domingo, 26 de abril de 2020

Adiós a los exámenes tipo test en la universidad (al menos por este año)


Adiós a los exámenes tipo test en la universidad (al menos por este año)
El 23 de abril, el ministro de Universidades anunció que es casi seguro que no habrá retorno a las aulas universitarias antes de septiembre –y esto en el mejor de los casos- y que, en consecuencia, si para la evaluación del curso se recurre a exámenes, estos habrán de ser en línea.
Sería posible recurrir a la temeridad de que la evaluación del curso –que en el caso de la universidad, y a diferencia de la primaria y de la secundaria, es cuatrimestral- se haga a partir de trabajos que entreguen los estudiantes. Digo que es una imprudencia porque un trabajo que se entrega telemáticamente –y, para estos efectos, igual daría que se hiciera llegar en mano- puede ser fruto de un corta y pega o, peor aún, de un encargo hecho a alguna de las múltiples empresas especializadas en acometer este tipo de labores. La única manera de tener un conocimiento aproximado de si el trabajo es original sería mantener una entrevista –que pudiera ser en línea- con quien lo firma, amén de hacer un seguimiento de este. En mi caso, cuando la docencia iba a ser presencial, no solo se trataba de entregar un texto, sino también de presentarlo y debatirlo en público, en clase.
Desde las universidades se alardea de su uso de programas antiplagio capaces de detectar fraudes. Sin embargo, hay aplicaciones –gratuitas- que redactan de un modo distinto cualquier texto que se les presente al tiempo que, si el original está mal redactado, lo mejora.[1] De este modo, resulta prácticamente imposible detectar un plagio, salvo que haya programas expertos en paráfrasis. Obviamente, los programas antiplagio tampoco detectan los trabajos por encargo –salvo que se hicieran en serie-.
En todo caso, un trabajo analiza tan solo una parte de la temática del curso. En consecuencia, no permite saber si el estudiante tiene una visión global del contenido de una asignatura. Es por eso que no queda más remedio que complementar  la evaluación –si es que esta se apoya en trabajos o prácticas de diverso tipo- con un examen. La cuestión que se plantea ahora es la de cómo hacer un examen en línea. A mis estudiantes les comenté la posibilidad de hacer un examen oral, una propuesta sensatamente rechazada por la posibilidad de que la conexión online fuera inestable. Para mí no es un serio problema recurrir –tal y como vengo haciendo en los últimos años- a un examen consistente en responder con un formato de pequeño ensayo de entre 400 y 500 palabras –hay montón de ejemplos de cómo hacerlos, casi todos en inglés- a un par de cuestiones sobre las que han de reflexionar durante dos horas.
            El principal problema con que tropiezo al hacer este tipo de exámenes ensayísticos es que la inmensa mayoría de los estudiantes –da igual que sean de segundo o del último curso- no están habituados a redactar con coherencia, a respetar las normas gramaticales, a desarrollar un argumento. Quizás esto sea consecuencia de que debe haber –incluso en el ámbito de las ciencias sociales-  un número suficientemente alto de asignaturas que se aprueban con exámenes tipo test. Mi opinión es que estos exámenes –al igual que las evaluaciones con programas como Kahoot!, más propios de un concurso televisivo o de la pedagogía conductista- son, salvo quizás en asignaturas de contenido matemático, una estafa. Con estos test es imposible evaluar la capacidad que puedan tener los estudiantes para razonar o elaborar ideas, aspectos que en titulaciones de ciencias sociales son clave.
            Los exámenes tipo test son una muralla contra las reclamaciones de los estudiantes, ya que la nota es el mero sumatorio de las respuestas acertadas (y eso cuando no computan negativamente los errores, hasta el extremo de que se podría obtener una nota menor que cero y hablo de algún caso real). Por desgracia, el lavado de cerebro a que somete nuestro sistema educativo a los estudiantes les incapacita para poner en duda las preguntas de estos exámenes. Hace unos años sustituí a un compañero en un examen de este tipo en la asignatura de Sociología de la Educación. Este examen, yo lo habría suspendido y debería, por tanto, considerarme un intruso (que nadie se preocupe: al igual que algunos sueñan que tienen que volver a la “mili”, a veces me asalta una pesadilla en la que ni siquiera tengo el título de bachiller). 
Entiendo que haya compañeros que recurran a este tipo de exámenes. Con más de 50 estudiantes por grupo, corregir 100 ensayos y 50 trabajos puede comprometer la tarea de investigación que ha de asumir todo profesor universitario. Sin embargo, y a diferencia de los médicos de familia que se quejan por no poder atender a un número exageradamente alto de pacientes, a mis oídos no ha llegado protesta alguna -¿han dicho algo los sindicatos?- sobre el exceso de alumnos por clase. Pero, se me plantea una duda. ¿Funcionarían igual muchos profesores con un grupo de 25 estudiantes que con uno de 100? ¿Consistirían sus clases básicamente en transmitir conocimiento? ¿Seguirían recurriendo a exámenes memorísticos? No lo sabemos. La libertad de cátedra es una patente de corso que posiblemente permitiría que cada cual hiciera lo que considerase conveniente.
En definitiva, la crisis de la COVID-19 nos interroga como profesores y deberíamos ser capaces de repensar en qué consiste la docencia en la universidad.

¿Por qué creo que es inadecuado lucir una bandera de España con un crespón negro?


¿Por qué creo que es inadecuado lucir una bandera de España con un crespón negro?
                Ciertos sectores de la derecha española han alentado la exhibición de banderas de España con un crespón en señal de duelo por los muertos consecuencia de la Covid-19. No entro en la cuestión de si la bandera de mi país deber ser la tricolor o la rojigualda –cosa distinta es el debate sobre monarquía y república-. Lo que me preocupa es qué mensaje se pretende lanzar con tal exhibición. El coronavirus no distingue fronteras. Lo aconsejable, en todo caso, sería poner un crespón negro sobre un mapamundi o algo similar. Por otra parte, España no está en guerra con ninguna nación (a veces parece, más bien, en guerra consigo misma), circunstancia esta que sí podría justificar tal iconografía.
                Mi impresión es que esto es cosa de nacionalistas. Imaginemos –cosa que no sé si se hace- que los nacionalistas catalanes fueran alentados a lucir la estelada con un crespón. ¿No pensaríamos de ellos que están emitiendo un mensaje excluyente, que hay quien solo se preocupa por “sus muertos”?


