grupo terrorista.

En lo que se refiere a la situación en Ceuta, Yuste propone devolver a "esa gente" a Marruecos. Dice que se puede "perfectamente" con un estado de excepción o con un decreto ley. Con ello pasa por alto las garantías amparadas por la legislación. En Ceuta ya tenemos un precedente de lo que no se debe hacer. En mayo de 2021 entraron unas 15.000 personas, entre ellas unos 1.200 menores. Entre el 13 y el 16 de agosto de ese año se devolvió a Marruecos a 55 menores. El 11 de septiembre de 2025 la Sección Sexta de la Audiencia Provincial de Cádiz, con sede en Ceuta, condenó por prevaricación a la exdelegada del Gobierno, Salvadora Mateos, y a la exvicepresidenta del Gobierno de Ceuta, Mabel Deu. La pena fue de nueve años de inhabilitación. La sentencia dice que se actuó sin seguir el procedimiento legal ni valorar la situación de cada menor. España está obligada a cumplir la Convención de Ginebra, el Convenio Europeo de Derechos Humanos y la Convención sobre los Derechos del Niño.

Nada tengo contra este humorista, pero sí contra este tipo de "cuñadismo" que deteriora la democracia.

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Josema Yuste (Madrid, 1954) está hecho un pincel. Su receta es gimnasio y golf por la mañana y trabajo por la tarde, pues acaba de estrenar la cuarta temporada de su obra ‘Que Dios nos pille confesados’ en el teatro Muñoz Seca de Madrid. Amable y tranquilo, los años no han hecho más que acrecentar las diferencias (también las ideológicas) con el torbellino que es Millán Salcedo, la otra mitad de la versión de Martes y Trece que conquistó España en los 90 hasta que ya no pudieron más.

Lo de seguir trabajando, con el dinero que has ganado, ya es vicio.

Sí, un poco. Está bien definido así. Soy el primer sorprendido, pero tengo una ilusión muy parecida a la que tenía cuando empecé hace 50 años aunque sin la necesidad de tener que trabajar para comer, que da mucha paz. Podía haberme retirado tranquilamente, pero sigo porque quiero y porque puedo. Todavía tengo la cabeza en su sitio, tengo memoria y tengo la ilusión, que es la que mueve montañas. Sin ella no vas a ningún lado en este oficio. Además, el médico me dijo: "Si puedes, no dejes de trabajar nunca aunque sea un poquito porque tener la cabeza en activo y el cuerpo en movimiento es calidad de vida y es salud". Así que, mientras pueda, aquí seguiré.

¿Se hace raro seguir en activo cuando uno ya es una leyenda por su trabajo anterior?

Para hacerlo tienes que olvidar que fuiste esa persona y saberte reinventar. Empecé siendo un actor de teatro desconocido, pasé a ser humorista famoso, volví a ser actor en televisión y cine y regresé, al final, al teatro. En todos esos pasos, he tenido la fortuna de que la gente siempre me ha comprado, me ha seguido y me ha respetado, pero también he puesto de mi parte porque he respetado a mi profesión, a mis compañeros y, sobre todo, al público. He sido muy honesto con mi trabajo. Hago reír a través del humor que me gusta a mí, que coincide con los gustos de un sector de gente importante. Trabajo el humor blanco, absurdo y surrealista, que nunca pasa de moda.

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El hecho es que sigues llenando el teatro.

Sí y eso no es fácil. Esta carrera no es sencilla y no puedes despistarte, defraudar ni perjudicarte a ti mismo y a tu salud. Somos un poco como atletas, no tenemos que hacer mil flexiones, pero debes estar bien físicamente, con buen aspecto exterior e interior a la hora de pisar un escenario o un plató. Eso de la vida disipada del artista es un error.

¿Siempre has sido un tío así de formal?

Sí. Soy un tío formal, pero no hago las cosas por lo que la gente piense de mí, las hago porque me apetece y porque es lo que me gusta. No me vendo al por mayor ni al por menor, yo soy yo y soy sincero conmigo mismo. Si no fumo, no bebo y no me drogo, es porque no me apetece. Fumé unos años de joven y lo dejé porque era una mierda, me sentaba fatal y estaba todo el día afónico. No me drogo porque me parece el mayor error que puede cometer un ser humano. Y soy formal y hago ejercicio porque me gusta. Si me gustara lo otro, lo haría.

¿Cómo se era formal siendo joven en ese Madrid y esa España de los 80 que se abría a la libertad?

He sido joven y me he divertido, obviamente, pero nunca he estado en la droga, en el desfase ni en la noche hasta las 7 de la mañana todos los días. Los demás salían y yo me iba tan tranquilo a casa. Me he fumado tres porros en mi vida y me he dado cuenta de que es una gilipollez y me da taquicardia. Nunca más en mi vida.

¿Cómo valoras esos años de la Transición?

La llegada de la democracia fue un momento de esplendor, de ilusión y de esperanza. He vivido las dos Españas, tengo 72 años. Con Franco, no notaba que viviera en una dictadura. Sabía que era así, pero no lo notaba. Mi padre era un hombre recto y recibí una educación normal, de valores, honradez y honestidad. Lo que era mi padre. Evidentemente, cuando llega la democracia, hay una liberación que me gusta. Ganamos en muchísimas cosas, aunque hemos perdido en otras.

¿En cuáles?

Creo que la libertad debe tener unos límites. Por supuesto, prefiero siempre una democracia a una dictadura, sea de derechas o de izquierdas, que para mí son exactamente lo mismo. Yo soy demócrata y mi padre lo era también, pero vivíamos bajo el régimen de Franco y era lo que había. Si no hacías nada y no salías con una pancarta política, no te pasaba absolutamente nada.

Hombre, la lista de represaliados es larguísima.

Sí, pero era si te implicabas en esas cosas. Prefiero la democracia porque la libertad es maravillosa, eso que quede claro, pero no puede ser que se convierta en anarquía y últimamente lo parece a veces.

Me dijo Millán que considera que Martes y Trece sois parte de la Movida.

Claro, coincidíamos con Alaska y todo ese mundo en los sitios, lo que pasa es que los humoristas éramos como una raza aparte. La música trae un tipo de público y de vida más de madrugada, de alcohol y de ciertas drogas. Nosotros hacíamos nuestra gala y para casa. Además, no estaba de moda el humor y éramos muy pocos: Esteso, Pajares, nosotros y cinco más. No nos mezclábamos, al menos yo. Millán más, a él ese ambiente sí le gustaba, pero a mí nada. Con los actores sí había más trato porque coincidíamos en el famoso café Dorín, al lado del Teatro de la Comedia.

Allí era dónde iban todos los actores jóvenes a ver qué se cocía en el mundillo.

Sí. Nosotros no teníamos un puñetero duro y un día fuimos cuatro o cinco amigos, nosotros, José Luis Gil y alguno más, a tomar un café y hablar de proyectos y sueños. Tras cuatro horas allí sentados con un café cortado y un vaso de agua a compartir entre todos, el camarero ya vino a echarnos de la mesa. Nos levantamos con una humillación acojonante y nos fuimos, pero al salir me quedé mirando la puerta y pensé: "Algún día volveré y me tomaré el plato combinado". Tenían un plato combinado acojonante con un filete de ternera de puta madre, una tortilla francesa y unas croquetas de jamón. Era la hostia, pero yo no podía pagarlo. A los pocos años volví, me lo comí y se lo conté al camarero. Era otro camarero, pero me daba igual, para mí suponía haberlo logrado.

En realidad, vuestro éxito fue rápido. Desde que os juntasteis hasta que José María Íñigo os llevó a la tele, en 1978, pasaron un par de años.

