martes, 9 de julio de 2019

Yesterday, película dirigida por Danny Boyle


Yesterday, película dirigida por Danny Boyle
Advierto que esta es una crítica pensada más bien para músicos. O quizás podría decir que para fans de los Beatles. Lo primero que debo indicar es que la película resulta entretenida y cuenta con la enorme ventaja de una banda sonora basada en versiones de canciones de los Four Fab. La historia es bien simple: un breve apagón mundial borra del planeta todo rastro de los Beatles (pero también de la Coca-Cola o de Harry Potter). Nuestro protagonista –un músico sin éxito- sufre un aparatoso accidente en el momento del apagón (le atropella un autobús mientras pedalea en la oscuridad) y cuando se recupera se da cuenta de que nadie sabe nada sobre los Beatles. Esto le convierte en una suerte de depositario de la memoria de sus canciones, las cuales, en principio, son consideradas de su invención. Es decir, de buenas a primeras se convierte en un genio. Hasta aquí un mini resumen de la película.
En lo que se refiere a la parte musical, es una lástima que no hubiera habido un mínimo de dos músicos accidentados (en lugar de un accidente de bicicleta podría haber ido un par de músicos en una moto), ya que una de las claves de las composiciones de los Beatles son los juegos de voces. Sin estos, la mayor parte de las versiones de la banda original de la película carecen del más mínimo interés. Es más, da la impresión de que, más allá de la película, el actor protagonista se ha encontrado con el regalo de poder interpretar a los Beatles en la vida real.
Ciertamente, es difícil encontrar alguna versión de canciones de los Beatles que supere el original. Un amigo mío decía que quizás la versión de With a Little Help From My Friends de Joe Cocker podría haber superado el listón. Algunos músicos se han aproximado a tal hazaña (puede que Johnny Cash, Steve Earle o Paul Westerberg, entre otros). No es esto lo que, por ejemplo, ha sucedido con algunos temas de Bob Dylan, algunas de cuyas canciones han sido mejoradas por otros intérpretes (pienso, entre otras, en la versión de All Along the Watchover de Jimi Hendrix).
Lo que me parece lamentable de las canciones elegidas para la película es que, siendo el protagonista un músico con guitarra acústica, no se hayan seleccionado piezas claves para este instrumento como Blackbird, Julia o Revolution 1 (la versión acústica de Revolution). Supongo que en la selección manda el dinero y por ello lo sensato es concentrarse en el cancionero más popular. Es una pena que no se hayan hecho versiones acústicas de temas que, hasta donde yo sé, nunca los Beatles grabaron en este formato y que suenan muy bien unplugged. Pienso, entre otras composiciones, en la alocada I Am the Walrus, en la más sosegada Strawberry Fields Forever o en la disparatada Glass Onion.
Queda la respuesta a la pregunta de cómo sería el mundo si los Beatles no hubieran existido. En la película no se va más allá de señalar que no habríamos conocido a Oasis. Sin embargo, los Rolling Stones estarían todavía por ahí. Es complicado esto de las ucronías, pero me da la impresión de que el rock sin los Beatles quizás no habría pasado de ser una variedad más del folklore anglosajón.

