lunes, 24 de agosto de 2026

La docencia universitaria en la era de la IA: una propuesta

 La docencia universitaria en la era de la IA: una propuesta

En estos días previos al comienzo de curso, buena parte del profesorado universitario está dándole vueltas a cómo incorporar —y, en algunos casos, rechazar— el uso de la inteligencia artificial (IA) en nuestra docencia.

Dado que la IA puede realizar aceptablemente bien muchas de las tareas que solicitamos a nuestros (-as) estudiantes, creo que no queda más remedio que incrementar las actividades que puedan realizarse y evaluarse dentro del aula. De paso, fomentamos la evaluación continua.

Lo que aquí presento es un resumen de lo que hasta ahora me estoy planteando para mi docencia en la facultad de Sociología de la UCM. Antes que nada, advierto que lo habitual —al ser más bien profesor del turno de tarde— es que no tenga matriculados más de treinta estudiantes (y con el sistema que seguidamente explico es casi seguro que serán algunos menos: de hecho, siempre lo han sido). Con un número superior habría que repensar las propuestas que aquí planteo o incluso obviarlas.

Cada curso consta de poco más de treinta sesiones de algo más de noventa minutos (dos horas con una pausa intermedia). De ellas, dos se dedicarán a los exámenes parciales y cinco a las presentaciones de trabajos de investigación — dependiendo de su número— por parte de los estudiantes. Las veintitrés restantes son sesiones mixtas que combinan, a partes iguales, debate y explicación: cuarenta y cinco minutos de debate sobre el tema correspondiente —serían diez los temas en total— o sobre la lectura de ese mismo tema, y cuarenta y cinco minutos de explicación del tema en curso. La estructura típica de una semana —hay dos sesiones semanales: lunes y martes, por ejemplo— podría ser esta: el lunes, debate sobre el tema ya visto y comienzo de la explicación del tema siguiente; el martes, debate sobre la lectura de ese tema anterior y final de la explicación del nuevo. Cada tema recibe así unos noventa minutos de explicación y otros noventa de debate: primero lo explico —por supuesto, siempre con la posibilidad de que el estudiantado intervenga durante esta explicación—, después los estudiantes discuten sobre la lección y, por último, sobre la lectura.

Cada tema cuenta con un PowerPoint —disponible en el campus virtual antes de su explicación y que incluye los fragmentos de vídeo que se proyectarán en clase— y con una lectura asociada, igualmente disponible en el campus.

En cada sesión se planteará una cuestión —sobre la lección explicada o sobre la lectura, según el día— y se trabajará sobre ella en una secuencia fija de cinco tiempos.

1. Observación inicial (dos minutos). Un breve manuscrito de dos o tres renglones sobre el debate de la sesión anterior, en el que se indicará si se mantiene o se modifica la posición previamente defendida y por qué.

2. Miniensayo (diez minutos). Escritura individual manuscrita de una toma de posición sobre la cuestión que se plantee: entre seis y ocho renglones, sin internet, sin móviles, sin ordenadores y sin relojes inteligentes. Antes de entregarlo, con indicación de nombre y apellidos, es altamente recomendable hacerle una foto del escrito, de modo que cada cual pueda construir una carpeta digital con todos ellos. El texto se entrega al terminar de escribirlo y acredita la asistencia a clase.

3. Discusión en pequeños grupos (diez minutos). Grupos de tres a seis personas que se autoorganizan y discuten sobre lo que cada cual ha escrito. Durante la discusión se puede usar el móvil: para consultar la foto de los escritos, buscar un dato… Todo el mundo ha de tomar notas de lo discutido, ya que cualquiera puede resultar designado portavoz.

4. Contraste con la IA (cinco minutos). Cada cual, individualmente, pedirá a la herramienta de IA que prefiera un argumento en contra de la posición que acaba de defender por escrito o una visión crítica de esta: ¿qué mejorar?, ¿qué cambiar? Es recomendable que en cada grupo se consulten distintas IA —Claude, ChatGPT, Gemini, DeepSeek u otras—: así el contraste posterior resultará más enriquecedor.

