viernes, 24 de abril de 2015

Avalancha de reválidas

Avalancha de reválidas
 Las evaluaciones externas de la LOMCE

El Ministerio de Educación ha elaborado un “proyecto de real decreto por el que se regulan las características generales de las pruebas de la evaluación final de Educación Primaria, y las características de las pruebas de las evaluaciones finales de Educación Secundaria Obligatoria y de Bachillerato”.[1] En él se describe cómo van a ser las pruebas externas de sexto de primaria y las reválidas que permitirán obtener los títulos de la ESO y de Bachillerato –y es por este motivo por el que, pese a las connotaciones de tiempos felizmente pretéritos que tal nombre evoca, se las puede denominar reválidas-.

De su realización se encargarán profesores externos al centro en que se realicen. Nada se sabe sobre cuáles puedan ser los criterios con que serán seleccionados estos docentes.

            La evaluación de sexto de primaria –al igual que va a suceder con las pruebas ya en marcha para tercero- se centran en algunas de las competencias que se habrán de adquirir en esta etapa (Lingüística, Matemática y las Básicas en Ciencia y Tecnología) dejando al margen, y sin explicación alguna, todas las demás. Es decir, quedan fuera las Sociales y Cívicas, la Digital, Aprender a aprender, Sentido de iniciativa y espíritu emprendedor y Conciencia y expresiones culturales.
           
A diferencia de lo que sucede con las pruebas de final de la ESO y de Bachillerato, la de sexto no condiciona el paso del alumnado a la secundaria inferior. Tendrá, eso sí, un “carácter informativo y orientador”. Al no ser una prueba que condicione el tránsito al siguiente nivel educativo, se está planteando ya la cuestión de si es obligatorio o no que la haga el alumnado. La Confederación Estatal de Asociaciones de Padres de Alumnos (CEAPA) recomienda a sus asociados no realizarla y, para ello, proporciona a padres y madres un modelo de justificante. Quizás previendo estas resistencias- que ya se han dado frente a la prueba de Conocimientos y Destrezas Indispensables, la cual se efectúa en la Comunidad de Madrid también al alumnado del último curso de primaria-, el borrador de decreto en su artículo 10.2 indica que las “Administraciones educativas establecerán los mecanismos pertinentes para que los estudiantes que, por motivo justificado, no pudieron realizar las pruebas en las fechas establecidas en la convocatoria, puedan ser evaluados”. Este redactado plantea, como mínimo, dos dudas: ¿qué es un motivo justificado? y ¿qué ocurre cuando el motivo no está justificado?

            Las reválidas de la ESO y del Bachillerato evaluarán la totalidad de las competencias de estos niveles y todas las asignaturas salvo Educación Física, Religión y Valores Éticos. Una vez más, asistimos al desafuero de la exclusión de contenidos curriculares: no hay ninguna explicación relativa a la ausencia de estas tres asignaturas. No tomar en consideración Educación Física equivale a minusvalorar un área cada vez más importante para la salud pública e individual. Después de todas las batallas por la equiparación de la asignatura de Religión con el resto de materias, no se entiende, aunque se agradece, su ausencia. Al desaparecer la Religión, estaba más que cantada la ausencia de la asignatura de Valores Éticos.
           
Por otro lado, el borrador considera, con no menor arbitrariedad, que las competencias corresponden a ciertas asignaturas y no a otras. A modo de ejemplo, la “Competencia Matemática y las Competencias Básicas en Ciencia y Tecnología se relacionarán con los criterios de evaluación y los estándares de aprendizaje evaluables asociados a las materias Matemáticas, Matemáticas orientadas a las Enseñanzas Académicas, Matemáticas orientadas a las Enseñanzas Aplicadas, Biología y Geología, Física y Química, Ciencias Aplicadas a la Actividad Profesional, Tecnología, Cultura Científica, y Tecnologías de la Información y la Comunicación”. ¿Significa esto que no se desarrollan competencias matemáticas en Historia cuando se analiza una pirámide de población?

            Tanto las reválidas como el examen de sexto de primaria podrían incluir una prueba de expresión oral. Una vez más, no se sabe por qué esta prueba es contingente, o quién determina si se lleva a cabo o no. El redactado del borrador da a entender que se trataría de una prueba por la que la Administración no debe sentir especial interés ya que, en el caso de las reválidas –para sexto de primaria nada se indica a este respecto-, la corrección “será realizada por profesorado del centro del alumno o alumna, de acuerdo con una guía de especificaciones desarrollada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte”. Dado que uno de los aspectos que se evaluará será el de “comprender el significado que aportan la entonación, las pausas, el tono, timbre, volumen, etc., a cualquier tipo de discurso”, es de suponer que las pruebas incluirán un dictado que, además, será leído con alguien con un nivel mínimo de destrezas de comunicación –aunque habrá quien diga que esto se le supone a todo el profesorado-.

            Todo apunta, tal y como se plantean las reválidas en este proyecto, a que lo sensato sea que cada estudiante se presente a las evaluaciones tanto de enseñanzas académicas como aplicadas, ya que dispone de libertad para hacerlo. Esto es lo que se dice:

Artículo 15. Ámbito de aplicación. Al finalizar el cuarto curso de Educación Secundaria Obligatoria, los alumnos y alumnas de todos los centros docentes realizarán una evaluación individualizada por la opción de enseñanzas académicas o por la de enseñanzas aplicadas, o por ambas opciones.
           
            Y, más adelante, se añade:

En caso de que el alumno o alumna haya superado la evaluación por las dos opciones de evaluación final, para la calificación final se tomará la más alta de las que se obtengan teniendo en cuenta la nota obtenida en ambas opciones.
           
            Esto es una invitación a que todo el alumnado haga ambos exámenes. Si un estudiante hace cuarto de la ESO por la vía académica puede considerar –esté en lo cierto o no- que le será más fácil obtener una buena nota en la reválida profesional (que no otra cosa es la evaluación por la opción de enseñanzas aplicadas) al tiempo que, como mínimo, aprueba la reválida académica. Por otro lado, caso de suspender la reválida académica, le quedaría la posibilidad de no perder un año académico enrolándose en la formación profesional de grado medio. Y el estudiante de cuarto de la vía profesional tendrá una clara invitación a hacer la reválida académica por si decidiera cursar el Bachillerato.      

            La normativa que establece el proyecto puede dar lugar a que el alumnado esté haciendo reválidas una y otra vez. Es posible presentarse a la reválida para subir nota. Consideremos este ejemplo. Con un cinco en cualquiera de las reválidas de la ESO –la académica o la profesional- un alumno pasaría en septiembre del año en que hizo la prueba externa al bachillerato o a los ciclos formativos de formación profesional. De continuar estudiando, ¿puede decidir volver a presentarse a las reválidas en junio del año siguiente?

Hay que añadir una pregunta obvia: ¿dónde queda el estudiante que no ha aprobado la reválida? ¿Se va a su casa o sigue un año más en el centro educativo –repitiendo el cuarto curso ya aprobado, o iría a un grupo especial de los suspendidos en la reválida- hasta la siguiente convocatoria?

            Los alumnos y alumnas de Bachillerato también tienen la opción de presentarse a sucesivas convocatorias para subir nota. Además, cuentan con la posibilidad de obtener el título por más de una modalidad. Para ello, “podrán solicitar que se les evalúe de las materias generales y de opción de su elección del bloque de asignaturas troncales, correspondientes a las modalidades escogidas”. Tan solo hay coincidencia de troncales de opción en las modalidad de Artes y de Humanidades y Ciencias Sociales (de las cuatro generales, tres son comunes a las tres modalidades de bachillerato) por lo que, en principio, solo quienes cursen estas modalidades tendrían la posibilidad de obtener el título de Bachillerato por más de una.