martes, 11 de junio de 2019

Un español en Italia


Un español en Italia.
La semana pasada participé en Cagliari en un macrocongreso sobre la escuela democrática (https://www.scuolademocratica-conference.net/). Supe con cierta antelación que el grupo en el que participaría iba a estar formado única y exclusivamente por italianos. Los organizadores, haciendo gala de una cierta liberalidad temeraria, permitían hacer las presentación en el idioma que  cada cual considerase conveniente (fuese este el inglés, el español, el italiano, el francés o el portugués).  Mi experiencia de otros congresos en los que se emula la torre de Babel es que habitualmente los asistentes prestan atención tan solo a aquellos ponentes con los que se comparte idioma. De hecho, en una de las sesiones estelares participó el sociólogo francés François Dubet. Lo hizo en su lengua y puedo asegurar que un mínimo de dos tercios de los asistentes estaban esperando la siguiente intervención, la cual corrió a cargo de Annette Lareau quien, pese a lo que pudiera indicar su nombre, es estadounidense.
Ante esta tesitura decidí hacer la presentación leyendo mi texto en italiano. Mi conocimiento del italiano es similar al que mostró en infausta ocasión el alocado Aznar (https://www.youtube.com/watch?v=uExUg1zyjN8). Pese a ello, hoy en día, las tecnologías de la información permiten calibrar si se está en condiciones de arriesgarse a leer en un idioma desconocido aunque, en este caso, relativamente similar al español. Lo primero que hice fue traducir mi texto –de unas dos mil palabras, las cuales se leen en unos quince minutos- del español al italiano en la web Deep.l (https://www.deepl.com/translator). El escrito fue posteriormente corregido por una conocida mía italiana. A continuación leí en voz alta parte del texto en la web dictation.io (https://dictation.io/). Sorprendentemente, comprobé que la transcripción que de mi locución hacía esta página era aceptable. Seguidamente, vi –y, sobre todo, escuché- varios vídeos en youtube sobre la pronunciación del italiano. Es un idioma que aproximadamente se pronuncia como se escribe. Además, utilicé la web ttsreader (https://ttsreader.com/es/ ) para que me leyera el texto. No contento con esto, contraté un par de clases online en la web de Verbling. El resultado final fue que el público de mi grupo se enteró de lo que quería contar (al menos, eso me dijeron y eso me pareció).
Es una experiencia, y este es el motivo por el que la cuento en este blog, extraordinariamente didáctica. Dado que leí aceptablemente dos mil palabras, muchas de ellas las pude reconocer en las intervenciones y conversaciones del público italiano.
En todo caso, debo indicar que soy incapaz de elaborar una frase en italiano. Para poder hacerlo no queda más remedio que sentarse a estudiar la gramática, la conjugación de los verbos, esquivar la enorme cantidad de “false friends” con que nos obsequia el vocabulario italiano y un largo etcétera de actividades.

domingo, 5 de mayo de 2019


Hay que mejorar la conexión de la universidad con el bachillerato.
La prueba de selectividad no basta.

Salvo tremendo despiste por mi parte, no he visto en ninguna de las decenas de comparecencias parlamentarias sobre el fallido pacto por la educación alguna referencia al trabajo de investigación que han de hacer los estudiantes de bachiller en Cataluña. Por lo que he podido ver en la red, se trata de un trabajo que todo estudiante ha de iniciar en el primer curso de bachiller y presentarlo tanto por escrito –un texto de entre 25 y 50 páginas- como oralmente.

Este trabajo tiene la consideración de una asignatura más y le corresponden setenta horas de trabajo (poco menos de la mitad de un Trabajo de Fin de Grado de seis créditos). Se ha de realizar bajo la supervisión de un profesor del centro del alumno. No obstante, he visto que las universidades catalanas se ofrecen para colaborar con estos trabajos.

A mí todo esto me parece una idea excelente y es por este motivo por el que creo que todo el bachillerato debería funcionar como el bachiller internacional (aquí los estudiantes tienen que presentar un trabajo llamado monografía). Tal y como he comentado varias veces en este blog, uno de los serios problemas con que tropiezan nuestros universitarios es que mayoritariamente son incapaces de desarrollar un argumento tanto por escrito como oralmente.

Uno de los muchos inconvenientes de la selectividad –como quiera que se llame ahora- es que consiste en un examen en el que solo participan los profesores de universidad que impartan materias existentes en el bachiller. Quienes no estamos en esa situación somos meros espectadores. Se me ocurre que si, por ejemplo, un estudiante eligiera como tema de su trabajo una cuestión de sociología, lo deseable sería que pudiera ser tutorizado por un profesor de esta especialidad, es decir, un profesor universitario. En todo caso, y dado que los profesores de secundaria no tienen la condición de investigadores –salvo que fueran doctores-, la tutoría de estos trabajos debiera hacerse desde la universidad.  De hecho, yo creo que habría que dar más peso a este tipo de trabajos en el acceso a una facultad que a la memorística prueba de selectividad.

