domingo, 28 de febrero de 2021

La demanda social como criterio de planificación escolar

 

La demanda social como criterio de planificación escolar

Enorme ha sido la polémica que ha desatado la nueva ley educativa por la omisión de la demanda social como criterio para decidir si crear plazas escolares en la red pública o en la concertada.

Lo que sabemos a ciencia cierta es que la mayoría de los centros concertados reciben más solicitudes de matriculación de las que pueden atender. Lamentablemente, este no es el caso de una buena parte de los centros públicos. Nuestro sistema, tal y como en su momento explicó José María Maravall (quien fuera ministro de educación en los años ochenta, cuando se aprobó la LODE), cuenta con una doble red de oferta pública constituida por centros estatales y centros concertados.

En consecuencia, y al menos en teoría, los centros concertados son tan públicos como los estatales: se rigen por similares normas de matriculación, cuentan con un consejo escolar (que, entre otras cosas, decide sobre la contratación y despido del profesorado), son gratuitos… Sin embargo, en la práctica la cosa no es así, pues mayoritariamente no son gratuitos. De acuerdo con un informe reciente, casi el noventa por ciento de ellos cobran a las familias cuotas mensuales supuestamente voluntarias. Esto se convierte en una enorme barrera para las familias con menos recursos.  Cierto es que tales cuotas pueden ser imprescindibles para el funcionamiento de los centros. La solución pasaría por incrementar la cuantía de los conciertos, cuestión anatema para buena parte de la izquierda. En todo caso, conviene aclarar que no siempre tales cuotas se justifican porque sean imprescindibles para el normal funcionamiento de los centros. Algunos colegios concertados introducen actividades intracurriculares en pleno horario escolar por las que cobran. Este podría ser el caso de la “piscina curricular”: el centro cuenta con una piscina climatizada y en ella se realizan sesiones obligatorias de la asignatura de Educación Física por las que todas las familias han de pagar la cuota correspondiente.

Quienes han salido a las calles estos días en protesta por la ley Celaá consideran que no mencionar la demanda social coarta la libertad de elección de centro. Tal libertad consiste básicamente en la posibilidad de elegir entre centros públicos o privados. Los defensores de la libertad de enseñanza consideran que la escuela pública es la escuela única, la que impondría la ideología del gobierno de turno o, si se prefiere, del Estado. Esto, obviamente, no es así. De hecho, en casi todos los países democráticos de nuestro entorno la inmensa mayoría de los centros son públicos y esto no menoscaba la democracia. En realidad, los centros concertados no ofrecen gran diversidad. De hecho, el sesenta por ciento de ellos son colegios de ideario católico (ideario que ofrece una cierta variabilidad: desde la exclusión del infiel al ecumenismo). Y justamente aquí tenemos otro elemento que puede convertirse en una barrera para la matriculación en estos centros si no se es católico. La solución es bien clara: nadie puede ser ni inquirido ni marginado por sus creencias. Esto significa que una familia tiene pleno derecho a que su hijo no asista a la asignatura de Religión Católica en cualquier centro (y, si se diera la circunstancia, abstenerse de rezar al comienzo de la jornada escolar o de cada clase). Lo que no puede hacer –tal y como estableció en su momento el Tribunal Constitucional- es atacar al ideario del centro.

En todo caso, no todos los españoles tienen la posibilidad de elegir entre un centro público o uno concertado. La pública existe incluso en los rincones más remotos del país y, por este motivo, puede considerarse como eje vertebrador del sistema educativo. Sin embargo, este no es el caso de la privada, la cual se concentra en las zonas más ricas de España. Está más presente en comunidades como Madrid o Euskadi, pero es minoritaria en Canarias o Extremadura; es más frecuente en las grandes ciudades que en las poblaciones pequeñas. Por otro lado, encuesta tras encuesta, queda claro que el primer criterio que siguen las familias a la hora de escolarizar a sus hijos es la proximidad domiciliaria (más en el caso de familias de bajo nivel de renta que en el de las más acomodadas). Las autoridades educativas hacen lo correcto al delimitar zonas preferentes de escolarización: no tendría ningún sentido caer en la irracionalidad de sobrecargar el tráfico con autobuses escolares subvencionados que satisficieran el deseo de escolarizar a los hijos en el otro extremo de la ciudad.

