lunes, 9 de marzo de 2020

La beautiful people[1] de la escuela pública


La beautiful people[1] de la escuela pública

            En el espacio de poco más de una semana he participado en un par de actos que me dan que pensar acerca de cuáles puedan ser las limitaciones y contradicciones de las escuelas públicas democráticas (en Madrid, colegios como La Navata o el Trabenco). El primer acto fue una conferencia a cargo de Xavier Bonal en el seminario que tan diligentemente organiza Julio Carabaña en la Facultad de Educación de la Complutense. En su charla –referida a la ciudad de Barcelona-, Bonal hablaba del deseo de una parte de la clase media alta de los barrios más acomodados de la Ciudad Condal por escolarizar a sus hijos en la escuela pública, pero no en cualquier escuela pública, ni siquiera en los centros públicos de barrios adyacentes de menor nivel socioeducativo. Se trataría de una estrategia consistente en colonizar un centro público de manera que este oferte una educación en relativa libertad, dialogante, democrática, innovadora… al gusto de este grupo social. En esos mismos días, el blog Politikon publicaba una entrada a cargo de Gortazar y Zubillaga en la que se decía lo siguiente:

La etiqueta de “colegio innovador” está canalizando la demanda de una mayor calidad educativa, especialmente en familias de clase media-alta, sin que haya información pública de calidad que permita saber hasta qué punto esa escuela está realmente logrando lo que se propone. Como resultado, por un lado, la segregación crece, no solo ya entre redes educativas, sino cada vez más entre centros públicos. Y por otro, alimenta un modelo de innovación individual -el vinculado a la marca personal de un centro- no conectado ni compartido, que fomenta la aparición de centros innovadores, pero con escasa aportación al movimiento de transformación colectivo, sistemático e inclusivo.[2]

            Pocos días después de la conferencia de Bonal, acudí a la llamada fiesta del proyecto del Colegio Público La Navata, la cual se celebró por la mañana en un día laborable. Allí asistí a instancia de la amable invitación de Consuelo Uceda (directora del centro en sus difíciles momentos iniciales y una mujer que es toda una referencia en el ámbito de la innovación educativa). Pese a ser las diez y media de la mañana, el patio del centro estaba lleno de padres y madres de alumnos. Supongo que esto puede ser indicativo de qué tipo de empleos pueden desempeñar estos progenitores. Durante el desarrollo de la fiesta me encontré con una colega de mi facultad de reconocida militancia izquierdista. En nuestra conversación salió a relucir que varios compañeros de mi facultad también llevan a sus hijos a tan singular colegio y que, incluso, hay personas que han cambiado de residencia –lo que ha llegado a suponer desplazarse desde alguna provincia lejana- para poder garantizar a sus hijos un puesto en tan codiciado centro. Esto, como ya comenté en este mismo blog con motivo de la actual residencia de la ministerial pareja Montero-Iglesias, no es otra cosa que una estrategia de clase media. Tal opción permite alardear de una cierta vitola progresista –“yo escolarizo a mi hijo en la pública”-. Sin embargo, esta escuela pública no es cualquier escuela pública (si se quiere comprobar qué es una escuela pública más convencional se puede ir, por ejemplo, a Orcasitas o a mi actual lugar de residencia: Pozuelo de Alarcón).

La Navata es un centro genuinamente innovador que, mucho me temo que muy a su pesar, se ha podido convertir en un colegio de un cierto sector izquierdista de clases medias acomodadas. Esto último –tanto la ideología como la componente de clase- me preocupa y mucho. La ideología es claramente perceptible, entre otros factores, en el reducidísimo número de alumnos matriculados en religión. La composición de clase se debe en buena medida al propio entorno de chalets en el que se sitúa el centro. Obviamente, unas reflexiones como estas deberían acompañarse de datos sobre el estatus socioeconómico de las familias que optan por este tipo de centros. Si alguien dispone de un mínimo de 290000€[3] se puede convertir en vecino de los líderes de Podemos –aunque su vivienda costó más del doble de esa cantidad- y compartir colegio con ellos.

Una de las preguntas que llevo haciéndome desde que hace ya más de una década empecé a analizar escuelas democráticas es la de que si son tan buenas por qué no contamos con muchos más centros de este tipo. Es muy posible que el hecho de que sean tan escasos haga que en ellos se concentren clases medias que desean otra escuela, lo que, finalmente, pudiera terminar por convertirlos en centros solo para determinado tipo de gentes. ¿Escolarizaría a sus hijos en estos centros alguien de derechas, por ejemplo? Recuerdo una conversación que mantuve con los dueños de la papelería que está a medio camino entre el Trabenco y el seguramente muy convencional centro público Góngora. En esta plática me explicaron el caso de dos hermanas. Una de ellas llevaba a su hijo a un centro y la otra al otro. Adivine el lector a qué colegio llevaba la hermana descrita –muy sumariamente- como pija y la retratada como hippy.

La innovación educativa democrática debe abarcar a todo el conjunto de la población. De no ser así, nunca llegará a ser una verdadera innovación. No puede ser que el número de centros innovadores –por lo menos, en Madrid- sea más o menos el mismo desde hace décadas.



[1] El término beautiful people se aplicó en España a una parte muy significativa de altos responsables del PSOE de la época de Felipe González.
[3] Este el precio más bajo de una vivienda en la zona de La Navata en la web de idealista (consultado el 7 de marzo de 2020).

viernes, 21 de febrero de 2020

Más sobre el nuevo libro. Entrevistas, reseña y (en vídeo y en papel) su presentación.

He aquí dos entrevistas radiofónicas con motivo de mi libro ¿Qué hace una escuela como tú en un siglo como este?
https://www.eitb.eus/es/radio/radio-euskadi/programas/vivirparaver/detalle/7040425/la-senda-escuela-democratica------------------

Y aquí una reseña:


El pasado 19 de febrero se realizó la presentación del libro. Como quiera que limitar un discurso a tan solo doce o trece minutos me parece un reto, escribi lo que aproximadamente sería mi presentación. Más o menos debemos pronunciar 170 palabras por minuto para que se nos entienda bien, y ese es el motivo por el que escribí el texto de la presentación -el cual, claro está, no leí- y comprobar si me atenia al tiempo establecido. 

            En primer lugar quiero expresar mi agradecimiento a la librería Blanquerna, a la editorial “La Catarata” y al público asistente. Y, en una ocasión como esta, muy especialmente a Alejandro Tiana. No solo tuvo la amabilidad de aceptar la invitación de la editorial de escribir el prólogo, sino que también ha tenido a bien acudir a este acto de presentación. Agradezco mucho el prólogo. La verdad es que cuando lo leí pensé: “Vaya, este libro quizás merezca la pena”. Y, sobre todo, agradezco, y así se lo hice saber a Alejandro, que manifieste sus puntos de discrepancia y sus matizaciones sobre el contenido del libro. Visto esto, está claro que no somos una secta pedagógica o barbaridades de esas que se dicen por ahí desde los grupos ultraconservadores y desde cierta extrema izquierda.

