viernes, 19 de junio de 2026

La carrera de Sociología: una elección por descarte

 La Sociología como “plan B”: una mirada crítica desde dentro de las aulas

¿Qué ocurre cuando cientos de estudiantes llegan a una carrera universitaria sin saber realmente qué estudian? Esa es la pregunta que me he hecho en un trabajo en el que me refiero a la socialización por descarte (aún en proceso de revisión por parte de una revista). Se trata de una investigación basada en veintiocho entrevistas a estudiantes y egresados recientes de Sociología en universidades españolas. Debo señalar que, pese a no ser mi intención, los compañeros (-as) a quienes me dirigí para que me buscaran candidatos (-as) a la entrevista eligieron a estudiantes comprometidos con la titulación.

El artículo parte de la constatación de que gran parte del alumnado no elige Sociología por vocación, sino “por descarte”. Es decir, porque no pudo acceder a otra carrera, porque apenas conocía la disciplina o porque el sistema educativo nunca le explicó realmente qué era la Sociología. A partir de ahí, se propone el concepto de la socialización por descarte.

Una carrera que casi nadie conoce antes de entrar

Es muy llamativo el enorme desconocimiento previo que tienen los y las estudiantes sobre la Sociología. Muchas de las personas entrevistadas afirman que nunca habían oído hablar de ella en el bachillerato. Algunos llegaron tras no alcanzar la nota de corte de Psicología, Derecho o Relaciones Internacionales. Otros simplemente buscaban una carrera “de ciencias sociales” sin demasiada información.

La Sociología aparece así como una titulación invisible en el imaginario juvenil español. Mientras un estudiante de Medicina sabe más o menos qué hace un médico, quien entra en Sociología suele desconocer tanto el contenido de la disciplina como sus posibles salidas profesionales.

Este punto resulta especialmente importante porque rompe con las teorías clásicas sobre la socialización profesional. En carreras muy definidas —como Derecho o Ingeniería— los estudiantes desarrollan una identidad profesional incluso antes de entrar en la universidad. En Sociología, en cambio, esa identidad no existe al comienzo. Si llega a construirse, lo hace más tarde y de forma contingente.

El problema se agrava por el diseño del primer curso. Según los testimonios recogidos, abundan asignaturas que no son de Sociología —Estadística, Economía, Historia o Ciencia Política— y escasean las materias propiamente sociológicas. El resultado es paradójico: muchos estudiantes abandonan la carrera antes de haber descubierto realmente qué es la Sociología.

Algunos relatos son demoledores. Hay estudiantes que recuerdan cómo ciertos profesores les dijeron desde el primer día que la carrera tenía pocas salidas o que estaban “perdiendo el tiempo”. En un contexto ya marcado por la incertidumbre, estos mensajes funcionan como mecanismos de expulsión simbólica.

El aula sociológica y la contradicción pedagógica

Otro de los grandes ejes del estudio es la crítica a las formas de enseñanza predominantes. Las personas entrevistadas describen una universidad profundamente marcada por la clase magistral tradicional: profesores que leen diapositivas, escasa participación y poca innovación pedagógica.

Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes. La Sociología se presenta como una disciplina crítica, emancipadora y orientada a cuestionar las jerarquías sociales. Sin embargo, en más ocasiones de las deseables se enseña mediante métodos profundamente verticales y autoritarios.

Los estudiantes perciben claramente esa incoherencia. Mientras en clase se habla de desigualdad, poder o participación democrática, el funcionamiento real del aula deja poco espacio para el diálogo o la construcción colectiva del conocimiento. Aquí recupero la idea de “educación bancaria” de Paulo Freire: un modelo donde el profesor deposita contenidos en los cerebros supuestamente vacíos de los y las estudiantes.