Fue absolutamente inesperado. Un día, empezamos a escribir cuatro chorradas que no sabíamos ni a quién ni cómo vender. Entonces dije: "Yo me encargo". Me gusta siempre tomar un poco el liderazgo y, además, era el serio, me iban a creer más que a Millán o a Fernando [Conde, tercer miembro de la formación original]. Íbamos por los los bares donde había actuaciones, pero no nos hacían ni puto caso. Sólo querían cantantes protesta, no cómicos. Así hasta que en el Pub People, un sitio superbonito en la calle Guzmán el Bueno, nos hizo caso el dueño. Le caímos en gracia y nos invitó a actuar 15 minutos el siguiente sábado, justo después de un evento en el que daba un premio a Andrés Pajares. La sala estaba abarrotada. Fuimos, actuamos y caímos en gracia. Se partían con las trillizas, que las hicimos allí antes de salir en televisión.

¿Esa noche arrancó todo?

Sí. Entre el público estaba Gloria Fuertes, que nos dijo después la actuación: "Me habéis gustado. Tenéis alma, tenéis ángel y llegáis a la gente. No os separéis nunca porque tres es el número mágico". Lo clavó [risas] porque a los seis años se fue Fernando y siendo dos es como explotamos. Luego han pasado muchas cosas y acabamos como acabamos, pero aún voy por El Corte Inglés y se me acerca la gente a decirme nuestras expresiones de hace 40 años. Hostia, es bonito. Me entra un cosquilleo de saber que hemos hecho algo que va a perdurar. Estar en el lado positivo de la Historia de este país es muy bonito. Me emociona, lo confieso.

¿No ha sido una sombra permanente para el resto de tu carrera?

Triunfamos jóvenes y eso nos ha dejado mucha vida después. Eso es un chollo, no nos engañemos. Hemos tenido mucho tiempo para disfrutar de las recompensas de ese éxito. Lo que pasa es que hay momentos en los que te hartas de que todo sea el pasado. Cuando empecé a intentar reinventarme como actor, la gente sólo me veía como el de Martes y Trece. Al principio me molestaba, pero esa rabia me duró poco porque entendí que mi pasado es mi mejor tarjeta de visita. Se me pone al teléfono todo el mundo, hasta grandes políticos.

¿Quiénes?

Desde la presidenta de la Comunidad de Madrid hasta Alfonso Guerra y, por supuesto, en mi profesión muchísimos directores y productores. Enseguida entendí que no puedo estar en contra de Martes y Trece porque no puedo evitar la realidad: eso es insuperable. Así que me hice amigo de mi pasado y voy con él encantado de la vida. En buena parte, gracias a eso estoy hoy aquí contigo y ahora mismo estoy enamoradísimo de Martes y Trece y agradecidísimo a mis compañeros, Millán y Fernando, que me han dado todo eso.

Tu relación con Millán no ha sido precisamente fácil y hay tantas versiones que es difícil saber la verdad.

Yo nunca jamás he mentido.

¿Él sí?

No lo sé [risas]. Ahí lo dejo. Yo nunca he mentido, eso te lo puedo asegurar.

¿Siempre fuisteis el rojo y el facha, con perdón, o eso vino con los años?

Bueno, Millán no sé lo que es, no lo sabe ni él. Es un ser libre, muy anárquico… En cuanto a mí, facha nunca he sido aunque me lo llamen, pero siempre he sido un demócrata de centro derecha. Siempre. Siempre. Mi padre lo era, me lo transmitió y yo lo soy. Creo en la superación, el trabajo y el esfuerzo de la gente y creo en la democracia mucho más que mucha gente de izquierdas. De hecho, también me considero mucho más tolerante que mucha gente de izquierdas. Te puedo asegurar que conozco a muchos que van de liberales y luego son más intolerantes que la madre que los parió. Especialmente, en el cine. A mí no me llama ni Dios para el cine.

¿Por ser de derechas?

No tengo la más mínima duda, pero me importa una mierda porque me va muy bien. Eso sí, no admito lecciones de tolerancia. Como productor, yo contrato a los actores por su talento y jamás les pregunto a quién votan. En mi compañía, tengo comunistas y tengo del PP, sólo me importa que trabajen bien, pero el cine español no funciona así y lo digo con conocimiento de causa. Me da igual. He sido siempre así y no voy a cambiar.

Existe la idea de que el artisteo del Madrid de la Movida era todo de izquierdas, pero los años han descubierto que no, desde Alaska a Nacho Cano.

Y muchos más que no lo dicen porque no se atreven, te lo aseguro. Yo sé que hay gente muy famosa que piensa como yo, que son de derecha liberal, y se callan porque es mejor para su trabajo. No voy a decir los nombres porque respeto lo que cada uno decida hacer, pero me da un poco de pena que no sean valientes. La gente de izquierdas es mucho más valiente y atrevida que la de derechas en el mundo de la cultura. Hay cierto complejo. La cultura en España es de izquierdas como industria, pero te sorprendería saber la cantidad de artistas que son de derechas o, al menos, no apoyan a este Gobierno. Son socialdemócratas que ven la que están liando Sánchez y compañía, pero siguen callados.

¿Ni siquiera la época dorada del felipismo, flirteaste con la izquierda?

No. Lo tengo clarísimo: ni he votado al PSOE y a la izquierda ni les votaré nunca. No me han demostrado merecerlo. Zapatero decía que ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho, una frase que sabiendo lo que ahora sabemos de él es repugnante, una hipocresía acojonante. Los políticos y artistas de izquierdas que he conocido viven de puta madre en casas acojonantes, con un nivel de vida de la hostia y no se comunican con el pueblo. Están en una isla. No entiendo esa doble vara de medir, esa hipocresía, esas críticas a Israel sin una sola palabra negativa hacia Hamás… ¿Estamos locos? O cuando ETA mataba, ningún actor ha dicho que eran unos asesinos despreciables. Sólo yo y dos más. ¿Qué coño les pasa?

¿La polarización es algo nuevo o ya existía en los idealizados 80 y 90?

Desde principios de los 90, esa sensación de país feliz era un poco espuma, pero en la Transición se demostró que las dos Españas podían remar juntas. La gente se unió y entendió que había que dejar atrás el pasado para avanzar. Hubo una guerra con barbaridades y muertos de los dos lados, alguien la tenía que perder y fue la izquierda, lo que vino después fue difícil y para avanzar teníamos que unirnos y continuar juntos como país para lograr la democracia. Es la única vez que toda España ha trabajado junta y para eso hay que dialogar y ser un demócrata de verdad, cuando eres un intolerante como tantos de izquierdas es imposible.

La derecha no está libre de intolerantes.

Hombre, claro. Cuando digo que soy demócrata liberal es porque estoy más cerca del centro que de ningún extremo. No puedo con la derecha extrema ni con la extrema izquierda, pero este Gobierno llama extrema derecha todo el rato a Vox y no llama extrema izquierda ni a Sumar, ni a Bildu, ni a Podemos. Por favor, ¡qué hipocresía!

¿Qué te pone tan nervioso de Pedro Sánchez?

Me saca un poco de mis casillas porque me parece un personaje siniestro, patético y absolutamente enloquecido. Ahora veo a Sánchez como a Nerón viendo Roma arder y gozando el momento. Ve que en Ceuta la gente lo está pasando como el culo, que no pueden salir a la calle, que hay intentos de violación y asquerosidad en las playas, pero no hace nada, parece que lo disfruta.

¿Qué harías tú?

Devolver a esa gente a Marruecos. Se puede perfectamente instaurando el estado de excepción o haciendo un decreto ley, que los hace todo el rato cuando le apetece. Hay muchas fórmulas. No se da cuenta que siendo tan servil y complaciente con Marruecos es mucho peor. Se ha demostrado, les regaló el Sahara y mira. Van a seguir queriendo más. Es un mentiroso compulsivo y no puedo estar de acuerdo con él prácticamente en nada. Si tuviera que decir algo bueno de Sánchez, no se me ocurriría nada. De verdad, nada. Ha mentido como un bellaco y dice que España va de maravilla, pero ha subido un 41% el precio de la compra desde la pandemia. Hay cosas que él no puede controlar, está claro, pero otras sí y no sabe. Gobierna, pero no manda.

¿Eran mejores los políticos de antes?