5. Debate global (en torno a quince o veinte minutos). El profesor designará aleatoriamente, entre los miembros de cada grupo, a quien presentará a la clase un resumen de la discusión, apoyándose en sus propias notas. Esta designación se hará al final, precisamente para que todos deban estar preparados para exponer. Se procurará que, a lo largo del curso, todos sean portavoces un número similar de veces. El debate se basará en lo expuesto por los portavoces, en las objeciones u observaciones que la IA haya planteado —que podrán exponerse públicamente— y en la lectura que yo haya hecho de los manuscritos durante los quince minutos de las fases 3 y 4. Al comentar en el aula aspectos de esos manuscritos nunca diré quién es su autor o autora, a menos que alguien reivindique en el debate que tal observación es suya.

Cada tres o cuatro sesiones, cada estudiante recibirá una valoración de sus escritos conforme a la siguiente escala:

         Deficiente: no toma posición sobre la cuestión planteada o la enuncia sin ofrecer razón alguna, o la redacción resulta incoherente.

         Pasable: toma posición y la apoya en al menos una razón.

   Notable: además, desarrolla un razonamiento, es decir, encadena varias razones, distingue planos o aspectos de la cuestión, o toma en consideración una posición distinta de la propia.

     Excelente: además, conecta lo escrito con otros contenidos sociológicos, de la actualidad o del pasado, o identifica una posible objeción a su propia posición y le da respuesta.

Cada momento del curso contiene indicaciones sobre el uso de la IA. No se puede utilizar cuando se escribe a mano —en el miniensayo y en las pruebas parciales—. Está permitida durante los cinco minutos de cada sesión que siguen a la discusión en grupo. También lo está en el trabajo de investigación, pero con transparencia: puede usarse como instrumento de apoyo (búsqueda de ideas, revisión de la redacción, contraste de interpretaciones) indicando qué herramientas se emplearon, para qué tareas y qué sugerencias se aceptaron o se descartaron y por qué. La responsabilidad sobre el contenido íntegro del trabajo, incluidos errores y citas, corresponde en todo caso a sus autores. La IA puede redactar un informe sobre, por ejemplo, un centro escolar. Lo que no puede es haber estado allí, sea el caso, un viernes por la mañana. Por eso lo que se evalúa es lo insustituible. En todo caso, las tutorías permitirán al profesor conocer de antemano qué se está haciendo.

Cada tema lleva asociada una lectura, disponible en el campus virtual. Soy consciente de que la tentación de no leer es muy fuerte. Por eso el curso está montado para que leer merezca la pena, aunque ser por razones meramente instrumentales. Cada lectura tiene su propio debate de cuarenta y cinco minutos en el que el miniensayo del día versará sobre el propio texto y no sobre generalidades: quien viene con la lectura hecha escribe y debate con ventaja. Además, cuatro de las siete preguntas de cada parcial procederán de las lecturas. Leer, en consecuencia, no es opcional.

Los trabajos de investigación funcionan como un pequeño congreso científico. En el campus se propondrá una variedad de temas y, previa negociación con el profesor, siempre podría haber otros. Tras la investigación (sea o no trabajo de campo, aunque se recomienda que lo sea) hay que escribir un texto de entre 1.500 y 2.000 palabras, como en los congresos que organiza la Federación Española de Sociología. Se entregará al menos tres semanas antes de la fecha de presentación, plazo que permite acometer, si fuera el caso, las sugerencias realizadas por el profesor. Si el trabajo fuera de una calidad ínfima, no se podría presentar en clase. En tal caso, el 20% de la nota final asignado a la presentación —como se puede ver más abajo— se asignará al bloque de examen el cual en este caso representaría el 70% de la nota final. Cada trabajo habrá de exponerse en público durante unos diez minutos en las últimas semanas del curso. Está terminantemente prohibido leer el texto de la presentación: se permite un guion de apoyo de una cuartilla como máximo y, si se usaran diapositivas, estas deben carecer de párrafos. Se trata de presentar para dar que pensar: una tesis clara que se pueda discutir vale más que diez diapositivas impecables que no dicen nada. Es lo que en las TED Talks se llama ideas worth spreading (ideas que merece la pena difundir). En definitiva, prohibido aburrir. Y, finalmente, tras la exposición se abre un debate con preguntas del profesor, de la pareja relatora —compañeros que habrán recibido y leído el texto con antelación y abrirán el debate con al menos una pregunta o un comentario crítico— y del resto de la clase. La capacidad de responder a preguntas no anticipadas sobre el propio trabajo es el criterio principal de la defensa. Todos los estudiantes serán relatores del trabajo de otros.