De acuerdo con el último U-ranking, de las nueve mejores universidades españolas cuatro son catalanas. Desconozco si los trabajos de investigación citados pueden guardar alguna relación con estos resultados.

lunes, 18 de febrero de 2019

Feria de los colegios


Feria de los colegios
           
El sábado 16 de febrero acudí a la feria de los colegios celebrada en el estadio Metropolitano. Se trata de un evento en el que diversos centros educativos –mayoritariamente privados de pago- exponen en stands -atendidos habitualmente por su propio profesorado- su propuesta escolar. La oferta se divide en dos grandes secciones. Una de ellas está dedicada en exclusiva a la formación profesional (FP) en todos sus niveles. Se trata en su mayoría de centros –una vez más casi todos privados- cuya oferta es exclusivamente de este tipo de formación o que le prestan una especial atención. Si no estoy equivocado, aquí estaba el único centro público en toda la feria (un IES de Leganés). La otra sección abarca al resto de centros –los cuales también pueden ofertar formación profesional-.

Desconozco las cifras de asistentes o si tal exposición es un éxito para sus promotores. La impresión que me quedó es que es una feria en la que se publicitan centros que quieren garantizar para todos sus alumnos el éxito escolar en un contexto de adaptación a los tiempos actuales. La atención personalizada me pareció una de las claves de esta oferta. Se trata de ofrecer una educación que tenga en cuenta la diversidad de maneras de aprender –la referencia a las inteligencias múltiples es una constante- por medio de recursos de muy diferente tipo: desde los grupos con no más de quince alumnos a la posible orientación a los ciclos superiores de FP en el caso de los estudiantes de bachiller que así lo prefieran –frente a la percibida obsesión de lo que en algún stand me refirieron como centros convencionales por la exclusiva orientación hacia la universidad y las consiguientes pruebas de acceso-. Había centros que prestaban especial atención a la escolarización de alumnos con dificultades escolares como la dislexia o el trastorno por déficit de atención.

Creo que, en buena medida, una oferta como la realizada en esta feria refleja los temores que sufren muchas familias a la hora de escolarizar a sus hijos o de cambiarlos de centro. Obviamente, el hecho de que la oferta sea sobre todo de centros privados limita enormemente el tipo de público que asiste a un evento de estas características. En general, los centros participantes son capaces de ofrecer –obviamente, otra cosa es lo que ocurra en realidad- un proyecto educativo. Een los más que lujosos folletos publicitarios que se distribuyen a los asistentes, es habitual leer que el profesorado del centro está comprometido con el proyecto educativo o que se preocupa por enseñar de un modo activo o que recurre sin problemas a las nuevas tecnologías. Esto es lo se dice en un folleto: “Una amplia y estable plantilla de profesores muy comprometidos y de gran experiencia, sabiendo combinar la innovación tecnológica con la enseñanza tradicional (…) un mal profesor arruina cualquier método de enseñanza”.  

Esto, por desgracia, es algo que difícilmente podrían decir de sí mismos la inmensa mayoría de los centros públicos. Un orientador de un instituto de secundaria me dijo que algunos de sus conocidos le preguntaban por el mejor instituto en el que matricular a sus hijos. Su sabia y prudente respuesta es que podía asegurar que determinado centro era recomendable en el año académico en curso pero que nada podía decir con respecto al siguiente año ya que la movilidad del profesorado –por los concursos de traslados y el alto porcentaje de interinos- es tal que imposibilita saber si el centro seguirá siendo recomendable o no. Es decir, el grado de incertidumbre que padece con respecto a su proyecto educativo –y el profesorado que lo debe sustentar-  la mayoría de los centros públicos convierte la matriculación de los niños en tales colegios en una suerte de lotería perversa: un año se puede tener un buen profesor de Matemáticas y al siguiente uno que no sabe explicar o que explica lo que le viene en gana (y estoy hablando de casos reales).

Eché en falta la presencia de centros públicos. Es una pena que, por ejemplo, centros madrileños que se han convertido en alternativa a la educación hegemónica (pienso, claro está, en colegios como La Navata o Trabenco, por citar solo dos) no estén presentes en este tipo de eventos. Soy consciente de que quizás se trate de centros alejados de la mercadotecnia que imponen estas ferias, pero estoy seguro de que su presencia no solo hubiera atraído las miradas de buena parte de los asistentes, sino que además podría alentar la extensión de su modelo educativo. 