Las reválidas pretenden evaluar una serie de destrezas cognitivas de alto nivel (Anexo II del borrador. Configuración de las pruebas de las evaluaciones finales de Educación Secundaria Obligatoria y de Bachillerato). Sin ánimo de ser exhaustivo, he aquí, entre otras cosas, lo que se quiere evaluar en la competencia en Comunicación Lingüística:
a) Inferir la información relevante de los textos, identificando la idea principal y las ideas secundarias, y estableciendo relaciones entre ellas.
b) Reconocer la coherencia global del texto.
c) Resumir textos narrativos, descriptivos, expositivos y argumentativos de forma clara, integrando la información en oraciones que se relacionen lógica y semánticamente.
d) Deducir información y relaciones no explícitas así como organizar la información del texto para vincularla a un conocimiento previo.

            O, en el caso de la Competencia Matemática y de la Competencias Básicas en Ciencia y Tecnología se evaluarán, entre otras, estas capacidades:
a) Determinar métodos, estrategias o herramientas eficientes y apropiados para resolver problemas para los que hay métodos de resolución comúnmente utilizados.
b) Utilizar modelos: generar ecuaciones o diagramas para representar o ilustrar situaciones, sistemas, procesos, conceptos, principios o relaciones.

            Esto es la cuadratura del círculo, por no decir un mero engaño. Al final del documento nos enteramos de que las reválidas son exámenes de tipo test (“Las preguntas de la prueba serán en formato de elección múltiple con cuatro alternativas y de respuestas semiconstruidas”) y que contendrán 350 cuestiones. ¿Cómo se pueden generar ecuaciones o reconocer la coherencia global de un texto en un test? ¿Es que no se han puesto de acuerdo entre sí los autores de las páginas referidas a qué se quiere evaluar con los de las relativas a cómo evaluar?

            Es muy posible que 350 preguntas sea un número excesivo. ¿Cuánto tiempo se dedicaría por término medio a cada pregunta? Si fueran cinco minutos por pregunta, se responderían doce en una hora: algo más de 29 horas en total (cinco días dedicando seis horas cada día). Si un alumno hace dos reválidas, los tiempos se duplican –salvo que hubiera una parte común en los exámenes-.

            Se propone que “las unidades de evaluación se contextualizarán en entornos próximos a la vida del estudiante incluyendo situaciones personales y familiares, escolares, sociales y científicas y humanísticas”. ¿Significa esto que las preguntas serán distintas dependiendo de la localidad, ciudad, provincia, comunidad autónoma, etc. donde se realicen?

En general, y pese a todo, lo que se quiere evaluar es de lo más sensato. ¿Quién puede objetar que se quiera valorar la capacidad para “identificar los elementos de un fenómeno o situación y determinar la información, procedimientos, conceptos, relaciones, estrategias y datos para explicar hechos, manifestaciones y problemas a diversas escalas espaciales y temporales (…), resolver problemas o contestar cuestiones que requieren de la consideración de varios factores o conceptos relacionados (…), diseñar procedimientos, métodos, mecanismos o investigaciones apropiadas para contestar cuestiones de índole social, geográfica, histórica, económica, artística o cultural, o para testar hipótesis (…), establecer inferencias válidas en base a la información, a las observaciones, las evidencias y la comprensión de conceptos, sacando conclusiones que vayan más allá de las condiciones teóricas dadas, y aplicando dichas conclusiones a nuevos contextos (…), proporcionar argumentos y evidencias de índole social, geográfica, histórica, económica, artística o cultural para apoyar la razonabilidad de explicaciones, argumentos y conclusiones de investigaciones, con el objetivo último de llegar a comprender la realidad del individuo y del conjunto de la sociedad en la conexión entre el pasado, el presente y el futuro”?

Por desgracia, el tipo de pruebas que aquí se propone va a dar lugar a la construcción de un alumno robotizado cuya preocupación no podrá ir mucho más allá de buscar la respuesta correcta. Con las reválidas de Bachiller desaparece la PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). ¿Realmente es este el tipo de alumno que precisa nuestra universidad? No estamos tratando de crear personas capaces de desarrollar y defender argumentos, de exponerlos en público, de contrastar la información, de leer, etc.



[1] Los entrecomillados corresponden a citas textuales del proyecto.

miércoles, 15 de abril de 2015

Una nueva adolescencia

         Una nueva adolescencia
            El reciente libro del psicólogo Laurence Steinberg (Age of opportunities. Lessons from the New Science of Adolescence, Houghton Mifflin Harcourt,  Boston, 2014) ofrece una información valiosísima sobre lo último que la investigación científica relativa al cerebro aporta al estudio y al conocimiento de la adolescencia. Buena parte de cuanto se dice en esta obra resulta de enorme interés para el ámbito de la educación.

            Lo primero que destacaría del libro es la constatación de que la adolescencia cada vez dura más tiempo: la pubertad da comienzo antes y el acceso a la edad plenamente adulta se pospone en muchos casos hasta los veinticinco años. El adelanto de la pubertad se debe, según señala Steinberg, a muy diversas razones. Algunas tienen que ver tanto con la mejora del nivel de vida (mejor alimentación no solo de los niños sino también de sus madres durante el embarazo) como con su empeoramiento (los niños que viven en situación de estrés o que padecen obesidad son más propicios a comenzar antes la pubertad). El estar expuestos a más horas de luz (gracias a la electricidad) también contribuye a este adelanto.