martes, 31 de marzo de 2020

Los sindicatos de clase y la docencia virtual


Los sindicatos de clase y la docencia virtual

            En el espacio de unos días han llegado a mi bandeja de correo sendos mensajes de las secciones sindicales de CC.OO. y de la UGT de la Universidad Complutense referidos a la docencia virtual que debemos acometer como consecuencia del confinamiento. Ambas secciones sindicales coinciden en que no se puede exigir al profesorado impartir clase en línea. CC.OO. aduce lo siguiente: “el cuerpo docente no ha sido contratado para impartir docencia virtual”. UGT va un poco más lejos y describe una situación de acoso para el profesorado: “Como Sección Sindical hemos recibido algunos escritos donde se está identificando a aquellos profesores y profesoras que no han utilizado el campus virtual para dar clases en este periodo y comunicándoles dicha incidencia”. Ante tamaña afrenta, UGT dice que “creemos que es el momento de dejar trabajar al profesorado UCM, sin presiones de ningún tipo”. Dicho en román paladino: dejen en paz a quien no quiera o no sea capaz de impartir clases en línea. Lo que me pregunto es en qué pueda consistir el trabajo docente en estos días si no es enseñanza virtual.
            La comparación con los compañeros y compañeras de la sanidad resulta inevitable. ¿Les ha oído alguien decir que no han sido contratados para afrontar una pandemia histórica o que desean trabajar sin presiones de ningún tipo?
            Supongo que el profesorado que no trabaja virtualmente es una ínfima minoría, pero debe tener una cierta capacidad para hacerse oír en estas secciones sindicales.
            Es sabido que la docencia apenas cuenta en la valoración del profesorado. Para medrar en la carrera académica, lo que vale es publicar en determinadas revistas y editoriales (cosa que yo he hecho y no me ha ido mal). Por ello no es extraño que haya profesores que no han virtualizado sus asignaturas –me consta que alguno ni siquiera responde a los correos electrónicos-. Tenemos aquí el mismo viejo debate que hubo en muchos centros de trabajo con respecto a si el personal administrativo debería saber manejar paquetes informáticos como el office.
            A los profesores de universidad nos conceden los llamados quinquenios de docencia por poco menos que dejar transcurrir –eso sí, sin presiones de ningún tipo- un lustro. ¿No sería esta una ocasión de oro para exigir virtualizar las asignaturas para el cobro de este complemento?
            Antes de que alguien me acuse de ser enemigo de los sindicatos, diré que he sido militante –no un mero cotizante- de CC.OO. desde los diecinueve años hasta hace poco tiempo. En los dos trabajos que he desempeñado –primero como mecánico en la entonces llamada Compañía Telefónica Nacional de España y posteriormente en la Universidad Complutense- he sido delegado sindical. Abandoné CC.OO. porque no podía asumir el engaño de su defensa de la jornada continua en la educación primaria. Confieso que me gustaría mucho volver al que ha sido mi sindicato de toda la vida, pero comunicados como estos lo hacen imposible. Quizás en todo esto haya una cierta responsabilidad colectiva. Cuando entré como profesor en la Complutense –allá por el año 1989- los profesores teníamos una sección sindical en mi facultad –la de Sociología-. Desapareció hace muchos años. Quizás este sea el momento de que retornemos quienes nos fuimos.



domingo, 15 de marzo de 2020

Carta abierta a la comunidad educativa


Carta abierta a la comunidad educativa.
Convirtamos en días lectivos las festividades de mayo (el 1 de mayo y, en la ciudad de Madrid, el 15 de mayo) y varios sábados de abril y mayo.

            Hace un rato estaba escribiendo un correo para mis estudiantes de sociología sobre cómo organizar lo que nos pueda quedar de calendario lectivo. Veo, con enorme preocupación, que muy posiblemente las clases –y esto en el mejor de los casos- no se retomen hasta pasada la Semana Santa.
            Pese al confinamiento, estoy trabajando al mismo ritmo que si tuviera que impartir clases. Hago tutorías por email –he ofrecido, con nulo éxito, el recurso a Skype o Google Meet-, recibo y evalúo los escritos correspondientes a los temas que vamos abordando y estoy grabando con voz los PowerPoint correspondientes al temario del programa (por cierto, esta última es una actividad muy didáctica). Es posible que sea de aplicación la idea de que no hay mal que por bien no venga, y quizás podemos llegar a darnos cuenta de que hay que promover el trabajo autónomo –con todas las ayudas que sean precisas- del estudiantado. Sé que esto es más fácil en mi área de conocimiento que en otras –sobre todo aquellas que requieren, por ejemplo, prácticas de laboratorio-.
            Para paliar los efectos negativos de la pausa lectiva impuesta por el coronavirus, nuestros rectores han propuesto prorrogar dos semanas más el curso. Sin embargo, en mi opinión, no debería ser esta la solución para todos ni quizás para la mayoría. Más allá del trastorno administrativo –entrega de actas, pruebas de acceso a la universidad, matriculación, etcétera- que pueda suponer el prolongar quince días el final del curso, en la mayor parte del país nos encontramos con la amenaza del calor (del mismo modo que el invierno inmediatamente posterior al final de la Segunda Guerra Mundial fue cruelmente frío, no sería de extrañar que alguna ola de calor azotara al país en el mes de junio). Es sabido el impacto negativo que sobre el rendimiento –no digamos en un examen- ejerce el calor excesivo. La mayor parte de nuestras aulas no dispone de aire acondicionado.
            Es por ello que propongo que convirtamos en lectivos los días festivos y sábados que sean precisos. En el peor de los casos, podría ser algo voluntario. Cuando era estudiante teníamos exámenes los sábados por la mañana y por la tarde (estoy hablando de los primeros ochenta). No tendría sentido que estemos alabando el sacrificio del mundo sanitario mientras que en el ámbito educativo no proponemos alguna solución.
            No quiero terminar estas líneas sin sumarme, claro está, al agradecimiento general al personal sanitario, a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, a los bomberos, a los carteros, etc. Quiero incluir en este reconocimiento a la clase obrera del sector de los transportes (de la logística en general) y de los centros comerciales en funcionamiento (y seguro que me dejo en el tintero a muchos colectivos: perdón de antemano). Para ellos, sirva de homenaje esta canción de los Creedence en la que se pone de manifiesto que hay gente que hace el trabajo manual que tú no harías (aquí tenéis la letra y podéis pinchar la reproducción de esta increíble canción: https://www.lyricsfreak.com/c/creedence+clearwater+revival/dont+look+now_10073151.html).