No obstante, en las entrevistas también se recogen experiencias muy positivas. Algunos docentes desarrollan dinámicas participativas, trabajo de campo, juegos de rol o metodologías prácticas que los estudiantes recuerdan con entusiasmo. Esas excepciones muestran que otra forma de enseñar Sociología es posible y, además, mucho más eficaz para generar implicación.

Mucha teoría, poca conexión con el mundo profesional

Una de las críticas más mencionadas por las personas entrevistadas tiene que ver con el exceso de teoría abstracta y la débil conexión con la práctica profesional. Muchos sienten que estudian constantemente a Marx, Weber o Durkheim, pero sin entender cómo aplicar esos conocimientos a problemas actuales o al mercado laboral.

El problema no es tanto estudiar teoría como hacerlo de manera repetitiva y descontextualizada. Algunos estudiantes afirman haber visto las mismas ideas una y otra vez en distintas asignaturas, sin coordinación entre profesores ni una progresión clara.

También aparecen críticas al sesgo ideológico de ciertos docentes. Algunos alumnos sienten que determinadas opiniones políticas son mal recibidas o directamente descalificadas en clase, lo que genera autocensura y limita el debate académico.

Las prácticas externas tampoco salen bien paradas. Según varios testimonios, muchas consisten en tareas burocráticas sin contenido sociológico real: rellenar formularios, hacer llamadas telefónicas o realizar trabajos administrativos. Algo parecido ocurre con el Trabajo de Fin de Grado, que a menudo se percibe más como un trámite que como una verdadera investigación formativa.

Todo ello alimenta la gran ansiedad del alumnado: la incertidumbre laboral. Muchos estudiantes valoran profundamente lo aprendido, pero no saben cómo traducirlo en una profesión concreta.

La paradoja de la Sociología

Y, sin embargo, aquí aparece la gran paradoja del estudio. A pesar de todas las críticas, la mayoría de las personas entrevistadas hace una valoración global positiva de la carrera. Esteo es así porque sienten que la Sociología les ha cambiado la manera de mirar el mundo. Hablan de pensamiento crítico, de capacidad para cuestionar discursos simplistas, de comprensión de las estructuras sociales y de una nueva sensibilidad hacia los problemas colectivos.

La famosa “mirada sociológica” no aparece como un eslogan vacío, sino como una experiencia transformadora. Muchos estudiantes reconocen que ahora les resulta imposible observar la realidad sin analizar desigualdades, relaciones de poder o contextos sociales.

Ahí reside precisamente el núcleo del concepto de socialización por descarte. Los estudiantes llegan sin vocación ni conocimiento previo, atraviesan una experiencia llena de contradicciones y dudas, pero algunos terminan desarrollando una identificación profunda con la disciplina.

El problema es que esa identificación intelectual no siempre viene acompañada de seguridad profesional. La frase que resume todo el trabajo podría ser esta: “He aprendido a ver el mundo de otra forma, pero no sé a qué me puedo dedicar”.

Un problema que va más allá de la Sociología

Aunque el estudio se centra en la Sociología, sus conclusiones tienen implicaciones más amplias. Muchas carreras universitarias viven hoy tensiones similares: estudiantes que llegan desorientados, docencia poco participativa, desconexión con el mercado laboral y dificultades para construir sentido en la experiencia universitaria.

En este trabajo planteo preguntas incómodas para la propia universidad española. ¿Hasta qué punto las instituciones están diseñadas para integrar realmente a los y las estudiantes? ¿Qué ocurre cuando el primer curso funciona más como un filtro de exclusión que como una bienvenida académica? ¿Por qué la innovación docente sigue teniendo tan poco reconocimiento frente a la investigación?

No propongo convertir la carrera de Sociología en una formación puramente utilitarista. Más bien sugiero algo distinto: hacer visible el valor práctico de las competencias que ya desarrolla la disciplina —análisis crítico, interpretación de datos, comprensión social compleja, comunicación— y ayudar a los estudiantes a traducirlas en un lenguaje reconocible fuera de la academia.

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