Como se decía más arriba, el hecho cierto es que los centros concertados tienen más demanda que los públicos. Dado que es así, ¿por qué negar a las familias la posibilidad de satisfacer su deseo? Si tenemos una doble red de escolarización pública, ¿por qué privilegiar a una en detrimento de la otra? Esto nos llevaría a la cuestión de por qué no se prefiere con mucha mayor intensidad la escuela pública. Y aquí es donde creo que la izquierda falla estrepitosamente. Si se quiere que la pública sea atractiva, mucho tiene que cambiar esta red. Para empezar, y sin ánimo de ser exhaustivo, raro es el centro público que cuenta con un proyecto educativo estable: su existencia depende de la voluntad de sus profesores (y, en ocasiones, de su mera estabilidad en el centro). Una libertad de cátedra mal entendida, unida a los desafueros que permite la condición funcionarial, impide que los centros públicos tengan una unidad de propósito. El tránsito de la primaria a la secundaria –que en la enseñanza pública implica cambiar de centro- es en muchas ocasiones un verdadero calvario. Recuerdo que en una investigación sobre jornadas de puertas abiertas, un instituto de secundaria de un barrio popular de Madrid se quejaba del bajo nivel de matemáticas con que llegaban sus alumnos desde la primaria. Esto posiblemente no sea un problema en los centros concertados, dado que mayoritariamente imparten ambos niveles educativos. Es decir, en la pública no solo falla la coordinación intracentro sino que lo mismo sucede con la intercentros.

Negar o limitar con criterios harto discutibles a casi un cuarto de la población con hijos en edad escolar la posibilidad de matricular a sus retoños en un centro concertado implica situar el debate escolar en el lugar que conviene a las tres derechas y en el que tiene todas las de ganar. Para mí la solución es muy clara: finánciese adecuadamente a la red concertada; téngase en cuenta la demanda de la gente y, sobre todo, promuévase una entusiasta y profunda renovación de la escuela pública. Lo importante es evitar la aparición de centros burbuja y de centros gueto.

Ciencia para todos

 

Ciencia para todos

 

En un ejercicio de transparencia encomiable, la ANECA (Agencia Nacional de la Evaluación de la Calidad y de la Acreditación) ha publicado la asignación de puntos para cada tipo de publicación científica que permite la obtención de tramos de investigación (también llamados sexenios, debido a que se conceden por periodos de seis años no necesariamente consecutivos) por parte del profesorado universitario. Pese a que esto podría parecer una cuestión meramente corporativa que solo incumbiría a los universitarios, la cosa –tal y como explicaré- trasciende a este colectivo.

 

                Quienes se presten a ser evaluados han de presentar cinco publicaciones. Para obtener una evaluación positiva es necesario obtener un mínimo de treinta puntos sobre los cincuenta posibles (cada publicación puntúa hasta un máximo de diez).

 

                En todas las áreas de conocimiento (ingeniería, física, matemáticas, filosofía, ciencias sociales, economía…) priman –con distinto grado de intensidad- las publicaciones en revistas en las que los artículos, presentados de modo anonimizado, son evaluados por otros dos investigadores sin contacto entre sí (es lo que se llama el doble ciego o evaluación por pares). La posición más alta la ocupan las revistas etiquetadas como JCR. A estas les siguen las que pertenecen al grupo SJR. El resto de revistas tiene menos valor.

 

                En el caso del área en la que trabajo, la de ciencias sociales, los solicitantes de un tramo deben contar con un mínimo de dos publicaciones (a las que también se llaman papers) en revistas JCR o SJR. El resto, hasta las cinco publicaciones que han de presentar los candidatos, pueden ser más artículos de revistas y/o libros o capítulos de libros en editoriales que aparecen en el ranking SPI (Scholarly Publishers Indicators). Justamente, este es un aspecto al que considero se debe prestar especial atención. Mientras que con un artículo publicado en una revista JCR del más alto nivel (las que están en el cuartil superior o Q1) se obtienen diez puntos, el máximo que se puede conseguir por un libro es de siete (la puntuación oscila entre tres y siete: un margen muy amplio que podría dar lugar a evaluaciones arbitrarias). Creo que no hay nada que objetar a que se exija un mínimo de publicaciones en revistas con evaluación por pares (y quizás, de paso, podríamos poner en duda la legitimidad de las clasificaciones JCR y SJR). Sin embargo, tal y como está configurado el baremo, se desincentiva claramente la publicación de libros. No es así en todas las áreas. Por ejemplo, en filosofía un libro puede dar lugar a diez puntos. Si bien es cierto que un libro podría ser el resultado de sumar artículos previamente publicados, esto no es lo habitual. Quiero decir con esto que el grado de esfuerzo que supone publicar un libro es normalmente muy superior al de un artículo en una revista, por muy prestigiosa que sea esta. La publicación de libros científicos contribuye a la calidad del debate público en las sociedades democráticas. Habitualmente, los libros se dirigen a un público más amplio que los artículos en revistas especializadas. Con un sistema como el español, un físico del renombre de Lawrence Krauss posiblemente no habría publicado un libro como La historia más grande jamás contada… hasta ahora: ¿Por qué estamos aquí?

 

La penalización de los libros puede deberse a que, a diferencia de lo que ocurre con las revistas más prestigiosas, la mayor parte de las editoriales no cuenta con evaluación por pares. Esto significa que pudiera ocurrir que un libro se publicara más por razones mercantiles que por motivos científicos. Es por ello que la presentación de indicios de calidad en forma de citas y de recensiones es más que conveniente. El problema que esto puede plantear es que si un libro se publica al final de un sexenio, lo más probable es que no haya transcurrido suficiente tiempo para aducir tales indicios. También sucede que una editorial de nueva creación tardará años en subir puestos en el ranking SPI y eso si es que no desaparece. Esto igualmente pasa con las revistas –tardan años en ocupar posiciones de prestigio-, pero tienen más capacidad de perdurar, ya que detrás de ellas puede estar alguna universidad u organización científica.

 

Igualmente, las reseñas de libros están en peligro. Reseñar un libro es un trabajo considerable. Mi propuesta sería equiparar la publicación de cinco reseñas (de libros del área científica a la que se pertenezca), en revistas de cierto prestigio, a una –y solo a una- de las cinco publicaciones que se piden para solicitar un sexenio. Y yendo un poco más allá, también se podría hacer lo mismo con quizás diez tribunas (o artículos de opinión) en periódicos –o solo diarios- seleccionados a partir de su difusión (al igual que en las editoriales, aquí tampoco hay evaluación por pares). De este modo, incitaríamos a la comunidad científica a implicarse en el debate público y en la creación de una ciudadanía informada. De hecho, hay medios digitales que publican artículos que nada tienen que envidiar a un paper.

 

Antes de acabar, me parece imprescindible hacer una reflexión sobre las publicaciones que cuentan con varios autores. En un ámbito tan jerarquizado como la universidad y con tanto personal que precisa medrar en su carrera profesional, no sería de extrañar que algún autor (-a) consiguiera sus sexenios con publicaciones colectivas en las que quizás su participación no fuera más allá de estampar su prestigiosa y/o poderosa firma. Es decir, puede que fuese conveniente limitar el número de artículos colectivos que se presenten a evaluación (al menos en algunas áreas).

 

                En definitiva, de acuerdo con lo aquí propuesto, se podría obtener un sexenio con dos artículos en revistas de máximo prestigio y con otras tres publicaciones. Estas últimas podrían ser más artículos, un bloque de cinco reseñas, un bloque de diez tribunas de prensa y libros (o capítulos). El objetivo final consiste en aunar la investigación científica rigurosa con su difusión –no menos rigurosa- al conjunto de la sociedad.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Mis diez canciones favoritas de los Beatles

                Aquí tenéis una selección personal de diez temas (que podrían ser más de cien), por los que siento especial predilección, de los Fab Four.

                 Debo de ser un tipo raro (o elitista), ya que solo uno de los temas (Blackbird) coincide con los grandes éxitos contenidos en el disco titulado 21 (en honor a sus canciones más populares). Por otro lado, siete de los temas seleccionados fueron compuestos por Lennon y los otros tres por McCartney. Quizás sea tan “lennonista” como ese Aute que habla de mi querido John en su tema Imaginación (https://www.youtube.com/watch?v=5sLsWHHsyCk&ab_channel=Juasmalo).

 1.Hey Bulldog. Alocada canción con dos peculiaridades. La primera es que el riff dominante lo hace un piano y la segunda es que la voz aguda la hace Lennon. Además, parte del tema es la secuencia de la música del agente 007. La letra, aunque algo disparatada, dice cosas como que si te sientes solo, puedes hablar conmigo. Si de mí dependiera hubiese reducido la parte final (llena de ladridos y de gritos). He aquí una excelente versión de este tema precedida de una no menos brillante introducción a cargo de Dave Grohl (https://www.youtube.com/watch?v=sxqzMYjjkW8&ab_channel=DabbiVals).

 2. I Am the Walrus. De nuevo, una canción lisérgica cuya letra, de acuerdo con Lennon, carece de sentido. Es de una riqueza musical inigualable y suena de maravilla en una guitarra acústica. Aquí tenemos una versión de los beatleadictos Oasis. (https://www.youtube.com/watch?v=TxbVdqm6iaE&ab_channel=wonderwallll)

 3. Glass Onion. Es un tema con una letra autorreferencial en la que citan canciones como Fixing a Hole, I Am the Walrus y otras. Según la Wikipedia, la letra se burla de quienes tratan de buscar significados trascendentes a las canciones de los Beatles. Así es como se remasterizó en 2009:https://www.youtube.com/watch?v=2tSIZLuCKUI&ab_channel=TheBeatles-Topic

 4. Doctor Robert. Una canción perteneciente al disco Revolver que, junto con el Rubber Soul, marca el inicio de una nueva etapa de los Beatles centrada en la música en el estudio de grabación y en la experimentación. El doctor Robert era un tipo que pasaba drogas –supongo que de diseño- en su farmacia de Nueva York. Aquí podemos oír la maravilla de las voces de Paul y de John a coro https://www.youtube.com/watch?v=rg5KPgjCZt0&ab_channel=TheBeatlesVocalHarmony

 5. And Your Bird Can Sing. Otra canción del mismo LP. De esta canción me fascina especialmente el doble punteo simultáneo de dos guitarras eléctricas. Aquí tenemos una explicación de este fabuloso punteo a cargo de Mike Pachelli https://www.youtube.com/watch?v=1hXUd6P_ThI&ab_channel=MikePachelli. Y aquí una versión al aire libre a cargo de unos músicos tan fabulosos como poco conocidos (doy las gracias a mi amigo Ricardo por habérmelos dado a conocer) https://www.youtube.com/watch?v=TPAtGpU_xY8&ab_channel=JoshTurnerGuitar.

 6.  Ticket to Ride! Una canción de la banda sonora de Help!. El título juega con el nombre del documento que autorizaba a las prostitutas de Hamburgo para ejercer su trabajo. He seleccionado un vídeo en el que Ringo –un tipo de una simpatía contagiosa- explica con este tema cómo la enorme dificultad de ser zurdo en una época en que las baterías eran para los diestros le convirtió en un increíble batería (de hecho, toca levemente fuera de tiempo). https://www.youtube.com/watch?v=vl9188EPdLI&ab_channel=Dato1955

7.  Yer Blues. Según la Wikipedia, es una parodia del blues británico. La letra está cargada de pesimismo. Lennon habla del suicidio, de la soledad y de odiar a su propia música. Aquí tenéis el tema en un concierto organizado por los Rolling Stones en su Rock and Roll Circus con Eric Clapton a la guitarra y Keith Richards al bajo (por desgracia, también aparece Yoko).

https://www.youtube.com/watch?v=JeFwaWFTGYU&ab_channel=ABKCOVEVO

 8. Back in the USSR. Este tema de Paul McCartney no gustó mucho a la derecha norteamericana (la letra describe un mal vuelo desde los Estados Unidos a la Unión Soviética) porque entendía que ensalzaba a su enemigo soviético (la belleza de sus mujeres, el hecho de dejar Occidente atrás). Aquí tenemos al bueno de Paul tocando en la plaza roja de Moscú (entre cuyo público se encuentra un personaje tan siniestro como Putin). https://www.youtube.com/watch?v=_JbLsYoL3ug&ab_channel=PaulMcCartneyVids

 9. I’m Looking Through You. Otra canción de Paul (incluida en el ya mencionado Rubber Soul) en la que McCartney habla sobre su ruptura con la que fuera su novia durante cinco años y sobre cómo cambia la gente.  Es un tema caracterizado por un cambio vertiginoso de acordes –casi uno por sílaba- con un ritmo trepidante. Paul la canta con una cejilla en el traste primero –todo un reto para quienes no tengan una voz particularmente aguda-. Aquí tenéis una dulcificada versión a cargo de Wallflowers, el grupo de Jacob Dylan (uno de los hijos de Robert Zimmerman). https://www.youtube.com/watch?v=O2znD1NXzkA&ab_channel=MickWilbury

 10. Blackbird. Otro tema de Paul. Es todo un ejemplo de la maestría de McCartney con el fingerpicking (consistente en tocar la guitarra arpegiando con los dedos). Aquí Paul explica la influencia de Bach (el músico favorito de mi amigo Mariano desde que se ha pasado al piano) a la hora de componerla https://www.youtube.com/watch?v=BpWHJkEosAA&ab_channel=Top2000agogo

 

jueves, 17 de diciembre de 2020

La inmersión lingüística en Cataluña

 

TRIBUNA

i

La inmersión lingüística en Cataluña

Una encuesta señala la sangrante división de la sociedad catalana: la mitad está a favor del actual modelo, mientras que la otra mitad lo rechaza

RAFAEL FEITO

04 DIC 2020 - 00:30 CET

https://elpais.com/opinion/2020-12-03/la-inmersion-linguistica-en-cataluna.html

Una vez más, se plantea el debate sobre la inmersión lingüística en la escuela catalana. Desde el independentismo catalán se ha transmitido la idea de que tal inmersión -el hecho de que salvo dos o tres horas semanales impartidas en castellano, el resto se enseña en catalán- ha sido un rotundo éxito académico y que goza de amplísimo consenso –por no decir unanimidad- entre los habitantes de esta comunidad autónoma. Sin embargo, ambas afirmaciones carecen de sustento empírico.