viernes, 13 de marzo de 2020

La LOMLOE: vuelta al pasado


La LOMLOE: vuelta al pasado

        No me cabe la más mínima duda de que la LOMCE debía ser eliminada de nuestro ordenamiento jurídico. Y justamente esta supresión es la principal fuente de alegría de muchos sectores opuestos a tan infausta ley. Todo parecería quedar en una venganza: ahora gobiernan los míos y se deshace cuanto hicieran mis rivales. Lamentablemente, mi impresión es que lo que, en líneas generales, se ha hecho con la LOMLOE es una mera restauración de la LOE –la ley educativa aprobada en la época de Zapatero-. Sin embargo, mucho ha llovido desde que en 2006 se aprobara tal norma. Es una lástima que no se haya aprovechado la coyuntura actual para elaborar un proyecto de ley capaz de entusiasmar a la mayor parte de nuestra sociedad, de cambiar de raíz nuestro desfasado y clasista sistema educativo. En definitiva, se podría haber pensado en una ley que pudiera generar tal grado de consenso social que evitara este continuo movimiento pendular de aprobación de nuevas leyes educativas cada vez que gobierna una nueva mayoría. Me parece claro que el día que gane el PP –o las derechas-, la LOMLOE será enviada al basurero de la historia.

            No obstante lo dicho, la LOMLOE contiene un preocupante elemento de continuidad con la ley anterior al dar el visto bueno a la Formación Profesional Básica (FPB, y dado que hay que cambiar todo para que todo siga igual, esta pasa a llamarse ciclo formativo de carácter básico), la cual no es otra cosa que un itinerario educativo para el alumnado de menor rendimiento y, de paso, una vía de segregación social –ya se sabe de qué sectores sociales se va a seguir nutriendo esta formación-. Este también es el caso de los Ciclos Formativos de Grado Medio (CFGM). Nada tengo contra la formación profesional básica y de grado medio. Lo que sucede es que ninguna de ellas constituye una formación de calidad: es una mera vía de escolarización para los que no hay otro remedio. A diferencia de los Ciclos Formativos de Grado Superior, las otras dos formaciones profesionales apenas garantizan avanzar en el sistema educativo. No es solo que a estas acuda un cierto tipo de alumnado, sino que el recorrido escolar previo no promueve una educación de calidad. Esto está muy claro en el tipo de Matemáticas que se imparte al alumnado que previsiblemente vaya desde la ESO a los CFGM. La LOMCE habla de Matemáticas Aplicadas (o para torpes, si nos dejamos de eufemismos) y de Matemáticas Académicas (las de verdad). La LOE ya diferenciaba dos tipos de Matemáticas. ¿Por qué hacer esta distinción? ¿Es que, acaso, la formación profesional no precisa de unas matemáticas de alto nivel? Un buen ejemplo de la necesidad de unas matemáticas de alta calidad para todos –sean estudiantes “académicos” o “aplicados”- es la escuela High Tech High dirigida por Larry Rosenstock,[1] ganador en 2019 del WISE Prize Laureates (considerado, un tanto pomposamente, el premio Nobel para el profesorado). En la entrevista que se puede ver en este link,
https://www.youtube.com/watch?time_continue=2&v=spn1xGycar8&feature=emb_logo (en el tramo que va desde 2’27’ a 3’05”), Rosenstock explica cómo su centro es capaz de mezclar la metodología de la enseñanza profesional (experiencial, grupal) con el contenido del mundo académico (literacy y numeracy). Cabeza y mano, recuerda Rosenstock, es el lema del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

            Como aspecto positivo de la FPB en la LOMLOE, conviene destacar que puede conducir a la obtención del título de Graduado en Educación Secundaria Obligatoria. Con esta credencial se puede pasar al Bachillerato, cosa difícil debido a la configuración curricular de la FPB y al enorme impacto estigmatizador de ser escolarizado en esta vía.

            Dado que los autores de la LOMLOE piensan que no todo el mundo está capacitado –o tiene ganas, dirían los más conservadores- para obtener el título de la ESO por la vía convencional, la nueva ley suprime los Programas de Mejora del Aprendizaje y vuelve a los Programas de Diversificación, los cuales, a diferencia de los primeros, permiten obtener el título de la ESO. En la diversificación se trabaja por ámbitos –es decir, agrupando varias materias en una sola-. Lo que me pregunto es que si esto funciona bien en la diversificación, ¿por qué no se hace lo mismo en toda la ESO? ¿Protestarían los profesores que considerarían que sus queridas asignaturas serían subsumidas en el magma de la globalización curricular?

La LOMLOE no suministra atisbo alguno de cambio curricular sustantivo, especialmente el referido a la autonomía de los centros. En nuestra vecina Portugal, a los centros más innovadores se les autoriza a controlar nada más y nada menos que el 75 por cien de los contenidos curriculares (más que el 45 por cien que se concede, en el caso español, a las comunidades autónomas con lengua propia).

            El bachiller seguirá siendo poco más que una academia para aprobar el examen de acceso a la Universidad. La LOMLOE no se atreve a introducir algo similar al trabajo de investigación del bachiller en Cataluña o a la monografía del Bachillerato Internacional. Supongo que aquí ocurrirá lo mismo que en la Universidad, donde se reducen al mínimo los créditos de los trabajos de fin de grado para que haya más horas de docencia disciplinar pura y dura. Todo lo que sea trabajo autónomo del estudiante –por muy tutorizado que pueda estar- es contemplado como una afrenta a lo que se considera la verdadera enseñanza: la que dimana de la palabra del profesor. Detrás de esta actitud está también la defensa del puesto de trabajo.

            La LOMLOE devuelve al Consejo Escolar de Centro la competencias que tenía en la LOE, con lo cual deja de ser el convidado de piedra en que lo había convertido la LOMCE. Creo que, entre quienes hemos investigado la participación escolar, es unánime que el modelo de participación –que es básicamente el mismo desde que en 1985 se aprobó la LODE- es un fiasco sin paliativos: basta para ello con mencionar el más que ridículo porcentaje de participación de padres y madres en las elecciones a sus representantes en este órgano colegiado. ¿Por qué no pensar qué debería cambiar? ¿Por qué empecinarse en regresar a lo mismo? Vuelvo al caso de Portugal. Allí las escuelas que así lo desean pueden pasar a formar parte de un grupo de centros –que se constituyen en un nuevo escalón administrativo llamado agrupamento de escolas- coordinados por una especie de megadirector –cuyas funciones desconozco-. A mí se me ocurre que debería formar parte de los Consejos Escolares, de todos y cada uno de los centros, un experto en educación –si se quiere con voz y sin voto- que sea capaz de suministrar una visión global de la problemática educativa de un territorio, un pueblo, un distrito. No soy nada dado –eso creo- al corporativismo, pero considero que nadie mejor que un sociólogo estaría capacitado para el desempeño de ese puesto.