Una de las actividades de la promoción del libro ha consistido en someterme a varias sesiones de fotografía a cargo de diversas revistas. En una de ella, el fotógrafo –alguien que lleva varios años en el oficio- se sorprendió gratamente al ver que el autor del prólogo era Alejandro. E inmediatamente me dijo: si hay alguien que en España sabe sobre temas educativos, este es Tiana. Así que muchas gracias, Alejandro, por estar aquí. Y, como dijo Pérez Rubalcaba en una réplica en el Parlamento a un pertinaz diputado del PP, “yo sin ti no soy nada”, título de una famosa canción de Amaral. Como se ve, esto de los títulos de canciones da mucho juego: para los títulos de libros, para el debate político, etc.

            Mi experiencia en presentaciones de libros –de otros o míos- es prácticamente nula. Lo sensato es no extenderse demasiado, no pasarse jamás de los quince minutos. Digo esto porque en esta campaña de promoción del libro en la que estoy inmerso he sido entrevistado en varias ocasiones. En la radio la cosa está muy clara: el tiempo de utilización de un estudio está tasado y no te puedes pasar de los 15 o 25 minutos asignados. Pero en las algunas entrevitas (con Manuel Menor o Saray Marqués), hemos estado hablando más de una hora y podríamos haber seguido mucho tiempo más. Así que conviene moderarse.

Entiendo que, en estos actos, la intervención del público –sea del sector (este es el término que se utiliza) o no- es fundamental. Yo alentaría a que intervinieran quienes no son del sector.
           
Parece que este libro, casualidades de la vida, aparece en un momento oportuno: estamos a las puertas de una nueva ley educativa (otra más, dirá mucha gente). Debo decir que este es un libro escrito sin prisas y que el contrato con la editorial lo firmé hace más de un año, antes del vertiginoso ciclo electoral que hemos vivido y que se supiera qué gobierno podría salir de este proceso. Es decir, el libro podría ser oportuno, pero –eso espero- nunca oportunista.

            IMPORTANCIA DEL LIBRO FRENTE A LOS ARTÍCULOS
Agradezco muy sinceramente a la editorial “La Catarata” la publicación del libro. Lo cierto es que en la universidad parece haberse devaluado la publicación de libros. A efectos de reconocimiento de los tramos de investigación del profesorado universitario, tiene el mismo valor la publicación de un libro –y depende de en qué editorial se publique- que el de un artículo en una revista científica con evaluación por pares. Siendo la cosa así, parece más sensato dedicarse a publicar en revistas que por muy prestigiosas que sean casi nadie lee (al menos este es el caso de las de ciencias sociales). Acabo de leer el dato de que, por término medio, un artículo publicado en la más prestigiosa de la revistas de sociología, el American Journal of Sociology, se cita cinco veces. Nature, la revista de mayor renombre en ciencias naturales, tiene una media de 45 citas. Desconozco la ratio que pueda haber entre número de citas y número de lecturas.
           
Está claro que un libro es mucho más visible, más accesible que un artículo de revista –pese a que, en muchas ocasiones, su acceso sea gratuito-. Un libro se puede encontrar en una librería, en una biblioteca e, incluso, en la casa de un amigo. Además, el libro permite que se oiga, se desarrolle la voz, la opinión de su autor con respecto a la temática que aborde...
           
No obstante, conviene ser cautos y tener en cuenta el llamado índice Hawking –en honor al famoso astrofísico- cuyo libro Una breve historia del tiempo es considerado como el libro que más gente ha empezado a leer sin llegar a concluirlo (algo así se dice del Ulises de Joyce). El matemático Jordan Ellenberg es el autor de este índice –el cual no es muy preciso- y se basa en la herramienta de subrayado del libro electrónico de Amazon. 
           
Si en nuestro mercado académico el libro no vale gran cosa, ¿qué decir entonces de un prólogo o de una reseña? Todo esto es un acto de generosidad.  

¿POR QUÉ ESCRIBIR ESTE LIBRO?
            Y, llegados aquí, ¿por qué escribir un libro? Hacía ya la friolera de nueve años desde la publicación de mi anterior libro. Sentía la necesidad de explicar –con fundamentos basados en investigaciones de muy diversa índole- qué cosas no deberían perdurar en nuestro sistema educativo, muy especialmente en el español.

Mi principal preocupación es cómo garantizar el éxito escolar para todos. Por tal se entiende conseguir como poco un título de educación secundaria superior, es decir Bachillerato o CFGM. Esto es lo mínimo para desenvolverse con cierta soltura en el mercado de trabajo y como ciudadano. Se trata de algo que lleva diciendo la OCDE desde hace varios años: que por lo menos el 85% de la población lo consiga. En mi opinión, deberíamos aspirar a que lo obtuviera el 100%, dado que estamos hablando de lo que sería el mínimo hoy en día. Por ejemplo, Obama pretendió ir más lejos y su propuesta era que todos los jóvenes estadunidenses tuvieran como mínimo dos años de universidad.

            Por este motivo, insisto en los datos de investigaciones recientes que prueban la enorme plasticidad, capacidad de cambio que tiene el cerebro hasta los 25 años. En estas condiciones es totalmente arbitrario decir a un chaval de 14, 15 o 16 años que no sirve para estudiar. Podemos conocer su rendimiento en el pasado, pero no en el futuro.

            Las expectativas que el sistema escolar y el profesorado depositan en los estudiantes son fundamentales. Es la famosa profecía que se cumple a sí misma, el efecto Pigmalión. Si a un monitor de natación le presentan dos grupos de aprendices de manera que le dicen que uno de ellos tiene grandes posibilidades y que el otro se hundirá a plomo en el agua, pasado un tiempo los resultados terminarán por corroborar tales expectativas, pese a que en realidad nada se sabía sobre las capacidades deportivas de uno y otro grupo. El ejemplo –citado en el libro- del estado de Nueva York en el que, por error, varios estudiantes fueron enviados a los grupos de matemáticas avanzadas y terminan por tener excelentes resultados es como para pensar qué estamos haciendo con estas Matemáticas aplicadas –para torpes, si nos dejamos de eufemismos- desde el tercer curso de la ESO.