            Mucha mejor noticia es la prolongación de la adolescencia hasta edades más avanzadas –o como quiera que se llame a esta nueva etapa vital comprendida entre los diecinueve y los veintipocos años-. Sin duda, esta ampliación se explica, sobre todo, por los cambios sociales: básicamente los derivados de la continua posposición de la entrada de los más jóvenes en el mundo adulto a través del empleo estable y la formación de una familia. Vivir más años en una situación de adolescente supone cerrar más tardíamente la ventana de la plasticidad cerebral, situación que, si se sabe aprovechar, rendirá enormes frutos.
Steinberg indica que la adolescencia es una etapa de una plasticidad cerebral comparable a la de la edad comprendida entre los cero y los tres años. No es cierto que nazcamos con un número finito de células cerebrales y que no produzcamos nuevas neuronas al crecer. En la mente de todos está el ejemplo de los cerebros de los taxistas de Londres –para cuyo trabajo precisan conocer multitud de rutas urbanas-. Los escáneres que se les han realizado muestran un enorme crecimiento de su materia gris.
Esta prolongación del estado pre-adulto es un arma de doble filo. Por un lado, extiende el periodo en el que se lleva una vida que puede ser desordenada, lo que eleva el riesgo asociado a cierto tipo de problemas de la adolescencia. Por otro, un exceso de estructuración de la vida entre los veinte y veintipocos años amenaza con cerrar la puerta de la plasticidad. El largo periodo de tiempo que supone el paso a la edad adulta puede ser altamente beneficioso.
El cerebro es tremendamente plástico hasta que se hace la transición a la edad adulta. Si esta maleabilidad se mantiene, debido a que el joven esté inserto en una actividad novedosa, exigente y cognitivamente estimulante (lo que sucede, con frecuencia, si se permanece en el sistema educativo) y, si evita entrar tempranamente en los roles repetitivos y menos interesantes de trabajador y cónyuge, se cerrará más tarde la ventana de la plasticidad.
Durante la adolescencia es posible desarrollar el elemento fundamental que está detrás del éxito en la escuela, en el trabajo y en la vida: el autocontrol. Sabemos que los test de inteligencia, habilidad o talento no predicen mucho sobre el posible éxito en la escuela, en el trabajo o, más en general, en la vida. Son incapaces de hacerlo porque no miden características como la persistencia, la determinación o la tenacidad. Estas últimas son destrezas no cognitivas. Más bien, habría que hablar de destrezas de pensamiento y de no pensamiento o, si se quiere, factores intelectuales y factores motivacionales. Intelectual procede de la palabra latina referida a comprensión, mientras que motivacional deriva del término latino movimiento. La aptitud para el autocontrol es probablemente el elemento que goza de mayor capacidad predictiva del logro, de la salud mental y del éxito social. Una adolescencia más prolongada supone la posibilidad de incrementar el autocontrol, ya que no queda más remedio que combatir los cantos de sirena de la libertad de la condición adulta –cantos que sedujeron a tantos jóvenes durante el boom económico previo a la crisis actual-. El hecho de ser capaces de controlar lo que pensamos, sentimos y hacemos nos protege de multitud de trastornos psicológicos, contribuye a unas mejores relaciones con los demás y facilita los logros escolar y laboral.
La buena noticia es que los elementos constitutivos del autocontrol (la determinación, la perseverancia y la tenacidad) se pueden desarrollar muy especialmente durante la adolescencia, ya que no son innatos. Sabemos que el logro educativo depende más de estos elementos que de la habilidad académica (lo que la LOMCE llamaría el talento: una suerte de rasgo inmutable y genético que se tiene o no se tiene). Steinberg destaca que el hecho de pertenecer a una cultura que fomenta estas habilidades, como es el caso de la asiática, es más predictivo del éxito escolar que proceder de una familia acomodada. Es prácticamente imposible tener éxito sin ser una persona resuelta, trabajadora y perseverante. El autor llama a este conjunto de rasgos capital neurobiológico (el cual se añade a los capitales cultural y social).
Lo que está claro es que ni una charla ni una lectura ayudarán a una persona a desarrollar la determinación de sentarse en su mesa y estudiar gramática y geometría cuando, muy comprensiblemente, preferiría realizar actividades lúdicas. Para tener éxito en la vida hay que forzarse a hacer cosas que uno seguramente no haría por iniciativa propia. No desarrollar esta capacidad de autodeterminación tiene consecuencias graves. A modo de ejemplo, en los Estados Unidos, un tercio de los estudiantes que entra en un programa a tiempo completo de dos años de duración lo deja antes de finalizar el primer curso. Lo mismo ocurre con una quinta parte de quienes eligen estudios de cuatro años. En definitiva, es fundamental aprender a posponer las gratificaciones.
¿Qué lecciones fundamentales cabría extraer del libro de Steinberg? Quizás la primera y más importante es que podemos confiar plenamente en la capacidad de cambio, para mejor, de la gente joven. Parece claro que la segregación escolar temprana -para el alumnado que vaya peor- que plantea la LOMCE, en forma de grupos de refuerzo a partir de los catorce años o la formación profesional básica a partir de los quince, supone obviar que resulta dudoso predecir a edades tan tempranas el futuro rendimiento escolar de nadie. Con estos datos en mente, ¿qué consejo asesor, equipo directivo o de orientación se puede sentir legitimado para enviar a cierto alumnado a vías escolares de segunda categoría?
Pero hay más: necesitamos extender la permanencia en el sistema educativo durante más años. La secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, dice que nuestra universidad es insostenible: no podemos tener a tanta gente (pese a que estamos por debajo de la media de la OCDE). Lo que no parece sostenible es tener a una secretaria de Estado que dice tales cosas. Esto contrasta dolorosamente con la propuesta de Obama de conseguir que todos los jóvenes norteamericanos cursen como mínimo dos años de universidad (college).
            Como es más que sabido, en la adolescencia el grupo de iguales es muy importante. Steinberg explica que los adolescentes aprenden más en proyectos de grupo que trabajando aisladamente. Esto choca con la disposición habitual de nuestras aulas, en las que el alumnado está frente al profesor o profesora, y con la segmentación del currículo en asignaturas –cuyo contenido, en muchas ocasiones, es una invitación al tedio vitalicio-.
            En el libro se enfatiza que el ejercicio físico diario es fundamental y si este implica adoptar constantemente decisiones (lo que sucede en deportes de equipo, como el fútbol) mejor aún. Esta actividad se puede hacer tanto dentro del horario escolar –como ocurre hasta ahora, salvo en segundo de bachillerato- como en el extraescolar. Una jornada escolar que en secundaria (y cada vez más en primaria) se concentra en el horario de mañana –y que implica convertir en un desierto vespertino a los centros educativos- es una invitación al sedentarismo entre nuestros jóvenes.
            En definitiva, el de Steinberg es un libro a la vez sugerente e inquietante que informa acerca de lo mucho que ha avanzado nuestro conocimiento sobre la adolescencia en los últimos quince años y que la escuela (pero no solo la escuela) no puede ignorar.

jueves, 26 de marzo de 2015

Las consecuencias de la política de austeridad

Las consecuencias de la política de la austeridad

            Que a los niños y niñas de menor estatus socioeconómico y cultural les va a peor en la escuela que a sus compañeros más afortunados socialmente es cosa más que sabida. El valioso y oportuno informe Iluminando el futuro. Invertir en educación es luchar contra la pobreza infantil que acaba de elaborar Save the Children es una contundente prueba empírica de que la política educativa de la austeridad nos condena  a un presente y a un futuro marcados por desigualdades cada vez más injustas.
            Los datos sobre abandono escolar temprano son simplemente escandalosos. No se trata solo de que a los quince años tan solo poco más del 60% del alumnado esté en cuarto curso de la ESO –el que corresponde a su edad-, sino de que el que pertenece a los grupos menos afortunados tiene muchas más probabilidades que la media de estar en esta situación.
            El informe aporta una novedad muy importante: la desigual distribución del capital cultural. Partiendo de los microdatos de la Encuesta de Presupuestos Familiares del Instituto Nacional de Estadística se puede detectar el porcentaje de familias que han gastado al menos un euro al año en museos, exposiciones o teatros (gravado este último con un IVA disuasorio). Los datos son como para echarse a temblar. Solo un tercio de los niños de entre diez y quince años ha visitado algún museo y la mitad no ha ido ni a una exposición ni al teatro. La cosa se agrava si hacemos la comparativa por comunidades autónomas: solo realiza estas actividades uno de cada cinco niños en la Comunidad Valenciana o Murcia frente a casi la mitad de los escolares de la Comunidad de Madrid. Al igual que ocurre con el PISA, se aporta el dato del número de libros en hogar: más del 40% de los niños de Canarias y de Murcia vive en hogares con menos de 50 libros frente a un 20% de niños de Navarra, Asturias o Madrid que cuentan con tan escasa dotación.
            Algo similar ocurre con la práctica del deporte. El 37% de los menores de entre seis y dieciocho años no realiza ninguna actividad física o deportiva a la semana, porcentaje que casi coincide con el de niños y niñas de entre seis y nueve años que padece sobrepeso. El informe añade datos como el de las horas de consumo de televisión, actividad cuya pasividad agrava el problema.
            Iluminando el futuro elabora un índice de equidad educativa a partir de dos bloques de elementos. El primero se refiere a la calidad de acceso a la educación e incluye aspectos como la tasa de escolaridad de 0-2 años, el tiempo de permanencia en la escuela –medido a partir de si la jornada es partida o continua-, la existencia de comedor, etc. El segundo analiza la participación en actividades culturales y de ocio (asistencia a museos, horas de consumo televisivo, libros en el hogar, etc.). De nuevo, las diferencias entre las comunidades autónomas más pobres y más ricas son escandalosas.
            Los datos –aireados por tantas organizaciones humanitarias- son contundentes. A modo de ejemplo, el informe destaca que “entre los cursos 2009–2010 (1.676.466 beneficiarios) y 2012–2013 (1.085.905 beneficiarios) se ha producido una disminución de los beneficiarios de becas y ayudas al estudio en más de 500.000 personas, siendo especialmente intensa esta reducción en las ayudas al estudio desde el curso 2011–2012”. La pregunta que se hace Save the Children es muy clara: “¿De qué sirve que un niño disponga de un aula y un profesor si no cuenta con libros, material escolar la posibilidad de una alimentación adecuada?”