            Me alegra mucho que la izquierda haya vuelto al poder. Pero si de esto me alegro es porque considero que, ante los retos de una época como la actual, la izquierda debería ofrecer soluciones innovadoras y de consenso –pese a que sé que con las tres derechas poco hay qué hacer pese a las interesantes aportaciones que podría hacer alguien como Luis Garicano-. Malos tiempos para la lírica.



Adenda sobre las Matemáticas (tomado de mi libro ¿Qué hace una escuela como tú en un siglo como este?

Específicamente sobre las Matemáticas contamos con investigación suficiente como para desaconsejar esta división. Contrariamente a lo que se suele pensar, ofrecer asignaturas de menor nivel a los alumnos de bajo rendimiento es contraproducente. Burris, Heubert y Levin (Burris, et al., 2006)  muestran cómo un currículo de alto nivel en Matemáticas es más efectivo que el currículo propio de la educación compensatoria para esta materia.
Es decir, el tipo de currículo que se utiliza con los alumnos más aventajados funciona igualmente bien con quienes obtienen peores notas. Los datos del SIMS (acrónimo de Second International Mathematical Study, el cual se realizó en veinte países en el periodo 1980-1982) y del posterior TIMSS indican que el currículo utilizado en la compensatoria hace descender el nivel de los estudiantes. Burris et al. citan el caso de un estudio llevado a cabo por Peterson (Peterson, 1989) en el que se tuvo la oportunidad de comparar lo que sucedió con tres grupos de estudiantes de bajo rendimiento de séptimo grado asignados a diferentes clases. Uno de ellos fue escolarizado en una clase de compensatoria, otro en una de nivel intermedio y otro en la de los más avanzados (un grupo de preálgebra). Quienes fueron escolarizados en este último grupo mejoraron mucho más que aquellos que estuvieron en el grupo de compensatoria. Algo parecido detectaron White et al. (White, et al., 1996). En este caso tuvieron la suerte de observar el recorrido escolar de estudiantes de varios centros de secundaria en Rochester (Nueva York) que habían sido escolarizados erróneamente en distintos grupos, de tal manera que algunos alumnos de rendimiento intermedio acabaron en el grupo de los más avanzados. Lo que detectaron es que estos estudiantes tenían un 91 por ciento más de posibilidades de acabar exitosamente los dos cursos que constituyen el nivel más elevado de Matemáticas. Por el contrario, sus compañeros del mismo nivel de rendimiento (los que fueron asignados al grupo de bajo rendimiento), veían reducidas sus posibilidades de hacer esos dos cursos a un 2 por ciento, porcentaje que se elevaba a un 23 por ciento en caso de haber sido escolarizado en el grupo de nivel intermedio. Otro dato fundamental es que el rendimiento de los alumnos de mayor nivel no se vio afectado ya que fue posible observar los resultados de grupos homogéneos de alto nivel en los que no se había producido este error.
La investigación anteriormente citada de Burris, Heubert y Levin analizó el desempeño en Matemáticas en los cursos sexto, séptimo y octavo en el condado de Nassau del estado de Nueva York. En principio, la política de este condado era muy restrictiva con respecto al porcentaje de alumnos que podían acceder a los cursos de Matemáticas de mayor nivel, pero con el paso del tiempo se permitió - a todo aquel que lo quisiera- matricularse en ellos. Lo que se observó es que con esta mezcolanza no solo mejoraba el nivel de los estudiantes con dificultades, sino que también lo hacía el de los que iban mejor. De hecho, el 99 por ciento de estos alumnos consiguieron tener éxito en las pruebas externas más exigentes (llamadas Regents). En definitiva, la propuesta de la LOMCE de unas Matemáticas Aplicadas (más bien, para torpes, si nos dejamos de eufemismos) y unas Matemáticas Aplicadas a la altura de tercero de la ESO no parece tener más sustento que el prejuicio clasista o la mera ignorancia.


lunes, 9 de marzo de 2020

La beautiful people[1] de la escuela pública


La beautiful people[1] de la escuela pública

            En el espacio de poco más de una semana he participado en un par de actos que me dan que pensar acerca de cuáles puedan ser las limitaciones y contradicciones de las escuelas públicas democráticas (en Madrid, colegios como La Navata o el Trabenco). El primer acto fue una conferencia a cargo de Xavier Bonal en el seminario que tan diligentemente organiza Julio Carabaña en la Facultad de Educación de la Complutense. En su charla –referida a la ciudad de Barcelona-, Bonal hablaba del deseo de una parte de la clase media alta de los barrios más acomodados de la Ciudad Condal por escolarizar a sus hijos en la escuela pública, pero no en cualquier escuela pública, ni siquiera en los centros públicos de barrios adyacentes de menor nivel socioeducativo. Se trataría de una estrategia consistente en colonizar un centro público de manera que este oferte una educación en relativa libertad, dialogante, democrática, innovadora… al gusto de este grupo social. En esos mismos días, el blog Politikon publicaba una entrada a cargo de Gortazar y Zubillaga en la que se decía lo siguiente:

La etiqueta de “colegio innovador” está canalizando la demanda de una mayor calidad educativa, especialmente en familias de clase media-alta, sin que haya información pública de calidad que permita saber hasta qué punto esa escuela está realmente logrando lo que se propone. Como resultado, por un lado, la segregación crece, no solo ya entre redes educativas, sino cada vez más entre centros públicos. Y por otro, alimenta un modelo de innovación individual -el vinculado a la marca personal de un centro- no conectado ni compartido, que fomenta la aparición de centros innovadores, pero con escasa aportación al movimiento de transformación colectivo, sistemático e inclusivo.[2]

            Pocos días después de la conferencia de Bonal, acudí a la llamada fiesta del proyecto del Colegio Público La Navata, la cual se celebró por la mañana en un día laborable. Allí asistí a instancia de la amable invitación de Consuelo Uceda (directora del centro en sus difíciles momentos iniciales y una mujer que es toda una referencia en el ámbito de la innovación educativa). Pese a ser las diez y media de la mañana, el patio del centro estaba lleno de padres y madres de alumnos. Supongo que esto puede ser indicativo de qué tipo de empleos pueden desempeñar estos progenitores. Durante el desarrollo de la fiesta me encontré con una colega de mi facultad de reconocida militancia izquierdista. En nuestra conversación salió a relucir que varios compañeros de mi facultad también llevan a sus hijos a tan singular colegio y que, incluso, hay personas que han cambiado de residencia –lo que ha llegado a suponer desplazarse desde alguna provincia lejana- para poder garantizar a sus hijos un puesto en tan codiciado centro. Esto, como ya comenté en este mismo blog con motivo de la actual residencia de la ministerial pareja Montero-Iglesias, no es otra cosa que una estrategia de clase media. Tal opción permite alardear de una cierta vitola progresista –“yo escolarizo a mi hijo en la pública”-. Sin embargo, esta escuela pública no es cualquier escuela pública (si se quiere comprobar qué es una escuela pública más convencional se puede ir, por ejemplo, a Orcasitas o a mi actual lugar de residencia: Pozuelo de Alarcón).