            Para conseguir extender el éxito escolar son muchas las cosas que habría que cambiar. Yo creo que se pueden sintetizar en dos elementos: lo que enseñamos –los contenidos curriculares, las asignaturas- y el modo como enseñamos. Alejandro dice en el prólogo que los calificativos que aplico a los contenidos pueden parecer duros. Se los merecen. Uno no escribe solo como investigador, también lo hace como ciudadano y como padre. Cualquiera que se ponga a echar una mano a su hijo con los deberes o que hojee simplemente los libros de texto puede estar de acuerdo con que son excesivos, desfasados, reiterativos, etc. Varios de los ejemplos son simplemente hilarantes, como la pregunta sobre qué tres cosas nos trajeron los romanos y que, en un ejercicio en que la realidad imita al arte, recuerda a una famosa escena de La vida de Brian.

            Sobre el cómo se enseña es más difícil decir algo certero. Habría que hacer mucha observación participante, entrar en muchas clases para saber qué se cuece en las aulas. En Sanghai esto no es problema, ya que hay aulas que tienen un gran espejo detrás del cual, como en las comisarías, hay una sala de control, y el profesor no sabe cuándo es observado. Cuento una pequeña anécdota. Hace unas semanas estuve en un colegio y el profesor con el que contacté me invitó a entrar a su clase de Lengua y Literatura de 2º de Bachiller. Fue como meterse en el túnel del tiempo y volver a cuando tenía 17 años y cursaba COU. Nada había cambiado. Incluso se estaba trabajando al mismo autor –Machado, en esta ocasión- que en mi época de bachiller.

            Es posible que aquí, y es de esperar que entre los lectores, haya muchos profesores de primaria y de secundaria que al oír estas cosas dirán: ¿Y tú qué? ¿Qué hacéis vosotros en la universidad como profesores? Como indico en el libro, no me he metido en el tema de la enseñanza en la universidad porque se trata de un escenario muy variado: desde medicina en cuarto curso en un hospital a la creación de videojuegos. No obstante, para el que tenga ganas, comunico que en el próximo número de la Revista Española de Sociología –creo que saldrá en abril- coordino la sección de debate, la cual justamente está dedicada a la enseñanza de la sociología en la universidad. No olvidemos que todos los profesores se forman en nuestra universidad. Si lo que ven aquí es una enseñanza pasiva, ¿qué esperamos que suceda?

INTELECTUALES FRENTE A GESTORES. LA DIFICULTAD DEL CAMBIO
Vuelvo a citar a Pérez Rubalcaba. En alguna ocasión dijo que una de las cosas que más lamentaba era no haber sido capaz de cambiar la formación del profesorado, supongo que especialmente del de secundaria. Aquí la posición de los que escribimos libros es relativamente cómoda. Yo hago propuestas que podrían ser muy razonables y luego dile a Alejandro y otros que se hagan cargo de cambiar la realidad. Y este estar más o menos de acuerdo sucede entre gentes que consideramos que habría que cambiar ciertas cosas. Pero conviene no olvidar que la comunidad educativa no son solo aquellos que salen a la calle a protestar contra los recortes o contra la LOMCE. También lo son aquellos profesores y padres que desean más contenidos curriculares, más exclusión de aquellos que no rinden lo suficiente.

Conocí a Alejandro quizás en 2006 en una cena en el Carmen de la Victoria en Granada. Nuestro anfitrión era Paco Fernández Palomares, entonces decano de la Facultad de Educación. Recuerdo que Alejandro dijo algo así como que si hacemos tal cosa, tal reforma –no recuerdo qué era-, al día siguiente nos saca un editorial el ABC. Y esto me lleva a poner de manifiesto el enorme poder mediático y de movilización que tienen los grupos conservadores, entre otros, en el ámbito educativo. Bastó que la ministra dijera que la financiación de los centros concertados no dimana de la Constitución para que ya más de uno estuviera dispuesto a lanzarse al monte o, en este caso, sería a la Plaza de Colón.

            Es una pena. Me da la impresión de que un pacto educativo es imposible. Pero esto sucede aquí y en prácticamente cualquier país de nuestro entorno. Solemos poner a Finlandia como un ejemplo de educación inclusiva, de consenso. Sin embargo, su sistema actual procede de un pacto entre la izquierda –el partido socialista y el partido comunista- y el partido agrario –un partido conservador- que temía que los hijos de su electorado pudieran no recibir una educación de calidad. En Inglaterra, los tories pretenden crear más y más grammar schools, escuelas selectivas de carácter marcadamente académico para cuyo acceso hay que aprobar el examen llamado 11+ que, como su nombre indica, tiene lugar a los once años y que hace que muchas familias hayan de gastar 5000 libras para que sus retoños aprueben.

LA EXPERIENCIA DE ESCRIBIR EN EL SIGLO XXI
            Y acabo con una reflexión sobre la experiencia de escribir un libro a estas alturas del siglo XXI. Mi impresión es que es algo tan apasionante como agotador. Hoy es mucho más fácil que nunca acceder a libros, tanto en formato digital como en papel, o a artículos de revistas y de prensa. Esto permite hacerse una idea de por dónde van los tiros en cualquiera de las cuestiones abordadas. Al mismo tiempo, es agotador tener que leer o simplemente consultar tantos informes y publicaciones que a uno le asaltan a la hora de escribir. Casi cada frase ha de estar refrendada por alguna investigación.

Parte de lo que he escrito es un desarrollo de temas abordados en mi blog –sobre todo de aquellos que, como el de los deberes o el de las pruebas externas (las reválidas) parecen haber tenido mayor tirón-. Otros son consecuencia de las innumerables veces que he sido convocado para hablar del tema de la jornada escolar. Estoy seguro de que mi escrito más leído es el artículo que publiqué sobre el tema en la revista Cuadernos de Pedagogía, del cual he visto, cuando he acudido a algún colegio, fragmentos pegados en las farolas a modo de pasquines revolucionarios. Así de agitado andaba el patio. Y, claro está, no puedo dejar de citar mi trabajo sobre el viento de esperanza que suponen las escuelas democráticas.

Nada más. Reitero mi agradecimiento a todos los aquí presentes. Espero que el debate pueda ser apasionante y que la fuerza nos acompañe.

viernes, 31 de enero de 2020

¿Por qué la evaluación de la asignatura de Religión –cualquier religión- no debe contar para la nota media?


¿Por qué la evaluación de la asignatura de Religión –cualquier religión- no debe contar para la nota media?

