La Sociología como “plan B”: una mirada crítica desde dentro de las aulas
¿Qué ocurre cuando cientos de estudiantes llegan
a una carrera universitaria sin saber realmente qué estudian? Esa es la
pregunta que me he hecho en un trabajo en el que me refiero a la socialización
por descarte (aún en proceso de revisión por parte de una revista). Se trata de
una investigación basada en veintiocho entrevistas a estudiantes y egresados
recientes de Sociología en universidades españolas. Debo señalar que, pese a no
ser mi intención, los compañeros (-as) a quienes me dirigí para que me buscaran
candidatos (-as) a la entrevista eligieron a estudiantes comprometidos con la
titulación.
El artículo parte de la constatación de que gran
parte del alumnado no elige Sociología por vocación, sino “por descarte”. Es
decir, porque no pudo acceder a otra carrera, porque apenas conocía la
disciplina o porque el sistema educativo nunca le explicó realmente qué era la
Sociología. A partir de ahí, se propone el concepto de la socialización por
descarte.
Una carrera que casi nadie conoce antes de entrar
Es muy llamativo el enorme desconocimiento previo
que tienen los y las estudiantes sobre la Sociología. Muchas de las personas
entrevistadas afirman que nunca habían oído hablar de ella en el bachillerato.
Algunos llegaron tras no alcanzar la nota de corte de Psicología, Derecho o
Relaciones Internacionales. Otros simplemente buscaban una carrera “de ciencias
sociales” sin demasiada información.
La Sociología aparece así como una titulación
invisible en el imaginario juvenil español. Mientras un estudiante de Medicina
sabe más o menos qué hace un médico, quien entra en Sociología suele desconocer
tanto el contenido de la disciplina como sus posibles salidas profesionales.
Este punto resulta especialmente importante
porque rompe con las teorías clásicas sobre la socialización profesional. En
carreras muy definidas —como Derecho o Ingeniería— los estudiantes desarrollan
una identidad profesional incluso antes de entrar en la universidad. En
Sociología, en cambio, esa identidad no existe al comienzo. Si llega a
construirse, lo hace más tarde y de forma contingente.
El problema se agrava por el diseño del primer
curso. Según los testimonios recogidos, abundan asignaturas que no son de Sociología
—Estadística, Economía, Historia o Ciencia Política— y escasean las materias
propiamente sociológicas. El resultado es paradójico: muchos estudiantes
abandonan la carrera antes de haber descubierto realmente qué es la Sociología.
Algunos relatos son demoledores. Hay estudiantes
que recuerdan cómo ciertos profesores les dijeron desde el primer día que la
carrera tenía pocas salidas o que estaban “perdiendo el tiempo”. En un contexto
ya marcado por la incertidumbre, estos mensajes funcionan como mecanismos de
expulsión simbólica.
El aula sociológica y la contradicción pedagógica
Otro de los grandes ejes del estudio es la
crítica a las formas de enseñanza predominantes. Las personas entrevistadas
describen una universidad profundamente marcada por la clase magistral
tradicional: profesores que leen diapositivas, escasa participación y poca
innovación pedagógica.
Aquí aparece una de las contradicciones más
interesantes. La Sociología se presenta como una disciplina crítica,
emancipadora y orientada a cuestionar las jerarquías sociales. Sin embargo, en
más ocasiones de las deseables se enseña mediante métodos profundamente
verticales y autoritarios.
Los estudiantes perciben claramente esa
incoherencia. Mientras en clase se habla de desigualdad, poder o participación
democrática, el funcionamiento real del aula deja poco espacio para el diálogo
o la construcción colectiva del conocimiento. Aquí recupero la idea de
“educación bancaria” de Paulo Freire: un modelo donde el profesor deposita
contenidos en los cerebros supuestamente vacíos de los y las estudiantes.