Las clases dedicadas a las presentaciones son sesiones lectivas ordinarias. En los últimos cinco minutos de cada una de estas sesiones, quienes no hayan presentado ese día —relatores incluidos— manuscribirán, en seis u ocho renglones, un escrito con esta consigna: de las presentaciones de hoy, elige la que más te haya hecho pensar y explica por qué: qué se sostuvo y qué le preguntarías o le objetarías. No se pide una valoración («estuvo bien»), sino una reconstrucción, alguna objeción, con qué se está de acuerdo y por qué. Estos escritos llevarán el nombre de su autor o autora, se fotografían antes de entregarse, acreditan la asistencia y se incorporan a los lotes de escritos de aula, con la escala evaluativa ya vista.

Habrá dos pruebas parciales liberatorias, presenciales y manuscritas, cuya superación exime de realizar la prueba final. Se trata de responder a cinco preguntas libremente elegidas de entre siete, manuscribiendo entre ocho y doce renglones por respuesta, en una hora u hora y cuarto. Cuatro de esas siete preguntas procederán de las lecturas; las restantes, de las explicaciones de clase, vídeos incluidos. Se recomienda hacer una foto del examen antes de entregarlo. Se subirán al campus ejemplos de preguntas de años anteriores.

Son estudiantes asistentes quienes hayan acudido a la mayoría de las sesiones (con más de cinco ausencias serían considerados no asistentes, aunque podría haber alguna excepción documentalmente justificada). La entrega del manuscrito diario acredita la asistencia. Así es como se distribuiría la nota final:

Bloque 1. Pruebas de conocimiento (50%). Las dos pruebas parciales liberatorias ya descritas (25% + 25%), cuya superación exime de realizar el examen ordinario (o, en su caso, el extraordinario).

Bloque 2. Trabajos y prácticas (40%). Escritos de aula (20%), valorados conforme a la escala descrita, y trabajo de investigación con su presentación y defensa oral (20%).

Bloque 3. Participación (10%). Los escritos de aula constituyen la evidencia ordinaria de participación en el desarrollo de la materia. Una participación oral excepcional y sostenida en los debates mejorará la calificación final, y podrá asimismo tenerse en cuenta la asistencia a actividades voluntarias relacionadas con la asignatura (conferencias, seminarios y otras de índole similar).

Los estudiantes no asistentes harán un examen final presencial y manuscrito sobre la totalidad del programa (100%). En todo caso, aunque alguien se considere no asistente (porque prevé claramente que va a faltar a más de cinco sesiones), siempre tendrá la posibilidad de acudir como oyente a las sesiones que considere oportunas.

Dicho esto, son varias las inquietudes o dudas que me asaltan. En una titulación como la de Sociología, si el profesorado es exigente, es decir, si hace cosas como requerir la asistencia regular o invitar a pensar, a leer, a escribir… es muy probable que se quede con pocos estudiantes. Téngase en cuenta que muchos de ellos no tienen gran interés ni por la Sociología ni, quizás, por el trabajo intelectual. De hecho, lo que quieren es acabar cuanto antes la titulación y con el menor esfuerzo posible. Además, siempre tienen la posibilidad de matricularse con un profesorado menos exigente. Tampoco se me escapa que esta propuesta supone más dedicación docente: los incentivos profesionales están en la investigación y las publicaciones y no en la docencia. 

viernes, 19 de junio de 2026

Crónica de un breve viaje a China

 Crónica de un breve viaje a China

A comienzos de junio pasé nueve días en China en el marco de una de las rutas culturales de la Comunidad de Madrid y que incluye las ciudades de Pekín, Xián y Shanghái. Nueve días, como es obvio, no dan para hacerse una imagen elaborada de la sociedad china. Lo que sigue son, más bien, impresiones de un observador ocasional.