La Navata es un centro genuinamente innovador que, mucho me temo que muy a su pesar, se ha podido convertir en un colegio de un cierto sector izquierdista de clases medias acomodadas. Esto último –tanto la ideología como la componente de clase- me preocupa y mucho. La ideología es claramente perceptible, entre otros factores, en el reducidísimo número de alumnos matriculados en religión. La composición de clase se debe en buena medida al propio entorno de chalets en el que se sitúa el centro. Obviamente, unas reflexiones como estas deberían acompañarse de datos sobre el estatus socioeconómico de las familias que optan por este tipo de centros. Si alguien dispone de un mínimo de 290000€[3] se puede convertir en vecino de los líderes de Podemos –aunque su vivienda costó más del doble de esa cantidad- y compartir colegio con ellos.

Una de las preguntas que llevo haciéndome desde que hace ya más de una década empecé a analizar escuelas democráticas es la de que si son tan buenas por qué no contamos con muchos más centros de este tipo. Es muy posible que el hecho de que sean tan escasos haga que en ellos se concentren clases medias que desean otra escuela, lo que, finalmente, pudiera terminar por convertirlos en centros solo para determinado tipo de gentes. ¿Escolarizaría a sus hijos en estos centros alguien de derechas, por ejemplo? Recuerdo una conversación que mantuve con los dueños de la papelería que está a medio camino entre el Trabenco y el seguramente muy convencional centro público Góngora. En esta plática me explicaron el caso de dos hermanas. Una de ellas llevaba a su hijo a un centro y la otra al otro. Adivine el lector a qué colegio llevaba la hermana descrita –muy sumariamente- como pija y la retratada como hippy.

La innovación educativa democrática debe abarcar a todo el conjunto de la población. De no ser así, nunca llegará a ser una verdadera innovación. No puede ser que el número de centros innovadores –por lo menos, en Madrid- sea más o menos el mismo desde hace décadas.



[1] El término beautiful people se aplicó en España a una parte muy significativa de altos responsables del PSOE de la época de Felipe González.
[3] Este el precio más bajo de una vivienda en la zona de La Navata en la web de idealista (consultado el 7 de marzo de 2020).

viernes, 21 de febrero de 2020

Más sobre el nuevo libro. Entrevistas, reseña y (en vídeo y en papel) su presentación.

He aquí dos entrevistas radiofónicas con motivo de mi libro ¿Qué hace una escuela como tú en un siglo como este?
https://www.eitb.eus/es/radio/radio-euskadi/programas/vivirparaver/detalle/7040425/la-senda-escuela-democratica------------------

Y aquí una reseña:


El pasado 19 de febrero se realizó la presentación del libro. Como quiera que limitar un discurso a tan solo doce o trece minutos me parece un reto, escribi lo que aproximadamente sería mi presentación. Más o menos debemos pronunciar 170 palabras por minuto para que se nos entienda bien, y ese es el motivo por el que escribí el texto de la presentación -el cual, claro está, no leí- y comprobar si me atenia al tiempo establecido. 

            En primer lugar quiero expresar mi agradecimiento a la librería Blanquerna, a la editorial “La Catarata” y al público asistente. Y, en una ocasión como esta, muy especialmente a Alejandro Tiana. No solo tuvo la amabilidad de aceptar la invitación de la editorial de escribir el prólogo, sino que también ha tenido a bien acudir a este acto de presentación. Agradezco mucho el prólogo. La verdad es que cuando lo leí pensé: “Vaya, este libro quizás merezca la pena”. Y, sobre todo, agradezco, y así se lo hice saber a Alejandro, que manifieste sus puntos de discrepancia y sus matizaciones sobre el contenido del libro. Visto esto, está claro que no somos una secta pedagógica o barbaridades de esas que se dicen por ahí desde los grupos ultraconservadores y desde cierta extrema izquierda.

Una de las actividades de la promoción del libro ha consistido en someterme a varias sesiones de fotografía a cargo de diversas revistas. En una de ella, el fotógrafo –alguien que lleva varios años en el oficio- se sorprendió gratamente al ver que el autor del prólogo era Alejandro. E inmediatamente me dijo: si hay alguien que en España sabe sobre temas educativos, este es Tiana. Así que muchas gracias, Alejandro, por estar aquí. Y, como dijo Pérez Rubalcaba en una réplica en el Parlamento a un pertinaz diputado del PP, “yo sin ti no soy nada”, título de una famosa canción de Amaral. Como se ve, esto de los títulos de canciones da mucho juego: para los títulos de libros, para el debate político, etc.

            Mi experiencia en presentaciones de libros –de otros o míos- es prácticamente nula. Lo sensato es no extenderse demasiado, no pasarse jamás de los quince minutos. Digo esto porque en esta campaña de promoción del libro en la que estoy inmerso he sido entrevistado en varias ocasiones. En la radio la cosa está muy clara: el tiempo de utilización de un estudio está tasado y no te puedes pasar de los 15 o 25 minutos asignados. Pero en las algunas entrevitas (con Manuel Menor o Saray Marqués), hemos estado hablando más de una hora y podríamos haber seguido mucho tiempo más. Así que conviene moderarse.

Entiendo que, en estos actos, la intervención del público –sea del sector (este es el término que se utiliza) o no- es fundamental. Yo alentaría a que intervinieran quienes no son del sector.
           
Parece que este libro, casualidades de la vida, aparece en un momento oportuno: estamos a las puertas de una nueva ley educativa (otra más, dirá mucha gente). Debo decir que este es un libro escrito sin prisas y que el contrato con la editorial lo firmé hace más de un año, antes del vertiginoso ciclo electoral que hemos vivido y que se supiera qué gobierno podría salir de este proceso. Es decir, el libro podría ser oportuno, pero –eso espero- nunca oportunista.