Mi impresión es que la escuela pública no debiera quedar al margen de actividades (sean ferias o eventos de otro tipo) que den a conocer a la sociedad lo que están haciendo. Esto, evidentemente, requiere que los centros públicos cuenten con unas señas de identidad que los singularicen claramente.

Mención aparte merece la presencia de centros de FP. Al hablar de esta opción educativa es fundamental diferenciar entre la FP de grado medio y la de grado superior. Esta última es educación superior y es habitual una clara conexión entre esta y los grados universitarios. La de grado medio se ha conformado como una opción para aquellos estudiantes que han obtenido con gran dificultad el graduado en Educación Secundaria Obligatoria (ESO), para los que se descuelgan del bachillerato o para quienes retornan al sistema educativo. La pregunta es clara. Si la FP es para los perdedores del sistema, ¿por qué hay centros privados de pago que la ofertan? Parte del monte es orégano y el orégano de algunos centros es una FP de cierto nivel: técnico en sistemas microinformáticos y redes, técnico en instalaciones de telecomunicaciones, farmacia y parafarmacia, comercio o animación de actividades físico-deportivas (para ilustrar esta última un folleto incluye la imagen de un atractivo joven subido a lomos de un caballo al que parece susurrarle una jovial confidencia). Ni qué decir tiene que todos estos centros recalcan el alto porcentaje de inserción laboral de sus graduados –tanto del nivel medio como del superior-.

No obstante lo dicho, la solución sería –una vez más- la finlandesa: un sistema en el que todos los centros son de una elevada calidad y en el que, por tanto, no es preciso que las familias se devanen los sesos para decidir donde matricular a sus hijos. En principio, la mejor escuela es la que está más cerca de casa y a la que los niños y adolescentes puedan ir andando. Meter a los hijos todos los días durante más de una hora en un autobús para ir al colegio es una pésima opción, salvo que no quede más remedio. El entorno inmediato, los amigos del colegio y del barrio y sus familias son una fuente de aprendizaje a la que no se debería renunciar.

