jueves, 8 de junio de 2017

La posibilidad de un pacto educativo


Rafael Feito (2017). “La posibilidad de un pacto educativo”.  Cuadernos de pedagogía, 479  (pp. 82-85).



La posibilidad de un pacto educativo

         Desde finales de febrero y hasta –previsiblemente- después del verano, estará teniendo  lugar la comparecencia de ponentes que informarán en la subcomisión de Educación y Deportes del Congreso de los Diputados sobre distintos aspectos del pacto educativo que las diferentes fuerzas políticas se han propuesto alcanzar.

         Todo el mundo es consciente de las enormes dificultades que tal pacto comporta. Ni siquiera parece haber acuerdo en algo tan básico como cuáles pudieran ser las finalidades de la educación. Así, para el PP –de acuerdo con la ponencia sobre educación de su congreso nacional celebrado en febrero de 2017- lo fundamental en la educación es la preparación para el trabajo (“adecuar la formación a las disciplinas que demandan hoy las empresas punteras en permanente diálogo con la industria y las instituciones educativas”), al tiempo que introduce el objetivo de la movilidad social. Este último es un aspecto problemático. ¿Significaría que quién no experimente un proceso de movilidad social ascendente es un fracasado? Y, ¿cómo medir tal movilidad?, ¿en función de la renta, la clase social, el estatus?

Por el contrario, el Documento de Bases para una nueva Ley Educativa del Foro de Sevilla (el cual cuenta con el apoyo de PSOE y Podemos) prioriza los siguientes elementos:

“La formación intelectual, nutrida de contenidos seleccionados del acervo cultural, así como del dominio de las herramientas para adquirirlos.
(…)
La formación para la ciudadanía responsable, crítica, solidaria y democrática en un mundo pluricultural, donde lo diferente, sea motivo para el mestizaje y el enriquecimiento mutuo, donde la formación y desarrollo de la propia libertad de conciencia vaya unida al respeto debido a los demás.
(…)
El desarrollo y bienestar personal y colectivo. Es una finalidad de la educación el que los y las estudiantes puedan desarrollar al máximo sus capacidades y potencialidades, que aprendan, adquieran hábitos y habilidades y un desarrollo emocional, de forma que desde la escolaridad se mejore el bienestar de cada individuo y de la comunidad de la que forma parte y puedan vivir con dignidad y autonomía hacia los demás.
(…)
La formación general y específica para que en un futuro las personas puedan desarrollar actividades en beneficio de toda la comunidad, para su propio desarrollo personal y para la transformación social y medioambiental.

Las discrepancias de la transición
Los precedentes históricos no invitan al optimismo. De hecho, el único pacto alcanzado entre derechas e izquierdas fue el frágil consenso reflejado en el artículo 27 de la Constitución. Este acuerdo, en realidad, ya se rompió durante la negociación del propio acuerdo constitucional. La UCD, entonces el partido mayoritario, había presentado en el Congreso su proyecto de la que posteriormente sería la LOECE (Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares). Este texto legal planteaba una visión tremendamente restrictiva de la participación de la comunidad educativa en el control y gestión de los centros escolares y entronizaba el poder de los propietarios de los centros privados (y, a la postre, contó con un muy serio correctivo por parte del Tribunal Constitucional).

         De la época de la elaboración de la Constitución, la sociedad española arrastra, como mínimo dos debates en torno a sendas temáticas claramente presentes en el artículo 27 más arriba citado. El primero es el de la libertad de enseñanza la cual, básicamente, consiste en la libertad de creación de centros escolares (conviene señalar que la Constitución en aras de salvaguardar el consenso no incluyó la expresión “y dirección” a continuación de “creación”) y el consiguiente derecho de los padres a elegir el tipo de educación que desean para sus hijos (la Constitución se limita a indicar que aquellos podrán elegir la “formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias  convicciones”). El segundo es el referido a la participación de profesores, padres y, en su caso, alumnos en el control y gestión de los centros sostenidos con fondos públicos (es decir, públicos y concertados). De la particular interpretación de estos dos aspectos derivan las dos primeras grandes leyes sobre educación aprobadas pocos años después de la Constitución: la ya citada LOECE –que contó con el apoyo de los grupos conservadores- y la LODE (Ley Orgánica del Derecho a la Educación). Esta última fue aprobada en el Congreso de los Diputados con 198 votos a favor -socialistas y Minoría Catalana-, 112 en contra -Grupo Popular, centristas y Minoría Vasca- y nueve abstenciones -Grupo Mixto y tres equivocados del Grupo Socialista-. 

         En lo que se refiere a la primera cuestión (la de la libertad de enseñanza), el PP en su último congreso plantea claramente que la educación pública debe existir allí donde no llegue la iniciativa privada. Y al objeto de que el nivel de renta no imposibilite el ejercicio de tal libertad, no solo se defiende la consolidación del sistema de conciertos, sino que se añaden dos vías más de financiación. La primera, ya existente en Madrid, consiste en la posibilidad de desgravarse fiscalmente los gastos que las familias realicen en enseñanza privada (no solo en los ya de por sí caros centros privados, sino también, por ejemplo, clases de inglés). La segunda parece responder a la obsesión del sector de este partido más dado a proclamarse liberal, y no es otra que la figura del cheque escolar (ya ensayado en algunas comunidades autónomas en la educación infantil). El cheque escolar consiste en la posibilidad que tendrían las familias de destinar el coste de una plaza escolar en el sector público a una plaza en un centro privado no concertado. El cheque escolar, allí donde ha sido habilitado, ha dado lugar a un crecimiento de la desigualdad social entre los centros. Por el contrario, la izquierda (como se puede ver en el documento del Foro de Sevilla más arriba citado) declara explícitamente su voluntad de la eliminación gradual –sin señalar plazo alguno- de las subvenciones a los centros privados. Ciudadanos, por su parte, indica la necesidad de que los concertados dejen de cobrar cuotas periódicas –habitualmente mensuales- a las familias.

         El segundo punto sería el de la participación de la comunidad educativa en el control y gestión de los centros sostenidos con fondos públicos. Mientras que las dos leyes aprobadas cuando gobernada el PSOE –la LOCE y la LOE- configuraban un consejo escolar de centro dotado de capacidad resolutiva –por ejemplo, la de elegir al director-, las dos leyes aprobadas bajo mandato del Partido Popular (la LOCE y la LOMCE) lo han convertido en un elemento más bien decorativo.

Discrepancias sobrevenidas
         Más allá –y quizás más acá, en algún caso- de los debates constitucionales, hay como mínimo tres elementos de desacuerdo más: la enseñanza de la religión, los límites de la comprehensividad y las pruebas externas al final de cada etapa educativa (las “reválidas”). Se podría añadir la cuestión de las competencias de las Comunidades Autónomas, las cuales suelen coincidir con la divisoria derecha-izquierda. Sin embargo, en el caso de las comunidades de Euskadi y de Cataluña el tema de la lengua co-oficial (especialmente en la segunda) y el de ciertos contenidos curriculares han dado lugar a graves disensos.