            IMPORTANCIA DEL LIBRO FRENTE A LOS ARTÍCULOS
Agradezco muy sinceramente a la editorial “La Catarata” la publicación del libro. Lo cierto es que en la universidad parece haberse devaluado la publicación de libros. A efectos de reconocimiento de los tramos de investigación del profesorado universitario, tiene el mismo valor la publicación de un libro –y depende de en qué editorial se publique- que el de un artículo en una revista científica con evaluación por pares. Siendo la cosa así, parece más sensato dedicarse a publicar en revistas que por muy prestigiosas que sean casi nadie lee (al menos este es el caso de las de ciencias sociales). Acabo de leer el dato de que, por término medio, un artículo publicado en la más prestigiosa de la revistas de sociología, el American Journal of Sociology, se cita cinco veces. Nature, la revista de mayor renombre en ciencias naturales, tiene una media de 45 citas. Desconozco la ratio que pueda haber entre número de citas y número de lecturas.
           
Está claro que un libro es mucho más visible, más accesible que un artículo de revista –pese a que, en muchas ocasiones, su acceso sea gratuito-. Un libro se puede encontrar en una librería, en una biblioteca e, incluso, en la casa de un amigo. Además, el libro permite que se oiga, se desarrolle la voz, la opinión de su autor con respecto a la temática que aborde...
           
No obstante, conviene ser cautos y tener en cuenta el llamado índice Hawking –en honor al famoso astrofísico- cuyo libro Una breve historia del tiempo es considerado como el libro que más gente ha empezado a leer sin llegar a concluirlo (algo así se dice del Ulises de Joyce). El matemático Jordan Ellenberg es el autor de este índice –el cual no es muy preciso- y se basa en la herramienta de subrayado del libro electrónico de Amazon. 
           
Si en nuestro mercado académico el libro no vale gran cosa, ¿qué decir entonces de un prólogo o de una reseña? Todo esto es un acto de generosidad.  

¿POR QUÉ ESCRIBIR ESTE LIBRO?
            Y, llegados aquí, ¿por qué escribir un libro? Hacía ya la friolera de nueve años desde la publicación de mi anterior libro. Sentía la necesidad de explicar –con fundamentos basados en investigaciones de muy diversa índole- qué cosas no deberían perdurar en nuestro sistema educativo, muy especialmente en el español.

Mi principal preocupación es cómo garantizar el éxito escolar para todos. Por tal se entiende conseguir como poco un título de educación secundaria superior, es decir Bachillerato o CFGM. Esto es lo mínimo para desenvolverse con cierta soltura en el mercado de trabajo y como ciudadano. Se trata de algo que lleva diciendo la OCDE desde hace varios años: que por lo menos el 85% de la población lo consiga. En mi opinión, deberíamos aspirar a que lo obtuviera el 100%, dado que estamos hablando de lo que sería el mínimo hoy en día. Por ejemplo, Obama pretendió ir más lejos y su propuesta era que todos los jóvenes estadunidenses tuvieran como mínimo dos años de universidad.

            Por este motivo, insisto en los datos de investigaciones recientes que prueban la enorme plasticidad, capacidad de cambio que tiene el cerebro hasta los 25 años. En estas condiciones es totalmente arbitrario decir a un chaval de 14, 15 o 16 años que no sirve para estudiar. Podemos conocer su rendimiento en el pasado, pero no en el futuro.

            Las expectativas que el sistema escolar y el profesorado depositan en los estudiantes son fundamentales. Es la famosa profecía que se cumple a sí misma, el efecto Pigmalión. Si a un monitor de natación le presentan dos grupos de aprendices de manera que le dicen que uno de ellos tiene grandes posibilidades y que el otro se hundirá a plomo en el agua, pasado un tiempo los resultados terminarán por corroborar tales expectativas, pese a que en realidad nada se sabía sobre las capacidades deportivas de uno y otro grupo. El ejemplo –citado en el libro- del estado de Nueva York en el que, por error, varios estudiantes fueron enviados a los grupos de matemáticas avanzadas y terminan por tener excelentes resultados es como para pensar qué estamos haciendo con estas Matemáticas aplicadas –para torpes, si nos dejamos de eufemismos- desde el tercer curso de la ESO.

            Para conseguir extender el éxito escolar son muchas las cosas que habría que cambiar. Yo creo que se pueden sintetizar en dos elementos: lo que enseñamos –los contenidos curriculares, las asignaturas- y el modo como enseñamos. Alejandro dice en el prólogo que los calificativos que aplico a los contenidos pueden parecer duros. Se los merecen. Uno no escribe solo como investigador, también lo hace como ciudadano y como padre. Cualquiera que se ponga a echar una mano a su hijo con los deberes o que hojee simplemente los libros de texto puede estar de acuerdo con que son excesivos, desfasados, reiterativos, etc. Varios de los ejemplos son simplemente hilarantes, como la pregunta sobre qué tres cosas nos trajeron los romanos y que, en un ejercicio en que la realidad imita al arte, recuerda a una famosa escena de La vida de Brian.

            Sobre el cómo se enseña es más difícil decir algo certero. Habría que hacer mucha observación participante, entrar en muchas clases para saber qué se cuece en las aulas. En Sanghai esto no es problema, ya que hay aulas que tienen un gran espejo detrás del cual, como en las comisarías, hay una sala de control, y el profesor no sabe cuándo es observado. Cuento una pequeña anécdota. Hace unas semanas estuve en un colegio y el profesor con el que contacté me invitó a entrar a su clase de Lengua y Literatura de 2º de Bachiller. Fue como meterse en el túnel del tiempo y volver a cuando tenía 17 años y cursaba COU. Nada había cambiado. Incluso se estaba trabajando al mismo autor –Machado, en esta ocasión- que en mi época de bachiller.

            Es posible que aquí, y es de esperar que entre los lectores, haya muchos profesores de primaria y de secundaria que al oír estas cosas dirán: ¿Y tú qué? ¿Qué hacéis vosotros en la universidad como profesores? Como indico en el libro, no me he metido en el tema de la enseñanza en la universidad porque se trata de un escenario muy variado: desde medicina en cuarto curso en un hospital a la creación de videojuegos. No obstante, para el que tenga ganas, comunico que en el próximo número de la Revista Española de Sociología –creo que saldrá en abril- coordino la sección de debate, la cual justamente está dedicada a la enseñanza de la sociología en la universidad. No olvidemos que todos los profesores se forman en nuestra universidad. Si lo que ven aquí es una enseñanza pasiva, ¿qué esperamos que suceda?