En lo que se refiere a la primera cuestión, en un trabajo -a partir de los datos del PISA de 2015- realizado por Jorge Calero y Álvaro Choi (Efectos de la inmersión lingüística sobre el alumnado castellanoparlante en Cataluña) se indica que, a igualdad de nivel socioeconómico, los alumnos cuya lengua materna es el catalán obtienen mejores resultados en las competencias de ciencia y lectura que aquellos que tienen por lengua materna el castellano (al fin y al cabo, esto de la inmersión es algo que tienen que hacer los castellanohablantes). No ocurre lo mismo con la competencia matemática, cuya igualdad entre unos y otros estos investigadores la atribuyen al hecho de que en las matemáticas prepondera un lenguaje formalizado específico. A partir de su investigación, concluyen que el supuesto éxito de la inmersión lingüística “no ha sido avalado por la evidencia empírica contrastable”. Desde cierta izquierda se aduce que en las pruebas de acceso a la universidad los resultados en Lengua Española de los estudiantes catalanes son mejores que la media nacional. Se olvida indicar que a tal examen no llegan todos los alumnos –por muy numerosos que puedan ser-, sino solo aquellos que han superado el listón de obstáculos que conduce hasta tal prueba.

Tampoco parece que haya un excesivo consenso en la sociedad catalana con respecto a la inmersión. Del mismo modo que el CIS se niega a plantear preguntas incómodas –como la cuestión de la dicotomía entre república y monarquía-, el CEO (el Centre d’Estudis d’Opinió –para entendernos, el CIS catalán-) no investiga sobre la inmersión. Es por ello que me remito a una encuesta del instituto de investigación GESOP (con 1.600 entrevistas) encargada por Societat Civil Catalana, la cual muestra que el 75,6% prefiere un régimen trilingüe (catalán, castellano e inglés), un 14% es partidario de una enseñanza bilingüe en catalán y en castellano, el 8,8% opta por el actual modelo en catalán y un reducidísimo 0,5% querría que todo fuera en castellano (el restante 1,2% no sabe o no contesta). En el blog de Politikon, Garvia y Santana citan una encuesta (con 2200 entrevistados) en la que se observa la sangrante división de la sociedad catalana: la mitad está a favor del actual modelo, mientras que la otra mitad lo rechaza. No es de recibo dar la razón a la mitad de la población a costa de la otra mitad, pese a que sería factible llegar a algún consenso.

El historiador Joaquim Coll explicaba que el actual modelo de inmersión está muy lejos del que se aprobó en 1983 gracias a la iniciativa del PSC y del PSUC (El tabú de la inmersión). Entonces se evitó crear una doble red escolar en función de la lengua -que era la propuesta inicial de CiU- y se optó por un modelo bilingüe en el que se respetaba el derecho a la enseñanza en la lengua materna y se alentaba el uso del catalán para compensar su arrinconamiento durante la dictadura. Y concluye que se ha pasado a un modelo que “excluye dogmáticamente al castellano como lengua vehicular”. Es decir, el consenso alcanzado en 1983 en torno a la Ley de Normalización Lingüística (aprobada en el Parlament en 1983 con tan solo una abstención) se fue quebrando paulatinamente.

Ni siquiera en el supuesto de que Cataluña llegara a ser una nación independiente (posibilidad que las fuerzas políticas unionistas consideran irrealizable, al margen de la voluntad que pudiera expresar una mayoría cualificada de catalanes) se podría admitir el actual arrinconamiento del castellano. ¿Convertiría la hipotética República de Catalunya en ciudadanos de segunda categoría a los castellanohablantes? ¿O les invitaría amablemente a irse? La resolución del Tribunal Constitucional en la que se indica que se debería enseñar en castellano al menos un 25% del tiempo escolar es de lo más razonable. Y no solo eso, es una resolución que hay que cumplir.

En todo caso, no estaría mal promover algo de inmersión lingüística en todas las lenguas de España en la escuela. ¿No contribuiría a consolidar la idea de España que todos los escolares –y, claro está, todos los españoles- fueran capaces de decir y entender algunas frases en tales idiomas? Que no pase lo que me sucedió en cierta ocasión al ir a pagar en una gasolinera de Madrid. El joven que me atendió me preguntó en qué idioma cantaba el grupo –creo que era Kortatu- que con tanto entusiasmo estaba escuchando. En Finlandia, el hecho de contar con una minoría de habla sueca fuerza a todos los escolares a aprender algo de sueco.

De todos los inmensos problemas que tiene nuestro sistema educativo (un currículo anticuado y sobrecargado, la mejorable formación del profesorado, el clasista fracaso escolar, el aprendizaje del inglés y de las Matemáticas, el fomento de la educación física, etc.), la cesión en la cuestión del castellano ha puesto en bandeja al grueso de las fuerzas políticas unionistas (todas las derechas a las que se suman ciertos sectores del PSOE) la derogación de la nueva ley educativa en cuanto la izquierda pierda su actual frágil mayoría.

Rafael Feito es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

 

martes, 22 de septiembre de 2020

Inmigrantes del desarrollismo

 

Inmigrantes del desarrollismo

 

El gobierno de Madrid ha decretado el confinamiento de varias zonas de Madrid. En una de ellas se incluye el barrio en el que viví los primeros veinticuatro años de mi vida y donde han vivido la mayor parte tanto de mis familiares como de mis amigos. La presidenta madrileña declaró que la extensión de la pandemia en barrios como el mío se debe al modo de vida de los inmigrantes. Es muy posible que tal modo de vida sea, en aspectos sustanciales, similar al que muchos de nosotros teníamos en los años del desarrollismo.