Sin duda. La gente de UCD ejerciendo de bisagra, Carrillo y Fraga asumiendo que tenían que llegar a acuerdos en el 78, incluso el PSOE de Felipe González pese a la corrupción del final. Aquí corrupción ha habido en la derecha, la izquierda, abajo y arriba y la va a seguir habiendo. Desde el concejal que se lleva 2.500 euros hasta el ministro que amaña obras, es inherente de la política española. Es una pena, pero es así. El caso es que hoy en día entenderse es imposible con esta izquierda extrema, que lo es porque Sánchez no es un socialdemócrata sino un socialcomunista.

No sé si muchas personas de izquierdas estarán muy de acuerdo en que sea siquiera socialista viendo sus políticas en cuestiones como la vivienda, la verdad.

Bueno, es que por encima de todo Sánchez es de Sánchez. Es un ególatra, un hedonista, un personaje que vive en su mundo de paranoia y de enloquecimiento absoluto. Siento decirlo de un presidente del Gobierno, pero es lo que pienso y lo que me transmite.

¿Cómo llevaste los años de los especiales de Nochevieja y la fama disparada?

Me levantaba el día 1 de enero con la legaña, veía los saltos de esquí y el concierto de Viena [risas]. Siempre he tenido los pies en la tierra y no me he dejado llevar por el éxito.

¿Cómo funcionasteis tan bien dos tipos tan distintos como Millán y tú? En realidad, hay muchos dúos cómicos repiten ese modelo del serio y el anárquico, desde vosotros a Cruz y Raya pasando por Faemino y Cansado.

Es bueno que los dos no piensen igual y se complementen. Hay un caso muy curioso que es el de Tip. Antes de Coll, formó Tip y Top Tip con Joaquín Portillo, que era un locutor de radio que también tenía un gran sentido del humor, pero muy parecido al de Tip y aquello no triunfó demasiado. Luego conoció a Col y aquello estalló. Les pasaba un poco como a Millán y a mí, derecha e izquierda, serio e imprevisible… Millán y yo no éramos distintos, éramos muuuuy distintos. Opuestos. Y funcionó porque yo sujetaba a Millán en muchas locuras, porque a veces se le iba la cabeza, y él me hacía ver que hay que ser un poco más atrevido. Siempre funcionamos de una forma bastante democrática.

¿Discutíais mucho?

Todo el rato, pero ninguno de los dos éramos ni somos rencorosos. A mí los cabreos no me duran nada porque no me compensan. Discutíamos por los planteamientos de los sketches y porque tenemos dos mentes totalmente dispares, pero al final siempre llegábamos a un medio acuerdo.

¿Cómo os lleváis ahora?

De vez en cuando intercambiamos algún mensaje y no hay ningún problema. Lo que pasa, y lo siento porque sé que le molesta, es que creo que la amistad es otra cosa. Amigos no hemos sido nunca. Hemos tenido una relación de pareja profesional y hemos compartido hotel y comido juntos siempre, porque charlar y compartir es importante, laboralmente, pero luego cada cual tenía su vida. Quedar para cenar o ir al cine ha pasado muy rara vez, alguna al principio, porque somos muy diferentes en todos los sentidos y es complicado que seamos amigos. No pasa nada, yo le aprecio mucho igual.

Me dijo que le jode mucho que la gente que se le acerca, para elogiarle, se mete contigo, que a ti sólo te insulta él.

No creo que le pase tanto. Puede hacerte más gracia uno u otro, pero al 95% de la gente le gustaba Martes y Trece. No es una competición de popularidad, nunca lo ha sido.

Con lo que no os ponéis de acuerdo es con quién decidió romper en 1999. Millán sostiene que fue decisión suya y que tú no estabas de acuerdo.

Empecé la entrevista diciendo que yo no miento en general y tampoco respecto a eso. Digo la verdad y, si no quiero decir algo, me callo, pero mentir me parece un error que siempre acaba yendo en tu contra. Mira, nuestro final no fue cosa de un día sino de un par de años. La presión empezaba a ser insoportable. Hacíamos un 51% de audiencia en el especial de Nochevieja y al día siguiente ya estábamos agobiados con qué hacer el año siguiente para tener un 52% y no un 50%. ¿Qué nos queda por hacer? ¿A quién invitamos? Joder, era la hostia y eso nos llevó a decidir que ya no podíamos más. Eso por un lado. Por otro, interiormente ya estaba un poquito quemado y cansado de discutir con Millán. En esa época discutíamos constantemente.

¿Por qué?

Porque él se quería ir desde hace cinco años y yo le decía: "Joder, tío, aguanta, que nos va de puta madre y son 20 galas y dos especiales al año. Tampoco es para tanto. Aprovecha y ahorra, que es un dinero importante y, si nos van mal las cosas luego, nos va a permitir estar en el paro y tener para vivir". Cada dos por tres, él volvía a liarla con que no podía más y otra vez la misma pelea. Entonces, me ha echado en cara siempre que yo le forcé a quedarse, pero es injusto porque gracias a eso él ha podido vivir todos estos años después de la separación en los que ha trabajado muchísimo menos que yo. Esa es la realidad.

¿Quién lo dejó, entonces?

Yo. Josema Yuste, que está aquí sentado. Un día dije: "Ya no puedo más y quiero que nos separemos". Lo dejé yo, lo que sí es cierto es que, durante cinco años, él quería irse y yo le retuve. Eso lo reconozco, pero, coño, lo hice con argumentos y con buena fe. "Estás ganando más dinero que en tu vida, no tenemos ni 50 años, espérate un poco, coño".

¿Has calculado cuánto dinero dejaste de ganar por romper Martes y Trece?

Es incalculable. Al año siguiente nos pusieron delante un cheque en blanco por hacer el especial de Nochevieja del 2000, pero la decisión era irrevocable. Cuando nos separamos, teníamos claro los dos que ya no había vuelta atrás.

¿No habéis tenido la tentación de explotar la nostalgia, hacer una gira de reencuentro y forraros?

Nunca jamás. Después de separarnos, hemos hecho una cosa benéfica y ya. No había forma de reconstruir aquello y tampoco creo que ninguno de los dos quisiera, acabamos muy quemados, pero mi balance de toda aquella aventura es positivo en un 99,9%. El 0,1 restante son las discusiones con Millán. No me gusta discutir sin llegar a puntos de acuerdo porque eso es intolerancia y al final cada vez nos pasaba más. Hay que llegar a acuerdos, es lo que echamos de menos en los políticos ahora, que todo lo quieren imponer por cojones. Nosotros fuimos las dos Españas que dialogaban, ya podrían aprender, pero no tiene pinta.

¿Cómo valoras el revisionismo de algunos de vuestros gags como el de "mi marido me pega"?

Es absurdo mirar aquello con los ojos de hoy. Cada vez se juzga más y para el cómico o el actor existe una autocensura por miedo a que te cancelen los populismos de todas las ideologías. Eso es lo que me enerva. Soy de centro derecha liberal, pero veo muy bien la socialdemocracia real, podría llegarla a votar si la alternativa fuera una derecha de mierda o incompetente. Lo que pasa es que ahora no hay un partido socialdemócrata, sólo populismos y extremismos. El sanchismo, Vox, de Bildu ni hablemos… El chico de Esquerra, Rufián, no es el peor, no tiene malas intenciones aunque yo no coincida ideológicamente con él. El caso es que cuando hicimos ese gag no sabíamos de la violencia de género lo que sabemos hoy, igual que nos pasó con las drogas. Éramos ignorantes en eso.

¿Te arrepientes de algo?

No, porque vivía en ese momento, esa circunstancia y esa España. Hoy no escribiría ese gag, pero no se puede comparar la España de hoy con la de hace 40 años. Es injusto e hipócrita. Hay gente que dice que los 80 eran mejores y más libres, pero yo creo que no hay época mejor ni peor. Me ha tocado vivir las dos Españas y he aprendido que todo cabe desde el diálogo y la democracia.

 

lunes, 24 de agosto de 2026

La docencia universitaria en la era de la IA: una propuesta

 La docencia universitaria en la era de la IA: una propuesta

En estos días previos al comienzo de curso, buena parte del profesorado universitario está dándole vueltas a cómo incorporar —y, en algunos casos, rechazar— el uso de la inteligencia artificial (IA) en nuestra docencia.