            Termino indicando que la razón que llevó a los autores del informe a contactar conmigo fue la cuestión de si la jornada escolar continua –de nueve de la mañana a dos de la tarde- podría acrecentar las desigualdades sociales. Como se indica en el texto, carecemos de una investigación que permita conocer cuántos comedores y actividades extraescolares desaparecen como consecuencia del paso de la jornada partida a la continua. Desconocemos algo tan elemental, como si varía el rendimiento escolar o cambia el tipo de público que acude a las escuelas con jornada continua. Muy posiblemente, la complicidad de las administraciones educativas con el cerril corporativismo del profesorado en esta cuestión ha impedido que podamos saber algo tan elemental antes de cambiar la jornada de los centros de primaria (prácticamente todos estatales) en casi toda España.

Texto publicado en 
http://blogs.elpais.com/3500-millones/2015/03/invertir-en-educacion-es-luchar-contra-la-pobreza-infantil.html

martes, 17 de febrero de 2015

Réquiem por el libro científico

Réquiem por el libro científico en España

            Si no cambian las tornas, me temo que, en no muchos años, pocos serán los investigadores-profesores de universidad que se dediquen a escribir libros –que no sean recopilatorios de textos de diversos autores- sobre temáticas de su especialidad científica. Pienso sobre todo en quienes trabajan en las áreas de ciencias sociales y humanidades, ya que son –o eran- los más proclives a afrontar la escritura de libros.

            En este blog, me he referido en varias ocasiones al sistema de evaluación de la producción científica del profesorado universitario. De acuerdo con la normativa aprobada por la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora, para obtener una evaluación positiva de un tramo de investigación (o sexenio) es preciso presentar cinco, y solo cinco, publicaciones de impacto. En el campo de Ciencias Sociales, Políticas, del Comportamiento y de la Educación se valoran preferentemente los artículos publicados en “revistas de reconocida valía” (las famosas JCR) –entrecomillo el texto tal y como aparece en el BOE-; en segundo lugar, los publicados en revistas de menor prestigio que las primeras siempre y cuando “ocupen posiciones relevantes” en una serie de listados de calidad y, finalmente –y esto es lo que aquí nos trae-, “los libros y capítulos de libros, en cuya evaluación se tendrá en cuenta el número de citas recibidas; el prestigio de la editorial; los editores; la colección en la que se publica la obra; las reseñas en las revistas científicas especializadas, y las traducciones de la propia obra a otras lenguas”.

Para obtener una evaluación positiva “al menos una de las aportaciones debe ser un libro de difusión o referencia internacional que cumpla los criterios señalados anteriormente; o bien al menos dos de las aportaciones deben ser artículos publicados en revistas que cumplan los criterios del apartado 3.a) [las JCR]; o bien al menos tres de las aportaciones deben ser artículos publicados en revistas que cumplan los criterios del apartado 3.b)” [las revistas de menor categoría que las JCR].
           
A la luz de estas condiciones, la apuesta menos arriesgada para la consecución de un sexenio es la de la publicación de artículos. En el caso de estos, se sabe de antemano cuáles son las revistas JCR o las que ocupan “posiciones relevantes” en las que publicar. Sin embargo, no está del todo claro cuáles sean las editoriales de prestigio que puntuarían para un sexenio.
           
La normativa establece para libros –y capítulos de libros- los criterios citados más arriba. Veámoslos uno a uno. El primero es el número de citas recibidas. Aquí ganan de calle las revistas, ya que casi todas desean para sí la máxima visibilidad lo que implica su acceso gratuito en Internet –hablo de las españolas- y, en consecuencia, sus artículos son mucho más susceptibles de ser citados que un libro (cuya lectura, generalmente, implica comprarlo o pedirlo en préstamo en una biblioteca).
           
El segundo criterio es el prestigio de la editorial. Una editorial puede ser una simple oficina que de vez en cuando publica un libro, así que no queda más remedio que separar el grano de la paja. No está muy claro cuáles sean las editoriales de prestigio. Como orientación, puede servir el listado elaborado por el CSIC, si no me equivoco, a partir de encuestas a los profesores universitarios que hayan tenido a bien responderlas. A diferencia de lo que ocurre con las revistas de renombre, la mayor parte de las editoriales no cuentan con un sistema de evaluación ciega por pares (dos investigadores, sin contacto entre sí, que evalúan un texto cuyo autor desconocen). Esto significa que pudiera ocurrir que un libro se publicara más por razones empresariales que por motivos científicos. También sucede que una editorial de nueva creación tardará años en subir puestos en el listado del CSIC y eso si es que no desaparece. Esto igualmente sucede con las revistas –tardan años en ocupar posiciones de prestigio- pero tienen más capacidad para perdurar, ya que detrás de ellas puede estar alguna facultad o alguna organización científica.
          
El tercer elemento se refiere a la participación en libros y no a libros en sí y hace referencia a sus editores –a no confundir con la editorial-, es decir, los investigadores que se encargan de la coordinación de una obra colectiva, de manera que el prestigio de aquellos avalaría la calidad de los textos que recopila el libro. En el caso de los libros recopilatorios se estaría en una situación muy próxima a la de las revistas científicas: un artículo por investigador –o grupo de investigadores- y una evaluación –que no es ciega- por pares.
          
El cuarto criterio –la colección de una editorial en la que se publica la obra- es muy parecido al segundo, con el añadido de que hay que diferenciar las distintas calidades científicas de los colecciones de una misma editorial. Aquí, que yo sepa, no disponemos de un sublistado por parte del CSIC.
          
El quinto –las reseñas en revistas científicas- es quizás el más complicado. Las reseñas no tienen ningún valor a la hora de alegar méritos científicos por parte de quienes las hacen. Esto es lo que decía Julio Carabaña, quien hasta hace poco dirigía la Revista Española de Sociología:

Me habría gustado mejorar la sección de reseñas, y ampliarla a los informes y encuestas que tanta resonancia adquieren en la opinión pública. Pero siempre ha sido difícil encontrar autores de reseñas, y mucho más ahora que se las ha dejado fuera de la lista de méritos oficiales.

El sexto elemento, la traducción del libro a otros idiomas (¿del gallego al castellano?, por ejemplo) es un criterio –loable, sin duda- que muy pocos libros pueden cumplir y menos aún en el plazo de los seis años de un tramo de investigación –salvo que el libro en cuestión se publique justo cuando su autor empieza a contabilizar un nuevo sexenio-.

Añado un apunte fundamental. Un libro es una sola publicación y el sexenio exige cinco en total. Con la normativa en la mano las cuatro publicaciones que acompañaran al libro podrían serlo en revistas de tercera categoría (las que no son ni JCR ni ocupan “posiciones relevantes”). Pienso en mi caso: de los libros que he publicado, el de menor tamaño tiene 127 páginas (cinco capítulos y una introducción). Si, en lugar de publicar el libro, hubiera convertido sus capítulos en artículos de revista estaría más cerca del sexenio que con la mera publicación de aquel. Es verdad que, en ocasiones, un libro puede incorporar artículos publicados –habitualmente reelaborados- anteriormente. Quiero con esto decir que pudiera suceder que el esfuerzo exigido para escribir un libro no sea muy superior al de elaborar un artículo.

            En definitiva, me parece muy complicada la evaluación de los libros y habría que repensar el modo de hacerlo de manera que no se desincentive su publicación. Lo que me temo es que, con este marco normativo, muy poca gente se arriesgue a publicar monografías, y esto sería una terrible pérdida. Quizás habría que flexibilizar el marco temporal de manera que, en el caso de los libros, se concediera un plazo de hasta siete u ocho años posteriores a su publicación para ser incluido en un sexenio. Si hiciéramos una analogía con el mundo de la música, nuestro sistema parecería estar optando por la publicación de singles en detrimento del álbum. Si la música hubiera funcionado así, no existirían discos como Abbey Road o The Dark Side of the Moon (aunque posiblemente esto es lo que esté ocurriendo hoy en día en la industria musical).