 La vivienda familiar de mi infancia no debía llegar ni a los 40 metros cuadrados y en ella vivíamos cuatro personas: mis padres, mi hermano y yo mismo. Al poco de nacer mi hermana menor nos mudamos a otra casa algo más grande en la misma calle: un quinto piso sin ascensor.

            La gente de mi entorno –al igual que mi propia familia- vivía en casas tan pequeñas como la mía, en muchas ocasiones con más hijos que en mi hogar, a los que a veces se unía el abuelo o abuela del pueblo, quien compartía habitación con alguno de aquellos. Debo decir que jamás consideré que mi vivienda pudiera ser pequeña ya que, salvo en los días más crudos del invierno, una parte significativa de las horas de vigilia transcurrían en unas calles llenas de niños.

                 Aunque nunca fui consciente de ello, la mayor parte de mis vecinos eran inmigrantes de la España interior. De hecho, y pese a que yo mismo, mis padres y mis abuelos (no así mis abuelas) somos madrileños (pero no tengo ocho apellidos madrileños), en mi casa se coló más de una expresión o palabra típica de algunas regiones de España que ni siquiera aparecen el Diccionario de la Lengua (por ejemplo, “pachasco”).

                Poco a poco, la gente más joven del barrio –y a medida que se formaban matrimonios- se fue mudando a otras zonas de Madrid. Algunas familias fueron realojadas desde sus infraviviendas a casas en barrios que en aquel entonces eran periféricos, como San Blas. El grueso de la gente joven de entonces ha sido sustituida por población inmigrante y ocupa nuestras casas de entonces. La principal diferencia es que cuando yo era niño se podía jugar en las calles, ya que apenas había coches.

Sin llegar al extremo de los protagonistas de las películas del oeste o de alguna reina de Castilla, la higiene diaria –ducharse, por ejemplo- no era como hoy en día. Un amigo mío decía que los inmigrantes huelen mal. Dejando aparte el calibre de este insulto racista, nosotros –él también vivía en este mismo barrio confinado- no éramos ejemplo de pulcritud, sin que ello signifique que fuéramos desaseados. Por cierto, esto mismo decían los burgueses del olor de los mineros ingleses, tal y como lo contaba Orwell en The Road to Wigan Pier. Esto del olor era una peculiaridad de los conquistadores españoles de América. De hecho, las gentes de las poblaciones indígenas esparcían incienso al paso de nuestros compatriotas para combatir el mal olor. En una entrevista, Carmen Maura decía que sus bisabuelos fueron de los primeros madrileños en asearse a diario. En todo caso, desconozco por completo cuáles sean los hábitos higiénicos de la población inmigrante.

 En definitiva, creo que si la pandemia actual hubiese tenido lugar en la España de los sesenta, también –especialmente en la calle de Velázquez- habría quien diría que la culpa de su extensión sería nuestro modo de vida. El problema, claro está, no es el modo de vida, sino las condiciones materiales de existencia.

 

martes, 23 de junio de 2020

Hablar por hablar (más bien, escribir por escribir). El caso de Francisco Marhuenda.

Hablar por hablar (más bien, escribir por escribir).

El caso de Francisco Marhuenda.

 

La clase política se ha convertido en un problema para los españoles. No es, como dicen algunos comentaristas, el primero de los problemas, pero sí es significativo que sea un importante motivo de inquietud. Más preocupante me parece la actitud y la forma de escribir y de razonar de algunos periodistas (más bien, tertulianos) como es el caso del director del diario La Razón (posiblemente, el periódico de la derecha radical con más lectores).

 

Comento aquí algunos aspectos de su artículo de la sección de opinión titulado “El final de una anomalía” publicado el 21 de junio de 2020. Sostiene Marhuenda que los cien días del estado de alarma “han servido para confinar a la población sin ningún problema”. ¿De verdad puede alguien en su sano juicio pensar que el estado de alarma tenía por objetivo el confinamiento? ¿Se puede afirmar que esto se ha hecho “sin ningún problema”?

 

Más adelante, nos obsequia con una imprecisión: “El socialismo tiene una base electoral más amplia e incluso hay algún hijo de trabajador”. ¿No tiene este hombre tiempo u ocasión para simplemente bajarse cualquier pdf de los barómetros del CIS y comprobar que es precisamente el PSOE el partido que más apoyos concita entre los trabajadores (tanto los cualificados como los no cualificados, y tanto en términos absolutos como relativos)? Es cierto que Marhuenda parecería apuntar a otra cosa, que es la cuestión de la movilidad social y el voto. Sobre esto tenemos menos datos –al menos en España-. Lo que sí sabemos, por estudios realizados en otros países, es que aquellas personas que han experimentado procesos de movilidad social ascendente son más propensas a votar a la izquierda que aquellos inmóviles que permanecen en la clase profesional-directiva.