Dado que la IA puede realizar aceptablemente bien muchas de las tareas que solicitamos a nuestros (-as) estudiantes, creo que no queda más remedio que incrementar las actividades que puedan realizarse y evaluarse dentro del aula. De paso, fomentamos la evaluación continua.

Lo que aquí presento es un resumen de lo que hasta ahora me estoy planteando para mi docencia en la facultad de Sociología de la UCM. Antes que nada, advierto que lo habitual —al ser más bien profesor del turno de tarde— es que no tenga matriculados más de treinta estudiantes (y con el sistema que seguidamente explico es casi seguro que serán algunos menos: de hecho, siempre lo han sido). Con un número superior habría que repensar las propuestas que aquí planteo o incluso obviarlas.

Cada curso consta de poco más de treinta sesiones de algo más de noventa minutos (dos horas con una pausa intermedia). De ellas, dos se dedicarán a los exámenes parciales y cinco a las presentaciones de trabajos de investigación — dependiendo de su número— por parte de los estudiantes. Las veintitrés restantes son sesiones mixtas que combinan, a partes iguales, debate y explicación: cuarenta y cinco minutos de debate sobre el tema correspondiente —serían diez los temas en total— o sobre la lectura de ese mismo tema, y cuarenta y cinco minutos de explicación del tema en curso. La estructura típica de una semana —hay dos sesiones semanales: lunes y martes, por ejemplo— podría ser esta: el lunes, debate sobre el tema ya visto y comienzo de la explicación del tema siguiente; el martes, debate sobre la lectura de ese tema anterior y final de la explicación del nuevo. Cada tema recibe así unos noventa minutos de explicación y otros noventa de debate: primero lo explico —por supuesto, siempre con la posibilidad de que el estudiantado intervenga durante esta explicación—, después los estudiantes discuten sobre la lección y, por último, sobre la lectura.

Cada tema cuenta con un PowerPoint —disponible en el campus virtual antes de su explicación y que incluye los fragmentos de vídeo que se proyectarán en clase— y con una lectura asociada, igualmente disponible en el campus.

En cada sesión se planteará una cuestión —sobre la lección explicada o sobre la lectura, según el día— y se trabajará sobre ella en una secuencia fija de cinco tiempos.

1. Observación inicial (dos minutos). Un breve manuscrito de dos o tres renglones sobre el debate de la sesión anterior, en el que se indicará si se mantiene o se modifica la posición previamente defendida y por qué.

2. Miniensayo (diez minutos). Escritura individual manuscrita de una toma de posición sobre la cuestión que se plantee: entre seis y ocho renglones, sin internet, sin móviles, sin ordenadores y sin relojes inteligentes. Antes de entregarlo, con indicación de nombre y apellidos, es altamente recomendable hacerle una foto del escrito, de modo que cada cual pueda construir una carpeta digital con todos ellos. El texto se entrega al terminar de escribirlo y acredita la asistencia a clase.

3. Discusión en pequeños grupos (diez minutos). Grupos de tres a seis personas que se autoorganizan y discuten sobre lo que cada cual ha escrito. Durante la discusión se puede usar el móvil: para consultar la foto de los escritos, buscar un dato… Todo el mundo ha de tomar notas de lo discutido, ya que cualquiera puede resultar designado portavoz.

4. Contraste con la IA (cinco minutos). Cada cual, individualmente, pedirá a la herramienta de IA que prefiera un argumento en contra de la posición que acaba de defender por escrito o una visión crítica de esta: ¿qué mejorar?, ¿qué cambiar? Es recomendable que en cada grupo se consulten distintas IA —Claude, ChatGPT, Gemini, DeepSeek u otras—: así el contraste posterior resultará más enriquecedor.

5. Debate global (en torno a quince o veinte minutos). El profesor designará aleatoriamente, entre los miembros de cada grupo, a quien presentará a la clase un resumen de la discusión, apoyándose en sus propias notas. Esta designación se hará al final, precisamente para que todos deban estar preparados para exponer. Se procurará que, a lo largo del curso, todos sean portavoces un número similar de veces. El debate se basará en lo expuesto por los portavoces, en las objeciones u observaciones que la IA haya planteado —que podrán exponerse públicamente— y en la lectura que yo haya hecho de los manuscritos durante los quince minutos de las fases 3 y 4. Al comentar en el aula aspectos de esos manuscritos nunca diré quién es su autor o autora, a menos que alguien reivindique en el debate que tal observación es suya.

Cada tres o cuatro sesiones, cada estudiante recibirá una valoración de sus escritos conforme a la siguiente escala:

•         Deficiente: no toma posición sobre la cuestión planteada o la enuncia sin ofrecer razón alguna, o la redacción resulta incoherente.

•         Pasable: toma posición y la apoya en al menos una razón.

•   Notable: además, desarrolla un razonamiento, es decir, encadena varias razones, distingue planos o aspectos de la cuestión, o toma en consideración una posición distinta de la propia.

•     Excelente: además, conecta lo escrito con otros contenidos sociológicos, de la actualidad o del pasado, o identifica una posible objeción a su propia posición y le da respuesta.

Cada momento del curso contiene indicaciones sobre el uso de la IA. No se puede utilizar cuando se escribe a mano —en el miniensayo y en las pruebas parciales—. Está permitida durante los cinco minutos de cada sesión que siguen a la discusión en grupo. También lo está en el trabajo de investigación, pero con transparencia: puede usarse como instrumento de apoyo (búsqueda de ideas, revisión de la redacción, contraste de interpretaciones) indicando qué herramientas se emplearon, para qué tareas y qué sugerencias se aceptaron o se descartaron y por qué. La responsabilidad sobre el contenido íntegro del trabajo, incluidos errores y citas, corresponde en todo caso a sus autores. La IA puede redactar un informe sobre, por ejemplo, un centro escolar. Lo que no puede es haber estado allí, sea el caso, un viernes por la mañana. Por eso lo que se evalúa es lo insustituible. En todo caso, las tutorías permitirán al profesor conocer de antemano qué se está haciendo.

Cada tema lleva asociada una lectura, disponible en el campus virtual. Soy consciente de que la tentación de no leer es muy fuerte. Por eso el curso está montado para que leer merezca la pena, aunque ser por razones meramente instrumentales. Cada lectura tiene su propio debate de cuarenta y cinco minutos en el que el miniensayo del día versará sobre el propio texto y no sobre generalidades: quien viene con la lectura hecha escribe y debate con ventaja. Además, cuatro de las siete preguntas de cada parcial procederán de las lecturas. Leer, en consecuencia, no es opcional.

Los trabajos de investigación funcionan como un pequeño congreso científico. En el campus se propondrá una variedad de temas y, previa negociación con el profesor, siempre podría haber otros. Tras la investigación (sea o no trabajo de campo, aunque se recomienda que lo sea) hay que escribir un texto de entre 1.500 y 2.000 palabras, como en los congresos que organiza la Federación Española de Sociología. Se entregará al menos tres semanas antes de la fecha de presentación, plazo que permite acometer, si fuera el caso, las sugerencias realizadas por el profesor. Si el trabajo fuera de una calidad ínfima, no se podría presentar en clase. En tal caso, el 20% de la nota final asignado a la presentación —como se puede ver más abajo— se asignará al bloque de examen el cual en este caso representaría el 70% de la nota final. Cada trabajo habrá de exponerse en público durante unos diez minutos en las últimas semanas del curso. Está terminantemente prohibido leer el texto de la presentación: se permite un guion de apoyo de una cuartilla como máximo y, si se usaran diapositivas, estas deben carecer de párrafos. Se trata de presentar para dar que pensar: una tesis clara que se pueda discutir vale más que diez diapositivas impecables que no dicen nada. Es lo que en las TED Talks se llama ideas worth spreading (ideas que merece la pena difundir). En definitiva, prohibido aburrir. Y, finalmente, tras la exposición se abre un debate con preguntas del profesor, de la pareja relatora —compañeros que habrán recibido y leído el texto con antelación y abrirán el debate con al menos una pregunta o un comentario crítico— y del resto de la clase. La capacidad de responder a preguntas no anticipadas sobre el propio trabajo es el criterio principal de la defensa. Todos los estudiantes serán relatores del trabajo de otros.