INTELECTUALES FRENTE A GESTORES. LA DIFICULTAD DEL CAMBIO
Vuelvo a citar a Pérez Rubalcaba. En alguna ocasión dijo que una de las cosas que más lamentaba era no haber sido capaz de cambiar la formación del profesorado, supongo que especialmente del de secundaria. Aquí la posición de los que escribimos libros es relativamente cómoda. Yo hago propuestas que podrían ser muy razonables y luego dile a Alejandro y otros que se hagan cargo de cambiar la realidad. Y este estar más o menos de acuerdo sucede entre gentes que consideramos que habría que cambiar ciertas cosas. Pero conviene no olvidar que la comunidad educativa no son solo aquellos que salen a la calle a protestar contra los recortes o contra la LOMCE. También lo son aquellos profesores y padres que desean más contenidos curriculares, más exclusión de aquellos que no rinden lo suficiente.

Conocí a Alejandro quizás en 2006 en una cena en el Carmen de la Victoria en Granada. Nuestro anfitrión era Paco Fernández Palomares, entonces decano de la Facultad de Educación. Recuerdo que Alejandro dijo algo así como que si hacemos tal cosa, tal reforma –no recuerdo qué era-, al día siguiente nos saca un editorial el ABC. Y esto me lleva a poner de manifiesto el enorme poder mediático y de movilización que tienen los grupos conservadores, entre otros, en el ámbito educativo. Bastó que la ministra dijera que la financiación de los centros concertados no dimana de la Constitución para que ya más de uno estuviera dispuesto a lanzarse al monte o, en este caso, sería a la Plaza de Colón.

            Es una pena. Me da la impresión de que un pacto educativo es imposible. Pero esto sucede aquí y en prácticamente cualquier país de nuestro entorno. Solemos poner a Finlandia como un ejemplo de educación inclusiva, de consenso. Sin embargo, su sistema actual procede de un pacto entre la izquierda –el partido socialista y el partido comunista- y el partido agrario –un partido conservador- que temía que los hijos de su electorado pudieran no recibir una educación de calidad. En Inglaterra, los tories pretenden crear más y más grammar schools, escuelas selectivas de carácter marcadamente académico para cuyo acceso hay que aprobar el examen llamado 11+ que, como su nombre indica, tiene lugar a los once años y que hace que muchas familias hayan de gastar 5000 libras para que sus retoños aprueben.

LA EXPERIENCIA DE ESCRIBIR EN EL SIGLO XXI
            Y acabo con una reflexión sobre la experiencia de escribir un libro a estas alturas del siglo XXI. Mi impresión es que es algo tan apasionante como agotador. Hoy es mucho más fácil que nunca acceder a libros, tanto en formato digital como en papel, o a artículos de revistas y de prensa. Esto permite hacerse una idea de por dónde van los tiros en cualquiera de las cuestiones abordadas. Al mismo tiempo, es agotador tener que leer o simplemente consultar tantos informes y publicaciones que a uno le asaltan a la hora de escribir. Casi cada frase ha de estar refrendada por alguna investigación.

Parte de lo que he escrito es un desarrollo de temas abordados en mi blog –sobre todo de aquellos que, como el de los deberes o el de las pruebas externas (las reválidas) parecen haber tenido mayor tirón-. Otros son consecuencia de las innumerables veces que he sido convocado para hablar del tema de la jornada escolar. Estoy seguro de que mi escrito más leído es el artículo que publiqué sobre el tema en la revista Cuadernos de Pedagogía, del cual he visto, cuando he acudido a algún colegio, fragmentos pegados en las farolas a modo de pasquines revolucionarios. Así de agitado andaba el patio. Y, claro está, no puedo dejar de citar mi trabajo sobre el viento de esperanza que suponen las escuelas democráticas.

Nada más. Reitero mi agradecimiento a todos los aquí presentes. Espero que el debate pueda ser apasionante y que la fuerza nos acompañe.

viernes, 31 de enero de 2020

¿Por qué la evaluación de la asignatura de Religión –cualquier religión- no debe contar para la nota media?


¿Por qué la evaluación de la asignatura de Religión –cualquier religión- no debe contar para la nota media?

Una vez más, asistimos al debate pendular sobre el peso que debería tener la calificación obtenida en la asignatura de Religión (sea esta la católica, la judía, la musulmana o la evangélica). Dado que la mayor parte de los alumnos matriculados en esta materia confesional lo están en Religión Católica, prestaré especial atención a esta -tal y como hace nuestra Constitución-. Las otras confesiones son elegidas por porcentajes muy reducidos de alumnos. De acuerdo con los datos del Ministerio de Educación (Las cifras de la educación en España Estadísticas e indicadores. Edición 2019); Religión Evangélica la cursa el 0,39% del alumnado de primaria y el 0,24% del de secundaria; Religión Islámica –para los mismos niveles, respectivamente-, el 0,52% y el 0,03%; y Religión Judía, el 0.01% en ambos niveles.

 Mi postura, ya lo anticipo, es que su nota no debería contar en la media obtenida por cada estudiante. Las particularidades de esta asignatura son tan marcadas, como se verá a continuación, que hacen que esta sea la opción más sensata.

La primera de las peculiaridades es que sus contenidos son elaborados por las autoridades religiosas de cada una de las confesiones -y publicados en el Boletín Oficial del Estado-.[1] Los de la materia de Religión Católica no dejan lugar a muchas dudas sobre su carácter excluyente. La persona, se dice, “tiene que reconocer que las cosas, los animales y el ser humano no se dan el ser a sí mismos. Luego Otro los hace ser, los llama a la vida y se la mantiene”. Es decir, todo ser humano –no solo los cristianos o los creyentes- ha de creer que Dios creó el mundo, pese a lo que se pueda decir en las clases de Física o de Biología, o lo que indiquen las aportaciones de un físico como Lawrence Krauss.[2] Pero no solo esto, el no creyente no sale muy bien parado: “No obstante, el ser humano pretende apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado. Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz”. No se puede ser más claro: solo cabe ser feliz si se es creyente o, mejor dicho, católico.[3] No acaba aquí la cosa. Se indica que “una educación con religión es una formación completa”. ¿Significará esto que quienes no optan por Religión tienen una formación incompleta?

La segunda peculiaridad de esta materia es que sus profesores son seleccionados por las autoridades religiosas respectivas, y su salario es abonado por el Estado. Se podría alegar que esto no es una excepción, ya que los profesores de los centros concertados y privados son elegidos por sus titulares –que en muchas ocasiones son también entidades católicas-. La particularidad reside en que se exige, amén de la titulación correspondiente, estar bautizado. Es decir, no basta con una formación académica, sino que además hay que demostrar identificación con el catolicismo.

