¿Puede
ser rutinario el trabajo docente?
Con motivo del último informe PISA,
Andreas Schleicher –director general de este estudio- efectuó unas declaraciones
al diario El País que quizás deberían convertirse en el eje fundamental
del debate educativo en España. De su breve entrevista –poco más de tres
minutos- destaco dos aspectos íntimamente conectados entre sí. El primero es
que si PISA midiera la memorización de contenidos, España ocuparía una mejor
posición en el ranking educativo internacional. El segundo, mucho más
preocupante, es que –desde la perspectiva de Schleicher- la docencia es
considerada en nuestro país como una actividad rutinaria que consiste en
repetir una y otra vez los mismos contenidos. Me pongo en la piel, por ejemplo,
del profesor de la ESO en Matemáticas que lleva más de treinta años explicando
las ecuaciones de segundo grado del mismo modo –explicación que, por otro lado,
se puede encontrar fácilmente en un montón de excelentes vídeos en youtube
y, en más de una ocasión, aborda exactamente los mismos ejercicios y problemas-
y me resulta fácil entender su más que probable deseo de prejubilarse cuanto
antes.
Hace unos días fui entrevistado para
un reportaje sobre profesiones apasionantes –yo matizaría que se trataría más
bien de profesiones que pudieran ser apasionantes- como, en mi caso, sería la
de profesor de universidad. En un momento dado, la entrevistadora me preguntó
si todavía preparaba las clases. Si debo ser sincero, confieso que me costó
entender la pregunta, sobre todo si consideramos que minutos antes me había
referido a que vivimos en un mundo en el que el conocimiento científico se
duplica cada pocos años. En este contexto, ¿cómo sería posible tener preparadas
las clases para varios años o para toda la vida? Del mismo modo que los
profesores finlandeses de Primaria y de Secundaria se plantearían abandonar su
profesión si tuvieran que someterse al férreo control curricular al que
condenan a nuestros profesores los libros de texto y los contenidos de las
asignaturas –y quizás la molicie del corporativismo-, mi profesión apenas me
resultaría atractiva de no ser por esta necesidad de estar permanentemente al
día. En este sentido, concibo mi trabajo como el de un atleta de élite, el cual
si no está en forma, simplemente, no puede participar en competición alguna.
Si para mí
mismo los contenidos curriculares han de estar abiertos permanentemente al aire
fresco de la innovación, lo mismo cabe decir con respecto a los elementos con
los que evaluar a los estudiantes. Entiendo que mi docencia –otra cosa es que
lo consiga y mucho me temo que si lo consigo es en escaso grado- debe promover
el pensamiento autónomo de los estudiantes, de manera que yo aprenda con ellos
a partir de sus observaciones, de sus ideas y, cómo no, de sus críticas –aunque
de esto hay poco: del mismo modo que el señor Jourdain de El burgués
gentilhombre hablaba prosa sin saberlo, la gente debe estar de acuerdo con
Durkheim cuando afirmaba que las relaciones sociales dentro del aula son de
dominación-. Es por esto por lo que promuevo una evaluación basada en las ideas
que puedan elaborar los estudiantes en sus exposiciones públicas en clase, su
participación, sus escritos y los exámenes. Sé que es posible que me meta en
camisa de once varas, pero no comprendo cómo aún puede haber profesores que
basen sus exámenes en preguntas de respuesta múltiple las cuales, por
definición, no dejan espacio para la expresión del pensamiento propio –que es,
quizás, lo que se quiera evitar a toda costa o, lo que sería aún peor, que se
considere que las opiniones de los estudiantes no valen la pena-.
¿Qué se
podría hacer para cambiar esta situación? Con respecto a la docencia
universitaria soy poco optimista. Aquí estamos en un escenario en el que esta
actividad no se evalúa (lo habitual es que los llamados quinquenios de docencia
se concedan por el mero paso del tiempo). De hecho, un profesor universitario
es evaluado de modo casi exclusivo por su labor investigadora –aunque viendo el
ejemplo del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, ni siquiera eso-. No
obstante, en el caso de la docencia no universitaria, hay amplio espacio para la esperanza.
Ya desde el primer informe PISA –allá por el año 2000-, el tema de qué hacen
los profesores de los mejores sistemas educativos del mundo está en el
candelero y, sin duda, este se ha convertido en un problema que preocupa no
solo a los gestores educativos sino a la opinión pública en general.
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