Las clases dedicadas a las presentaciones son sesiones lectivas ordinarias. En los últimos cinco minutos de cada una de estas sesiones, quienes no hayan presentado ese día —relatores incluidos— manuscribirán, en seis u ocho renglones, un escrito con esta consigna: de las presentaciones de hoy, elige la que más te haya hecho pensar y explica por qué: qué se sostuvo y qué le preguntarías o le objetarías. No se pide una valoración («estuvo bien»), sino una reconstrucción, alguna objeción, con qué se está de acuerdo y por qué. Estos escritos llevarán el nombre de su autor o autora, se fotografían antes de entregarse, acreditan la asistencia y se incorporan a los lotes de escritos de aula, con la escala evaluativa ya vista.

Habrá dos pruebas parciales liberatorias, presenciales y manuscritas, cuya superación exime de realizar la prueba final. Se trata de responder a cinco preguntas libremente elegidas de entre siete, manuscribiendo entre ocho y doce renglones por respuesta, en una hora u hora y cuarto. Cuatro de esas siete preguntas procederán de las lecturas; las restantes, de las explicaciones de clase, vídeos incluidos. Se recomienda hacer una foto del examen antes de entregarlo. Se subirán al campus ejemplos de preguntas de años anteriores.

Son estudiantes asistentes quienes hayan acudido a la mayoría de las sesiones (con más de cinco ausencias serían considerados no asistentes, aunque podría haber alguna excepción documentalmente justificada). La entrega del manuscrito diario acredita la asistencia. Así es como se distribuiría la nota final:

Bloque 1. Pruebas de conocimiento (50%). Las dos pruebas parciales liberatorias ya descritas (25% + 25%), cuya superación exime de realizar el examen ordinario (o, en su caso, el extraordinario).

Bloque 2. Trabajos y prácticas (40%). Escritos de aula (20%), valorados conforme a la escala descrita, y trabajo de investigación con su presentación y defensa oral (20%).

Bloque 3. Participación (10%). Los escritos de aula constituyen la evidencia ordinaria de participación en el desarrollo de la materia. Una participación oral excepcional y sostenida en los debates mejorará la calificación final, y podrá asimismo tenerse en cuenta la asistencia a actividades voluntarias relacionadas con la asignatura (conferencias, seminarios y otras de índole similar).

Los estudiantes no asistentes harán un examen final presencial y manuscrito sobre la totalidad del programa (100%). En todo caso, aunque alguien se considere no asistente (porque prevé claramente que va a faltar a más de cinco sesiones), siempre tendrá la posibilidad de acudir como oyente a las sesiones que considere oportunas.

Dicho esto, son varias las inquietudes o dudas que me asaltan. En una titulación como la de Sociología, si el profesorado es exigente, es decir, si hace cosas como requerir la asistencia regular o invitar a pensar, a leer, a escribir… es muy probable que se quede con pocos estudiantes. Téngase en cuenta que muchos de ellos no tienen gran interés ni por la Sociología ni, quizás, por el trabajo intelectual. De hecho, lo que quieren es acabar cuanto antes la titulación y con el menor esfuerzo posible. Además, siempre tienen la posibilidad de matricularse con un profesorado menos exigente. Tampoco se me escapa que esta propuesta supone más dedicación docente: los incentivos profesionales están en la investigación y las publicaciones y no en la docencia. 

viernes, 19 de junio de 2026

Crónica de un breve viaje a China

 Crónica de un breve viaje a China

A comienzos de junio pasé nueve días en China en el marco de una de las rutas culturales de la Comunidad de Madrid y que incluye las ciudades de Pekín, Xián y Shanghái. Nueve días, como es obvio, no dan para hacerse una imagen elaborada de la sociedad china. Lo que sigue son, más bien, impresiones de un observador ocasional.

Lo primero que me sorprendió es que las ciudades chinas se parecen bastante a las occidentales. Hay diferencias, claro. La más evidente tiene que ver con el urbanismo: las tres ciudades visitadas son megalópolis de al menos quince millones de habitantes, con la congestión circulatoria que eso conlleva. A ello se añade una ingente cantidad de bicicletas y motocicletas que circulan tanto por los carriles habilitados como por las aceras, incluidas aquellas repletas de peatones. Muchas de estas motos transportan paquetes de comida. Es como si los habitantes de estas ciudades hubieran hecho realidad el sueño de Joan Roig de eliminar la cocina doméstica. Poco antes del viaje había empezado a leer El repartidor de Pekín, de Hu Anyan, una novela en la que el protagonista relata sus peripecias como repartidor de paquetes, mayormente comida. Cuando lo leí me pareció difícil de creer la similitud con lo que ocurre en España con este tipo de trabajadores. Pues bien: Anyan no había exagerado lo más mínimo.

El paisaje urbano está dominado por grandes torres de unas cuarenta plantas donde vive la mayoría de la población. Las calles son excepcionalmente anchas y, además, arboladas. Desde el tren de alta velocidad —que, pese a su nombre, circula a una velocidad similar a la de nuestro AVE— de Pekín a Xián se aprecia cómo en la inmensa llanura brotan constantemente aglomeraciones de edificios de gran altura de ciudades que fácilmente superan los diez millones de habitantes.

En los parques llama la atención la cantidad de gente —especialmente jubilados— que, desde primera hora de la mañana, realizan colectivamente actividades deportivas o bailan. En uno de esos parques pude ver un grupo liderado por alguien dotado para el bel canto que entonaba canciones nacionalistas y, quizás por nuestra presencia (no sabían que veníamos del Madrid de Ayuso), también la Internacional.

Algo que resulta sorprendente para el visitante europeo es la ausencia de terrazas donde tomar algo (solo vi algo así en las escasas calles como configuran el barrio francés en Shanghái). Se compensa, sin embargo, con una abundancia extraordinaria de establecimientos de comida preparada en prácticamente cualquier calle. Hablando de restauración, conviene que señalar que nuestra idea de bebida fría no coindice con la suya. Por ejemplo, su cerveza fría es para nosotros casi caliente.

La vida cotidiana depende de forma intensa del teléfono móvil: con él se paga, se pide un taxi, se chatea. Tal es la dependencia del móvil que hay cargadores portátiles por todas partes (se cogen en un sitio y se devuelven en otro).

La mayoría de los turistas que vi tenían rasgos asiáticos. Los datos oficiales indican que proceden principalmente de Macao, Hong Kong, Corea del Sur y Japón. Sí pude constatar una notable presencia de españoles, quizás explicable en parte por la existencia de vuelos directos Madrid-Pekín. En ningún momento oí hablar francés, italiano o alemán.

Salvo excepciones, que nadie espere ser comprendido hablando inglés, ni siquiera en los hoteles, más allá de un intercambio básico en ese idioma. Por suerte, existe el traductor de Google y similares. Pese a esa barrera, la gente china resulta abierta y afable. Un miembro de mi grupo comparó esta visita con otra que había realizado hace años en la que constató que la población local rehuía el contacto con los extranjeros.

Los españoles tenemos una merecida fama de bulliciosos. Que nadie se alarme: los chinos nos ganan por goleada.

Una de las actividades, al parecer ineludibles en cualquier visita turística a China, es pasar por algún centro comercial de imitaciones de productos de lujo. En el caso de este viaje organizado se hizo por partida doble: en Pekín y en Shanghái.

Antes de terminar, algunas reflexiones sobre la dimensión política. La china es una sociedad de vigilancia intensiva —no sé si hasta los extremos del Gran Hermano de Orwell—, como prueba la omnipresencia de cámaras en el espacio público. Los turistas han de presentar el pasaporte en numerosas visitas. No quiero ni pensar lo que podría suponer la pérdida de este documento. En todo caso, la seguridad en las ciudades es notable: no hay peligro de que nadie te sustraiga nada. Sobre Tiananmen, el guía local apenas dijo alguna cosa, pese a que al día siguiente de nuestra visita se cumplía el aniversario de la matanza. La sanidad tiende a ser privada, y lo mismo empieza a ocurrir con la educación. A pesar de que China ha conseguido el formidable logro de generar una amplia clase media, la pobreza sigue siendo visible en las calles.