            Y concluyo con una información adicional. Todo esto de la evaluación de investigaciones –y de currículos para ascender en la carrera profesional- ha dado lugar a toda una industria de la evaluación y de las reclamaciones a la evaluación. Basta con navegar por Internet para encontrarse con numerosas páginas especializadas en la materia y con empresas saturadas que ya no admiten más solicitudes.

martes, 10 de febrero de 2015

El sentido de la educación

Este link lleva a un texto sobre la educación del futuro que me pidieron mis amigos de la Fundación Hogar del Empleado y que debe mucho a sus sensatas aportaciones.

martes, 3 de febrero de 2015

La cuadratura del círculo: FP de calidad con alumnado de baja calidad

La cuadratura del círculo: FP de calidad con alumnado de baja calidad.
Una fantasía más del ministro Wert.

                El actual ministro de Educación está convencido de que el modelo de Formación Profesional propuesto desde la LOMCE va a ser la clave de la mejora de nuestro sistema educativo. Los objetivos principales de este modelo serían dos: elevar nuestros resultados en informes internacionales como el PISA (lo que con esta ley no sucederá) y reducir la tasa de abandono escolar temprano (lo que probablemente ocurra).

                Tal y como está configurada la LOMCE, tanto la Formación Profesional Básica –una de las novedades de esta ley- como la de nivel intermedio (los Ciclos de Formación Profesional de Grado Medio –CFGM-) van a escolarizar al alumnado con menor rendimiento académico. Veamos primero qué ocurre con la Formación Profesional Básica. Estas son, de acuerdo con el artículo 41, las condiciones –simultáneas- para el acceso a este nivel:
a) Tener cumplidos quince años, o cumplirlos durante el año natural en curso, y no superar los diecisiete años de edad en el momento del acceso o durante el año natural en curso.
b) Haber cursado el primer ciclo de Educación Secundaria Obligatoria o, excepcionalmente, haber cursado el segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria.
c) Haber propuesto el equipo docente a los padres, madres o tutores legales la incorporación del alumno o alumna a un ciclo de Formación Profesional Básica, de conformidad con lo indicado en el artículo 30.

A su vez, el artículo 30, en una redacción un tanto circular, viene a decir lo mismo que la condición “c”:

El equipo docente podrá proponer a los padres, madres o tutores legales, en su caso a través del consejo orientador, la incorporación del alumno o alumna a un ciclo de Formación Profesional Básica cuando el grado de adquisición de las competencias así lo aconseje, siempre que cumpla los requisitos establecidos en el artículo 41.1 de esta Ley Orgánica.

La ley no especifica los requisitos académicos que habría de cumplir quien fuere enviado a la Formación Profesional Básica. Perfectamente podría tratarse de un alumno que no ha repetido ningún curso, a cuyos padres el equipo docente o el consejo orientador le podrían proponer que su hijo, el cual cumple quince años el año natural en que termina tercero de ESO, se fuese a la Formación Profesional Básica. Nada se sabe de si se trataría de un alumno con dificultades de aprendizaje o de alguien que tuviera especial talento –eso sí, de nivel básico- para la peluquería o la mecánica de coches.  En todo caso, es de suponer que de mediar el mensaje de que el alumno no va a aprobar cuarto, posiblemente terminará por cursar la Formación Profesional Básica. No obstante, si los padres no quedaran convencidos por lo que pudieran decirles el equipo docente o el consejo orientador podrían optar por la temeraria posibilidad de empecinarse en que su hijo fuera a cuarto de la ESO y, si el resultado fuera negativo, siempre les quedaría la triste alternativa de acogerse al consejo del centro escolar y terminar en la Formación Profesional Básica.

                Lo más probable es que a esta nueva Formación Profesional afluya el alumnado que haya repetido al menos un curso el cual, a su vez, muy posiblemente proceda de los programas de mejora del aprendizaje y del rendimiento, a los que se llega a propuesta del equipo directivo. Estos programas están concebidos para “aquellos alumnos y alumnas que hayan repetido al menos un curso en cualquier etapa, y que una vez cursado primero de Educación Secundaria Obligatoria no estén en condiciones de promocionar al segundo curso, o que una vez cursado este no estén en condiciones de promocionar al tercero. El programa se desarrollará a lo largo de los cursos segundo y tercero en el primer supuesto, o sólo en tercer curso en el segundo supuesto” (artículo 27.2).

                Por tanto, desde segundo de la ESO, y para quienes cumplan catorce años en el año natural, se crea un itinerario con el estudiantado menos académico. Todo apunta a que, cuando lleguen a tercero, la mayoría será enviada a la Formación Profesional Básica (es lo que tiene la profecía que se cumple a sí misma con la creación de itinerarios).

                La tercera cantera para esta nueva Formación Profesional Básica sería la constituida por buena parte de quienes no obtengan el Certificado de la ESO, bien porque no aprueban su cuarto curso o porque, aun habiéndolo aprobado –incluso con hasta dos asignaturas suspensas-, no tienen éxito en la prueba externa imprescindible para titular en la ESO. Es verdad que este alumnado tiene la posibilidad de presentarse a ulteriores convocatorias (dos por año) con lo que, inevitablemente, perderían un año. Esto es lo que se prevé (artículo 31.5) para quienes queden en esta situación: 

Las Administraciones educativas podrán establecer medidas de atención personalizada dirigidas a aquellos alumnos y alumnas que habiéndose presentado a la evaluación final de Educación Secundaria Obligatoria no la hayan superado.

                Lo sensato para cualquier estudiante sería presentarse, cosa que permite la ley, a los dos tipos de evaluación final de la ESO: la de enseñanzas aplicadas (para acceder a los CFGM) y la de enseñanzas académicas (para pasar al Bachillerato). Es de suponer que aprobar el primer tipo de evaluación sea más fácil que el segundo. Si a un estudiante le fuera mal en el Bachillerato, siempre tendría la opción de continuar por la vía de la enseñanza profesional de grado medio. 

                Con estos mimbres, resulta imprudente creer que los resultados obtenidos en PISA –los cuales evalúan a alumnos de entre quince años y tres meses, y dieciséis años y dos meses, con independencia del curso en el que estén[1]- vayan a mejorar. Es de esperar que los resultados de quienes con esta edad están en el curso correspondiente sean los mismos que los obtenidos hasta ahora –no hay nada que induzca a pensar que mejorarán-. Sin embargo, los de los que han ido a parar a los programas de mejora del aprendizaje y del rendimiento serían iguales o peores de los que actualmente obtienen quienes, teniendo quince años, están en un curso inferior al que corresponde a su edad. Estos programas van a ser un claro itinerario estigmatizador del que, ateniéndonos a lo que la evidencia científica aporta sobre la agrupación por niveles, no cabe esperar la tal mejora del rendimiento que da título a estos programas.

                Por otro lado, se anticipa al tercer curso la posibilidad de elegir dos tipos de matemáticas: las orientadas hacia las enseñanzas académicas y las que lo están hacia las enseñanzas aplicadas.[2] Se trata de un mero eufemismo que oculta una enseñanza de matemáticas de muy distinta calidad (simplificando, para “torpes” y para “listos”). Dado que una de las competencias que evalúa PISA es la matemática, parece difícil esperar aquí mejora alguna.

                Con esta ley, sin embargo, es altamente probable que disminuya nuestra tasa de abandono escolar temprano (el porcentaje de personas de 18 a 24 años que no ha completado la educación secundaria superior: Bachillerato o CFGM). Pese a que a la legislación que teníamos hasta ahora (básicamente la LOGSE) pretendía la inclusividad educativa, en la práctica ha sido lo contrario. Si un alumno deseaba seguir progresando en nuestro sistema educativo tenía que aprobar la ESO (tanto si quería estudiar los CFGM como el Bachillerato). Posiblemente quienes diseñaron la LOGSE albergaban la idea de que la práctica totalidad del alumnado obtendría el título de la ESO –en los países de nuestro entorno lo habitual es el éxito generalizado en la secundaria inferior-. Sin embargo, la realidad dista de haber sido así (tenemos una tasa bruta de no obtención del título de la ESO superior al 25% y más del 40% del alumnado de 15 años ha repetido al menos un curso).  