Lo primero que me sorprendió es que las ciudades chinas se parecen bastante a las occidentales. Hay diferencias, claro. La más evidente tiene que ver con el urbanismo: las tres ciudades visitadas son megalópolis de al menos quince millones de habitantes, con la congestión circulatoria que eso conlleva. A ello se añade una ingente cantidad de bicicletas y motocicletas que circulan tanto por los carriles habilitados como por las aceras, incluidas aquellas repletas de peatones. Muchas de estas motos transportan paquetes de comida. Es como si los habitantes de estas ciudades hubieran hecho realidad el sueño de Joan Roig de eliminar la cocina doméstica. Poco antes del viaje había empezado a leer El repartidor de Pekín, de Hu Anyan, una novela en la que el protagonista relata sus peripecias como repartidor de paquetes, mayormente comida. Cuando lo leí me pareció difícil de creer la similitud con lo que ocurre en España con este tipo de trabajadores. Pues bien: Anyan no había exagerado lo más mínimo.

El paisaje urbano está dominado por grandes torres de unas cuarenta plantas donde vive la mayoría de la población. Las calles son excepcionalmente anchas y, además, arboladas. Desde el tren de alta velocidad —que, pese a su nombre, circula a una velocidad similar a la de nuestro AVE— de Pekín a Xián se aprecia cómo en la inmensa llanura brotan constantemente aglomeraciones de edificios de gran altura de ciudades que fácilmente superan los diez millones de habitantes.

En los parques llama la atención la cantidad de gente —especialmente jubilados— que, desde primera hora de la mañana, realizan colectivamente actividades deportivas o bailan. En uno de esos parques pude ver un grupo liderado por alguien dotado para el bel canto que entonaba canciones nacionalistas y, quizás por nuestra presencia (no sabían que veníamos del Madrid de Ayuso), también la Internacional.

Algo que resulta sorprendente para el visitante europeo es la ausencia de terrazas donde tomar algo (solo vi algo así en las escasas calles como configuran el barrio francés en Shanghái). Se compensa, sin embargo, con una abundancia extraordinaria de establecimientos de comida preparada en prácticamente cualquier calle. Hablando de restauración, conviene que señalar que nuestra idea de bebida fría no coindice con la suya. Por ejemplo, su cerveza fría es para nosotros casi caliente.

La vida cotidiana depende de forma intensa del teléfono móvil: con él se paga, se pide un taxi, se chatea. Tal es la dependencia del móvil que hay cargadores portátiles por todas partes (se cogen en un sitio y se devuelven en otro).

La mayoría de los turistas que vi tenían rasgos asiáticos. Los datos oficiales indican que proceden principalmente de Macao, Hong Kong, Corea del Sur y Japón. Sí pude constatar una notable presencia de españoles, quizás explicable en parte por la existencia de vuelos directos Madrid-Pekín. En ningún momento oí hablar francés, italiano o alemán.

Salvo excepciones, que nadie espere ser comprendido hablando inglés, ni siquiera en los hoteles, más allá de un intercambio básico en ese idioma. Por suerte, existe el traductor de Google y similares. Pese a esa barrera, la gente china resulta abierta y afable. Un miembro de mi grupo comparó esta visita con otra que había realizado hace años en la que constató que la población local rehuía el contacto con los extranjeros.

Los españoles tenemos una merecida fama de bulliciosos. Que nadie se alarme: los chinos nos ganan por goleada.

Una de las actividades, al parecer ineludibles en cualquier visita turística a China, es pasar por algún centro comercial de imitaciones de productos de lujo. En el caso de este viaje organizado se hizo por partida doble: en Pekín y en Shanghái.

Antes de terminar, algunas reflexiones sobre la dimensión política. La china es una sociedad de vigilancia intensiva —no sé si hasta los extremos del Gran Hermano de Orwell—, como prueba la omnipresencia de cámaras en el espacio público. Los turistas han de presentar el pasaporte en numerosas visitas. No quiero ni pensar lo que podría suponer la pérdida de este documento. En todo caso, la seguridad en las ciudades es notable: no hay peligro de que nadie te sustraiga nada. Sobre Tiananmen, el guía local apenas dijo alguna cosa, pese a que al día siguiente de nuestra visita se cumplía el aniversario de la matanza. La sanidad tiende a ser privada, y lo mismo empieza a ocurrir con la educación. A pesar de que China ha conseguido el formidable logro de generar una amplia clase media, la pobreza sigue siendo visible en las calles.