Una vez más, asistimos al debate pendular sobre el peso que debería tener la calificación obtenida en la asignatura de Religión (sea esta la católica, la judía, la musulmana o la evangélica). Dado que la mayor parte de los alumnos matriculados en esta materia confesional lo están en Religión Católica, prestaré especial atención a esta -tal y como hace nuestra Constitución-. Las otras confesiones son elegidas por porcentajes muy reducidos de alumnos. De acuerdo con los datos del Ministerio de Educación (Las cifras de la educación en España Estadísticas e indicadores. Edición 2019); Religión Evangélica la cursa el 0,39% del alumnado de primaria y el 0,24% del de secundaria; Religión Islámica –para los mismos niveles, respectivamente-, el 0,52% y el 0,03%; y Religión Judía, el 0.01% en ambos niveles.

 Mi postura, ya lo anticipo, es que su nota no debería contar en la media obtenida por cada estudiante. Las particularidades de esta asignatura son tan marcadas, como se verá a continuación, que hacen que esta sea la opción más sensata.

La primera de las peculiaridades es que sus contenidos son elaborados por las autoridades religiosas de cada una de las confesiones -y publicados en el Boletín Oficial del Estado-.[1] Los de la materia de Religión Católica no dejan lugar a muchas dudas sobre su carácter excluyente. La persona, se dice, “tiene que reconocer que las cosas, los animales y el ser humano no se dan el ser a sí mismos. Luego Otro los hace ser, los llama a la vida y se la mantiene”. Es decir, todo ser humano –no solo los cristianos o los creyentes- ha de creer que Dios creó el mundo, pese a lo que se pueda decir en las clases de Física o de Biología, o lo que indiquen las aportaciones de un físico como Lawrence Krauss.[2] Pero no solo esto, el no creyente no sale muy bien parado: “No obstante, el ser humano pretende apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado. Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz”. No se puede ser más claro: solo cabe ser feliz si se es creyente o, mejor dicho, católico.[3] No acaba aquí la cosa. Se indica que “una educación con religión es una formación completa”. ¿Significará esto que quienes no optan por Religión tienen una formación incompleta?

La segunda peculiaridad de esta materia es que sus profesores son seleccionados por las autoridades religiosas respectivas, y su salario es abonado por el Estado. Se podría alegar que esto no es una excepción, ya que los profesores de los centros concertados y privados son elegidos por sus titulares –que en muchas ocasiones son también entidades católicas-. La particularidad reside en que se exige, amén de la titulación correspondiente, estar bautizado. Es decir, no basta con una formación académica, sino que además hay que demostrar identificación con el catolicismo.

Vistos estos precedentes, resulta un tanto llamativo que la Iglesia considere que esta asignatura no es un ejercicio de catequesis. De acuerdo con la primera de las tres acepciones que aparecen en el DRAE, la catequesis consiste en el “ejercicio de instruir en cosas pertenecientes a la religión”. Según la Wikipedia, la catequesis se refiere “a la tradición del depósito de la fe a los nuevos miembros que se inician en la Iglesia católica y su posterior instrucción”. Al evitar la identificación con la catequesis, lo que la Iglesia quiere dejar claro es que esta asignatura no consiste en adoctrinar. No es una materia que tenga por misión la de crear creyentes. Sin embargo, lo que se publica en el BOE apunta claramente a que justamente de esto se trata. Así, y entre otros muchos ejemplos, se indica que el alumno debe argumentar “el origen del mundo y la realidad como fruto del designio amoroso de Dios”. Se considera como uno de los estándares de aprendizaje evaluables lo siguiente: [el alumnado] Reconoce con asombro y se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos y distingue que no proviene del caos o el azar”. Si esto no es inducción en la fe, ¿qué cosa es? Por otro lado, ¿cómo se puede evaluar el asombro, tal y como se indica en el BOE? Y, por si no fuera poco, el alumno de bachiller “se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos”.

A veces se recurre a retruécanos que caen directamente en el terreno del absurdo. En su campaña en favor de la matriculación en esta asignatura se dice: “No se puede elegir lo que no se conoce y no se puede conocer si no se puede elegir la religión”.[4] La primera frase carece de sentido: si no conocemos algo va de suyo que no lo podemos elegir. Si la frase quiere decir que hay que conocer lo que una persona particular no conoce, nuestro currículo escolar sería infinito. Y si tal conocimiento se limitara al de las religiones, la Wikipedia estima que debe haber del orden de unas 4200 confesiones religiosas. Pero lo peor, por excluyente, es afirmar que para conocer hay que tener la posibilidad de elegir la religión, posibilidad que, por cierto, no se ha puesto en duda hasta ahora: la asignatura de Religión continuará existiendo y será optativa.

No basta con que exista la asignatura de Religión. Además, hay que obligar a cursar una materia alternativa a quien no la elija. Esto lo dejaba muy claro, Caballero Gracia, presidente de la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos (CONCAPA): “queremos que la Religión exista en la escuela, que sea evaluable, que tenga peso específico y que cuente para nota. Por lo tanto, vamos a defender también que haya una materia espejo, que si las familias no eligen Religión puedan escoger una alternativa. Si desaparece la alternativa, ¿para qué vamos a dar Religión?”.[5] ¿Cómo se puede afirmar esto? ¿No se considera que la fe mueve montañas? Parece que tenía razón Nietzsche cuando escribía que en realidad la fe pone montañas allí donde no las hay. El mensaje consiste en que para que los míos sean religiosos, necesito “castigar” de algún modo a los infieles.  

            Estamos hablando de una asignatura que goza de gran aceptación. Así sucede, para los centros públicos (en el curso 2016-17),[6] con el 56,6% del alumnado de primaria y con el 44,5 del de la ESO. Las variaciones por comunidades autónomas son enormes. Extremadura y Andalucía son las que cuentan con un mayor porcentaje de alumnos matriculados en Religión (respectivamente, 84,5% y 78% en primaria, y 72% y 61% en la ESO) y Cataluña la que menos (18% en primaria y 9,8% en la ESO). En todo caso, no parece que esta asignatura dé los frutos deseados. De acuerdo con el barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) de enero de 2015, el 52,4% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se declara católico. De ellos el 81,2% no va a misa casi nunca y tan solo un magro 6,3% acude al menos una vez a la semana. En este mismo grupo de edad, el 28,8% se considera no creyente y un 14,4% ateo (es decir, un 43,2% de descreídos). Cuatro años más tarde -en el barómetro del CIS de julio de 2019-, y en ese mismo grupo de  edad, se declara católico el 40,4%, y la suma de quienes se consideran agnósticos, indiferentes y ateos alcanza el 52,9%. A su vez, de entre quienes señalan ser católicos, el 67,6% no acude a misa nunca o lo hace en muy raras ocasiones.