martes, 12 de febrero de 2019

La escuela concertada y los privilegios de los ya privilegiados


La escuela concertada y los privilegios de los ya privilegiados
      Vaya por delante que no toda la escuela concertada es elitista y que una parte significativa de ella responde mucho mejor que la mayoría de los centros públicos a las exigencias de una escolarización socialmente equitativa y de calidad.
           Resulta llamativo como algunos colegios concertados (y no se olvide que concertado significa que los tramos que constituyen la educación obligatoria -es decir, la primaria y la ESO- son tan gratuitos como en la pública) recurren a muy diferentes estratagemas para que en ellos se escolaricen los grupos sociales más acomodados.
            Dado que la educación infantil no está concertada, es fácilmente comprensible que solo escolaricen a sus hijos en esta etapa en el centro escolar de su preferencia aquellas familias que dispongan de los recursos económicos suficientes –lo que incluye ayudas públicas- para afrontar el pago de las cuotas mensuales. Sin embargo, resulta más difícil explicar por qué sucede básicamente lo mismo en las etapas obligatorias.
            La mayoría de los centros concertados son colegios de ideario católico y esto es algo que estas escuelas suelen resaltar en sus jornadas de puertas abiertas. Incluso algunos explicitan que el alumnado reza al comienzo de la jornada lectiva. No creo que sea aceptable que con el dinero de todos los españoles se esté financiando una opción particularista. Si hay que rezar, es difícil que se matriculen en el centro quienes profesan otras religiones o ninguna o quienes simplemente consideran que la escuela no es el lugar adecuado para evangelizar a la población. Con esto no quiero negar el ideario o carácter propio del centro y ni siquiera que quien lo desee rece. El problema es que se está omitiendo que no es preciso ser católico para matricularse en un centro que profese esta religión. En su famosa sentencia del 13 de febrero de 1981 relativa al Estatuto de Centros Escolares (disponible en http://hj.tribunalconstitucional.es/es/Resolucion/Show/5), el Tribunal Constitucional estableció que la “libertad del profesor no le faculta por tanto para dirigir ataques abiertos o solapados contra ese ideario, sino sólo para desarrollar su actividad en los términos que juzgue más adecuados y que, con arreglo a un criterio serio y objetivo, no resulten contrarios a aquél”. Y, en lo que se refiere a la relación de los padres con respecto al ideario, el alto tribunal establece que  “al haber elegido libremente para sus hijos un centro con un ideario determinado están obligados a no pretender que el mismo siga orientaciones o lleve a cabo actividades contradictorias con tal ideario, aunque sí puedan pretender legítimamente que se adopten decisiones que, como antes se indicaba respecto de la libertad de enseñanza que la Ley otorga a los profesores de este género de centros, no puedan juzgarse, con arreglo a un criterio serio y objetivo, contrarias al ideario”. En todo caso, los centros concertados, con independencia de su ideario, tienen la obligación de ofrecer una asignatura alternativa a la de Religión. Es más, hay centros católicos que se declaran explícitamente ecuménicos. Sin embargo, lo habitual es omitir cualquier referencia a que, en realidad, todo centro católico concertado es ecuménico, lo quiera o no. De no serlo, simplemente no debería ser concertado.
Pero, con independencia de la filiación religiosa de cada cual, el elemento que convierte a algunos centros en clasista es el cobro de cuotas mensuales –normalmente en torno a 100€ al mes, aunque algunos cobran mucho más- abonadas a una fundación vinculada al colegio –y de las cuales, hasta ahora, las familias se podían desgravar en la declaración de la Renta-. Seguramente sea cierto que estas cuotas son imprescindibles para que los centros puedan funcionar, ya que la cantidad que les transfiere el estado –en forma de concierto- no cubre los costos de la escolarización. Si esto es así, el estado –pese a que esto escueza a cierta izquierda- debería aumentar el monto de tal concierto. Esto dejaría sin excusa a los centros concertados para el cobro de las cuotas y permitiría la escolarización en ellos de los grupos sociales menos aventajados.
Pero hay más vías para disuadir de acceder a quien no tenga suficiente capacidad adquisitiva. Basta simplemente con convertir determinadas actividades en curriculares. Un ejemplo muy conocido es el de la natación curricular, la cual consiste en que una o varias de las horas semanales de Educación Física tienen lugar en la piscina del centro y para ello cada familia ha de abonar una cantidad mensual.
Se podrían añadir las actividades extraescolares –tanto las que tienen lugar en el horario de comedor como las que se realizan una vez ha terminado la jornada escolar-, pero al fin y al cabo estas son voluntarias. Es cierto que quizás una familia con pocos recursos podría considerarse preterida si sus hijos son los únicos que no pueden disfrutar de tales actividades. En todo caso, esto no debería ser muy preocupante, pues es habitual que los centros católicos manifiesten su clara vocación de ayudar a los más necesitados y aquí podrían encontrar un terreno abonado para la práctica de tan noble actividad.
Nada tengo que objetar a la existencia de la educación concertada. Es cierto que cuando, en 1985, la LODE (Ley Orgánica del Derecho a la Educación) arbitró el sistema de conciertos, el estado estaba reconociendo la necesidad de incorporar a los centros privados en la oferta escolar. Por otra parte, y dada la homogeneidad burocrático-funcionarial de tantos centros públicos, la concertada puede ser una opción más que deseable. Sin embargo, lo que no resulta admisible es que, en términos agregados, la escuela concertada se haya convertido en una suerte de escuela privada low cost para determinados sectores sociales.

miércoles, 30 de enero de 2019

Inger Enkvist and the sociology of education


Inger Enkvist and the sociology of education

A few days ago a book by Inger Enkvist entitled Rethinking Education fell into my hands (published by Ediciones Internacionales Universitarias in 2006). According to Wikipedia, Enkvist is a "Swedish hispanist and pedagogue" who "has published essays on the evils of education and teaching in contemporary Europe". I have only read a few pages of this book, which, as will see, shows the reckless intellectual insolvency of this author.