Para el turista ocasional resulta francamente difícil hacerse a la idea de que China sea un país comunista. El urbanismo responde claramente a un crecimiento planificado —comparable, quizás, al de la Europa occidental de posguerra—, pero lo que uno percibe en la calle es una sociedad consumista que no difiere demasiado de las occidentales.

No sé hasta qué punto Mao continúa siendo venerado. Seguramente, Tiananmen y los excesos de la revolución cultural están presentes en la memoria colectiva. No obstante, uno de los guías locales hizo referencia en varias ocasiones a que hay muchos chinos que proclaman orgullosos que la tierra que trabajan se la dio el Gran Timonel.

Vista la eficiencia del sistema político chino, cabe preguntarse si una dictadura que saca a millones de personas de la pobreza puede ser preferible a una democracia. Si a eso se añade que en China —salvo quizás en Shanghái— no parece existir el problema de la vivienda que padecemos en países como España. Si así fuera, se podría comprender, aunque solo sea parcialmente, la creciente desafección democrática de tantos ciudadanos europeos.

Por otro lado, y esto es algo que la propaganda oficial china se encarga de subrayar, la democracia del país líder de Occidente tiene por presidente a alguien manifiestamente incapaz de desempeñar el cargo. Desde China es fácil concluir que la democracia es más demagogia que otra cosa y que su régimen tecnocrático es mejor.

Seguramente me deje muchas cosas en el tintero, pero espero que estas notas apresuradas sirvan para aportar algún punto de vista útil sobre la China de hoy.

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

El voto joven a la extrema derecha

 El voto joven a la extrema derecha

  El pasado 27 de febrero el diario Le Monde publicó un artículo titulado “Las injusticias del sistema escolar, una máquina de hacer votar por la extrema derecha” (https://www.lemonde.fr/idees/article/2026/02/27/les-injustices-du-systeme-scolaire-machine-a-faire-voter-pour-l-extreme-droite_6668467_3232.html ).

 Su autora, Sylvie Lecherbonnier, explica que las desigualdades sociales que el sistema escolar no consigue combatir se traducen en una fuerte tendencia a votar por la extrema derecha entre quienes fracasan en él. En Francia es muy clara la correlación entre el nivel educativo y el voto. Así, en el caso de las elecciones legislativas de 2024 (en las que la extrema derecha estuvo a punto de ganar), cerca de la mitad de los electores con un nivel educativo inferior al bachillerato votaron a la extrema derecha frente a un 22% de los graduados universitarios (bac +3). Lecherbonnier cita el libro L’Emprise scolaire de los sociólogos François Dubet y Marie Duru-Bellat en el que se habla de los vencedores del sistema escolar, los cuales “adquieren conciencia de su mérito, se sienten legítimos” y defienden “los valores liberales o los valores de izquierda”. Del otro lado, están los vencidos, que se consideran “ignorados y menospreciados”' y optan por “los partidos populistas que desconfían de las élites”.

 En España esta correlación entre nivel educativo y voto a la extrema derecha no es tan marcada. Sin embargo, lo que es muy preocupante es el hecho de que Vox es la primera opción política para los más jóvenes. No tengo aún suficientes datos aún para demostrarlo, pero parece claro que en los grupos de edad comprendidos entre los 18 y los 30 años el nivel educativo sí parece determinante.

 Si nos vamos al barómetro del CIS de enero de este año (3540), se detecta que, si consideramos los grupos de edad de los entrevistados de entre 18 y 24 años y de entre 25 a 35, Vox es claramente la opción preferida entre aquellos cuyo nivel educativo no va más allá de la ESO: un 27,6% de entre los primeros y un 26,1% entre los segundos lo votaría (aunque, respectivamente, el 27,6% y el 26,3% no sabe todavía por quien votar). Al hacer este doble cruce de edad y de nivel educativo con la intención de voto el número de casos es muy reducido: 60 para el primer grupo y 103 para el segundo.