            Pese a lo dicho hasta aquí, es bastante probable que, en la práctica, la enseñanza de esta asignatura sea más flexible de lo que se anuncia en el BOE. Al menos esa es la impresión –pero solo es eso: una impresión- que he tenido en las ocasiones en que al hilo de mis visitas a diferentes centros educativos he podido hablar con profesores de Religión -y cuando he realizado observación participante en sus clases-, los cuales de un modo unánime hacían referencia a la apertura, al diálogo. Sin embargo, que tal flexibilidad dependa del talante de su profesorado y no de los contenidos oficiales es algo que habría que subsanar.

            Con los argumentos hasta aquí esgrimidos, cabría ir más lejos y atreverse a sacar esta asignatura del horario escolar. Esto es lo que ya se ha intentado en comunidades con un bajo porcentaje de alumnado que la elige, como el País Vasco. Aquí tendríamos un elemento más en favor de la derogación de la LOMCE de Wert. 

            Y concluyo con un aviso para navegantes. Con un currículo tan sobrecargado como el que tenemos y con tantas asignaturas, me parece una temeridad introducir, a modo de solución, una materia de historia de las religiones o como se quiera llamar. Por otro lado, no se olvide que una asignatura supuestamente neutral sobre esta cuestión no apagaría la demanda de una educación acorde con los valores de las familias, es decir, la catequesis (que, muchas veces, no va más allá de la primera comunión).



[1] En el caso de Religión Católica sus contenidos para primaria y la ESO están en https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2015-1849 y los de bachillerato en https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-2015-1850
[2] Se puede leer una sucinta y precisa reseña de su libro Un universo de la nada de la mano de Javier Sampedro (2013):  “¿Por qué hay algo en vez de nada?”,  El País, 2 de julio
[3] Se puede leer una muy interesante reflexión sobre estos contenidos en Sánchez Ron, J.M. (2015): “Religión y educación: el ‘BOE’ ofende”, El País, 28 de marzo.

[5] Lupión, Mar. “Religión dejará de computar en la nota media”, Escuela, 8 de enero 2020

[6] Estadística de las Enseñanzas no universitarias. Curso 2016-2017.

Nuevo libro

https://www.catarata.org/libro/que-hace-una-escuela-como-tu-en-un-siglo-como-este_105444/

domingo, 1 de septiembre de 2019

Hamburgo: una lección de memoria histórica


Hamburgo: una lección de memoria histórica
He pasado unos días de agosto en la acogedora ciudad de Hamburgo. De entre sus numerosos monumentos y espacios destacables, me centraré en la iglesia de San Nicolás (o más bien en lo que queda de ella). Este edificio arrastra una triste historia de destrucción: fue arrasado en el gran incendio de 1842 y, salvo su torre, fue víctima del bombardeo aliado de 1943 –a cargo de la RAF: la operación Gomorra-.  El lugar anteriormente ocupado por la iglesia se ha convertido en un monumento conmemorativo tanto de las víctimas del bombardeo como de las minorías étnicas perseguidas por el régimen nazi (judíos y gitanos, fundamentalmente).
Llama poderosamente la atención cómo Hamburgo –y, en general, toda Alemania- ha asumido su culpabilidad en el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. En la anterior guerra mundial, la interesada interpretación que se hizo en Alemania del Tratado de Versalles era que las potencias aliadas la consideraron culpable de la conflagración, cosa que el país germano se negó a admitir.
Pese a que la operación Gomorra fue brutal (arrasó el ochenta por ciento de la ciudad), en las inscripciones que describen lo que allí sucedió se dice claramente que el bombardeo fue culpa de los propios alemanes por haber dado lugar a un régimen político que anuló la democracia. En el museo adyacente a la iglesia se hace referencia a los bombardeos previos (tan inmisericordes o más que el padecido por Hamburgo) que el ejército alemán  llevó a cabo en ciudades como Coventry o Varsovia. También se cita la destrucción sistemática de la localidad de Gernika. El mensaje parece claro: nos hacen lo mismo que nosotros hemos hecho a otros y nosotros somos responsables de tanto mal.
Como español, la reflexión que me hago es la de cómo es posible que en España aún haya tantos sectores sociales (la mayor parte de la oligarquía), políticos (las tres derechas) y culturales (entre otros, la Academia de la Historia y los seguidores del publicista Pío Moa) que sean reacios a reconocer que lo que sucedió en nuestro país el 18 de julio de 1936 no fue otra cosa que un golpe de estado de carácter fascista contra una democracia que, como todas, fue imperfecta. Como ya dijo Churchill, la democracia es el peor de los regímenes políticos siempre y cuando excluyamos a todos los demás. Que todavía tengamos que oír que la guerra comenzó en octubre de 1934, o que ambos bandos tuvieron igual responsabilidad en el conflicto –una equidistancia similar a la que sostiene parte del abertzalismo con respecto a ETA y la democracia española-, da mucho qué pensar sobre la madurez de nuestra democracia. Y esto por no mencionar la polémica que aún colea sobre el Valle de (un bando de los) Caídos.
Aquí Hamburgo nos da una lección de memoria histórica de la que conviene aprender. Parafraseando a Kennedy: Ich bin ein Hamburger.
Danke Hamburg.
P.D. Casualmente, en los días de mi estancia en Hamburgo el diario El Pais publicó un atractivo texto que recomienda visitar esta ciudad: https://elviajero.elpais.com/elviajero/2019/08/28/actualidad/1566995045_394187.html