Enkvist complains that today's school leads to ignorance. Paradoxically, she herself seems to be an example of such a deficiency. I will be exclusively focusing on the epigraph entitled "The sociology of education". According to this author, the sociology of education is "a current of thought" and not, as it would be expected, a branch of a science called sociology. Not satisfied with it, she says that the "theoreticians of this current are, in the first place, Foucault and Bourdieu, who begin to become famous around 1968". To say this is a clear sign either of ignorance or simply of bad intention. Not in vain, the author pretends -or at least that I believe- to consider sociology of education to be a by-product of what for her must be the daydreams of May 1968. To begin with, and in spite of being a very quoted author in sociology and many other social sciences, Foucault is not a sociologist. On the other hand, Bourdieu is a classic of sociology, but considering him, together with Foucault, as the theoretician of the sociology of education is proof that this author has not even consulted Wikipedia.

As it could be expected, the nonsense does not end here. According to Enkvist, "sociologists are not usually interested in school performance, but rather in the study of students as members of a particular social class”. Once again, our author has no qualms about flaunting her ignorance. It is difficult to understand how she might say that sociology is not interested in studying school performance, despite the overwhelming evidence against such an assertion. But even worse is to consider that for sociology the only focus of inequality is the social class, which implies disregarding the inequalities derived from gender - I don't know if this word will be to Enkvist's liking - from belonging to one ethnic group or another or from the area of residence, to name a few.

Later on, our author seem to add insult to injury. This is what she says: "It could be said that students with problems are its favourite clients". I don't know if she considers that sociologists usually have a law firm, in the style of lawyers, or a psychological office in which to deal with these clients. Since they are people with problems, it could be assumed that most of them will have a low level of income. If so, it would be unclear where the business that is awarded to sociologists might be.

I say no more about the book. What worries me is that some of our elite consider Enkvist's analyses to be worthy of consideration. In fact, she was one of the speakers who took part in the debate - I suppose at the request of the Partido Popular - on the education pact organised by the Spanish Congress of Deputies’ Education Commission that took place throughout 2018. A few months ago she was the subject of a long interview by the influential newspaper El País. She took part in the presentation of a book written by sociologist Víctor Pérez-Díaz and members of his team that took place at the Funcas Foundation where the audience - which I attended – listened to a lecture by a Swedish pedagogue who spoke before a Spanish audience about a piece of research carried out in the United States - and of which she was not a member of the research team-.  And finally, I point out her presence in a debate at the FAES.

Just as the press has warned against the proliferation of fake news, the world of science should be more alert to this type of intellectual brazenness (of which Ignacio Sánchez-Cuenca spoke brilliantly), just as Julio Carabaña did, for example, in an incisive review of a book of social structure.

And, in conclusion, I would like to point out that this restlessness against the sociology of education or, at least, certain sociology is not exclusive to the right. At the other extreme, and by way of example, Fernández Liria et al. refer to Feito and Enguita, among others, as "defenders of pedagogy" and consider them to be little less than useful fools of neoliberalism (if I have understood well the jumble in which such a reference is made). Don't worry the reader: it is the same all the world over. Without going any further, in our neighbouring France they are also in this story of blaming sociology for innumerable social ills. As Bourdieu said, sociology is a weapon of combat.