         Empecemos por la religión. Aunque no dio lugar a grandes debates en el pacto constitucional, la cuestión del encaje de la enseñanza de la religión católica siempre ha estado presente en las controversias sobre la educación. En realidad, el debate sobre los límites a la participación de la comunidad educativa guardaba estrecha relación con el ideario católico de buena parte de los centros privados. La Constitución consagró el derecho de los padres a elegir la formación religiosa y moral que deseen para sus hijos (y no, como a veces se dice, el derecho a elegir tipo de educación) en el entendido de que tal precepto se traduciría –como así ha sido hasta ahora- en que cada familia podría optar por elegir una o dos horas semanales de catequesis en horario escolar o no hacerlo.

La cuestión se complica cuando se introducen elementos como qué podrían hacer en el horario escolar aquellos alumnos cuyas familias no eligen religión (si cursar una asignatura relacionada con la ética, dedicarse a actividades lúdico-educativas o algo similar), la selección del profesorado de esta materia (actualmente la realiza la jerarquía eclesiástica como bien le parece) y el no menos controvertido tema de si las habitualmente altas notas obtenidas en esta asignatura deben computar o no a efectos de promoción escolar y de obtención de becas. Documentos como el del Foro de Sevilla, señalan claramente que la catequesis no debería estar dentro de la escuela –con toda seguridad no dentro del horario escolar pero quizás si en el extraescolar-. Tal supresión podría dar lugar a una seria confrontación social que habría que calibrar. Téngase en cuenta que, en los centros públicos, el 63% de las familias cuyos hijos están matriculados en Primaria y el 40% de los que lo están en Secundaria, optan (con entera libertad) por la religión ( de acuerdo con los datos de la Conferencia Episcopal). Las diferencias (y de nuevo me remito solo a los centros públicos) entre comunidades autónomas son enormes: más del 80% en Murcia, Castilla-La Mancha, Canarias, Extremadura y Andalucía y menos del 30% en Euskadi y Cataluña.

         La segunda cuestión se refiere al tema de hasta qué edad deben estar cursando aproximadamente el mismo currículo todos los alumnos. La Ley General de Educación –aprobada en los últimos años del régimen franquista- extendía la comprehensividad hasta los catorce años y la LOGSE hizo lo propio hasta los dieciséis. Las dos leyes educativas aprobadas por el PP introducían mecanismos de separación entre los “buenos” y los “malos” alumnos a edades tempranas. Así, la LOMCE crea la FP básica, los grupos de mejora desde segundo de la ESO, las Matemáticas de distinto nivel (las académicas y las de un modo eufemístico llamadas aplicadas) en tercero de la ESO y prefigura a la altura de cuarto de la ESO la división entre ciencias y letras. A esto se podría añadir la manera en que se ha introducido en algunas comunidades gobernadas por el PP la enseñanza de los idiomas, de modo que a la altura de Secundaria el acceso a la llamada sección bilingüe se ha convertido en una barrera de clase social. Y, por si esto fuera poco, la propuesta de la especialización curricular de los centros de Secundaria va en la línea de que estos puedan, en función de tal especialización, seleccionar al alumnado que más le convenga. Los llamados bachilleratos de excelencia van en esta misma línea. Quizás, desde los defensores de la escuela inclusiva, se debería pensar si la ausencia de genuinos proyectos educativos en los centros públicos no ha dejado un espacio libre para que los grupos conservadores planteen este tipo de propuestas claramente segregadoras.

         El último punto de conflicto es el referido a las pruebas externas estandarizadas (las famosas “reválidas”). Es sabido el enorme riesgo que tales exámenes comportan en lo que se refiere a la reducción del conocimiento escolar a lo que se pregunte en tales pruebas (lo que es clarísimo en el caso de la Prueba de Acceso a la Universidad y su nefando influjo sobre el Bachillerato). La experiencia de los Estados Unidos con este tipo de exámenes debería ser suficiente como para suprimirlas o, en todo caso, plantear un tipo de pruebas radicalmente distintas a las que se oteaban desde la LOMCE (como, por ejemplo, las que explicaba un destacado miembro de Ciudadano, Luis Garicano, en las páginas de El País (8 de marzo de 2015). En todo caso, la izquierda –y de nuevo me remito al documento del Foro de Sevilla- manifiesta una actitud dialogante: “en ningún caso se harán evaluaciones externas sobre el rendimiento del alumnado que conduzcan a la estandarización de los conocimientos, la competitividad entre centros y las clasificaciones”.

Puntos de acuerdo
         Llegados aquí, habría que mencionar algunos puntos en torno a los cuales parece existir un consenso de partida. Señalaré los cuatro fundamentales (a riesgo de que alguno más pudiera quedar en el tintero): formación y selección del profesorado, enseñanza de las nuevas tecnologías y del inglés, la lucha contra el acoso escolar y la inutilidad de la repetición de curso.

         En lo que se refiere al primer punto, hay un elevado grado de acuerdo en implantar en el acceso a la profesión docente un sistema similar al del MIR de los médicos, de modo que todo profesor que acceda a la docencia ha de ser tutelado durante un periodo más o menos prolongado por un profesor experimentado y que solo tras este trance podría ocupar una plaza docente definitiva. Aunque menos claro, también parece haber calado la idea de que la calidad de un sistema educativo está en función de la calidad de su profesorado, lo que incidiría sobre la necesidad de ser más selectivo en los procesos de admisión del alumnado que desea cursar Magisterio o el Máster de Formación del Profesorado de Secundaria y de potenciar la formación permanente.

         Sobre la segunda cuestión, nadie parece dudar sobre la conveniencia de que el alumnado aprenda a desenvolverse con las nuevas tecnologías y que domine la lengua inglesa. Sin embargo, he señalado más arriba el problema del carácter segregador que está adoptando la enseñanza del inglés a lo que habría que añadir las dudas, más que sensatas, sobre si todo esto no pasa de ser una chapuza. En todo caso, este es un problema del conjunto de la sociedad en el que medios como las televisiones podrían optar por subtitular toda la programación foránea.

         La de la convivencia armónica en los centros se ha convertido, por desgracia, en una cuestión estelar. Los suicidios de menores, derivados del acaso escolar, han puesto de acuerdo a todos los partidos en la necesidad de implantar medidas de mejora de la convivencia escolar.

         Y, finalmente, el propio ministro de Educación ha reconocido no hace mucho haberse dado cuenta de que el recurso a la repetición de curso –amén de excesivo tanto en términos absolutos como relativos- debería moderarse sustancialmente.

Conclusiones

         En definitiva, y para concluir, pacto educativo pudiera haberlo, pero podría serlo tan de mínimos que no pasaría, en el mejor de los casos, de ser un brindis al sol. Las diferencias entre izquierda y derecha en materia educativa son las habituales en la mayor parte de los países de nuestro entorno. Un pacto entre los cuatro partidos de ámbito nacional se antoja harto complicado. Claramente, un acuerdo que no incluyera al menos a tres de estas cuatro formaciones políticas está condenado a la transitoriedad. Quizás, en su momento, podría haber sido posible un pacto transformador de nuestro apolillado sistema educativo entre Ciudadanos, PSOE y Podemos frente a las propuestas obsoletas del PP. Sin embargo, la deriva derechizante (o, al menos, subordinada al PP) de los primeros, la parálisis intelectual de los segundos y la senda de radicalización de los últimos dificultan considerablemente la firma de un pacto duradero que afecte a aspectos sustantivos de nuestra escuela. Un pacto (digno de tal nombre) entre PP, Ciudadanos y PSOE parece bastante improbable.  En todo caso, el futuro está por ver. Ojalá los debates girasen en torno a lo que debería ser la escuela en una sociedad tan cambiante (del conocimiento, de la cuarta revolución industrial o del siglo XXI, lo que se prefiera) como la que le va a tocar vivir a los niños y adolescentes de hoy. En la medida de lo posible, las políticas públicas deberían basarse en evidencias científicas y no en ideologías. 

sábado, 3 de junio de 2017

Au revoir les devoirs

Au revoir les devoirs
Pese al título de esta entrada, no se trata de que desaparezcan los deberes. A finales de mayo, y en el ámbito del congreso de la Federación de Padres de la Enseñanza Pública (PEEP), el nuevo ministro de Educación francés, Jean-Michel Blanquer, ha anunciado que los niños ya no tendrán que realizar los deberes escolares en casa. Se trata de una solución salomónica  a lo que el ministro considera una controversia estéril y que trata de contentar tanto a quienes consideran indispensables los deberes como a las familias que se ven sobrepasadas por la realización de estos con sus hijos.
No hay, en esta medida, ningún tipo de reflexión o propuesta sobre en qué deberían consistir los deberes. Simplemente se plantea que se harán en el escenario escolar durante un tiempo de estudio en el que los alumnos estarán acompañados por profesionales (profesores voluntarios y ayudantes de educación). Es algo que ya existe, y que tiene lugar entre las cuatro y las seis de la tarde, en el caso de los centros de secundaria (collèges) de educación prioritaria. 
         Los sindicatos son escépticos con respecto a su implantación en septiembre, ya que consideran que los tres meses que restan hasta el comienzo del próximo curso es poco tiempo. Y, por otra parte, estamos ante una medida que ya fue intentada, en su momento y sin éxito, por Hollande y aún antes por Sarkozy.
         Se trata, qué duda cabe, de una propuesta que puede contrarrestar las desigualdades sociales frente a la educación: no es lo mismo, para un niño, hacer los deberes en casa si sus padres tienen estudios superiores que si estos solo cuentan con estudios elementales.
Si bien es cierto que muchos padres pueden respirar aliviados por verse liberados del trabajo que implica ayudar a hacer los deberes –o incluso hacerlos- con sus hijos, la federación de padres ha manifestado su preocupación por la posibilidad de que una medida de estas características se traduzca en una mera prolongación de una ya de por sí saturada jornada escolar de los alumnos. Y justamente este es el problema que elude el ministro francés al considerar estéril el debate sobre los deberes, ya que estos dicen mucho sobre el funcionamiento de la escuela. Los deberes pueden consistir en la mera repetición de ejercicios descontextualizados –por desgracia, lo habitual- o en la realización de actividades como leer un libro, ver y comentar una película o escribir un cuento. Mi impresión, y ojalá esté equivocado, es que estamos en presencia de una medida populista que no entra en la clave del problema. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

La cara oculta de la evaluación

La cara oculta de la evaluación.
¿Cómo escriben nuestros estudiantes universitarios?

Cada cuatrimestre –más o menos desde mediados hasta el final de cada curso- evalúo textos que escriben los estudiantes matriculados en las materias que imparto. Doy –o he dado- clases a alumnos que ya tienen una cierta trayectoria en la Facultad de Sociología: desde quienes están en el segundo cuatrimestre del segundo curso hasta el máster. Es decir, se trata de estudiantes que, según me aseguran, han entregado trabajos escritos en casi todos los cursos en los que se han matriculado y que, generalmente, han pasado con éxito. Tales trabajos son, obviamente, entregados a sus profesores, pero lo habitual es que no les sean devueltos, de modo que los estudiantes desconocen, más allá de la nota, qué han hecho bien, dónde han fallado, qué pueden mejorar. Creo que solo así cabe entender que los alumnos pasen de un curso a otro arrastrando serios defectos en sus escritos. Me refiero a la mejorable redacción, a la ausencia de estructuración del escrito, al uso incorrecto de la ortografía o -entre otros elementos- al defectuoso y escaso léxico. Todo ello hace que numerosas frases y/o párrafos, e incluso la totalidad del trabajo, resulten por completo ininteligibles.

Soy plenamente consciente de que la docencia universitaria no se valora y, en consecuencia, no hay incentivo alguno para meterse en el berenjenal de hacer observaciones a los escritos de los estudiantes. Como ya he indicado en este mismo blog, los quinquenios de docencia se conceden por el mero paso de los lustros. Sin embargo, en tanto que profesores (en este caso, de universidad), nos incumbe formar a personas (ciudadanos y futuros profesionales) capaces de expresarse correctamente por escrito (también oralmente, pero esta es otra cuestión que espero abordar en otra entrada). En realidad, todos los profesores, con independencia de la materia que impartamos e incluso del nivel educativo en el que trabajemos, lo somos de lengua española -o castellana o la de la comunidad autónoma que cuente con otra lengua oficial- y, en consecuencia, a todos nos compete compartir con la Academia de la Lengua la labor de dar esplendor a nuestro idioma común.

Año tras año, me pregunto cómo es posible que los estudiantes lleguen a la universidad, y que continúen en ella, con unos niveles de expresión tan lamentables como los que describiré más abajo. Esto podría mejorar –incluso podría evitarse- si todos los profesores nos implicásemos más en este tema. Se trata de una cuestión extremadamente grave, ya que, al fin y al cabo, la inmensa mayoría de nuestros profesionales, buena parte de la clase política y la totalidad de los docentes salen de las universidades.  

Pese a que la labor de corrección y evaluación de textos es habitualmente tediosa (y aquí incluiría nuestro invisible y creciente trabajo como evaluadores –no retribuidos- de manuscritos enviados a las revistas científicas de nuestros respectivos ámbitos), desde hace ya unos cuantos años, es una tarea que se ve facilitada gracias al uso de procesadores de texto y a la inmediatez en la comunicación que propician los campus virtuales o el correo electrónico.

Antes de entrar en el tema de la corrección y evaluación propiamente dichas, quisiera prestar atención a la facilidad con que un preocupante alto porcentaje de estudiantes (y también algún rector) recurre al plagio y lo poco o nada que se hace para combatir tal lacra (de nuevo pienso en ese exrector). Recientemente, los medios de comunicación (el vídeo de La Sexta no tiene desperdicio) describían el recurso a tal estrategia por parte de una senadora para preparar sus preguntas en la Cámara Alta. La sociedad civil se rasga las vestiduras ante tal comportamiento y lo achaca a la intrínseca corrupción de los políticos. No obstante, esto es algo más habitual de lo deseable también fuera de la política. Raro es el curso en que no tropiezo con un mínimo de tres plagios –y hablo de grupos de menos de treinta estudiantes-. Aún desconozco –y quizás sea ignorancia mía- qué sanción propone la universidad para estos casos: apertura de un expediente, suspenso en la asignatura, escarnio en las redes… Por otro lado, y al menos en estos niveles, es muy fácil detectar un plagio o algo que claramente no ha escrito el estudiante en cuestión. Basta con leer una frase con un léxico sorprendentemente rico o el uso de alguna expresión propia de ciertas jergas  para sospechar sobre quién sea el autor. La comprobación es tan sencilla como escribir –con o sin comillas- el texto sospechoso en Google.

Nada más lejos de mi intención, en cuanto sigue, que ridiculizar a los estudiantes, aunque aquí me refiera a sus trabajos. En todo caso, se trataría de ridiculizar a un sistema –o puede que, más bien, a un profesorado- incapaz de cumplir con la elemental tarea de enseñar a sus estudiantes a expresarse, a estructurar ideas, a ordenar la información, a desarrollar un criterio propio.

         Hace unos días la prensa se hacía eco del escaso respeto por la ortografía del que había hecho gala el presidente de la comisión gestora del PSOE, Javier Fernández, en una misiva dirigida a Pablo Iglesias. El uso inadecuado de los signos de puntuación es también moneda habitual en la práctica totalidad de los escritos estudiantiles.

         Gracias a páginas web como la de Fundación del Español Urgente (www.fundeu.es), resulta sencillo encontrar explicaciones a fallos muy frecuentes, incluso entre personas cultas. Una de ellas, reiterada hasta la saciedad, es el uso de la estructura “sustantivo + a + infinitivo” (“cuestiones a plantear”, “noticia a destacar”). Lo mismo cabe decir de la menos tolerable expresión “acorde a” (“acorde a estos factores…”)

         A veces, algún estudiante pretende abarcar mucho más de lo que razonablemente sería posible, llegando a plantearse preguntas cuyas respuestas ocuparían varias tesis doctorales, y que además no guardan relación con el tema elegido. Así, hay quién pretende en un escrito responder a las dos siguientes cuestiones: “¿Qué es la movilidad social?  y ¿La educación?” (sic).

No es infrecuente el paso del plural al singular, de modo que se rompe la concordancia de la frase. Por ejemplo, en una misma oración se dice que “las mujeres” han llegado “a superar al hombre de actividad, empleo y paro” (sic).
        
Las palabras tienen uno o varios significados, pero no necesariamente el que el hablante cree que tienen. En un fragmento de Alicia en el país de las maravillas se explica el modo en que los poderosos –y los estudiantes no lo son - manipulan el lenguaje.

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

En uno de sus trabajos, un estudiante, refiriéndose al hecho de que las mujeres son más longevas que los hombres, indica que esto se traduce en un “predominio” de aquellas sobre estos, como si se hubieran convertido en las dirigentes de la sociedad –o, por lo menos, del grupo poblacional de la tercera edad-. O, hablando sobre el desmesurado crecimiento del desempleo tras el hundimiento de la construcción, otro alumno cita como causa del tal desbocado incremento el paro entre los constructores (es decir, los empresarios), pese a que se quiere hablar del conjunto de los trabajadores –especialmente los menos cualificados- de este sector. O, hablando sobre teóricos de las ciencias sociales, hay quien escribe que los autores tienen –no se dice mantienen, plantean, defienden- posturas –como si de la práctica del Pilates se tratara-.

En el libro La ambición del César, Amando de Miguel y José Luis Gutiérrez describían la tendencia de Felipe González a utilizar palabras largas, en el entendido de que hay quien parece creer que estas suenan mejor que las cortas aunque, en más ocasiones de las que se cree, un sufijo cambia el significado del lexema. Este es el caso, de un estudiante que se refiere a la “intencionalidad de trabajar”. Tal y como puede verse en la web de Fundeu -a la que no me cansaré de agradecer su labor-, intencionalidad no es lo mismo que intención. La distorsión de los significados afecta también a expresiones propias de las ciencias sociales. Así, la movilidad social puede ser definida como el “cambio de ámbito”, sea este profesional o de estatus.

        A veces hay que hacer un ejercicio de adivinación para saber el significado de una expresión. En un trabajo se puede leer que la educación “contribuye en mayor parte a la movilidad social”. Previamente no se ha hablado de ningún otro elemento que en parte –menor, se entendería- pudiese explicar la movilidad social. Es de suponer que con la expresión “en mayor parte” se pretende aludir al factor que explicaría en mayor medida la movilidad.

Es frecuente que se recurra a expresiones perifrásticas que, en realidad, denotan un escaso conocimiento de la jerga, no ya de las ciencias sociales, sino del mero periodismo o incluso del hablar común. Así, en lugar de hablar del mercado de trabajo se utiliza la expresión, mucho más amplia y confusa, de “plano económico”.

Cuanto he referido aquí no es exclusivo –desgraciadamente- de la facultad en la que trabajo. He tenido ocasión de corregir escritos de estudiantes del máster de Formación del Profesorado de Secundaria, los cuales proceden de las titulaciones más diversas, y el problema es idéntico. Aunque en menor medida, estos mismos defectos los observo en algunos de los manuscritos enviados a revistas científicas que he aceptado evaluar.


         Llegados aquí, cabe preguntarse qué hacer ante este panorama. La respuesta a esta cuestión alargaría enormemente esta entrada y, muy posiblemente, requeriría una elaboración colectiva. He apuntado que el profesorado debería devolver, con las correspondientes observaciones, los textos de los estudiantes. Pero quizás lo más importante -y de esto no he hablado- es que, desgraciadamente, resulta posible aprobar un grado universitario sin apenas haber leído nada (y se nota mucho qué estudiante lee), y está claro que sin el ejercicio cotidiano de la lectura resulta poco menos que imposible escribir bien. Y es una pena, porque la biblioteca de la Facultad de Sociología de la UCM es la joya de la corona de este centro. 

martes, 9 de mayo de 2017

Unas reflexiones sobre las presidenciales francesas

La victoria de Macron permite respirar con cierta tranquilidad a la democracia francesa durante al menos cinco años más. Sin embargo, el mar de fondo de insatisfacción con el actual estado de cosas por parte de los grupos sociales menos privilegiados tiene visos de continuar, e incluso de agravarse, en el quinquenato que se inicia estos días.

Recientemente, he leído un par de artículos periodísticos que invitan a acometer una reflexión muy seria sobre el actual estado de cosas. Uno de ellos comenta la obra Le crépuscule de la France d'en haut (El crepúsculo de la Francia de arriba) escrito por el geógrafo Christophe Guilluy (un izquierdista celebrado por la derecha, según se señala aquí). Este libro denuncia las tremendas desigualdades entre la Francia de las grandes ciudades (cosmopolita, beneficiada por la globalización) y la Francia de las provincias. Guilly describe el ascenso de una nueva burguesía, de una nueva clase social, con alto nivel educativo que ocupa las posiciones clave del CAC40 (equivalente al español Ibex35) y genera ese discurso legitimador de la actual sociedad globalizada que no duda en considerar retrógrados (serían buena parte de los votantes del Frente Nacional) a quienes no se adaptan a los nuevos tiempos. Es un tipo de narrativa que recuerda mucho al supuesto espíritu modernizador del que hacen gala tantos dirigentes del PP, especialmente los más jóvenes.

            El otro artículo ha sido publicado en el New York Times por el novelista francés Edouard Louis con el significativo título de “¿Por qué mi padre vota a Le Pen?”. Louis describe su infancia en un pequeño pueblo del norte de Francia en el que la práctica totalidad de la población trabajaba en la misma fábrica. Su padre dejó de trabajar antes de los despidos masivos debido a un terrible accidente laboral que terminó por llevar a la pobreza a su familia (completada con una madre ama de casa y cuatro hermanos más). Antes de aprender a leer, Louis –nacido en la década de los noventa- ya sabía lo que era pasar hambre y tener que ir a casa de sus tíos para pedir comida. A los dieciocho años tuvo la suerte de convertirse en estudiante de Filosofía en París (fue el primer miembro de su familia en llegar a la universidad). El contraste entre el ambiente parisino y el de su localidad natal, le llevó a escribir un libro sobre su experiencia personal en el norte de Francia. En un muestra clara de la preocupante ignorancia de que hace gala la Francia acomodada de la otra Francia, el primer editor –parisino, para más señas- rechazó el manuscrito  aduciendo que la pobreza descrita en su novela había dejado de existir hacía más de un siglo. No es extraño que Louis considerase que la gente de la que se habla en las noticias no es nunca la de su infancia y adolescencia. Toda su familia vota a Le Pen –antes al padre y ahora a su hija- y lo hace, entre otros posibles motivos, en un intento claro de luchar por la visibilidad social que alimenta la demagogia del Frente Nacional –en claro paralelismo con la practicada al otro lado del Atlántico por Trump-. El partido socialista hace tiempo que dejó de hablar de la desigualdad de clase o de la pobreza para refugiarse en un lenguaje tecnocrático que oculta su genuflexión ante el neoliberalismo.

            En estas condiciones, y tal como se puede ver en el cuadro de más abajo, nada tiene de extraño que Le Pen haya obtenido más votos entre la clase obrera que Macron (56% frente a un 44%).




Desigualdades sociales ante la educación

Artículo publicado en la revista  Religión y Escuela, 310 (mayo de 2017) (pp. 22-25)
https://www.researchgate.net/publication/316787397_Desigualdades_sociales_ante_la_educacion

Desigualdades sociales ante la educación

Los datos sobre las desigualdades sociales ante la educación son cada vez más apabullantes. Una edición tras otra, el principal informe internacional de evaluación educativa, el PISA, pone de manifiesto que los peores resultados se concentran en el alumnado de más bajo estatus socieconómico (índice que se construye a partir del nivel educativo –años de escolarización- de sus padres, de la riqueza familiar y de los recursos educativos de que dispone el hogar). De acuerdo con un informe de la OCDE de 2016 (Low-Performing Students), el estudiante prototípico que fracasa en la escuela vive en una familia monoparental de bajo estatus socioeconómico y de origen inmigrante, habla en su hogar un idioma distinto al de la escuela, no ha recibido educación previa a la primaria, ha repetido algún curso y está matriculado en Formación Profesional.

            La escuela pretende ser una institución ajena a las desigualdades sociales. ¿Qué es lo que podría explicar que a ciertos grupos sociales les sea más fácil tener éxito en ella que a otros? En realidad, la escuela actual, más allá de la alfabetización básica (“las cuatro reglas”) requerida para incorporarse al rutinario trabajo de las fábricas de la Revolución Industrial, está pensada para una minoría de personas de sexo masculino, raza blanca y un cierto nivel de riqueza. El sociólogo francés Pierre Bourdieu decía que la escuela maneja el capital cultural de las clases medias y altas, de manera que quien no sepa desenvolverse con él está abocado al fracaso. Es algo que explicaba muy claramente, no sin cierta ingenuidad marcadamente clasista, Gómez Trinidad (exportavoz de Educación del Partido Popular y hoy miembro del Consejo Escolar de Estado), quien en unas declaraciones al diario El País (14 de febrero de 2010) afirmaba lo siguiente:

En el Bachillerato se debe adquirir la cultura media de la clase media. (…) Yo creo que la cultura que se tiene que conseguir en 4º de ESO es para poder moverse, es decir, lo que es una alfabetización básica, que se sepa leer, etcétera. Pero más allá de esa alfabetización se necesita un conocimiento de nivel medio, de lo que son las estructuras de este mundo, un bagaje educativo... Y eso es lo que se consigue en el Bachillerato. Un chaval de la ESO no tiene por qué salir conociendo las estructuras políticas o una profundización de la historia que sí se tiene en el Bachillerato.

            De ser esto así, nada tiene de extraño que todo el mundo trate de rehuir la Formación Profesional (tanto la Básica como la de Grado Medio: la Superior es otra cosa). Esto nos sitúa en el crucial debate sobre a qué edad separar a los estudiantes orientados hacia la Universidad de aquellos que a lo máximo a lo que pueden aspirar es a la Formación Profesional. Esto está muy claro en los recurrentes debates que vivimos en España desde poco antes del fin de la dictadura franquista. En 1970 se aprobó la Ley General de Educación (LGE), la cual extendía el tronco común de la educación hasta los catorce años –el final de la Educación General Básica-. Entonces, como posteriormente y ahora, se levantó la sospecha de si tal mezcolanza de alumnos no bajaría el nivel educativo. El debate se volvió a plantear, esta vez en un contexto democrático, con motivo de la aprobación –bajo un gobierno del PSOE- de la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo –LOGSE-, la cual extendía la comprehensividad hasta los dieciséis años –coincidiendo con el final de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO)-. Las leyes que ha aprobado el Partido Popular –la Ley de Calidad de la Educación (LCE) y lo que hoy en día queda de la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad de la Educación (LOMCE)- han tratado siempre de limitar tal comprehensividad. Para ello, esta última incorpora una Formación Profesional Básica para aquellos alumnos de los que se intuye que no finalizarán la ESO, se crean los grupos de refuerzo desde segundo de la ESO, se introducen en cuarto de la ESO dos niveles de Matemáticas -las académicas y las eufemísticamente denominadas aplicadas- y este mismo curso se convierte en una antesala del Bachillerato o de la Formación Profesional (lo que acentúa su carácter propedeútico, pese al carácter terminal que debiera tener la ESO).

            No obstante, durante los gobiernos del PSOE la comprehensividad fue muy limitada. Nuestro sistema educativo ha dispuesto de variados mecanismos para separar el grano de la paja. De entre ellos, cabría destacar dos: el recurso (tremendamente abusivo) a la repetición de curso y a la segregación temprana, esta última por medios tan diversos como la denominada –también eufemísticamente- diversificación curricular (aunque el progresismo del PSOE posponía tal medida a tercero de la ESO) o la mera agrupación del alumnado por niveles en Secundaria a partir del expediente de Primaria.

            La repetición de curso ha sido tan intensa que, en algún momento de nuestra historia reciente, prácticamente la mitad de los alumnos varones de quince años no estaba escolarizada en el curso que correspondía a su edad. De hecho, en pleno boom económico de comienzos de siglo, en el curso 2006-07, el 42,6% del alumnado había repetido al menos una vez. En el curso 2015-16 hemos mejorado. No obstante, 36 de cada 100 de nuestros alumnos han repetido (con diferencias regionales que van de 45 de cada 100 en el caso de Murcia a 27 en el País Vasco). Aun así, muchos profesores insisten en considerar que en nuestro país se regalan los aprobados.

En el segundo volumen de los resultados del último PISA –el de 2015- se recomienda recurrir lo mínimo posible a la repetición de curso, la cual (aparte de ser enormemente costosa: en torno a un 10% del  presupuesto nacional de educación) se asocia a mayores desigualdades y a menor rendimiento. Uno de cada cinco estudiantes de bajo estatus ha repetido mientras que tal cosa solo sucede para el 7% de quienes proceden de familias acomodadas. En España, la posibilidad de ser repetidor es 3,5 veces mayor entre los alumnos de bajo estatus socioeconómico que para el conjunto de los estudiantes con los mismos resultados en PISA. Igualmente, se detecta que los estudiantes que han repetido curso tienden a manifestar actitudes y comportamientos negativos con relación a la escuela. Por fortuna, en los últimos tiempos se ha reducido el recurso a la repetición. Por ejemplo, en Francia –uno de los países que, junto con España y Portugal, contaba con un mayor porcentaje de repetidores- se ha rebajado en 16 puntos sin que esto haya afectado a los resultados en PISA.

            En lo que se refiere la segregación temprana (bien sea desde la Formación Profesional, los grupos de refuerzo o las Matemáticas de distinta calidad), la literatura científica –incluso la que procede de la OCDE- es poco proclive a tal medida. En general, la de la segregación temprana es una historia de rotunda injusticia social. Tal y como explicaba Corbett  Burris (en su libro On the Same Track), Estados Unidos se encontró a comienzos del siglo XX con la necesidad de dar una respuesta a la escolarización de los inmigrantes recién llegados del sur y del este de Europa. La solución consistió en escolarizar a las chicas, a las minorías, a los inmigrantes y a los estudiantes de clase baja en itinerarios de Formación Profesional. Los test utilizados para determinar quiénes irían a la rama profesional y quiénes a la académica contenían claros sesgos en favor de la clase media de raza blanca.

En el caso de Alemania, Becker et al. (en una investigación publicada en 2012 en el Journal of Educational Psychology) descubrieron que los estudiantes matriculados en los itinerarios académicos veían incrementado su cociente intelectual en comparación con sus compañeros enviados a la rama profesional. Estos resultados coinciden casi milimétricamente con los ya descritos hace más de tres décadas por Jeannie Oakes en su clásica obra Keeping Track, resultado de un trabajo de campo en veinticinco escuelas. El agrupamiento por niveles retrasa el aprendizaje de los alumnos menos académicos, hace disminuir su auto-estima y separa a los estudiantes a lo largo de líneas socioeconómicas. Resultan llamativas las diferencias en las respuestas dadas a ciertas preguntas en función del grupo al que perteneciera el alumno. Una de las preguntas era: ¿Qué es lo más importante que has aprendido en esta clase? Entre los alumnos de los grupos avanzados se obtenían respuestas del siguiente tenor: "He aprendido a analizar historias que he leído", "estoy desarrollando una mentalidad abierta", "he aprendido a hacer experimentos". Entre los de los grupos menos académicos las respuestas eran de este tipo: "Me he dedicado a inflar globos luminosos"; "no he aprendido nada, solo los números romanos"; "he aprendido que el inglés es aburrido".

En un estudio publicado por la OCDE, Simon Field et al. (No More Failures. Ten steps to equity in education) se declaran en favor de posponer la segregación temprana. Sucede que los sistemas educativos que separan en la Secundaria Inferior obtienen peores resultados en PISA. Además, cuando se comparan los resultados obtenidos en las pruebas de Primaria realizadas con el PIRLS  (Progress in International Reading Literacy Study) con los del PISA (recuérdese que se refiere a estudiantes de quince años de edad) se detecta que la segregación temprana se asocia a una menor igualdad de resultados e incluso, en ocasiones, hace bajar los resultados globales.

En un reciente estudio de la OCDE, cuyo clarificador título es Ecuaciones y desigualdades. Hacer que las Matemáticas sean accesibles para todos, se indica la necesidad de evitar clasificar a los estudiantes como listos o tontos, rápidos o lentos y, en su lugar, empezar a utilizar frecuentemente mensajes que incidan en la idea de que el éxito en Matemáticas se debe al esfuerzo, a hacer preguntas y a progresar continuamente. Un hallazgo clave es que en la medida en que los estudiantes trabajan con conceptos y tareas matemáticas complejas mejoran sus resultados en PISA (lo que iría en contra de los dos tipos de Matemáticas propuestas por la LOMCE).

Igualmente, el segundo volumen del último PISA (citado más arriba) insiste en esta misma idea de posponer la segregación escolar. Los estudiantes de medios menos favorecidos están claramente sobrerrepresentados en los itinerarios profesionales. Los resultados de PISA demuestran que la edad en que los estudiantes son separados en itinerarios se asocia no solo a unas mayores diferencias entre escuelas sino a una menor equidad en los resultados. En definitiva, cuanto más temprana sea la segregación, mayor es el influjo del estatus socioeconómico en los resultados.

            Los defensores de la LOMCE insisten en la necesidad de potenciar la Formación Profesional. Para ello se aduce el dato de que, comparativamente, en nuestro país la tasa de escolaridad en la red profesional frente a la académica es baja, lo cual no es cierto. Lo que sí es verdad es que la inmensa mayoría de los estudiantes que concluye la ESO –en torno al 80%- elige Bachiller. La Formación Profesional de Grado Medio escolariza a una alta proporción de alumnos de edad claramente superior a los 16 años, lo que contribuye a reforzar su imagen deteriorada, la de un itinerario de segunda categoría. El mercado de trabajo parece compartir este criterio. Así, de acuerdo con el informe de Adecco (Oferta y demanda de empleo en España, 2015), tan solo el 8,3% de las ofertas de empleo demanda un nivel de Formación Profesional de Grado Medio frente a un 17% de ofertas que solicita un nivel de Bachillerato.

            Recientemente, al hilo de la enseñanza del inglés y en inglés estamos asistiendo a una nueva estrategia de segregación. Sabido es el estrecho vínculo existente entre el nivel social y el conocimiento de idiomas. En la medida en que los centros de Secundaria cuenten con secciones bilingües, a estas tenderán a acudir los alumnos de mayor nivel de renta, convirtiendo, de este modo, a los grupos del alumnado “del programa” –los que no cursan materias en inglés- en una suerte de itinerario de inferior categoría fácilmente estigmatizable.

Finalmente, convendría señalar un aspecto en el que las desigualdades sociales son particularmente hirientes y que no es otro que la divisoria entre escuelas públicas, concertadas y privadas. Tanto las concertadas como las privadas obtienen mejores resultados que las primeras. No obstante, si descontamos el efecto que produce el hecho de que aquellas escolarizan a un alumnado de mayor estatus socioeconómico que estas, los resultados en PISA son prácticamente idénticos. Sin embargo, no ocurre lo mismo con aspectos clave, como la repetición de curso –mucho mayor en la pública-. Que a la privada no concertada –y en ausencia de una política de becas por parte de este tipo de escuelas- vayan las familias de mayor estatus (este tipo de centros escolariza al 6,4% del alumnado de España) se explica simplemente por el hecho de su elevado coste económico. Siendo ambas -sobre el papel- igualmente gratuitas, más explicaciones requeriría la diferencia social del alumnado de la concertada con respecto al de la pública. La distribución territorial de la concertada dice mucho con relación al tipo de público que escolariza. A la concertada acude el 25,6% del alumnado español, pero este porcentaje es sensiblemente menor en las regiones más pobres –en Castilla-La Mancha, Extremadura, Canarias y Andalucía es inferior al 21%- y supera el 29% en La Rioja, Navarra, Baleares, Madrid y el País Vasco-. Si hiláramos más fino, podríamos ver que, por ejemplo, en la ciudad de Madrid tiene más presencia en los barrios acomodados que en los más pobres o, si hiciéramos lo mismo con la Comunidad de Madrid, el contraste lo marcaría la escasa presencia de la concertada en el sur de la región. Sin duda, el hecho de que buena parte de los centros concertados cobren subrepticiamente una cuota a las familias los convierte en una suerte de privados low cost.


            En definitiva, y para concluir, la escuela parece ser una institución que se limita a constatar y a certificar las desigualdades que existen en la sociedad, como si no fuera una de sus principales labores combatirlas. Esta función no es, en modo alguno, incompatible con la consecución de la excelencia. Más bien al contrario. Los sucesivos informes PISA muestran que los países educativamente más exitosos son capaces de acometer ambas tareas a la vez. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

La jornada escolar continua. Ahora toca la Comunidad Valenciana

La jornada escolar continua
 Ahora toca la Comunidad Valenciana

Me llaman –finales de marzo de 2017- desde la Universidad de Valencia para hablar sobre el controvertido tema de la jornada escolar continua en los centros públicos de educación primaria e infantil (se puede consultar aquí el PowerPoint que utilicé). Desde el curso 2011-2012 –aunque con más intensidad desde hace un par de años- los colegios de la Comunidad Valenciana tienen la posibilidad de decidir si quieren pasar a este tipo de jornada.

Pese a todos los problemas que padece la educación española –los recortes, el fracaso escolar, los deberes, etc.-, el de la jornada escolar ha sido –y donde no se ha pasado a la jornada continua sigue siéndolo- el tema estelar en la comunidad educativa o, si se prefiere, en las comunidades educativas de los colegios públicos en los últimos años.

         Al menos sobre el papel, la comunidad educativa valenciana cuenta con la inestimable ventaja de que puede reflexionar y decidir sobre esta cuestión considerando la experiencia previa de ya más de veinte años en otras comunidades autónomas. Sin embargo, y a pesar del largo tiempo transcurrido, resulta sorprendente –cuando no sospechoso- que aún no dispongamos de un estudio científico que la valore. Justamente, esto mismo se decía en el interesantísimo informe que sobre la educación en Canarias publicó la OCDE en 2012.

Lamentablemente, parece ser una tónica habitual –al menos en política educativa- adoptar decisiones sin tener en cuenta informes, análisis o estudios previos sobre la cuestión de que se trate. Esto es lo que ha ocurrido recientemente con la implantación de un nuevo calendario escolar en Cantabria  a partir del curso 2016-17, el cual incluye un par de nuevos periodos no lectivos. Por fortuna, esta vez la investigación sobre el tema corrobora la conveniencia de tal calendario.

Ignoramos cosas tan esenciales como si el paso de la jornada partida a la continua ha dado lugar o no a la desaparición o mengua de comedores escolares –y en cuantos se ha pasado de cocinar in situ a un régimen de cáterin-, qué clase de actividades extraescolares permanece y qué tipo de alumnado hace uso de ellas, si –allí donde tal posibilidad exista- hay o no un trasvase de cierto sector de padres hacia la concertada o la privada (o si los padres de niños recién llegados a la escuela han tomado en consideración el tipo de jornada),  por qué hay centros públicos que rechazan el cambio de jornada (incluso en barrios o zonas en los que la mayoría de los colegios públicos tienen la jornada continua), por qué los maestros de la concertada y de la privada no suelen contar con este tipo de jornada para sus centros.

         En el caso de la Comunidad Valenciana se sabe, de acuerdo con los datos oficiales de la Consellería de Educación, que el uso del comedor bajó más de un 30% en el grupo de centros que aplicó la jornada continua a partir del curso 2014-15 y más de un 18% en los que lo hicieron en el curso 2013-14. En lo que se refiere a las actividades extraescolares, se detecta una bajada considerable en el porcentaje de participación hasta situarse en el 25%.

         Toda la investigación de que disponemos confirma, hasta la saturación, que la última hora de la jornada continua –de una a dos de la tarde- resulta mucho más agotadora para los alumnos que la última de la jornada partida –normalmente de tres a cuatro-. Pero lo que falta, clamorosamente, es saber si el cambio de jornada afecta negativamente a los resultados escolares. En su investigación, Caride[1] señalaba que tres cuartas partes del profesorado decían que el rendimiento es mayor en la continua. Sin embargo, sus datos indican que hay entre un 10% y un 20% más de fracaso escolar en los centros de continua. No obstante, no es un dato concluyente, aunque sí indiciario: pudiera ser que estos peores resultados fuesen anteriores al cambio de jornada.

Los datos que yo mismo he manejado sobre la prueba de sexto de Conocimientos y Destrezas Indispensables en la Comunidad Autónoma de Madrid muestran que no cabe afirmar que la jornada continua mejore los resultados. De hecho (tal y como se puede ver en el PowerPoint), son levemente peores que los de los centros de jornada partida.

El reciente informe realizado por la Consellería de Educación de Valencia más arriba citado –de momento, no publicado y que la prensa ha dado a conocer -afirma que, a partir de los datos de la evaluación realizada en mayo de 2015, los centros con jornada continua empeoraron sus resultados en las competencias lingüística y matemática.

Por desgracia, y una vez más me remito al tiempo transcurrido desde que este debate sobre la jornada se inició en nuestro país, la bronca en los centros entre profesores y padres y entre los propios padres ha aparecido con más frecuencia de la deseada. Sin duda, es legítimo que la inmensa mayoría del profesorado y un porcentaje significativo de padres deseen la jornada continua.

La ventaja para el profesorado –y quizás no tanto para los equipos directivos- es clara: ¿quién no va a preferir salir del centro a las dos en lugar de a las cuatro? Sin embargo, lo que se entiende menos el profesorado, el cual es juez y parte en este asunto, se inmiscuya en los debates que correspondería tener en exclusiva a los padres o que se les suministre información escandalosamente sesgada, cuando no simplemente falsa, en favor de la jornada continua. A diferencia de lo que ocurriera hace veinte años, ahora para cualquier padre resulta fácil teclear en Internet la expresión “jornada escolar” y encontrarse con que el paraíso educativo al que conduciría el cambio de jornada es más que dudoso que sea tal. ¿Dónde queda la autoridad moral e intelectual de un profesorado cuyas afirmaciones pueden ser tan fácilmente cuestionadas o rechazadas? Una de dos: o el profesorado suministra una información veraz y equilibrada o lo mejor sería que permaneciera en silencio, ajeno a una cuestión que han de decidir los padres.
        
La actitud del profesorado ha arrastrado a todos los sindicatos del sector a la defensa del cambio de jornada. Al fin y al cabo, los sindicatos dependen de sus electores y ninguno quiere ver reducido su porcentaje de votos en las elecciones sindicales (de las cuales deriva el grueso del poder sindical). En el caso de los sindicatos de clase o, si se quiere ser más neutro, sindicatos que tienen presencia en la práctica totalidad de los sectores productivos, como es el caso de UGT o CC.OO., esta reivindicación plantea problemas. Así, recientemente, el sindicato de Restauración Social de FeSMC UGT-PV ha publicado un comunicado en el que se afirma que hay un riesgo real de pérdida de puestos de trabajo en el colectivo de comedores escolares, en el que trabajan alrededor de 20.000 personas.

En el caso de los padres, me cuesta trabajo entender la agresividad con que se han manifestado algunos de los partidarios del cambio de jornada. No hablo de oídas. Hace ya unos cuantos años decidí declinar las innumerables invitaciones de asociaciones de padres y madres que me pedían acudir a su colegio para hablar sobre el tema. En la mayoría de las ocasiones en que he aceptado tal invitación, me he encontrado con personas –mayoritariamente padres, pero también maestros, algunos de los cuales, a su vez, son padres- que, pese a haber sido invitado por el AMPA de su centro, negaban mi legitimidad para hablar sobre esta cuestión. En una ocasión, la hostilidad fue tal que tuve que abandonar el centro (me consta que incluso ha habido peleas en el fragor de este debate). Comprendo perfectamente el deseo de ciertos padres de cambiar de jornada. Las razones son de lo más diversas –aunque también nos falta un estudio al respecto- y ninguna me parece espuria: organizar una jornada extraescolar que compense las carencias de la escuela convencional –pública, más bien-,  disfrutar de más tiempo en familia, la conveniencia de no hacer cuatro viajes a la escuela, problemas con el comedor escolar y/o con el recreo del comedor, etc.

Pese a lo que he publicado en otros lugares, la jornada continua es, por difícil que parezca, reversible. En este sentido, resulta un tanto hiriente comparar la reacción de diferentes países –o si se prefiere, administraciones educativas- frente a los malos resultados PISA. El primer informe PISA (el del año 2000) conmocionó a  Alemania por sus mediocres resultados. Una de los elementos que se consideró pudiera explicar tal desempeño fue el de la generalización de la jornada continua. Como respuesta, se empezaron a abrir los centros también por las tardes en el marco de lo que se han dado en llamar escuelas a tiempo completo (Ganztagsschulen). Uno de los objetivos clave es que en estas escuelas se desarrollen, entre otras, actividades de ocio, disociándolas, de este modo, de los recursos familiares. Sin embargo, la respuesta en España de una comunidad con malos resultados, como es el caso de Andalucía, fue la de matar al mensajero: los 54 centros elegidos por PISA para su muestra del informe de 2016 son de bajo índice socioeducativo y, en consecuencia, carecería de valor.

         Teniendo en consideración la respuesta alemana, incluiría algún elemento más de apoyo a la solución que propuso Fernández Enguita (cuya explicación se puede ver en este vídeo –a partir del minuto 10- y sobre la que ya manifesté mi acuerdo en la revista Escuela), la cual, resumidamente, consiste en que las familias incluyan en la hoja de matriculación de sus hijos la preferencia por una jornada u otra de manera que, en función de tales peticiones, podría darse el caso de que un centro –por ejemplo, de línea 2- hubiera un grupo con jornada continua y otro con partida. Una de las cosas que más me preocupa de que pueda haber centros con doble jornada, es que los maestros a los que les correspondiera –supongo que por contar con menor antigüedad- impartir clase en la jornada partida pudieran sentirse fastidiados y eso podría repercutir en su desempeño o en su actitud hacia los alumnos. Para al menos paliar tal situación, los maestros que eligieran impartir clases en los grupos de jornada partida –o que tal horario les sea asignado- deberían ser compensados o bien con una reducción horaria –como en las escuelas a tiempo completo de Alemania- o con un complemento salarial. En definitiva, más gasto en educación (como ya ocurriera en Alemania). A ello, y para complicar las cosas, se puede añadir que los maestros y profesores de los centros concertados –cuyo pago lo hacen de modo delegado las administraciones educativas- podrían subirse a este carro.



[1] Caride Gómez, José Ramón (1993): A xornada escolar de sesión única en  Galicia. Estudio avaliativo: Conclusións xerais e criterios de actuación. Santiago de Compostela: Xunta de Galicia, 1993.