martes, 9 de julio de 2019

Yesterday, película dirigida por Danny Boyle


Yesterday, película dirigida por Danny Boyle
Advierto que esta es una crítica pensada más bien para músicos. O quizás podría decir que para fans de los Beatles. Lo primero que debo indicar es que la película resulta entretenida y cuenta con la enorme ventaja de una banda sonora basada en versiones de canciones de los Four Fab. La historia es bien simple: un breve apagón mundial borra del planeta todo rastro de los Beatles (pero también de la Coca-Cola o de Harry Potter). Nuestro protagonista –un músico sin éxito- sufre un aparatoso accidente en el momento del apagón (le atropella un autobús mientras pedalea en la oscuridad) y cuando se recupera se da cuenta de que nadie sabe nada sobre los Beatles. Esto le convierte en una suerte de depositario de la memoria de sus canciones, las cuales, en principio, son consideradas de su invención. Es decir, de buenas a primeras se convierte en un genio. Hasta aquí un mini resumen de la película.
En lo que se refiere a la parte musical, es una lástima que no hubiera habido un mínimo de dos músicos accidentados (en lugar de un accidente de bicicleta podría haber ido un par de músicos en una moto), ya que una de las claves de las composiciones de los Beatles son los juegos de voces. Sin estos, la mayor parte de las versiones de la banda original de la película carecen del más mínimo interés. Es más, da la impresión de que, más allá de la película, el actor protagonista se ha encontrado con el regalo de poder interpretar a los Beatles en la vida real.
Ciertamente, es difícil encontrar alguna versión de canciones de los Beatles que supere el original. Un amigo mío decía que quizás la versión de With a Little Help From My Friends de Joe Cocker podría haber superado el listón. Algunos músicos se han aproximado a tal hazaña (puede que Johnny Cash, Steve Earle o Paul Westerberg, entre otros). No es esto lo que, por ejemplo, ha sucedido con algunos temas de Bob Dylan, algunas de cuyas canciones han sido mejoradas por otros intérpretes (pienso, entre otras, en la versión de All Along the Watchover de Jimi Hendrix).
Lo que me parece lamentable de las canciones elegidas para la película es que, siendo el protagonista un músico con guitarra acústica, no se hayan seleccionado piezas claves para este instrumento como Blackbird, Julia o Revolution 1 (la versión acústica de Revolution). Supongo que en la selección manda el dinero y por ello lo sensato es concentrarse en el cancionero más popular. Es una pena que no se hayan hecho versiones acústicas de temas que, hasta donde yo sé, nunca los Beatles grabaron en este formato y que suenan muy bien unplugged. Pienso, entre otras composiciones, en la alocada I Am the Walrus, en la más sosegada Strawberry Fields Forever o en la disparatada Glass Onion.
Queda la respuesta a la pregunta de cómo sería el mundo si los Beatles no hubieran existido. En la película no se va más allá de señalar que no habríamos conocido a Oasis. Sin embargo, los Rolling Stones estarían todavía por ahí. Es complicado esto de las ucronías, pero me da la impresión de que el rock sin los Beatles quizás no habría pasado de ser una variedad más del folklore anglosajón.

martes, 11 de junio de 2019

Un español en Italia


Un español en Italia.
La semana pasada participé en Cagliari en un macrocongreso sobre la escuela democrática (https://www.scuolademocratica-conference.net/). Supe con cierta antelación que el grupo en el que participaría iba a estar formado única y exclusivamente por italianos. Los organizadores, haciendo gala de una cierta liberalidad temeraria, permitían hacer las presentación en el idioma que  cada cual considerase conveniente (fuese este el inglés, el español, el italiano, el francés o el portugués).  Mi experiencia de otros congresos en los que se emula la torre de Babel es que habitualmente los asistentes prestan atención tan solo a aquellos ponentes con los que se comparte idioma. De hecho, en una de las sesiones estelares participó el sociólogo francés François Dubet. Lo hizo en su lengua y puedo asegurar que un mínimo de dos tercios de los asistentes estaban esperando la siguiente intervención, la cual corrió a cargo de Annette Lareau quien, pese a lo que pudiera indicar su nombre, es estadounidense.
Ante esta tesitura decidí hacer la presentación leyendo mi texto en italiano. Mi conocimiento del italiano es similar al que mostró en infausta ocasión el alocado Aznar (https://www.youtube.com/watch?v=uExUg1zyjN8). Pese a ello, hoy en día, las tecnologías de la información permiten calibrar si se está en condiciones de arriesgarse a leer en un idioma desconocido aunque, en este caso, relativamente similar al español. Lo primero que hice fue traducir mi texto –de unas dos mil palabras, las cuales se leen en unos quince minutos- del español al italiano en la web Deep.l (https://www.deepl.com/translator). El escrito fue posteriormente corregido por una conocida mía italiana. A continuación leí en voz alta parte del texto en la web dictation.io (https://dictation.io/). Sorprendentemente, comprobé que la transcripción que de mi locución hacía esta página era aceptable. Seguidamente, vi –y, sobre todo, escuché- varios vídeos en youtube sobre la pronunciación del italiano. Es un idioma que aproximadamente se pronuncia como se escribe. Además, utilicé la web ttsreader (https://ttsreader.com/es/ ) para que me leyera el texto. No contento con esto, contraté un par de clases online en la web de Verbling. El resultado final fue que el público de mi grupo se enteró de lo que quería contar (al menos, eso me dijeron y eso me pareció).
Es una experiencia, y este es el motivo por el que la cuento en este blog, extraordinariamente didáctica. Dado que leí aceptablemente dos mil palabras, muchas de ellas las pude reconocer en las intervenciones y conversaciones del público italiano.
En todo caso, debo indicar que soy incapaz de elaborar una frase en italiano. Para poder hacerlo no queda más remedio que sentarse a estudiar la gramática, la conjugación de los verbos, esquivar la enorme cantidad de “false friends” con que nos obsequia el vocabulario italiano y un largo etcétera de actividades.

lunes, 18 de febrero de 2019

Feria de los colegios


Feria de los colegios
           
El sábado 16 de febrero acudí a la feria de los colegios celebrada en el estadio Metropolitano. Se trata de un evento en el que diversos centros educativos –mayoritariamente privados de pago- exponen en stands -atendidos habitualmente por su propio profesorado- su propuesta escolar. La oferta se divide en dos grandes secciones. Una de ellas está dedicada en exclusiva a la formación profesional (FP) en todos sus niveles. Se trata en su mayoría de centros –una vez más casi todos privados- cuya oferta es exclusivamente de este tipo de formación o que le prestan una especial atención. Si no estoy equivocado, aquí estaba el único centro público en toda la feria (un IES de Leganés). La otra sección abarca al resto de centros –los cuales también pueden ofertar formación profesional-.

Desconozco las cifras de asistentes o si tal exposición es un éxito para sus promotores. La impresión que me quedó es que es una feria en la que se publicitan centros que quieren garantizar para todos sus alumnos el éxito escolar en un contexto de adaptación a los tiempos actuales. La atención personalizada me pareció una de las claves de esta oferta. Se trata de ofrecer una educación que tenga en cuenta la diversidad de maneras de aprender –la referencia a las inteligencias múltiples es una constante- por medio de recursos de muy diferente tipo: desde los grupos con no más de quince alumnos a la posible orientación a los ciclos superiores de FP en el caso de los estudiantes de bachiller que así lo prefieran –frente a la percibida obsesión de lo que en algún stand me refirieron como centros convencionales por la exclusiva orientación hacia la universidad y las consiguientes pruebas de acceso-. Había centros que prestaban especial atención a la escolarización de alumnos con dificultades escolares como la dislexia o el trastorno por déficit de atención.