                Con la LOMCE será posible acceder a los CFGM sin haber obtenido el título de la ESO. Basta para ello con cursar la Formación Profesional Básica (aunque hay otras vías que no exigen la ESO para alumnos de edad superior a los diecisiete años). Justamente esto es lo que quiso evitar la LOGSE. La experiencia anterior (la de la Ley General de Educación de 1970) había mostrado la degradación de la Formación Profesional –la de primer grado- al convertirla en una vía para quienes no obtenían el graduado de EGB (Educación General Básica). Con la LOMCE damos un paso hacia atrás: se tira la toalla en la lucha por el éxito escolar para todos, llevando a quienes tienen menor rendimiento a la Formación Profesional Básica y de ahí –es de esperar- a los CFGM (que es un nivel de educación secundaria superior).

                Por otro lado, los CFGM se nutrirán de quienes ya desde cuarto hayan cursado la opción de enseñanzas aplicadas –los cuales, a su vez, muy probablemente habrán elegido en tercero las matemáticas menos exigentes- y aprueben la evaluación externa por la rama aplicada. A este colectivo muy probablemente se añadan quienes habiendo cursado las enseñanzas académicas suspendan en la evaluación externa de enseñanzas académicas pero aprueben la de aplicadas (los estudiantes, como vimos más arriba, se pueden presentar a las dos pruebas).

                Queda una última gran cantera, y son los estudiantes que hayan aprobado todas las materias de Bachillerato y que no consiguen el título por no haber aprobado la prueba externa correspondiente a este nivel (también podrían acceder a los CFGM quienes cuenten con el título de bachiller, aunque lo esperable es que cursen los Ciclos Formativos de Grado Superior –CFGS-).
               
En definitiva, y burla burlando, la LOMCE configura unos CFGM a los que acudirán los mismos peores  estudiantes –en términos relativos- que hasta ahora, a los que se añadirán buena parte de los que, con la anterior legislación, hubieran abandonado el sistema educativo tempranamente. Y, por desgracia, se consagra algo que ya intentó el PSOE en los últimos meses del zapaterismo: la conversión de cuarto de la ESO en un curso propedéutico (orientado hacia lo profesional o lo académico) en lugar de uno terminal (que es lo que planteaba la LOGSE): es el PPSOE de la educación (aunque, y ya es difícil, el PP lo hace peor).




[1] Un alumno que no haya repetido ningún curso empieza cuarto de la ESO el año en el que cumple quince años y lo termina el año en el que cumple dieciséis.
[2] En Cataluña no habrá tal distinción. A modo de mera curiosidad, aquí se puede leer un estúpido artículo contra las Matemáticas en un diario de referencia como es El Mundo. Si hiciéramos caso de lo que en él se dice, toda esta disquisición sobre tipos de matemáticas estaría fuera de lugar. 

¡Universidad! ¿Para qué?

¡Universidad! ¿Para qué?

            El viernes 30 de enero escuché en la SER una entrevista –en un programa en el que participa Juan José Millás- a dos jóvenes, un chico y una chica, de diecinueve años de edad que estaban participando en un congreso de jóvenes talentos. Lo poco que he oído no ha hecho más que corroborar mi percepción de que nuestra escuela y nuestra universidad son de poca utilidad para nuestros jóvenes más inquietos.
El chico entrevistado es un joven que ya desde los catorce años ha tenido éxito inventando programas informáticos. Ahora está trabajando, agárrese el lector, en una aplicación informática que sería para los notarios algo así como lo que es Uber para los taxistas. Por fin, nos podríamos librar de las, con frecuencia abusivas, tasas con que aquellos se enriquecen a costa de los ciudadanos. En fin, esto es, aunque importante, otra cuestión. Lo que me interesa aquí es señalar que este joven dejó la escuela, harto de esta institución, a los diecisiete años tras concluir, a trancas y barrancas, el bachillerato. Su impresión es que ha vivido una escuela en la que lo único que cuenta es la simple memorización, lo que no sirve de gran cosa. Es más, mata la creatividad.
            Su compañera de congreso sigue en la escuela: estudia Relaciones Internacionales en alguna universidad –privada, me temo, pero no estoy seguro-. A pesar de que considera que la universidad no sirve de mucho, dijo que en su centro se estudia siguiendo el método anglosajón (sic). Tal método consistiría en leer sin fin y en escribir ensayos. A mí todo esto me produce una enorme envidia. En mis clases (en la facultad de Sociología de la UCM) pretendo ser “anglosajón”, pero con muy escaso éxito. A mis estudiantes les propongo leer incansablemente (pero, salvo alguna excepción, me sorprende lo poco que están al tanto de la realidad social, política, cultural, etc., es decir, no leen la prensa: es como si vivieran en otro mundo) y escribir un ensayo sobre algún tema del programa (en torno al cual podemos discutir) que posteriormente han de exponer  y debatir en público en clase (conmigo y con sus compañeros). Mi experiencia no puede ser más frustrante. Pese a que insisto en que sus ensayos deben ser fruto del desarrollo de su propio punto de vista sobre el tema elegido (y que incluso pueden aportar datos que ellos mismo hayan elaborado: a partir de, por ejemplo, alguna entrevista en profundidad o de datos de instituciones como la OCDE o el CIS), al final me encuentro con que lo que mayoritariamente hacen es contar el punto de vista que el saber oficial (los expertos o “popes” de turno) ha dicho al respecto.
            Lo decía en una entrada anterior de este blog: el estudiante es una construcción social. El alumno que nos llega a la universidad es alguien que ha sido “programado” para no tener criterios propios, que considera que su opinión es irrelevante y, esto es lo fundamental, que le van a juzgar por su capacidad para reproducir el conocimiento oficial.

            En breve, habrá elecciones para Rector en la UCM. ¿Será esto objeto de preocupación para alguno de los candidatos? ¿O lo importante va a ser algo así como recuperar el (supuesto) orgullo perdido de la Complutense? Si no nos espabilamos, la universidad terminará por ser una institución irrelevante. En otros países, como el Reino Unido, su universidad ofrece grados de “big data y analytics”, “gestión de fútbol” o “Matemáticas y música”.

martes, 27 de enero de 2015

Una universidad ajena al "sistema de precios"

Una universidad ajena al “sistema de precios”