No obstante, en las entrevistas también se recogen
experiencias muy positivas. Algunos docentes desarrollan dinámicas
participativas, trabajo de campo, juegos de rol o metodologías prácticas que
los estudiantes recuerdan con entusiasmo. Esas excepciones muestran que otra
forma de enseñar Sociología es posible y, además, mucho más eficaz para generar
implicación.
Mucha teoría, poca conexión con el mundo
profesional
Una de las críticas más mencionadas por las personas
entrevistadas tiene que ver con el exceso de teoría abstracta y la débil
conexión con la práctica profesional. Muchos sienten que estudian
constantemente a Marx, Weber o Durkheim, pero sin entender cómo aplicar esos
conocimientos a problemas actuales o al mercado laboral.
El problema no es tanto estudiar teoría como
hacerlo de manera repetitiva y descontextualizada. Algunos estudiantes afirman
haber visto las mismas ideas una y otra vez en distintas asignaturas, sin
coordinación entre profesores ni una progresión clara.
También aparecen críticas al sesgo ideológico de
ciertos docentes. Algunos alumnos sienten que determinadas opiniones políticas
son mal recibidas o directamente descalificadas en clase, lo que genera
autocensura y limita el debate académico.
Las prácticas externas tampoco salen bien
paradas. Según varios testimonios, muchas consisten en tareas burocráticas sin
contenido sociológico real: rellenar formularios, hacer llamadas telefónicas o
realizar trabajos administrativos. Algo parecido ocurre con el Trabajo de Fin
de Grado, que a menudo se percibe más como un trámite que como una verdadera
investigación formativa.
Todo ello alimenta la gran ansiedad del alumnado:
la incertidumbre laboral. Muchos estudiantes valoran profundamente lo
aprendido, pero no saben cómo traducirlo en una profesión concreta.
La paradoja de la Sociología
Y, sin embargo, aquí aparece la gran paradoja del
estudio. A pesar de todas las críticas, la mayoría de las personas entrevistadas
hace una valoración global positiva de la carrera. Esteo es así porque sienten
que la Sociología les ha cambiado la manera de mirar el mundo. Hablan de
pensamiento crítico, de capacidad para cuestionar discursos simplistas, de
comprensión de las estructuras sociales y de una nueva sensibilidad hacia los
problemas colectivos.
La famosa “mirada sociológica” no aparece como un
eslogan vacío, sino como una experiencia transformadora. Muchos estudiantes
reconocen que ahora les resulta imposible observar la realidad sin analizar
desigualdades, relaciones de poder o contextos sociales.
Ahí reside precisamente el núcleo del concepto de
socialización por descarte. Los estudiantes llegan sin vocación ni
conocimiento previo, atraviesan una experiencia llena de contradicciones y
dudas, pero algunos terminan desarrollando una identificación profunda con la
disciplina.
El problema es que esa identificación intelectual
no siempre viene acompañada de seguridad profesional. La frase que resume todo
el trabajo podría ser esta: “He aprendido a ver el mundo de otra forma, pero
no sé a qué me puedo dedicar”.
Un problema que va más allá de la Sociología
Aunque el estudio se centra en la Sociología, sus
conclusiones tienen implicaciones más amplias. Muchas carreras universitarias
viven hoy tensiones similares: estudiantes que llegan desorientados, docencia
poco participativa, desconexión con el mercado laboral y dificultades para
construir sentido en la experiencia universitaria.
En este trabajo planteo preguntas incómodas para
la propia universidad española. ¿Hasta qué punto las instituciones están
diseñadas para integrar realmente a los y las estudiantes? ¿Qué ocurre cuando
el primer curso funciona más como un filtro de exclusión que como una
bienvenida académica? ¿Por qué la innovación docente sigue teniendo tan poco
reconocimiento frente a la investigación?
No propongo convertir la carrera de Sociología en
una formación puramente utilitarista. Más bien sugiero algo distinto: hacer
visible el valor práctico de las competencias que ya desarrolla la disciplina
—análisis crítico, interpretación de datos, comprensión social compleja,
comunicación— y ayudar a los estudiantes a traducirlas en un lenguaje
reconocible fuera de la academia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario