Crónica de un breve viaje a China
A comienzos de junio pasé nueve días en China en
el marco de una de las rutas culturales de la Comunidad de Madrid y que incluye
las ciudades de Pekín, Xián y Shanghái. Nueve días, como es obvio, no dan para
hacerse una imagen elaborada de la sociedad china. Lo que sigue son, más bien,
impresiones de un observador ocasional.
Lo primero que me sorprendió es que las ciudades
chinas se parecen bastante a las occidentales. Hay diferencias, claro. La más
evidente tiene que ver con el urbanismo: las tres ciudades visitadas son
megalópolis de al menos quince millones de habitantes, con la congestión
circulatoria que eso conlleva. A ello se añade una ingente cantidad de
bicicletas y motocicletas que circulan tanto por los carriles habilitados como
por las aceras, incluidas aquellas repletas de peatones. Muchas de estas motos
transportan paquetes de comida. Es como si los habitantes de estas ciudades
hubieran hecho realidad el sueño de Joan Roig de eliminar la cocina doméstica.
Poco antes del viaje había empezado a leer El repartidor de Pekín, de Hu
Anyan, una novela en la que el protagonista relata sus peripecias como
repartidor de paquetes, mayormente comida. Cuando lo leí me pareció difícil de
creer la similitud con lo que ocurre en España con este tipo de trabajadores.
Pues bien: Anyan no había exagerado lo más mínimo.
El paisaje urbano está dominado por grandes
torres de unas cuarenta plantas donde vive la mayoría de la población. Las
calles son excepcionalmente anchas y, además, arboladas. Desde el tren de alta
velocidad —que, pese a su nombre, circula a una velocidad similar a la de
nuestro AVE— de Pekín a Xián se aprecia cómo en la inmensa llanura brotan
constantemente aglomeraciones de edificios de gran altura de ciudades que
fácilmente superan los diez millones de habitantes.
En los parques llama la atención la cantidad de
gente —especialmente jubilados— que, desde primera hora de la mañana, realizan
colectivamente actividades deportivas o bailan. En uno de esos parques pude ver
un grupo liderado por alguien dotado para el bel canto que entonaba canciones
nacionalistas y, quizás por nuestra presencia (no sabían que veníamos del
Madrid de Ayuso), también la Internacional.
Algo que resulta sorprendente para el visitante
europeo es la ausencia de terrazas donde tomar algo (solo vi algo así en las escasas calles como configuran el barrio francés en Shanghái). Se compensa, sin
embargo, con una abundancia extraordinaria de establecimientos de comida
preparada en prácticamente cualquier calle. Hablado de restauración, conviene
que señalar que nuestra idea de bebida fría no coindice con la suya. Por
ejemplo, su cerveza fría es para nosotros casi caliente.
La vida cotidiana depende de forma intensa del
teléfono móvil: con él se paga, se pide un taxi, se chatea. Tal es la dependencia del móvil que hay cargadores
portátiles en todos los sitios (se cogen en un sitio y se devuelven en otro).
La mayoría de los turistas que vi tenían rasgos
asiáticos. Los datos oficiales indican que proceden principalmente de Macao,
Hong Kong, Corea del Sur y Japón. Sí pude constatar una notable presencia de
españoles, quizás explicable en parte por la existencia de vuelos directos
Madrid-Pekín. En ningún momento oí hablar francés, italiano o alemán.
Salvo excepciones, que nadie espere ser
comprendido hablando inglés, ni siquiera en los hoteles, más allá de un
intercambio básico en ese idioma. Por suerte, existe el traductor de Google y
similares. Pese a esa barrera, la gente china resulta abierta y afable. Un
miembro de mi grupo comparó esta visita con otra que había realizado hace años
en la que constató que la población local rehuía el contacto con los
extranjeros.
Los españoles tenemos una merecida fama de
bulliciosos. Que nadie se alarme: los chinos nos ganan por goleada.
Una de las actividades, al parecer ineludibles en
cualquier visita turística a China, es pasar por algún centro comercial de
imitaciones de productos de lujo. En el caso de este viaje organizado se hizo
por partida doble: en Pekín y en Shanghái.
Antes de terminar, algunas reflexiones sobre la
dimensión política. La china es una sociedad de vigilancia intensiva —no sé si
hasta los extremos del Gran Hermano de Orwell—, como prueba la omnipresencia de
cámaras en el espacio público. Los turistas han de presentar el pasaporte en
numerosas visitas. No quiero ni pensar lo que podría suponer la pérdida de este
documento. En todo caso, la seguridad en las ciudades es notable: no hay
peligro de que nadie te sustraiga nada. Sobre Tiananmen, el guía local apenas
dijo alguna cosa, pese a que al día siguiente de nuestra visita se cumplía el
aniversario de la matanza. La sanidad tiende a ser privada, y lo mismo empieza
a ocurrir con la educación. A pesar de que China ha conseguido el formidable
logro de generar una amplia clase media, la pobreza sigue siendo visible en las
calles.
Para el turista ocasional resulta francamente
difícil hacerse a la idea de que China sea un país comunista. El urbanismo
responde claramente a un crecimiento planificado —comparable, quizás, al de la
Europa occidental de posguerra—, pero lo que uno percibe en la calle es una
sociedad consumista que no difiere demasiado de las occidentales.
No sé hasta qué punto Mao continúa siendo
venerado. Seguramente, Tiananmen y los excesos de la revolución cultural están
presentes en la memoria colectiva. No obstante, uno de los guías locales hizo
referencia en varias ocasiones a que hay muchos chinos que proclaman orgullosos
que la tierra que trabajan se la dio el Gran Timonel.
Vista la eficiencia del sistema político chino,
cabe preguntarse si una dictadura que saca a millones de personas de la pobreza
puede ser preferible a una democracia. Si a eso se añade que en China —salvo
quizás en Shanghái— no parece existir el problema de la vivienda que padecemos
en países como España. Si así fuera, se podría comprender, aunque solo sea
parcialmente, la creciente desafección democrática de tantos ciudadanos
europeos.
Por otro lado, y esto es algo que la propaganda
oficial china se encarga de subrayar, la democracia del país líder de Occidente
tiene por presidente a alguien manifiestamente incapaz de desempeñar el cargo.
Desde China es fácil concluir que la democracia es más demagogia que otra cosa
y que su régimen tecnocrático es mejor.
Seguramente me deje muchas cosas en el tintero,
pero espero que estas notas apresuradas sirvan para aportar algún punto de
vista útil sobre la China de hoy.