         En un reciente artículo, Luis Garicano señalaba una observación muy interesante sobre nuestra universidad: es una institución que carece de un sistema de precios –ya sé que el término no gustará a quienes puedan ver en él un intento de privatización de la enseñanza superior-. Con esta expresión, Garicano se refiere a un mecanismo que permite captar de modo fidedigno las preferencias del consumidor. De esta manera, un sistema de precios (frente a la regulación estatal de la distribución de mercancías que, de acuerdo con este economista, propondrían Syriza y Podemos) tiene como mínimo dos grandes virtudes difícilmente discutibles. La primera es que proporciona a los individuos incentivos para actuar en pro del bien común partiendo de la satisfacción de los intereses personales. Es la famosa idea de Adam Smith de que “el panadero se levanta a las cinco porque quiere tener el pan listo por la mañana, cuando lleguen los compradores” (todos los entrecomillados son citas literales de Garicano). La segunda se refiere a que el estado jamás podrá tener el mismo nivel de información sobre las preferencias de los consumidores del que gozan los propios consumidores y los distribuidores locales de mercancías. El ejemplo que aduce Garicano es que si se duplicara el precio del café, cada consumidor determinaría si le merece la pena consumir té –si es que este fuera más barato- o gastar más dinero en café. Del mismo modo, el tendero o el transportista locales sabrían cuánto café debería haber, respectivamente, en su mostrador o en su remolque.
         Todo este excurso es para presentar la idea de que, de acuerdo con Garicano, la universidad española, al ser ajena al sistema de precios, es víctima de dos serios problemas. El primero, más bien falso, es que “todos los profesores, los que trabajan mucho y los que no hacen nada, ganan prácticamente lo mismo”. El segundo, que me parece mucho más acertado, es que no existen “mecanismos que transmitan las preferencias, o el conocimiento local de los alumnos al sistema. Si una carrera no tiene demanda porque los estudiantes no la ven útil o interesante, en el mercado los precios caerían, y los profesores se reciclarían hacia otras áreas con mayor demanda”. 
         Vayamos por partes. La primera afirmación (todos los profesores, con independencia de su desempeño, ganan lo mismo) muestra un preocupante desconocimiento de la realidad de la universidad española, quizás achacable al hecho de que Garicano es un professor de la Universidad de Londres –y me enorgullece que un compatriota ocupe este puesto-. Cerca de la mitad del profesorado universitario tiene contratos precarios y/o inestables y, aun teniendo la misma o muy similar dedicación docente que un titular o un catedrático, puede cobrar dos, tres, cuatro,… veces menos. Por otro lado, sería poco acertado decir o sugerir que los “precarios” tienen peor desempeño. Pero incluso en el caso de que la afirmación de Garicano se restringiera al “privilegiado” grupo de titulares y catedráticos, tampoco se sustentaría. Un profesor que publique regularmente artículos en revistas con prestigio científico o libros –o capítulos de libros- en editoriales relevantes cuenta con un incentivo económico cada seis años –seguramente no es gran cosa, pero con el paso del tiempo y ya cerca de la jubilación, pueden ser más de 600 euros netos mensuales-. Por otro lado, el titular que no publica tiene muy difícil –aunque, por desgracia, no sería imposible- convertirse en catedrático –y ser agraciado con un subida salarial del 15% y que quizás tampoco sea mucho-.
         La segunda aseveración, si bien no es del todo cierta (ya que en el documento de solicitud de ingreso en la universidad los estudiantes hacen constar sus preferencias por una u otra titulación), introduce una cuestión muy preocupante: ¿qué hacer con los estudiantes que cursan una carrera que era una de sus últimas elecciones y a la que llegan simplemente porque esta tiene una oferta de plazas mayor que la demanda de estas?
Hoy en día, tenemos titulaciones con muy escasa demanda estudiantil en primera instancia (en la convocatoria de junio) tras la Prueba de Acceso a la Universidad –PAU- que, sin embargo, pueden ver completada su oferta de plazas tras la PAU de septiembre con estudiantes cuya nota de acceso no da mucho de sí. Es el caso de parte de las titulaciones de humanidades y de ciencias sociales. Esto plantea, como mínimo,  dos problemas: el primero, muy claro, es de la escasa deseabilidad para estos estudiantes de tal grado y el segundo, no menor, es que se trata de los estudiantes con peores expedientes en bachillerato y con las notas más bajas en la PAU. Por otro lado, el profesorado de estos cursos tiene todas las papeletas para llevar a cabo la profecía que se cumple a sí misma: el efecto Pigmalión de pensar que mis estudiantes no son buenos y terminan por no serlo.
         Frente a esta situación, hay varias soluciones. Una, aparentemente simple –y excluyente-, sería ofrecer menos plazas, lo que automáticamente haría subir la nota de corte: llegarían al grado mejores estudiantes que ahora. Pero esto tiene un elevado coste: un menor número de estudiantes significa también un menor número de profesores. ¿Qué candidato (-a) a decano ganaría unas elecciones con una propuesta que implique reducir puestos de trabajo docentes?
         Otra solución, esta inclusiva, sería la del “sistema de precios” y consistiría en tratar de averiguar cómo podrían aprovechar su tiempo aquellos estudiantes condenados a cursar una carrera que a priori no es de su agrado. Algunos de ellos, en una estrategia que les llevará a tener que matricularse en más asignaturas de lo habitual, lo que hacen es cursar primero del grado no deseado para desde ahí cambiarse al siguiente año a una titulación afín conforme a sus preferencias. Muchos de ellos terminan por abandonar y otros muchos simplemente pasan de curso a curso sin aprender gran cosa (al fin y al cabo son carreras fáciles).
         A partir de aquí sería muy sensata la propuesta de Garicano: que el profesorado se reciclara “hacia otras áreas con mayor demanda”. Creo que podría haber dos alternativas. Una consistiría en que el profesorado de estas titulaciones impartiera docencia de su disciplina en otros grados –lo que habitualmente implicaría desplazarse a otros centros de la universidad- que demandan profesores de esta especialidad. La otra consistiría en un reciclaje no demasiado traumático y que es crear otras titulaciones. Una vía consistiría en generar dobles grados –de la titulación con baja demanda con otro grado más o menos afín como, por ejemplo, un hipotético doble grado de Sociología y Relaciones Internacionales o de Sociología y Estadística-. El problema que veo es que, muy posiblemente, reduzca el número de estudiantes brillantes del grado poco demandado, los cuales podrían sentirse atraídos por titulaciones más prestigiosas como serían aquellas. La segunda posibilidad consistiría en crear nuevas titulaciones –aunque en esto hay que ser moderado dada la proliferación de títulos en nuestras universidades- próximas a la menos demandada en el entendido de que podrían resultar más atractivas tanto en términos laborales como sustantivamente.
         Sin embargo, hay otra alternativa (y que es la que me gusta más): elevar el nivel de los estudiantes desde el primer curso. Al fin y al cabo, el estudiante es una creación social. Mi propuesta sería contar con profesorado voluntario en el primer curso dispuesto a hacer ver al estudiantado lo atractivo que puede ser cursar un grado como el que le ha correspondido. Se trataría de promover un estudiantado que aprenda sobre los contenidos de ese grado desarrollando destrezas cada vez más valoradas por el mercado de trabajo y la sociedad en su conjunto: informarse con la lectura de prensa periódica, artículos y libros –y en diferentes idiomas-; ser capaz de exponer y desarrollar de un modo inteligible un argumento en público y defenderlo; desarrollar ideas propias por escrito; trabajar en equipo (en red y presencialmente), etc. En definitiva, se trataría de que cualquier titulación asegure al estudiante la adquisición de una serie de destrezas imprescindibles para desempeñarse como profesional y como ciudadano. Se me dirá que estas destrezas se deben adquirir en todos los grados (se la Medicina o las Ingenierías). Sin embargo, casi todos los grados de humanidades y ciencias sociales se prestan, en mayor medida que el resto, a la contrastación de puntos de vista, lo que aconsejaría poner especial énfasis en este tipo de habilidades más genéricas y, sobre todo, polivalentes.
         No sabemos qué empleos existirán o dejarán de existir en los próximos años. En un mundo en permanente cambio, el mejor legado que una facultad puede dejar a sus estudiantes es la capacidad para desarrollar una perspectiva en torno a no importa qué problema y, sobre todo, ser conscientes de que los aprendizajes no concluyen al finalizar el grado o el máster: hay que aprender a lo largo de toda la vida. Si desde las facultades –y la escuela, en general- no somos capaces de transmitir nuestro entusiasmo por la aventura que supone nuestra área de conocimiento no conseguiremos generar en los estudiantes el deseo de aprender y perfeccionarse sin fin y, si se me apura, de crear una generación capaz de construir un mundo mejor.  

         Concluyo con una matización. Sé de la pasión, casi enfermiza, de Garicano y sus colegas de Fedea por la modelización matemática y por los números en general. Me sorprende que, sin aportar ningún dato empírico, considere a Podemos un partido de extrema izquierda (por lo menos no lo llama comunista o bolivariano). Podemos, hasta donde conozco, se presenta a sí misma como una organización ajena al eje derecha-izquierda. Lo que sí sabemos –basta con ver los sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas- es que ni su electorado potencial es de extrema izquierda –de hecho, es muy similar al del PSOE- ni este ve a Podemos como una formación extremista (sus simpatizantes le otorgan un 2.46 en la escala ideológica izquierda-derecha). Otra cosa es cómo lo vea el votante Luis Garicano. 

