viernes, 19 de junio de 2026

Crónica de un breve viaje a China

 Crónica de un breve viaje a China

A comienzos de junio pasé nueve días en China en el marco de una de las rutas culturales de la Comunidad de Madrid y que incluye las ciudades de Pekín, Xián y Shanghái. Nueve días, como es obvio, no dan para hacerse una imagen elaborada de la sociedad china. Lo que sigue son, más bien, impresiones de un observador ocasional.

Lo primero que me sorprendió es que las ciudades chinas se parecen bastante a las occidentales. Hay diferencias, claro. La más evidente tiene que ver con el urbanismo: las tres ciudades visitadas son megalópolis de al menos quince millones de habitantes, con la congestión circulatoria que eso conlleva. A ello se añade una ingente cantidad de bicicletas y motocicletas que circulan tanto por los carriles habilitados como por las aceras, incluidas aquellas repletas de peatones. Muchas de estas motos transportan paquetes de comida. Es como si los habitantes de estas ciudades hubieran hecho realidad el sueño de Joan Roig de eliminar la cocina doméstica. Poco antes del viaje había empezado a leer El repartidor de Pekín, de Hu Anyan, una novela en la que el protagonista relata sus peripecias como repartidor de paquetes, mayormente comida. Cuando lo leí me pareció difícil de creer la similitud con lo que ocurre en España con este tipo de trabajadores. Pues bien: Anyan no había exagerado lo más mínimo.

El paisaje urbano está dominado por grandes torres de unas cuarenta plantas donde vive la mayoría de la población. Las calles son excepcionalmente anchas y, además, arboladas. Desde el tren de alta velocidad —que, pese a su nombre, circula a una velocidad similar a la de nuestro AVE— de Pekín a Xián se aprecia cómo en la inmensa llanura brotan constantemente aglomeraciones de edificios de gran altura de ciudades que fácilmente superan los diez millones de habitantes.

En los parques llama la atención la cantidad de gente —especialmente jubilados— que, desde primera hora de la mañana, realizan colectivamente actividades deportivas o bailan. En uno de esos parques pude ver un grupo liderado por alguien dotado para el bel canto que entonaba canciones nacionalistas y, quizás por nuestra presencia (no sabían que veníamos del Madrid de Ayuso), también la Internacional.

Algo que resulta sorprendente para el visitante europeo es la ausencia de terrazas donde tomar algo (solo vi algo así en las escasas calles como configuran el barrio francés en Shanghái). Se compensa, sin embargo, con una abundancia extraordinaria de establecimientos de comida preparada en prácticamente cualquier calle. Hablado de restauración, conviene que señalar que nuestra idea de bebida fría no coindice con la suya. Por ejemplo, su cerveza fría es para nosotros casi caliente.

La vida cotidiana depende de forma intensa del teléfono móvil: con él se paga, se pide un taxi, se chatea. Tal es la dependencia del móvil que hay cargadores portátiles en todos los sitios (se cogen en un sitio y se devuelven en otro).

La mayoría de los turistas que vi tenían rasgos asiáticos. Los datos oficiales indican que proceden principalmente de Macao, Hong Kong, Corea del Sur y Japón. Sí pude constatar una notable presencia de españoles, quizás explicable en parte por la existencia de vuelos directos Madrid-Pekín. En ningún momento oí hablar francés, italiano o alemán.

Salvo excepciones, que nadie espere ser comprendido hablando inglés, ni siquiera en los hoteles, más allá de un intercambio básico en ese idioma. Por suerte, existe el traductor de Google y similares. Pese a esa barrera, la gente china resulta abierta y afable. Un miembro de mi grupo comparó esta visita con otra que había realizado hace años en la que constató que la población local rehuía el contacto con los extranjeros.

Los españoles tenemos una merecida fama de bulliciosos. Que nadie se alarme: los chinos nos ganan por goleada.

Una de las actividades, al parecer ineludibles en cualquier visita turística a China, es pasar por algún centro comercial de imitaciones de productos de lujo. En el caso de este viaje organizado se hizo por partida doble: en Pekín y en Shanghái.

Antes de terminar, algunas reflexiones sobre la dimensión política. La china es una sociedad de vigilancia intensiva —no sé si hasta los extremos del Gran Hermano de Orwell—, como prueba la omnipresencia de cámaras en el espacio público. Los turistas han de presentar el pasaporte en numerosas visitas. No quiero ni pensar lo que podría suponer la pérdida de este documento. En todo caso, la seguridad en las ciudades es notable: no hay peligro de que nadie te sustraiga nada. Sobre Tiananmen, el guía local apenas dijo alguna cosa, pese a que al día siguiente de nuestra visita se cumplía el aniversario de la matanza. La sanidad tiende a ser privada, y lo mismo empieza a ocurrir con la educación. A pesar de que China ha conseguido el formidable logro de generar una amplia clase media, la pobreza sigue siendo visible en las calles.

Para el turista ocasional resulta francamente difícil hacerse a la idea de que China sea un país comunista. El urbanismo responde claramente a un crecimiento planificado —comparable, quizás, al de la Europa occidental de posguerra—, pero lo que uno percibe en la calle es una sociedad consumista que no difiere demasiado de las occidentales.

No sé hasta qué punto Mao continúa siendo venerado. Seguramente, Tiananmen y los excesos de la revolución cultural están presentes en la memoria colectiva. No obstante, uno de los guías locales hizo referencia en varias ocasiones a que hay muchos chinos que proclaman orgullosos que la tierra que trabajan se la dio el Gran Timonel.

Vista la eficiencia del sistema político chino, cabe preguntarse si una dictadura que saca a millones de personas de la pobreza puede ser preferible a una democracia. Si a eso se añade que en China —salvo quizás en Shanghái— no parece existir el problema de la vivienda que padecemos en países como España. Si así fuera, se podría comprender, aunque solo sea parcialmente, la creciente desafección democrática de tantos ciudadanos europeos.

Por otro lado, y esto es algo que la propaganda oficial china se encarga de subrayar, la democracia del país líder de Occidente tiene por presidente a alguien manifiestamente incapaz de desempeñar el cargo. Desde China es fácil concluir que la democracia es más demagogia que otra cosa y que su régimen tecnocrático es mejor.

Seguramente me deje muchas cosas en el tintero, pero espero que estas notas apresuradas sirvan para aportar algún punto de vista útil sobre la China de hoy.

 

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