 

Seguidamente, manifiesta su desconocimiento sobre qué sean las castas: “Los comunistas organizaron un sólido esquema de castas en la Unión Soviética y sus países satélites”. Si Marhuenda echara un simple vistazo a la Wikipedia –actividad que critica de ciertos izquierdistas en su artículo- vería que las castas estratifican a la población por su nacimiento. El comunismo dio lugar a un sistema de estratificación basado en el control de eso que Erik Olin Wright llamaba bienes de organización. Quizás Marhuenda podría haber acertado parcialmente si citase el caso de la dinastía que gobierna ese enorme campo de concentración que es Corea del Norte.

 

En el último párrafo de su escrito, Marhuenda dice que “el término «nueva» es una detestable expresión comunista”. ¿Qué estudio de filología le puede llevar a considerar que la palabra nueva es comunista?

 

Me preocupa no tanto que un periodista –más allá de que sea de izquierdas o de derechas- pueda escribir toda una sarta de sinsentidos como que se trate del director de un medio con cierta presencia en el debate público y, sobre todo, que haya gente que pueda formar su opinión a partir de este tipo de textos carentes del más mínimo rigor. Supongo que el hecho de ser director de este periódico es el pasaporte que abre a Marhuenda las puertas para participar en diferentes debates televisivos y, de este modo, extender su manera de razonar. Tengo la impresión de que las diferentes cadenas de televisión alientan un tipo de tertuliano propenso a la provocación y a la consiguiente bronca. Además de periodista, Marhuenda es profesor titular de universidad en la URJC (se puede ver el listado de sus publicaciones aquí), actividad esta última que debería ir asociada a algo más de precisión de la que trasluce el escrito que comento.

 

En mi opinión, el que un director de un periódico de cierta importancia pueda escribir del modo en que lo hace el responsable de La Razón es prueba de que a nuestra democracia aún le queda mucho camino por recorrer en lo que se refiere a la construcción de una ciudadanía democrática.  


viernes, 22 de mayo de 2020

¿Merece la pena estudiar Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense?


¿Merece la pena estudiar Sociología en la
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense?