Para el turista ocasional resulta francamente difícil hacerse a la idea de que China sea un país comunista. El urbanismo responde claramente a un crecimiento planificado —comparable, quizás, al de la Europa occidental de posguerra—, pero lo que uno percibe en la calle es una sociedad consumista que no difiere demasiado de las occidentales.

No sé hasta qué punto Mao continúa siendo venerado. Seguramente, Tiananmen y los excesos de la revolución cultural están presentes en la memoria colectiva. No obstante, uno de los guías locales hizo referencia en varias ocasiones a que hay muchos chinos que proclaman orgullosos que la tierra que trabajan se la dio el Gran Timonel.

Vista la eficiencia del sistema político chino, cabe preguntarse si una dictadura que saca a millones de personas de la pobreza puede ser preferible a una democracia. Si a eso se añade que en China —salvo quizás en Shanghái— no parece existir el problema de la vivienda que padecemos en países como España. Si así fuera, se podría comprender, aunque solo sea parcialmente, la creciente desafección democrática de tantos ciudadanos europeos.

Por otro lado, y esto es algo que la propaganda oficial china se encarga de subrayar, la democracia del país líder de Occidente tiene por presidente a alguien manifiestamente incapaz de desempeñar el cargo. Desde China es fácil concluir que la democracia es más demagogia que otra cosa y que su régimen tecnocrático es mejor.

Seguramente me deje muchas cosas en el tintero, pero espero que estas notas apresuradas sirvan para aportar algún punto de vista útil sobre la China de hoy.

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

El voto joven a la extrema derecha

 El voto joven a la extrema derecha

  El pasado 27 de febrero el diario Le Monde publicó un artículo titulado “Las injusticias del sistema escolar, una máquina de hacer votar por la extrema derecha” (https://www.lemonde.fr/idees/article/2026/02/27/les-injustices-du-systeme-scolaire-machine-a-faire-voter-pour-l-extreme-droite_6668467_3232.html ).

 Su autora, Sylvie Lecherbonnier, explica que las desigualdades sociales que el sistema escolar no consigue combatir se traducen en una fuerte tendencia a votar por la extrema derecha entre quienes fracasan en él. En Francia es muy clara la correlación entre el nivel educativo y el voto. Así, en el caso de las elecciones legislativas de 2024 (en las que la extrema derecha estuvo a punto de ganar), cerca de la mitad de los electores con un nivel educativo inferior al bachillerato votaron a la extrema derecha frente a un 22% de los graduados universitarios (bac +3). Lecherbonnier cita el libro L’Emprise scolaire de los sociólogos François Dubet y Marie Duru-Bellat en el que se habla de los vencedores del sistema escolar, los cuales “adquieren conciencia de su mérito, se sienten legítimos” y defienden “los valores liberales o los valores de izquierda”. Del otro lado, están los vencidos, que se consideran “ignorados y menospreciados”' y optan por “los partidos populistas que desconfían de las élites”.

 En España esta correlación entre nivel educativo y voto a la extrema derecha no es tan marcada. Sin embargo, lo que es muy preocupante es el hecho de que Vox es la primera opción política para los más jóvenes. No tengo aún suficientes datos aún para demostrarlo, pero parece claro que en los grupos de edad comprendidos entre los 18 y los 30 años el nivel educativo sí parece determinante.

 Si nos vamos al barómetro del CIS de enero de este año (3540), se detecta que, si consideramos los grupos de edad de los entrevistados de entre 18 y 24 años y de entre 25 a 35, Vox es claramente la opción preferida entre aquellos cuyo nivel educativo no va más allá de la ESO: un 27,6% de entre los primeros y un 26,1% entre los segundos lo votaría (aunque, respectivamente, el 27,6% y el 26,3% no sabe todavía por quien votar). Al hacer este doble cruce de edad y de nivel educativo con la intención de voto el número de casos es muy reducido: 60 para el primer grupo y 103 para el segundo.

 En el barómetro de diciembre (3536), el 39% de los 45 entrevistados con un nivel de la ESO votaría a Vox y otro 39% lo haría en blanco. Un 30% de los 112 entrevistados del otro grupo etario repartiría sus votos entre Vox y SALF.

           Para quienes como mucho han completado la FP básica o la de grado medio la intención de voto no es tan favorable a la extrema derecha en el barómetro de enero. Sin embargo, el de diciembre de 2025 detecta que se dispara la intención de voto a la extrema derecha de este grupo. Así, Vox cosecharía casi el 40% de los votos para aquellos cuyas edades están los 18 y los 24 años. Uno de cada cuatro de entre 25 y 34 haría lo propio. En ambos grupos, una cuarta parte no votaría o no sabe todavía qué votar.

 La situación se invierte – en el barómetro de enero- entre quienes tienen educación superior (FP de grado superior o titulación universitaria). Obviamente, son pocos quienes en la franja más joven pueden tener un nivel de educación superior (que sería, por término medio, de 20 años para la FP y de 22 para los graduados). En el primer grupo estamos hablando de tan solo 60 casos. Aquí la izquierda obtendría en torno a un tercio de los votos. En el segundo grupo (con 206 casos) el voto a la izquierda casi alcanza a la mitad. Es llamativo el   sorpasso al PSOE de los partidos situados a su izquierda. 

 Obviamente, haría falta agregar varios barómetros para ver si se corroboran las tendencias aquí apuntadas.

             Parece plausible considerar que estamos ante un voto de protesta o, si se quiere, de enfado. ¿Qué puede pensar de la democracia un joven al que en su primer contacto continuado con una institución estatal como es la escuela se le dice que su manera de expresarse es inadecuada, que su familia es incompetente para educarle, que sus modales no son los correctos? Es decir, desde sus primeros compases en la escuela se le considera carne de cañón. Sabemos que hoy en día no contar con un nivel educativo posobligatorio sitúa a la gente en una muy mala posición en el mercado de trabajo. A este respecto, esto es lo que decía Andreas Schleicher -el coordinador de los informes PISA- en su libro titulado Primera clase:

 En febrero de 2008, tuve un intenso intercambio con los embajadores de la OTAN sobre el trabajo de la OCDE en materia de desigualdad en las competencias y la educación. Este tema se había incluido en el orden del día porque los embajadores estaban preocupados por los efectos a largo plazo que estas desigualdades podrían tener en la estabilidad geopolítica. Los responsables políticos se están dando cuenta de que las desigualdades en la educación constituyen un terreno fértil para el radicalismo (Schleicher, 2018, p. 145).

             Por otro lado, los postulados igualitaristas del feminismo le pueden parecer una estafa. Lo que él ve es que a las chicas les va mucho mejor que a los chicos en la escuela y, después, puede que igualmente mejor en el empleo. Sobre esta cuestión, se puede leer el interesantísimo reciente artículo de Luis Ordóñez sobre el desplome del feminismo  (https://www.lavozdeasturias.es/noticia/opinion/2026/03/02/desplome-feminismo-causas-dice/00031772470872203286767.htm)

             Si a esto añadimos que es muy probable que viva en un barrio donde los servicios públicos son insuficientes para atender a una población incrementada por la llegada de inmigrantes, tenemos más que preparado el caldo del cultivo para el florecimiento de la irracionalidad de la extrema derecha.