"Aprendiendo a trabajar"de Paul Willis. Un tercio de siglo después

http://es.slideshare.net/slide9999/aprendiendo-a-trabajar-un-tercio-de-siglo-despus-43940414

miércoles, 7 de enero de 2015

Pruebas externas de tercero de primaria

Gato por liebre.
La evaluación externa de tercero de primaria ya está aquí.

            El Ministerio de Educación, a través de la web del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE), acaba de dar a conocer el tipo de pruebas externas que se aplicará al alumnado de tercero de primaria. Antes de nada, es de agradecer el hecho de que el INEE someta al escrutinio público -de la comunidad educativa y de la sociedad civil en general- la evaluación que pretende realizar este mismo curso.

Tal y como indica el artículo 20.2 de la LOMCE, el resultado obtenido en esta prueba podría tomarse en consideración a la hora de repetir curso. En consecuencia, se trata de un examen que puede acarrear serias consecuencias para el alumnado. Es de temer, como ya ocurre con otras pruebas de este tipo en diferentes países, que buena parte de la actividad docente en este curso se centre en sacar adelante este examen. Los resultados serán públicos y, en consecuencia, darán lugar a una jerarquización de los centros.

El gran problema con que cuenta este tipo de examen es que, por mucho que insista en ello el INEE, no es una evaluación de competencias. Lo es, en todo caso, de contenidos curriculares. De hecho, la propia web del INEE se delata a sí misma: los modelos de referencia de la prueba son el TIMSS y el PIRLS y no el PISA. La prueba PISA se aplica a estudiantes de quince años de edad, mientras que la del TIMSS y la del PIRLS evalúan a alumnos de cuarto grado –el equivalente a nuestro cuarto de primaria-. El TIMSS también se hace al alumnado de octavo grado. La diferencia es esencial. TIMSS y PIRLS evalúan lo que el alumnado ha aprendido en los currículos de sus respectivos países. Sin embargo, PISA analiza –o, al menos, eso pretende- el modo en que los estudiantes aplican a situaciones nuevas los conocimientos y destrezas que han aprendido en la escuela (el lector interesado puede consultar la página 9 del informe que Margaret Wu publicó para la propia OCDE). Son pruebas tan sumamente distintas que, en ocasiones, los resultados del TIMSS para octavo grado y del PISA pueden ser totalmente divergentes. Esto es lo que explicaba Tom Loveless al referir la enorme diferencia entre los países a los que llama “constructivistas”, como sería el caso de Nueva Zelanda, con relación a aquellos que favorecen un currículum para Matemáticas más tradicional, como Corea. En PISA, Corea aventaja a Nueva Zelanda en tan solo 27 puntos (546 frente a 519), mientras que en el TIMSS, la distancia se agranda hasta 125 (613 frente a 488).

Basta, en todo caso, con ojear las pruebas para darse cuenta de que se trata de preguntas que no incentivan el pensamiento propio, la iniciativa personal, la creatividad, ni nada por el estilo. Todo es conocimiento memorístico o el mero reflejo de que se sabe repetir lo que dice un texto. En el caso de la competencia lingüística se trata de  ser capaz de reflejar lo que el texto –leído o escuchado- dice. El grueso de las preguntas consiste en indicar cuál de las respuestas es la acertada. He aquí algunos botones de muestra.

¿Qué tipo de texto has escuchado?
A. Un cuento
B. Una poesía
C. Una descripción
D. Una historia real

¿Cómo se alimentaban los niños antes de aparecer las brujas?
A. Comían comida basura
B. Solo comían fruta y verduras
C. Hacían comidas sanas y variadas
D. Tomaban muchas golosinas y refrescos

Según el texto, ¿cómo se cura la enfermedad de las brujas?
A. Poniéndose una vacuna
B. Tomando jarabe y pastillas
C. Comiendo golosinas y bebiendo refrescos
D. Tomando comida saludable y haciendo ejercicio

¿Qué frase resume el texto que has leído? Silvia...
A. tiene un accidente por culpa de una caca de perro
B. juega con los perros que se encuentra por el parque
C. hace una carrera por el parque para estrenar su bicicleta
D. se enfada por el mal comportamiento de algunas personas

            Hay algunas preguntas abiertas. En este ejemplo hay que contestar en no más de dos renglones:

Después de su paseo, ¿por qué Silvia piensa que muchas personas necesitarían volver al colegio?

            En matemáticas, la cosa no es muy distinta. Véase esta pregunta:

Los niños observan como creció el número de visitantes [a un parque de atracciones] en los últimos días:
Lunes Martes Miércoles Jueves
La mitad de las personas que visitaron el parque los dos últimos días eran niños.
Para calcular el número de niños que fueron esos días, ¿qué operaciones
debemos realizar?
Señala la respuesta correcta:
A. Dividir 560 entre 2. Dividir 590 entre 2. Sumar los dos resultados.
B. Dividir 500 entre 2. Dividir 530 entre 2. Sumar los dos resultados.
C. Multiplicar 560 por 2. Multiplicar 590 por 2. Sumar los dos resultados.
D. Multiplicar 500 por 2. Multiplicar 530 por 2. Sumar los dos resultados.

            Hay países en los que la evaluación del alumnado de primaria se basa en cuestiones abiertas con las que se puede detectar su capacidad de razonamiento. Esto es lo que explican Darling-Hammond y McCloskey al referirse a cómo se evalúa en Suecia a los alumnos de quinto grado. Este es un ejemplo:

Carl va en bicicleta desde la escuela a su casa. Tarda en llegar un cuarto de hora. Por la tarde, volverá al colegio porque hay una fiesta, la cual empieza a las seis en punto. Antes de que empiece la fiesta, Carl tiene que merendar. Cuando llega a casa, su abuela –quien vive en el vecindario- llama. Quiere que le lleve el correo antes de que se vaya a la fiesta. También quiere que saque a su perro de paseo y charlar después con su nieto. ¿Para qué cosas tiene tiempo Carl antes de ir a la fiesta? Escribe y describe el modo en que lo has razonado.

            Las pruebas de tercero se limitan, y sin que haya ninguna explicación al respecto, a tan solo dos –y, para colmo, una de ellas parcialmente- de las siete competencias recogidas en el Real Decreto 126/2014, de 28 de febrero (el cual  establece el currículo básico de la Educación Primaria). Estas son las siete competencias (y, como se puede ver, la segunda no es solo matemática):

1.º Comunicación lingüística.
2.º Competencia matemática y competencias básicas en ciencia y tecnología.
3.º Competencia digital.
4.º Aprender a aprender.
5.º Competencias sociales y cívicas.
6.º Sentido de iniciativa y espíritu emprendedor.
7.º Conciencia y expresiones culturales.

            Pero, en realidad, lo que tenemos no es evaluación de competencias, sino de áreas curriculares. Y, de nuevo, surge la misma pregunta:             ¿por qué centrarse en dos materias de las hasta diez que podría cursar el alumnado de tercero? Se están excluyendo, nada más y nada menos, áreas como las siguientes: Ciencias de la Naturaleza, Ciencias Sociales, Primera Lengua Extranjera, Educación Física.


            En definitiva, no hay evaluación de competencias, sino de conocimientos. De las siete competencias, tan solo se abordan dos (y una de ellas parcialmente). Para no desmentir lo que la investigación sobre las pruebas externas no se cansa de decir, la evaluación se centra en solo una parte del currículo (se reduce a tan solo dos de las diez áreas que pueden componer el currículo de primaria). Y, finalmente, las pruebas se hacen a una edad que parece temprana o, en todo caso, un curso antes de las del TIMSS o del PIRLS.