Cuanto diré a continuación se refiere a los estudios de Sociología en la Complutense. Intuyo, pero no estoy del todo seguro, que lo que planteo se puede aplicar, en buena medida, a casi todas las titulaciones de Ciencias Sociales y de Humanidades.
Recientemente, he leído un libro de François Dubet, cuyo título en castellano sería ¿Para qué sirve de verdad un sociólogo?, que me ha llevado a escribir esta reflexión. La obra es de muy recomendable lectura. Quien lo lea, muy posiblemente tendrá ganas de estudiar Sociología (como ocurriría con cualquier otro libro escrito por un apasionado de la ciencia en la que trabaja). Sin embargo, una cosa es la ciencia de la sociología y otra estudiarla como alumno en algunas de las facultades de Sociología existentes en España.
Cuando yo decidí estudiar Sociología lo hice porque vi, entre otras cosas, que era una carrera comprometida con la realidad social y de corte enciclopédico (se estudiaban, entre otras, materias de Derecho, Historia Contemporánea, Filosofía, Psicología, Ciencia Política, Economía), aunque con escaso peso de las matemáticas. Y como cuando yo era estudiante no debía haber aún muchos manuales, era habitual leer –posteriormente comprobé que esto de la lectura no era santo de devoción de la mayor parte de los estudiantes- directamente a los autores, desde clásicos como Rousseau a libros señeros del momento como La estructura de las revoluciones científicas.
                Hoy en día, y desde hace ya varias décadas, la mayor parte de los estudiantes que se matriculan en Sociología lo hacen porque su nota de acceso a la universidad es baja –basta con un 6,5 para acceder a Sociología-, de modo que se matriculan donde pueden. A esto hay que añadir que, muy probablemente, una parte importante de ellos en realidad desearía cursar otras carreras.
Hace un par de años me encargué de la charla de recepción de los estudiantes de primero del turno de mañana. En ella dije a los nuevos alumnos que en ese momento se iniciaba un periodo nuevo, donde nadie sabe cuál había sido su rendimiento previo. Sin embargo, mi colega del turno de tarde se preguntaba qué hacía tanta gente matriculándose en Sociología, si casi todos iban a terminar siendo vendedores de lavadoras –creo que esto se lleva diciendo ya décadas en muy diferentes facultades: ¡qué falta de imaginación!-. Esto, sin duda, contribuye a explicar el elevado índice de abandono: la profecía que se cumple a sí misma.[1]
                A partir de aquí, es fácil colegir que la mayor parte de nuestros estudiantes no siente –al menos en principio- gran entusiasmo ni por la Sociología ni por las Ciencias Sociales en general (y si han escuchado a mi colega del turno de tarde, menos aún). Si queremos que estos alumnos aprendan, creo que no quedaría más remedio que recurrir a dos estrategias. La primera sería algo tan simple como hacer una entrevista personal a los candidatos a estudiantes –cosa que ya se hace con los solicitantes mayores de cuarenta años- en la que poder calibrar si se está en condiciones de afrontar los estudios. Si un candidato no sabe decir nada sobre, por ejemplo, la crisis de los chalecos amarillos o sobre Bolsonaro, mejor que se dedique a otra cosa.
La segunda –que es la que más me gusta- es hacer que, desde el primer día, nuestros estudiantes se habitúen a leer la prensa generalista, libros y artículos, debatir en público, escribir, etc. En definitiva, en tanto que profesores, deberíamos transmitir y contagiar el entusiasmo por nuestra disciplina –tal y como hace Dubet en el libro más arriba citado-.
Por desgracia, la triste realidad es que muchos de nuestros alumnos transitan de curso en curso sin haber aprendido a redactar con coherencia, a desarrollar un argumento, a exponerlo y debatirlo en público, a trabajar en equipo, a plantearse una investigación. La prueba del algodón la ofrecen esos estudiantes chinos que pasan de curso sin saber hablar español.
En estas condiciones, la vida en nuestras aulas –mucho me temo- es más bien mortecina. Mi experiencia es que -cuando hay que debatir o comentar algo- solo hablan uno,[2] dos o tres estudiantes. Casi siempre se trata de alumnos de edad avanzada –jubilados o próximos a la jubilación- o de jóvenes graduados en otra disciplina –y, por tanto, algo mayores que el resto de sus compañeros-. Esto hace que me pregunte si la Sociología no tiene nada qué ver con las inquietudes de gente de entre dieciocho y veintidós años.
La cosa se agrava si a esto se añade que en una facultad como la mía se imparten varios dobles grados –por ejemplo, el de Sociología y Relaciones Internacionales- en los que se exige una alta nota de acceso. Estas titulaciones se convierten de hecho en una suerte de itinerario que absorbe los mejores expedientes de bachillerato.
El resultado final es que a nuestros egresados en Sociología no les va muy bien en el mercado de trabajo.[3]
¿Merece la pena matricularse en Sociología? Diría rotundamente que sí para aquellos estudiantes que quieran disfrutar de la aventura del pensamiento, que sean capaces de conectar sus conocimientos con la realidad social y, en el contexto de mi facultad, que cuenten con una excelente fuerza de voluntad. Como ya he indicado, son pocos los alumnos intelectualmente activos en clase, pero son los suficientes como para crear redes de complicidad emocional e intelectual.
Por otro lado, la mayor parte de los sociólogos de renombre están en mi facultad. Mi experiencia me dicta que, en líneas generales, son gentes abiertas con las que es fácil acordar una tutoría al margen de que sea o no alumno suyo. Es decir, aunque un estudiante tenga la mala suerte de dar con pésimos profesores –cosa que, lamentablemente, va a ocurrir- siempre tiene la posibilidad de acudir a otros docentes –e incluso de cambiar de grupo cuando una misma asignatura es impartida por varios profesores-.
No se me escapa la enorme cantidad de estudiantes que, en realidad, tan solo desean un título universitario con escaso esfuerzo –en plan Pablo Casado-. Cuento una anécdota. Hace unos años impartí la asignatura de Estructura Social Contemporánea en el grupo de tarde del grado de Antropología. Un día, tres jóvenes, que se presentaron como estudiantes de esta misma materia en el turno de mañana, me pidieron permiso para entrar en mi clase, cosa que acepté encantado. Finalizada la clase tuve la ocasión de hablar brevemente con ellos camino de la parada del autobús. Me dijeron que la clase les había gustado (¡qué otra cosa podrían decir!). Les pregunté por qué no se cambiaban al turno de tarde. A ello me respondieron que el profesor de la mañana era caótico, pero aprobaba a todo el mundo (lo que no es mi caso).
Finalmente, hay que añadir que mi facultad es conocida no solo por el sectarismo de algunos actuales políticos de Unidas Podemos, sino también por sus ruidosas fiestas que algunos individuos organizan los jueves por la tarde. No sé cómo se puede consentir tal cosa. Es como si Alcohólicos Anónimos tuviera en su hall de entrada un dispensador de whisky. Ante la tesitura de elegir entre una sesión lectiva o una fiesta, ¿qué va a preferir un joven de veinte años?
Por fortuna, y como ya he escrito en otro lugar, el cerebro de la gente es especialmente plástico hasta los veinticinco años. Esto significa que uno puede obtener un título degradado, como el de Sociología, y después –si su economía se lo permite- cursar un máster riguroso. En fin, nuestro sistema educativo está plagado de trampas que, por regla general, benefician a los mismos de siempre.


[2] Los Luthiers dirían que pasaríamos del monólogo al “bi-ólogo”