             En definitiva, o se acometen cambios radicales en la escolarización de las clases populares -además de otros que mejoren sustantivamente los recursos públicos en sus barrios- o estaremos condenados a que una parte sustancial de la juventud considere que la democracia no es el mejor de los regímenes posibles. Tanta reforma educativa no ha servido aún para acabar con un problema común a todos los países: la lotería del nacimiento condiciona desmesuradamente la trayectoria escolar. Es hora ya de ponerse a pensar en serio cómo revertir esta lamentable situación y de actuar en consecuencia. Si bien las competencias en materia de educación están transferidas a unas comunidades autónomas que mayoritariamente consideran que este es un problema de esfuerzo individual y no de clase social, desde el gobierno de la nación hay un cierto margen de maniobra.

lunes, 8 de septiembre de 2025

                        Mi trabajo como profesor universitario. Una reflexión personal.

             Creo que cuantos nos dedicamos a la docencia e investigación universitaria -especialmente si no trabajamos en un laboratorio- habremos sido interpelados sobre a qué nos dedicamos en los largos periodos en que no tenemos obligación de impartir clases. La docencia se concentra en dos cuatrimestres en los que se imparte clase en dos o tres días a la semana. ¿Significa esto que se disfrutaría de la llamada semana laboral caribeña o que se dispondría de cuatro meses de ocio?

             Antes de continuar, advierto al lector de que aquí escribo desde mi propia experiencia como profesor de Sociología en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM. Cada rama del conocimiento, e incluso cada facultad, puede contar con sus peculiaridades con respecto a cada uno de los aspectos aquí abordados.

             El trabajo de un profesor universitario está constituido por tres grandes apartados que constan en la dedicación laboral individual: docencia, investigación y gestión.

             A primera vista, la docencia parecería la actividad más fácilmente fiscalizable. Al fin y al cabo, no es complicado comprobar si se imparten, por ejemplo, ocho horas de clase a la semana (y un número exactamente igual de horas de tutoría hebdomadarias). En mi facultad esto se controla a partir de una declaración mensual que solo han de hacer quienes, por alguna razón debidamente justificada, no hubieran impartido alguna o algunas clases (sin embargo, apenas hay control -y quizás es imposible que lo haya- de las tutorías, las cuales podrían ser en línea: más cómodo para el estudiante). Hay que indicar cuándo se recuperarían las sesiones no impartidas. La supervisión de la actividad docente prácticamente acaba aquí. Quiero decir con esto que apenas hay evaluación de la docencia. Salvo que hubiese quejas continuas del alumnado -y, aun así, estas suelen caer en saco roto-, se considera que su calidad es, en diversos grados, aceptable. En las semanas previas al final del curso, el estudiantado tiene la posibilidad de evaluar a sus profesores a partir de un cuestionario en línea. El problema -y dada la experiencia de la escasa eficacia de sus quejas y de sus observaciones- es que pocos estudiantes participan de estas encuestas y cuando las rellenan no sabemos si quienes lo hacen son aquellos que quieren escarmentar al profesor por haber sido suspendidos, los que van a clase, los más aplicados… El resultado final es que, salvo alguna excepción puntual -y yo no conozco ninguna- todo el profesorado obtiene una retribución adicional por quinquenios de docencia.

             También forma parte de la actividad docente la dirección de tesis doctorales, de TFG y de TFM, dirección cuya calidad puede ser enormemente variada (todavía recuerdo ver en el despacho de un colega un ejemplar plastificado de la tesis de la que era director y cuya evaluación había presidido el día anterior). Esta labor se compensa con una reducción de las horas de docencia.

             La segunda actividad (la investigación) básicamente se materializa en la publicación de artículos en revistas indexadas o de libros en editoriales de prestigio. De hecho, para obtener un sexenio de investigación -elemento clave para la promoción y para incrementar el salario- es preciso contar con cinco publicaciones -en un periodo de seis años- cuya valoración conjunta supere los treinta puntos. Es muy difícil publicar nada que no tenga el sustento de un proyecto de investigación.

             La tercera labor, la de la gestión, es quizás la menos reconocida (sobre todo, intelectualmente). Ser decano de una facultad, vicedecano, rector, vicerrector, director o secretario de departamento… es una actividad cada vez más agotadora. Se trata de un trabajo compensado con un complemento económico y con una reducción de horas de docencia. En mi experiencia, tal retribución es más bien escasa, hasta el punto de que apenas incentiva su desempeño. No obstante, hay que tener en cuenta que la participación en la gestión es un mérito que se considera para promocionarse en la carrera universitaria (por ejemplo, para pasar de profesor titular a catedrático). Junto con las posiciones de administración anteriormente mencionadas, hay actividades de gestión de menor rango -en el sentido de que no suelen estar retribuidas monetariamente, pero que reducen levemente las horas de docencia- como puedan ser la de coordinador de un grado universitario o la presidencia de alguna comisión de un departamento -por ejemplo, la de reclamaciones o la del doctorado-.

         Hay profesores que, voluntariamente, deciden presentarse a las elecciones para ser miembro de la Junta de Facultad -labor que no tiene retribución alguna-.  Además, todo profesor tiene la obligación de asistir a las reuniones que periódicamente organiza -en línea o presencialmente- su departamento -en mi caso, un mínimo de una por mes-.

             Hasta aquí, una aproximación a lo que cabe considerar como las obligaciones fundamentales del profesorado. Pero ¿cuánto tiempo pueden consumir hasta el extremo de justificar una docencia de ocho horas semanales -o menos si se cuenta con reducción docente por sexenios- en dos cuatrimestres? Volvamos para ello a las tres actividades anteriormente señaladas: docencia, investigación y gestión.

             En lo que se refiere a la docencia, el tiempo que se precisa para preparar las clases y la evaluación del estudiantado varía en función de las horas que muy libérrimamente cada cual decida dedicar. Hay quien renueva su programa periódicamente y hay quien lleva con él varios lustros. En un mundo en el que el conocimiento científico crece exponencialmente no quedaría más remedio que optar por una renovación permanente de los contenidos curriculares. A la labor de organizar las clases hay que añadir la de la corrección de exámenes y de los trabajos de los estudiantes, sin olvidar las horas de tutorías.

             El tiempo que quepa dedicar a las publicaciones, y a la investigación que conduce a ellas, es muy variado. Normalmente es mucho y eso es lo que aconseja realizar publicaciones con otros compañeros. El problema que pueden plantear las publicaciones colectivas es que quizás un profesor con poder institucional podría sugerir la presencia de su firma en un artículo realizado por otros. Y, por supuesto, no queda más remedio que prestar atención a la proliferación de revistas predatorias, revistas que en realidad publican -sin prácticamente ningún control científico- a quien esté dispuesto a pagar por ver sus artículos en ella.

             Además, también se toman en consideración los libros publicados en editoriales de prestigio científico. Las editoriales suelen ser empresas privadas -aunque también hay editoriales públicas de las propias universidades y de algunos organismos estatales- que desean como mínimo no tener pérdidas con la publicación de los libros científicos, un tipo de literatura que no suele ser consumida masivamente. Es por ello, que -al menos esta es mi experiencia- las editoriales pregunten a los autores si cuentan con alguna financiación -normalmente derivada de un proyecto de investigación- que permita costear la edición de unos centenares de ejemplares en los que debe constar que han sido financiados con tal o cual proyecto.

             En este apartado de publicaciones e investigación cabe también incluir la participación -voluntaria, pero altamente aconsejable- en congresos científicos. Tal participación puede ir desde la presentación de una ponencia o la coordinación de un panel hasta la propia -y muy laboriosa- organización de los congresos. Hay quien participa en muchos -más de uno al año-. En mi caso, considero conveniente acudir al bienal de Sociología de la Educación -y ahora estoy en otro de enseñanza de la Sociología- y al igualmente bienal de la Federación Española de Sociología. Conocer cara a cara a tus colegas es fundamental. Debo decir que las ayudas que concede la universidad para estos congresos no cubren los gastos de inscripción, manutención, desplazamiento y alojamiento. Así que no queda otra que poner dinero de tu propio bolsillo -lo que para mi actual salario no es ningún problema-. Y para rematar este epígrafe sobre las publicaciones, las revistas necesitan de investigadores voluntarios para la evaluación por pares de las propuestas que se someten a su consideración. Es un trabajo que se hace gratis et amore, salvo que se trate de revistas como la Revista Española de Investigaciones Sociológicas.