Vistos estos precedentes, resulta un tanto llamativo que la Iglesia considere que esta asignatura no es un ejercicio de catequesis. De acuerdo con la primera de las tres acepciones que aparecen en el DRAE, la catequesis consiste en el “ejercicio de instruir en cosas pertenecientes a la religión”. Según la Wikipedia, la catequesis se refiere “a la tradición del depósito de la fe a los nuevos miembros que se inician en la Iglesia católica y su posterior instrucción”. Al evitar la identificación con la catequesis, lo que la Iglesia quiere dejar claro es que esta asignatura no consiste en adoctrinar. No es una materia que tenga por misión la de crear creyentes. Sin embargo, lo que se publica en el BOE apunta claramente a que justamente de esto se trata. Así, y entre otros muchos ejemplos, se indica que el alumno debe argumentar “el origen del mundo y la realidad como fruto del designio amoroso de Dios”. Se considera como uno de los estándares de aprendizaje evaluables lo siguiente: [el alumnado] Reconoce con asombro y se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos y distingue que no proviene del caos o el azar”. Si esto no es inducción en la fe, ¿qué cosa es? Por otro lado, ¿cómo se puede evaluar el asombro, tal y como se indica en el BOE? Y, por si no fuera poco, el alumno de bachiller “se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos”.

A veces se recurre a retruécanos que caen directamente en el terreno del absurdo. En su campaña en favor de la matriculación en esta asignatura se dice: “No se puede elegir lo que no se conoce y no se puede conocer si no se puede elegir la religión”.[4] La primera frase carece de sentido: si no conocemos algo va de suyo que no lo podemos elegir. Si la frase quiere decir que hay que conocer lo que una persona particular no conoce, nuestro currículo escolar sería infinito. Y si tal conocimiento se limitara al de las religiones, la Wikipedia estima que debe haber del orden de unas 4200 confesiones religiosas. Pero lo peor, por excluyente, es afirmar que para conocer hay que tener la posibilidad de elegir la religión, posibilidad que, por cierto, no se ha puesto en duda hasta ahora: la asignatura de Religión continuará existiendo y será optativa.

No basta con que exista la asignatura de Religión. Además, hay que obligar a cursar una materia alternativa a quien no la elija. Esto lo dejaba muy claro, Caballero Gracia, presidente de la Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y Padres de Alumnos (CONCAPA): “queremos que la Religión exista en la escuela, que sea evaluable, que tenga peso específico y que cuente para nota. Por lo tanto, vamos a defender también que haya una materia espejo, que si las familias no eligen Religión puedan escoger una alternativa. Si desaparece la alternativa, ¿para qué vamos a dar Religión?”.[5] ¿Cómo se puede afirmar esto? ¿No se considera que la fe mueve montañas? Parece que tenía razón Nietzsche cuando escribía que en realidad la fe pone montañas allí donde no las hay. El mensaje consiste en que para que los míos sean religiosos, necesito “castigar” de algún modo a los infieles.  

            Estamos hablando de una asignatura que goza de gran aceptación. Así sucede, para los centros públicos (en el curso 2016-17),[6] con el 56,6% del alumnado de primaria y con el 44,5 del de la ESO. Las variaciones por comunidades autónomas son enormes. Extremadura y Andalucía son las que cuentan con un mayor porcentaje de alumnos matriculados en Religión (respectivamente, 84,5% y 78% en primaria, y 72% y 61% en la ESO) y Cataluña la que menos (18% en primaria y 9,8% en la ESO). En todo caso, no parece que esta asignatura dé los frutos deseados. De acuerdo con el barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) de enero de 2015, el 52,4% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se declara católico. De ellos el 81,2% no va a misa casi nunca y tan solo un magro 6,3% acude al menos una vez a la semana. En este mismo grupo de edad, el 28,8% se considera no creyente y un 14,4% ateo (es decir, un 43,2% de descreídos). Cuatro años más tarde -en el barómetro del CIS de julio de 2019-, y en ese mismo grupo de  edad, se declara católico el 40,4%, y la suma de quienes se consideran agnósticos, indiferentes y ateos alcanza el 52,9%. A su vez, de entre quienes señalan ser católicos, el 67,6% no acude a misa nunca o lo hace en muy raras ocasiones.

            Pese a lo dicho hasta aquí, es bastante probable que, en la práctica, la enseñanza de esta asignatura sea más flexible de lo que se anuncia en el BOE. Al menos esa es la impresión –pero solo es eso: una impresión- que he tenido en las ocasiones en que al hilo de mis visitas a diferentes centros educativos he podido hablar con profesores de Religión -y cuando he realizado observación participante en sus clases-, los cuales de un modo unánime hacían referencia a la apertura, al diálogo. Sin embargo, que tal flexibilidad dependa del talante de su profesorado y no de los contenidos oficiales es algo que habría que subsanar.

            Con los argumentos hasta aquí esgrimidos, cabría ir más lejos y atreverse a sacar esta asignatura del horario escolar. Esto es lo que ya se ha intentado en comunidades con un bajo porcentaje de alumnado que la elige, como el País Vasco. Aquí tendríamos un elemento más en favor de la derogación de la LOMCE de Wert. 

            Y concluyo con un aviso para navegantes. Con un currículo tan sobrecargado como el que tenemos y con tantas asignaturas, me parece una temeridad introducir, a modo de solución, una materia de historia de las religiones o como se quiera llamar. Por otro lado, no se olvide que una asignatura supuestamente neutral sobre esta cuestión no apagaría la demanda de una educación acorde con los valores de las familias, es decir, la catequesis (que, muchas veces, no va más allá de la primera comunión).



[1] En el caso de Religión Católica sus contenidos para primaria y la ESO están en https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2015-1849 y los de bachillerato en https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-2015-1850
[2] Se puede leer una sucinta y precisa reseña de su libro Un universo de la nada de la mano de Javier Sampedro (2013):  “¿Por qué hay algo en vez de nada?”,  El País, 2 de julio
[3] Se puede leer una muy interesante reflexión sobre estos contenidos en Sánchez Ron, J.M. (2015): “Religión y educación: el ‘BOE’ ofende”, El País, 28 de marzo.

[5] Lupión, Mar. “Religión dejará de computar en la nota media”, Escuela, 8 de enero 2020

[6] Estadística de las Enseñanzas no universitarias. Curso 2016-2017.