Creo que, en buena medida, una oferta como la realizada en esta feria refleja los temores que sufren muchas familias a la hora de escolarizar a sus hijos o de cambiarlos de centro. Obviamente, el hecho de que la oferta sea sobre todo de centros privados limita enormemente el tipo de público que asiste a un evento de estas características. En general, los centros participantes son capaces de ofrecer –obviamente, otra cosa es lo que ocurra en realidad- un proyecto educativo. Een los más que lujosos folletos publicitarios que se distribuyen a los asistentes, es habitual leer que el profesorado del centro está comprometido con el proyecto educativo o que se preocupa por enseñar de un modo activo o que recurre sin problemas a las nuevas tecnologías. Esto es lo se dice en un folleto: “Una amplia y estable plantilla de profesores muy comprometidos y de gran experiencia, sabiendo combinar la innovación tecnológica con la enseñanza tradicional (…) un mal profesor arruina cualquier método de enseñanza”.  

Esto, por desgracia, es algo que difícilmente podrían decir de sí mismos la inmensa mayoría de los centros públicos. Un orientador de un instituto de secundaria me dijo que algunos de sus conocidos le preguntaban por el mejor instituto en el que matricular a sus hijos. Su sabia y prudente respuesta es que podía asegurar que determinado centro era recomendable en el año académico en curso pero que nada podía decir con respecto al siguiente año ya que la movilidad del profesorado –por los concursos de traslados y el alto porcentaje de interinos- es tal que imposibilita saber si el centro seguirá siendo recomendable o no. Es decir, el grado de incertidumbre que padece con respecto a su proyecto educativo –y el profesorado que lo debe sustentar-  la mayoría de los centros públicos convierte la matriculación de los niños en tales colegios en una suerte de lotería perversa: un año se puede tener un buen profesor de Matemáticas y al siguiente uno que no sabe explicar o que explica lo que le viene en gana (y estoy hablando de casos reales).

Eché en falta la presencia de centros públicos. Es una pena que, por ejemplo, centros madrileños que se han convertido en alternativa a la educación hegemónica (pienso, claro está, en colegios como La Navata o Trabenco, por citar solo dos) no estén presentes en este tipo de eventos. Soy consciente de que quizás se trate de centros alejados de la mercadotecnia que imponen estas ferias, pero estoy seguro de que su presencia no solo hubiera atraído las miradas de buena parte de los asistentes, sino que además podría alentar la extensión de su modelo educativo. 

Mi impresión es que la escuela pública no debiera quedar al margen de actividades (sean ferias o eventos de otro tipo) que den a conocer a la sociedad lo que están haciendo. Esto, evidentemente, requiere que los centros públicos cuenten con unas señas de identidad que los singularicen claramente.

Mención aparte merece la presencia de centros de FP. Al hablar de esta opción educativa es fundamental diferenciar entre la FP de grado medio y la de grado superior. Esta última es educación superior y es habitual una clara conexión entre esta y los grados universitarios. La de grado medio se ha conformado como una opción para aquellos estudiantes que han obtenido con gran dificultad el graduado en Educación Secundaria Obligatoria (ESO), para los que se descuelgan del bachillerato o para quienes retornan al sistema educativo. La pregunta es clara. Si la FP es para los perdedores del sistema, ¿por qué hay centros privados de pago que la ofertan? Parte del monte es orégano y el orégano de algunos centros es una FP de cierto nivel: técnico en sistemas microinformáticos y redes, técnico en instalaciones de telecomunicaciones, farmacia y parafarmacia, comercio o animación de actividades físico-deportivas (para ilustrar esta última un folleto incluye la imagen de un atractivo joven subido a lomos de un caballo al que parece susurrarle una jovial confidencia). Ni qué decir tiene que todos estos centros recalcan el alto porcentaje de inserción laboral de sus graduados –tanto del nivel medio como del superior-.

No obstante lo dicho, la solución sería –una vez más- la finlandesa: un sistema en el que todos los centros son de una elevada calidad y en el que, por tanto, no es preciso que las familias se devanen los sesos para decidir donde matricular a sus hijos. En principio, la mejor escuela es la que está más cerca de casa y a la que los niños y adolescentes puedan ir andando. Meter a los hijos todos los días durante más de una hora en un autobús para ir al colegio es una pésima opción, salvo que no quede más remedio. El entorno inmediato, los amigos del colegio y del barrio y sus familias son una fuente de aprendizaje a la que no se debería renunciar.