             El tiempo destinado a la gestión suele ser considerable. En muchas ocasiones, es más bien un trabajo de dedicación completa que puede llevar a que se resientan tanto la actividad docente como la investigadora, las más propias de un profesor universitario (y las más valoradas en los procesos de promoción).

             Fuera de estas tres, hay otra labor de obligatorio complimiento a tomar en consideración. Se trata de las comisiones de evaluación de candidatos a profesor. En el caso de que la plaza sea del departamento al que pertenece el profesor en cuestión, se realiza un sorteo entre todos sus miembros para elegir al presidente y al secretario de la comisión. Si se trata de ser miembro de una comisión para una plaza de otra universidad, primero se solicita a la persona contactada su voluntad de participar en el proceso de evaluación. No sé si tal conformidad es obligatoria. Me pregunto qué pasaría en el caso de que no hubiera voluntarios externos para una plaza.

             A estos elementos cabe añadir otras labores como la de transferencia de conocimiento -de hecho, llegó a existir un sexenio de transferencia del que hasta ahora solo ha habido una convocatoria- a la sociedad como, por ejemplo, publicar en un periódico, impartir conferencias,… (actividades que no siempre están retribuidas).

             Y para no abrumar al lector con más actividades, hay algunas que son remuneradas y que podrían ser consideradas como horas extra. Me refiero a cosas como participar en las diferentes agencias de evaluación que existen en nuestro país, la redacción de informes para fundaciones de distinto tipo, etc. En todo caso, moralmente -y si es que queremos que el sistema funcione- no queda más remedio que asumir de buen grado la mayoría de estas tareas.

             Llegados aquí, y esperando no haber cansado al lector con tal variedad de actividades -y aún podría incluir algunas más-, entro a responder si está justificado que un profesor universitario de la pública -lo de la privada es otra historia que requeriría un nuevo escrito- imparta ocho horas de clase a la semana y destine el resto del tiempo de su dedicación laboral a los menesteres señalados.

             Pese a todo lo dicho, es posible dormirse en los laureles. Es decir, una vez obtenida una posición fija en la escala laboral, uno podría ganar su sueldo impartiendo sus clases con mayor o menor calidad, no publicar absolutamente nada y evitar participar en tareas de gestión. En mi experiencia esto ya no es nada habitual. Quien gana una posición de profesor fijo -sea como profesor con contrato laboral o como funcionario- lleva tras de sí una larga e intensa carrera como docente, como investigador y como gestor. Es decir, creo que quienes están entrando en los últimos años en estos puestos llegan ya con la inercia de continuar comprometidos con su trabajo como profesores.

             A mi modo de ver, el trabajo de un profesor -y recuérdese que hablo como un profesor del área de ciencias sociales- es más una forma de vida que un trabajo. Más allá de las horas de docencia, no sabría decir cuántas dedico al resto de actividades. Señalo, a continuación, algunas.

             En tanto que profesional de la Sociología -pero, también como ciudadano- considero mi deber leer la prensa diariamente. Hoy en día es asequible estar suscrito a varios periódicos -tanto españoles como extranjeros- y, de esta manera, tener una visión plural de lo que acontece en nuestra sociedad. Esta es una actividad que me lleva algo más de una hora diaria. Los periódicos se han convertido en una fuente de acceso a informes de tal manera que raro es el día en que no bajo algún pdf relacionado con mi trabajo. O, igualmente, puedo tropezar con alguna referencia a algún tema o alguna entrevista que me lleva a ampliar información, bien buscando bibliografía o viendo vídeos de conferencias o de entrevistas. Ya no hace falta desplazarse (pese a que sea aconsejable hacerlo) a, por ejemplo, la Fundación Juan March para poder escuchar una conferencia.

             Obviamente, no queda otra que leer constantemente sobre nuestra propia ciencia. Se trata de leer continuamente libros y artículos científicos, no solo de Sociología o de publicaciones del área de ciencias sociales de humanidades. La interdisciplinariedad lleva a adentrarse en disciplinas en las que uno es un completo lego. Digamos que la lectura -y aquí incluyo la literatura- es como gasolina para el motor del cerebro: sin ella este último se para.

             Escribir un artículo o un libro es algo similar a la creación artística. Del mismo modo que Paul McCartney soñó su canción más versionada, Yesterday, resulta inevitable que el cerebro te esté dando vueltas con respecto a lo que estás escribiendo. Con respecto al tiempo que puede llevar escribir un artículo, puedo poner el ejemplo de lo que estoy acabando estos días. Sin ningún tipo de financiación, me he embarcado en un paper acerca de la opinión que tienen los estudiantes de Sociología sobre el grado en Sociología. He entrevistado a treinta estudiantes de quince facultades de Sociología -dos en cada una de ellas-. Para llegar a ellos, primero he tenido que escribir a colegas de esas facultades para que me facilitaran direcciones de correo de estudiantes que voluntariamente se avinieran a ser entrevistados. Una vez localizados los estudiantes, he tenido que concertar una cita en línea con ellos. Las entrevistas -cuyo guion he realizado previamente- duraron entre una hora y hora y media cada una de ellas. Por fortuna, ahora su transcripción se puede hacer en línea gracias a la extensión Tactiq. A continuación, hay que leer y analizar las entrevistas. Y a partir de ahí se activa la “imaginación sociológica” de con todo ello crear un relato coherente en forma de artículo. A ello hay que añadir la lectura de la bibliografía pertinente, el marco teórico, la metodología… Tras varias lecturas y relecturas de lo que finalmente pueda ser un artículo, hay que enviarlo a una revista con evaluación “ciega” por pares. En el caso de que estos pares consideren el artículo publicable es casi seguro que hay que acometer algunas rectificaciones. Todo este trabajo puede caer en saco roto: nada garantiza que tu querido paper vaya a ser publicado. No tengo una idea clara de cuántas horas puede llevar esto, pero creo que como mínimo cuatrocientas, o sea, casi tres meses. A esto hay que añadir que antes de publicarlo he presentado un borrador de este artículo en un congreso de Sociología. Pero además de esto, puedo estar en un grupo de investigación que me requiere, aparte del trabajo de campo, dos reuniones mensuales con mis compañeros del grupo de investigación. No quiero ni hablar de lo que supone ser el investigador principal de un proyecto.

             Aún hay más. Llevo ya varios años impartiendo Sociología de la Educación a un grupo en inglés. Yo no pertenezco a una familia angloparlante, así que no me queda más remedio que hacer el esfuerzo de actualizar mi inglés permanentemente. Por fortuna, hay una reducción docente por impartir clases en la lengua de Shakespeare. Y, por si fuera poco, y dado que considero intelectualmente limitante la hegemonía del inglés, he obtenido un nivel C1 de francés con el que recientemente me he atrevido a impartir una conferencia en francés en la ciudad de Estrasburgo (no sé las horas que me llevó prepararla). Nadie me manda meterme en estos fregados, pero considero de gran utilidad el esfuerzo de aprender otro idioma. Por otro lado, en el grupo que imparto inglés siempre se matriculan estudiantes franceses.           

            Dicho todo esto, concluyo diciendo que mi empleo es una verdadera bendición, hasta el extremo de que en una sociedad como esta, en la que buena parte del trabajo es pura alienación, no sé si realmente lo que hago es un trabajo. En todo caso, que nadie piense que esto implica necesariamente estar atado permanentemente al mástil del trabajo. Una cosa que no he señalado -y que daría para otro escrito- es la importancia absolutamente fundamental de saber estructurar el uso del tiempo.

             Y, ahora así, con esto acabo. El incentivo para escribir esta reflexión -mucho más larga de lo que esperaba inicialmente- es que si voy por las mañanas a cortarme el pelo -cuando hay menos gente y se me atiende antes-, mi peluquero me pregunta si ya no tengo clases e indirectamente -entiendo yo- si ya estoy libre de obligaciones. Creo que sobrepasaría el tiempo del corte de pelo si tuviera que explicarle todo esto. Gracias, en todo caso, a mi peluquero por incitarme a reflexionar sobre lo que hago en tanto que profesor.