domingo, 27 de enero de 2019

Inger Enkvist y la sociología de la educación


Inger Enkvist y la sociología de la educación
Hace unos días cayó en mis manos un libro de Inger Enkvist titulado Repensar la educación (Ediciones Internacionales Universitarias, 2006). De acuerdo con la Wikipedia, Enkvist es una “hispanista y pedagoga sueca” que “ha publicado ensayos sobre los males de la educación y la enseñanza en la Europa contemporánea”. De tales males debe tratar este libro del cual tan solo he leído unas pocas páginas que, como se verá, dan muestra de la temeraria insolvencia intelectual de esta autora.
Enkvist se queja de que la escuela actual conduce a la ignorancia. Paradójicamente, ella misma parece ser un ejemplo de tal deficiencia. Del libro más arriba mentado, tan solo me centraré en el epígrafe titulado “La sociología de la educación”. De acuerdo con esta autora, la sociología de la educación es “una corriente de pensamiento” y no, como sería de esperar, una rama de una ciencia llamada sociología. No contenta con ello, dice que los “teóricos de esta corriente son, en primer lugar, Foucault y Bourdieu, que comienzan a hacerse célebres alrededor de 1968”. Decir esto es una muestra clara o bien de ignorancia o simplemente de mala intención. No en vano, la autora pretende –o al menos eso creo- considerar que la sociología de la educación es un producto de lo que para ella deben ser las ensoñaciones de mayo del 68. Para empezar, y pese a ser un autor muy citado desde la sociología y muchas otras ciencias sociales, Foucault no es un sociólogo. Por otro lado, Bourdieu es un clásico de la sociología, pero de ahí a considerar que junto con Foucault es el teórico de la sociología de la educación es una prueba de que esta autora ni siquiera ha consultado la Wikipedia.
Como cabría esperar, el despropósito no acaba aquí. De acuerdo con Enkvist, a “los sociólogos no suele interesarles el rendimiento escolar, más bien se concentran en el estudio de los alumnos como miembros de una determinada clase social”. Una vez más, nuestra autora no tiene empacho alguno en hacer alarde de su ignorancia. Es difícil entender cómo es posible que diga que no interesa el estudio del rendimiento escolar, pese a la abrumadora evidencia en contra de tal aserto. Pero peor aún es considerar que para la sociología el único foco de la desigualdad es la clase social, lo que implica dejarse en el tintero las desigualdades derivadas del género –no sé si esta palabra será del agrado de Enkvist-, de la pertenencia a un grupo étnico u otro o de la zona de residencia, por citar unas pocas.
Más adelante, nuestra autora se adentra en el terreno de la ofensa. Esto es lo que dice: “Podría decirse que los alumnos con problemas son sus clientes preferidos”. No sé si es que considera que los sociólogos suelen tener un bufete, al estilo de los abogados, o un gabinete psicológico en el que sablear a estos clientes. Dado que son personas con problemas, cabría presuponer que mayoritariamente tendrán un bajo nivel de renta. De ser así, no quedaría claro dónde podría estar el negocio que se adjudica a los sociólogos.
No digo nada más sobre el libro. Lo que me preocupa es que parte de nuestra élite considera que los análisis de Enkvist son dignos de consideración. De hecho, fue una de las ponentes que participó en el debate –supongo que a instancia del Partido Popular- sobre el pacto educativo organizado por la Comisión de Educación y celebrado a lo largo de 2018. Hace unos meses fue objeto de una larga entrevista a cargo del influyente diario El País. Tomó parte en la presentación de un libro escrito por el sociólogo Víctor Pérez-Díaz y gente de su equipo y que tuvo lugar en la Fundación Funcas donde el público –del que yo mismo formaba parte- asistió a la conferencia de una pedagoga sueca que habló ante una audiencia española sobre una investigación realizada en los Estados Unidos –y de la que ella no formaba parte-. Y, finalmente, cito su presencia en un debate en la FAES.
Del mismo modo que la prensa se ha puesto en guardia contra la proliferación de fake news, el mundo de la ciencia debiera estar más alerta a este tipo de desfachatez intelectual (de la que ya habló brillantemente Ignacio Sánchez-Cuenca) tal y como hizo, por ejemplo, Julio Carabaña en una incisiva recensión de un libro de estructura social.
Y, para acabar, quisiera reseñar que esta inquina contra la sociología de la educación o, al menos, cierta sociología no es exclusiva de la derecha. En el otro extremo, y a modo de ejemplo, Fernández Liria et al. se refieren a Feito y Enguita, entre otros, como “defensores de la pedagogía” y les consideran poco menos que tontos útiles del neoliberalismo (si es que he entendido bien el batiburrillo en el que se hace tal referencia). No se preocupe el lector: en todos los sitios cuecen habas. Sin ir más lejos, en nuestra vecina Francia están también en esta historia de culpar a la sociología de innumerables males sociales. Como ya dijera Bourdieu, la sociología es un arma de combate.