martes, 12 de febrero de 2019

La escuela concertada y los privilegios de los ya privilegiados


La escuela concertada y los privilegios de los ya privilegiados
      Vaya por delante que no toda la escuela concertada es elitista y que una parte significativa de ella responde mucho mejor que la mayoría de los centros públicos a las exigencias de una escolarización socialmente equitativa y de calidad.
           Resulta llamativo como algunos colegios concertados (y no se olvide que concertado significa que los tramos que constituyen la educación obligatoria -es decir, la primaria y la ESO- son tan gratuitos como en la pública) recurren a muy diferentes estratagemas para que en ellos se escolaricen los grupos sociales más acomodados.
            Dado que la educación infantil no está concertada, es fácilmente comprensible que solo escolaricen a sus hijos en esta etapa en el centro escolar de su preferencia aquellas familias que dispongan de los recursos económicos suficientes –lo que incluye ayudas públicas- para afrontar el pago de las cuotas mensuales. Sin embargo, resulta más difícil explicar por qué sucede básicamente lo mismo en las etapas obligatorias.
            La mayoría de los centros concertados son colegios de ideario católico y esto es algo que estas escuelas suelen resaltar en sus jornadas de puertas abiertas. Incluso algunos explicitan que el alumnado reza al comienzo de la jornada lectiva. No creo que sea aceptable que con el dinero de todos los españoles se esté financiando una opción particularista. Si hay que rezar, es difícil que se matriculen en el centro quienes profesan otras religiones o ninguna o quienes simplemente consideran que la escuela no es el lugar adecuado para evangelizar a la población. Con esto no quiero negar el ideario o carácter propio del centro y ni siquiera que quien lo desee rece. El problema es que se está omitiendo que no es preciso ser católico para matricularse en un centro que profese esta religión. En su famosa sentencia del 13 de febrero de 1981 relativa al Estatuto de Centros Escolares (disponible en http://hj.tribunalconstitucional.es/es/Resolucion/Show/5), el Tribunal Constitucional estableció que la “libertad del profesor no le faculta por tanto para dirigir ataques abiertos o solapados contra ese ideario, sino sólo para desarrollar su actividad en los términos que juzgue más adecuados y que, con arreglo a un criterio serio y objetivo, no resulten contrarios a aquél”. Y, en lo que se refiere a la relación de los padres con respecto al ideario, el alto tribunal establece que  “al haber elegido libremente para sus hijos un centro con un ideario determinado están obligados a no pretender que el mismo siga orientaciones o lleve a cabo actividades contradictorias con tal ideario, aunque sí puedan pretender legítimamente que se adopten decisiones que, como antes se indicaba respecto de la libertad de enseñanza que la Ley otorga a los profesores de este género de centros, no puedan juzgarse, con arreglo a un criterio serio y objetivo, contrarias al ideario”. En todo caso, los centros concertados, con independencia de su ideario, tienen la obligación de ofrecer una asignatura alternativa a la de Religión. Es más, hay centros católicos que se declaran explícitamente ecuménicos. Sin embargo, lo habitual es omitir cualquier referencia a que, en realidad, todo centro católico concertado es ecuménico, lo quiera o no. De no serlo, simplemente no debería ser concertado.
Pero, con independencia de la filiación religiosa de cada cual, el elemento que convierte a algunos centros en clasista es el cobro de cuotas mensuales –normalmente en torno a 100€ al mes, aunque algunos cobran mucho más- abonadas a una fundación vinculada al colegio –y de las cuales, hasta ahora, las familias se podían desgravar en la declaración de la Renta-. Seguramente sea cierto que estas cuotas son imprescindibles para que los centros puedan funcionar, ya que la cantidad que les transfiere el estado –en forma de concierto- no cubre los costos de la escolarización. Si esto es así, el estado –pese a que esto escueza a cierta izquierda- debería aumentar el monto de tal concierto. Esto dejaría sin excusa a los centros concertados para el cobro de las cuotas y permitiría la escolarización en ellos de los grupos sociales menos aventajados.
Pero hay más vías para disuadir de acceder a quien no tenga suficiente capacidad adquisitiva. Basta simplemente con convertir determinadas actividades en curriculares. Un ejemplo muy conocido es el de la natación curricular, la cual consiste en que una o varias de las horas semanales de Educación Física tienen lugar en la piscina del centro y para ello cada familia ha de abonar una cantidad mensual.
Se podrían añadir las actividades extraescolares –tanto las que tienen lugar en el horario de comedor como las que se realizan una vez ha terminado la jornada escolar-, pero al fin y al cabo estas son voluntarias. Es cierto que quizás una familia con pocos recursos podría considerarse preterida si sus hijos son los únicos que no pueden disfrutar de tales actividades. En todo caso, esto no debería ser muy preocupante, pues es habitual que los centros católicos manifiesten su clara vocación de ayudar a los más necesitados y aquí podrían encontrar un terreno abonado para la práctica de tan noble actividad.
Nada tengo que objetar a la existencia de la educación concertada. Es cierto que cuando, en 1985, la LODE (Ley Orgánica del Derecho a la Educación) arbitró el sistema de conciertos, el estado estaba reconociendo la necesidad de incorporar a los centros privados en la oferta escolar. Por otra parte, y dada la homogeneidad burocrático-funcionarial de tantos centros públicos, la concertada puede ser una opción más que deseable. Sin embargo, lo que no resulta admisible es que, en términos agregados, la escuela concertada se haya convertido en una suerte de escuela privada low cost para determinados sectores sociales.

miércoles, 30 de enero de 2019

Inger Enkvist and the sociology of education


Inger Enkvist and the sociology of education

A few days ago a book by Inger Enkvist entitled Rethinking Education fell into my hands (published by Ediciones Internacionales Universitarias in 2006). According to Wikipedia, Enkvist is a "Swedish hispanist and pedagogue" who "has published essays on the evils of education and teaching in contemporary Europe". I have only read a few pages of this book, which, as will see, shows the reckless intellectual insolvency of this author.

Enkvist complains that today's school leads to ignorance. Paradoxically, she herself seems to be an example of such a deficiency. I will be exclusively focusing on the epigraph entitled "The sociology of education". According to this author, the sociology of education is "a current of thought" and not, as it would be expected, a branch of a science called sociology. Not satisfied with it, she says that the "theoreticians of this current are, in the first place, Foucault and Bourdieu, who begin to become famous around 1968". To say this is a clear sign either of ignorance or simply of bad intention. Not in vain, the author pretends -or at least that I believe- to consider sociology of education to be a by-product of what for her must be the daydreams of May 1968. To begin with, and in spite of being a very quoted author in sociology and many other social sciences, Foucault is not a sociologist. On the other hand, Bourdieu is a classic of sociology, but considering him, together with Foucault, as the theoretician of the sociology of education is proof that this author has not even consulted Wikipedia.

As it could be expected, the nonsense does not end here. According to Enkvist, "sociologists are not usually interested in school performance, but rather in the study of students as members of a particular social class”. Once again, our author has no qualms about flaunting her ignorance. It is difficult to understand how she might say that sociology is not interested in studying school performance, despite the overwhelming evidence against such an assertion. But even worse is to consider that for sociology the only focus of inequality is the social class, which implies disregarding the inequalities derived from gender - I don't know if this word will be to Enkvist's liking - from belonging to one ethnic group or another or from the area of residence, to name a few.

Later on, our author seem to add insult to injury. This is what she says: "It could be said that students with problems are its favourite clients". I don't know if she considers that sociologists usually have a law firm, in the style of lawyers, or a psychological office in which to deal with these clients. Since they are people with problems, it could be assumed that most of them will have a low level of income. If so, it would be unclear where the business that is awarded to sociologists might be.

I say no more about the book. What worries me is that some of our elite consider Enkvist's analyses to be worthy of consideration. In fact, she was one of the speakers who took part in the debate - I suppose at the request of the Partido Popular - on the education pact organised by the Spanish Congress of Deputies’ Education Commission that took place throughout 2018. A few months ago she was the subject of a long interview by the influential newspaper El País. She took part in the presentation of a book written by sociologist Víctor Pérez-Díaz and members of his team that took place at the Funcas Foundation where the audience - which I attended – listened to a lecture by a Swedish pedagogue who spoke before a Spanish audience about a piece of research carried out in the United States - and of which she was not a member of the research team-.  And finally, I point out her presence in a debate at the FAES.

Just as the press has warned against the proliferation of fake news, the world of science should be more alert to this type of intellectual brazenness (of which Ignacio Sánchez-Cuenca spoke brilliantly), just as Julio Carabaña did, for example, in an incisive review of a book of social structure.

And, in conclusion, I would like to point out that this restlessness against the sociology of education or, at least, certain sociology is not exclusive to the right. At the other extreme, and by way of example, Fernández Liria et al. refer to Feito and Enguita, among others, as "defenders of pedagogy" and consider them to be little less than useful fools of neoliberalism (if I have understood well the jumble in which such a reference is made). Don't worry the reader: it is the same all the world over. Without going any further, in our neighbouring France they are also in this story of blaming sociology for innumerable social ills. As Bourdieu said, sociology is a weapon of combat.