 En el barómetro de diciembre (3536), el 39% de los 45 entrevistados con un nivel de la ESO votaría a Vox y otro 39% lo haría en blanco. Un 30% de los 112 entrevistados del otro grupo etario repartiría sus votos entre Vox y SALF.

           Para quienes como mucho han completado la FP básica o la de grado medio la intención de voto no es tan favorable a la extrema derecha en el barómetro de enero. Sin embargo, el de diciembre de 2025 detecta que se dispara la intención de voto a la extrema derecha de este grupo. Así, Vox cosecharía casi el 40% de los votos para aquellos cuyas edades están los 18 y los 24 años. Uno de cada cuatro de entre 25 y 34 haría lo propio. En ambos grupos, una cuarta parte no votaría o no sabe todavía qué votar.

 La situación se invierte – en el barómetro de enero- entre quienes tienen educación superior (FP de grado superior o titulación universitaria). Obviamente, son pocos quienes en la franja más joven pueden tener un nivel de educación superior (que sería, por término medio, de 20 años para la FP y de 22 para los graduados). En el primer grupo estamos hablando de tan solo 60 casos. Aquí la izquierda obtendría en torno a un tercio de los votos. En el segundo grupo (con 206 casos) el voto a la izquierda casi alcanza a la mitad. Es llamativo el   sorpasso al PSOE de los partidos situados a su izquierda. 

 Obviamente, haría falta agregar varios barómetros para ver si se corroboran las tendencias aquí apuntadas.

             Parece plausible considerar que estamos ante un voto de protesta o, si se quiere, de enfado. ¿Qué puede pensar de la democracia un joven al que en su primer contacto continuado con una institución estatal como es la escuela se le dice que su manera de expresarse es inadecuada, que su familia es incompetente para educarle, que sus modales no son los correctos? Es decir, desde sus primeros compases en la escuela se le considera carne de cañón. Sabemos que hoy en día no contar con un nivel educativo posobligatorio sitúa a la gente en una muy mala posición en el mercado de trabajo. A este respecto, esto es lo que decía Andreas Schleicher -el coordinador de los informes PISA- en su libro titulado Primera clase:

 En febrero de 2008, tuve un intenso intercambio con los embajadores de la OTAN sobre el trabajo de la OCDE en materia de desigualdad en las competencias y la educación. Este tema se había incluido en el orden del día porque los embajadores estaban preocupados por los efectos a largo plazo que estas desigualdades podrían tener en la estabilidad geopolítica. Los responsables políticos se están dando cuenta de que las desigualdades en la educación constituyen un terreno fértil para el radicalismo (Schleicher, 2018, p. 145).

             Por otro lado, los postulados igualitaristas del feminismo le pueden parecer una estafa. Lo que él ve es que a las chicas les va mucho mejor que a los chicos en la escuela y, después, puede que igualmente mejor en el empleo. Sobre esta cuestión, se puede leer el interesantísimo reciente artículo de Luis Ordóñez sobre el desplome del feminismo  (https://www.lavozdeasturias.es/noticia/opinion/2026/03/02/desplome-feminismo-causas-dice/00031772470872203286767.htm)

             Si a esto añadimos que es muy probable que viva en un barrio donde los servicios públicos son insuficientes para atender a una población incrementada por la llegada de inmigrantes, tenemos más que preparado el caldo del cultivo para el florecimiento de la irracionalidad de la extrema derecha.

             En definitiva, o se acometen cambios radicales en la escolarización de las clases populares -además de otros que mejoren sustantivamente los recursos públicos en sus barrios- o estaremos condenados a que una parte sustancial de la juventud considere que la democracia no es el mejor de los regímenes posibles. Tanta reforma educativa no ha servido aún para acabar con un problema común a todos los países: la lotería del nacimiento condiciona desmesuradamente la trayectoria escolar. Es hora ya de ponerse a pensar en serio cómo revertir esta lamentable situación y de actuar en consecuencia. Si bien las competencias en materia de educación están transferidas a unas comunidades autónomas que mayoritariamente consideran que este es un problema de esfuerzo individual y no de clase social, desde el gobierno de la nación hay un cierto margen de maniobra.